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IV. Los emperadores ilíricos (268-285) La defensa y restauración

3. Aureliano (270-275).

Italia y las iniciativas

sociales

A inicios del 270 murió de la peste Claudio y fue proclamado emperador por los soldados Aureliano. Como el recién fallecido, también éste era de origen ilírico y comandante de la po­ derosa caballería, lo cual viene a co­ rroborar la vocación y las urgencias militares que definen al Imperio en es­ tos años (el papel estratégico-defensi- vo que juega por entonces Iliria es fundamental). Aureliano es tal vez el más importante y representativo de los emperadores ilíricos, pues con él se logró al fin la ansiada reunificación del Estado romano. Sin embargo, no todo cuanto se le atribuye está sufi­ cientemente atestiguado. Muy en par­ ticular, tal es el caso de la supuesta provincialización de Italia bajo su rei­

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Muro de Aureliano

nado, pues parece lo más probable que esta medida (que clausura el secular protagonismo Roma-Italia) no se to­ mara antes de Diocleciano, cuando ter­ mina el proceso histórico, tímidamente iniciado en el s.II y sobre todo por Ca­ racalla, que desplazó el centro del Im­ perio hacia diversas provincias y capi­ tales de Oriente y Occidente. A tenor de nuestra documentación, la política general de A ureliano se caracterizó precisamente por la centralización y reforzamiento del papel de Italia y en c o n s e c u e n c ia no c a b e p e n s a r que adoptase una decisión tan claramente

perjudicial para la vieja Península que, por el contrario, más bien parece gozar de una atención privilegiada por parte del emperador. Recordem os en este sentido su generosidad con la plebe de Roma, m a te r ia liz a d a en num erosas distribuciones gratuitas (o “a precio de Estado”) de pan, aceite, carne de cerdo y vino, para lo cual se sirvió de las corporaciones (collegia) de transpor­ tistas, panaderos y carniceros, conver­ tidas ya en auténticos “servicios públi­ cos”, de titularidad estatal, cuyos com­ ponentes estaban vinculados de por vi­ da a su oficio. Algo similar acaecerá

con las corporaciones relacionadas con la construcción, a las que se les enco­ mendará ahora las tareas de levantar y reforzar los recintos amurallados de las ciudades, Roma entre otras. Pode­ mos, pues, concluir que los ideales unitarios son muy vigorosos bajo este em perador , tanto en la concepción “monárquica” de su poder como en su ideario religioso o en su cumplido de­ seo de reunificar el Imperio. Y es en esta perspectiva donde pueden preci­ sarse históricamente todas las refor­ mas de Aureliano, así como el “inter­ vencionismo estatal” en sectores con­ siderados vitales de la vida económica (el avituallamiento de Roma lo era) o su manifiesta política “democrática” en lo social (en favor de los humilio­

res y de la plebe romana) y en lo mili­

tar, según veremos seguidamente.

Aureliano

“ Una vez Zenobia en poder de A u re lia ­ no, toda la m uchedum bre de soldados pedía con grandes gritos que se le die ­ se muerte. Pero, considerando A u re lia ­ no que sería indigno dar m uerte a una mujer, condenó a pena capital a la m a­ yor parte de los que habían provocado, com entado o dirigido esta guerra y a la reina la conservó con vida para llevarla en triunfo y para que sirviera así de es­ pectáculo al pueblo rom ano. Es d e s a ­ gradable tener que contar entre los que fueron ejecutados en esta ocasión al fi­ ló s o fo L o n g in o , s e g ú n n a rra la tr a d i­ ción. Longino fue el que enseñó la len­ gua griega a Zenobia. Se dice que A u­ reliano lo m andó m a ta r p o rque él fue quien dictó a Zenobia aquella carta tan soberbia por la que rechazaba la rendi­ ción. Sin e m b a rg o, no o lv id e m o s que aquella carta había sido reda cta d a en lengua s iria .(...).

Una vez en te rrito rio euro p e o , siguió infligiendo derrotas con su acostum bra­ do valor a todos los enem igos que en­ contraba a su paso. Pero m ientras A u­ re lia n o lle v a b a a cabo e s ta s g ra n d e s proezas en la Tracia y en toda Europa, surgió en Egipto un tal Firm o, preten-

3.1. La política fiscal y los

pro b le m a s m o n etario s

En el plano financiero Aureliano in­ crementó notablemente la presión fis­ cal sobre los ricos, mientras que, por el contrario, abolió las deudas de los pobres al Estado, haciendo quemar en el foro los registros del fisco. Todavía un siglo después Amiano Marcelino (XXV,6,7; XXX,8,8) lo recordará co­ mo el emperador que se abalanzó co­ mo un torrente sobre los poderosos de su tiempo. No obstante, la HA, crisol de las corrientes historiográficas tradi- cionalistas y filosenatoriales, idealiza la política de este ilírico preocupado por la salud financiera del Estado. La hostilidad que le profesaron los esta­ mentos senatoriales era lógica y tuvo una primera manifestación ya en los

d ie n d o a p o d e ra rs e de aquel te rrito rio com o si no estuviese som etido al poder de Roma. Sin em bargo, este Firmo no quiso recibir el título de em perador, si­ no sólo apoderarse de aquel país. A u­ reliano m archó en se g u ida contra él y tam poco en esta ocasión careció de su a c o s tu m b ra d a fo r tu n a , re c u p e ra n d o Egipto en breve tiem po. Después, m o­ vido por la dureza que era propia de su n a tu ra le z a , se d irig ió de nuevo hacia O ccidente, lleno de ira, y haciendo pla­ nes co n tra T é trico que aún era dueño de las Galias. Pero Tétrico, no pudien- do soportar por más tiem po la indiscipli­ na de su propio ejército, lo puso en m a­ nos de A ure lia n o . De esta m anera to ­ das aquellas legiones pasaron a estar bajo su m ando. C u a n d o A u re lia n o se vio dueño de todo el m undo, sabiendo adem ás que el O riente había quedado en paz, y que él m ism o había triunfado tanto en la Galia com o en todas las de­ más regiones, se dispuso a regresar a R om a. Su in te n c ió n e ra c o n d u c ir en triunfo ante los ojos de los rom anos a Z enobia y a Tétrico. Tanto Z enobia co ­ mo T étrico representaban a los enem i­ gos que había d e rro ta d o en O riente y en O ccidente. (...).

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años 270-271, cuando estos elementos sociales, (tal vez para recuperar sus privilegios en la acuñación del cobre), en connivencia con los obreros de los talleres monetarios de Roma, propicia­ ron la emisión de piezas fraudulentas en las que se habían cizallado los bor­ des para apropiarse del metal. Aurelia­ no respondió con suma energía, ejecu­ tando a numerosos implicados en un ambiente de larvada guerra civil, que vino a cerrarse precisamente en el año 274. Fue entonces cuando se propuso sanear las monedas de bronce y de oro, emitiendo piezas más pesadas y de ma­ yor valor nominal cuyos resultados fueron sin em bargo muy lim itados. Más importancia tuvo la aparición ma­ siva de nuevos antoniniani con un va­ lor probable de 5 denarios y que dieron cierta estabilidad monetaria al Imperio

Durante su reinado cada ciudadano recibió diariam ente un pan y legó a sus d e scendientes la facultad de seguirlos recibiendo. También el mismo A ureliano m a n d ó q ue se d is trib u y e ra c a rn e de cerdo al p ueblo, y esta co stu m b re ha quedado hasta nuestros días. Promulgó muchas y muy buenas leyes, y reorga­ nizó la d ig n id a d s a c e rd o ta l. A dem ás, elevó un tem plo al Sol, aum entó los pri­ v ile g io s de sus p o n tífic e s e in s titu y ó fondos para atender a las reparaciones y para pagar a sus m inistros. (...).

C u á n ta d ific u lta d e n c ie rra d a r un buen sucesor a un príncipe excelente, queda bien dem ostrado por la grave ac­ titud de aquel venerable Senado y por la g ra n c irc u n s p e c c ió n d e l e jé rc ito . Después de la m uerte de aquel em pe­ rador tan am ante de la severidad, y co ­ mo el e jé rc ito no q u e ría h a ce r dueño del poder a ninguno que hubiese inter­ v e n id o en el a s e s in a to de ta n buen príncipe, confió al Senado la misión de encontrarle un sucesor. Pero el Senado rem itió a su vez esta responsabilidad al ejército.

Los s e n a d o re s s a b ía n bien q ue el ejé rcito no reconoce con gusto sino a a q u e llo s e m p e ra d o re s que e llo s m is-

hasta las reform as de D iocleciano. Pues si bien estas medidas venían a ra­ tificar oficialmente una inflación que, de momento, quedó así controlada por el Estado, la moneda divisionaria y de plata beneficiaba, como bien es sabido, a las capas sociales más emprendedo­ ras (artesanos, comerciantes, medianos propietarios, etc.), que ni tenían ni se servían del oro, y cuyas actividades e intereses fomentaba y protegía.

3.2. El ideal religioso y la

reunificación del Imperio.

Ya hemos aludido a la justificación religiosa que Aureliano pretendió dar a un poder cuyos orígenes militares no podían ser en modo alguno disimula­ dos. Los aspectos teocráticos y mono-

mos han elegido. Por tres veces llega­ ron a rem itirse m utuam ente el Senado y el ejército la responsabilidad de esta e le c c ió n . El m undo rom ano, m ie n tra s tanto, perm aneció d u rante seis m eses sin e m p e ra d o r y c o n tin u a ro n en sus puestos todos los m agistrados que A u ­ reliano o el S enado habían elegido (...).

Hay en la parte de Etruria conocida con el n om bre de A u re lia , y hasta en los Alpes M arítim os, grandes e xte n sio ­ nes de te rre n o , fé rtile s y cubiertas de bosques. A ureliano proyectó com prar a sus d u e ñ o s a q u e llo s te rre n o s que no cultivaban y establecer en ellos fam ilias de cautivos, pla n ta r vides en los m on­ tes y, m ediante esto, conceder al p ue­ blo rom ano todo e! vino recolectado sin que el fis c o re c ib ie s e nada (...). U na prueba de que A ureliano pensó en s e ­ rio este plan y de que trató de llevarlo a efecto, y en parte lo consiguió, es que el fisco llegó a distribuir vino en los p ó r­ ticos del tem plo del Sol, aunque no g ra ­ tis, sino por d in e ro ” .

H istoria Augusta, Vida de Aureliano, X X X , X L V III. (T ra d u c c ió n de B a lb in o García).

teístas (o sincretistas) que se esbozan ahora, adelantan la fórmula feliz con que Eusebio de Cesarea cobijaría la omnipotencia de Constantino: un solo dios para un solo emperador. Con es­ tos objetivos organizó A ureliano el culto solar - Sol in v ic tu s- bajo cuya protección estará todo el Estado. Re­ cordemos nuevamente que los adeptos de las concepciones religiosas solares eran ya por entonces muy numerosos en Oriente, en Panonia y en el ejército romano, y de ahí que el nuevo sincre­ tismo solar tuviese una pronta y am ­ plia aceptación en esos ámbitos. Aun­ que no fue así en Roma ni en Occiden­ te, en todas partes se ofrecía como una atractiva base ideológica y religiosa co­ mún a todo el Imperio, cuyas tenden­ cias monoteístas quedaban así reforza­ das, máximo cuando filósofos neopla- tónicos, gnósticos e incluso sectores del judaism o helenizante llegaron a considerar este Sol invictus como una representación visible del dios supre­ mo invisible y protector de todos los pueblos. Amparado por esta divinidad, A ureliano se pro c la m ó d o m in u s et

deus, fórmula contundente que tal vez

no tuviese el contenido real que su li­ teralidad pudiera hacernos pensar, pe­ ro que expresa inequívocamente los ideales unitarios y absolutistas de su concepción monárquica. Y a este pro­ pósito, ¿cuál fue la actitud de los cris­ tianos? ¿Por qué la literatura cristiana, Lactancio en particular, es tan impla­ cable con Aureliano?. En principio, el hecho fundamental es que el cristianis­ mo ha conocido una espectacular ex­ pansión entre los más diversos secto­ res sociales, incluyendo las tierras oc­ cid en ta le s, de m anera que ya es la fuerza espiritual más activa, más com­ bativa y mejor organizada del Imperio. Como quería Tertuliano y ahora Co- modiano, los cristianos son la militia

Christi, y están en consecuencia dis­

puestos para la lucha. El .propio paga­ no Porfirio, que gustaba subrayar las inadecuaciones entre el cristianismo y la monarquía romana, reconocía la pu­

janza de la nueva religión frente al de­ solador abandono de los templos paga­ nos. Seguramente Aureliano ni siquie­ ra pensó en la posibilidad de otra per­ secución, pero ni a él ni a nadie le pa­ saría ya inadvertida la imposibilidad de unificar espiritualmente el Imperio en contra o al margen de los seguido­ res de Jesús. Con todo, también en es­ to A ureliano es un “ em p erad o r del s.III”, que ni pudo ni quiso pensar lle­ gado el momento de la cristianización del Estado..

Pero si la unificación religiosa no llegó a verificarse plenamente, sí se alcanza ahora la plena reunificación político-militar del Imperio, con el so­ metimiento del imperium Galliarum y del Reino de Palmira: para un empera­ dor tan sentidam ente comprometido con los ideales unitarios y “monárqui­ cos”, ello suponía el mayor de sus éxi­ tos personales y también el cum pli­ miento de uno de los más ineludibles compromisos de Estado contraidos por Roma a lo largo de su historia. La in­ corporación de la Galia apenas exigió esfuerzos por parte romana: desde el 270, tras el asesinato de Victorino, era gobernada por Tétrico, viejo senador que veía con preocupación la prepo­ tencia político-militar del Norte y de la población menos romanizada sobre las regiones “civiles” del Sur. Y se de­ cidió, ante la llegada de Aureliano, a rendirse al emperador legítimo, para restituir así la paz y la unidad de Occi­ dente. En fechas cercanas se producía tam bién la d e rro ta de P alm ira y la completa unificación del Imperio. Ze­ nobia, con el título de regente, se ha­ bía propuesto ante todo que Roma re­ conociese a su hijo Vabalato los mis­ mos poderes de Odenato, y de facto así se entendió durante varios años. Pero a fines del 271 aquel se proclamó

Imperator Caesar Vhabalathus Augus­ tus (lo que obviamente suponía la in­

dependencia y la ruptura total con el Imperio), a la par que Zenobia invadía Egipto, donde contaba con aliados y simpatizantes antirromanos. En aque-

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líos años debió p a r e c e r i n e v ita b le que el Reino independiente de Palmi­ ra se convirtiese en la gran potencia hegemónica de Oriente. Sin embargo, una decidida y enérgica reacción del em perador A ureliano conjuró estos peligros: al frente de su ejército y afrontando todo tipo de dificultades, tomó Antioquía y tras dura marcha a través del desierto, se apoderó tam ­ bién de Palmira. La ciudad y sus diri­ gentes fueron tratados con clemencia, seguramente porque Aureliano sabía la s o l id a r i d a d que d e s p e r t a b a n en aquellas regiones, su imbricación so­ cial y lo peligroso que sería en aque­ llos momentos una intervención per­ sa en apoyo de los palmirenses. Pero si bien esto no se produjo, como esta­ ba anunciado, tampoco la clemencia i m p e r i a l fue s u f i c i e n t e , y a p e n a s m archado el em perador, una nueva sublevación estalló en Palmira, Egip­ to y diversa ciudades sirias. En esta ocasión Aureliano fue despiadado en sus medidas represivas, permitiendo el saqueo por las tropas de las ciuda­ des sublevadas e imponiendo pesados tributos a toda la zona. Como señala Petit, “la victoriosa expedición había suprimido todo peligro de separatis­ mo y procuró al Estado un rico botín que facilitó la reforma de las finan­ zas” , según vimos anteriormente, si bien la ruina de Palmira también su­ puso en contrapartida el languideci- miento de las relaciones comerciales con Oriente en las que aquella cum­ plía un activísimo papel como inter­ mediaria.

Un factor de azar había facilitado la victoria de Aureliano: la muerte del gran rey Sapor, que seguramente impidió el apoyo persa a Palmira y que, en todo caso, suponía la desapa­ rición de un peligrosísimo adversario del Imperio. La debilidad persa fue aprovechada por Roma para recupe­ rar el terreno perdido en reinados an­ teriores y reactivar las rutas com er­ ciales y su presencia en toda la zona. | El asesinato de Aureliano frustró en ¡

gran medida estos planes, pues su su­ cesor, Probo, optó por m antener la paz con los herederos de Sapor. Los proyectos expansionistas serían reto­ m ados por el sig u ien te em perador, Caro, que obtuvo importantes éxitos militares frente a los persas, llegando incluso a ocupar M esopotam ia y la capital Seleucia, pero también él en­ contró entonces la muerte y los ejér­ citos fueron replegados de inmediato por el nuevo emperador, Numeriano. El conflicto lo heredó así Dioclecia- no y a él correspondería darle una so­ lución más duradera.

4. Probo (276-282) . La

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