Adicciones con y sin sustancia: paralelismo
1. El autocontrol y las adicciones
El enorme impacto que las nuevas tecnologías de la información han tenido en nuestra sociedad, especialmente en las generaciones más jóvenes, ha llevado a que aumente la preocupación social sobre las consecuencias negativas que se pueden derivar de su uso. Es cierto que hay datos que indican claros efectos beneficiosos sobre el desarrollo de niños y adolescentes, como las mejoras en la percepción visual, en la planificación y desarrollo de estrategias, en el fácil acceso a la informa- ción, etc. En otros aspectos, como la influencia del uso de redes socia- les en internet sobre la constitución y mantenimiento de las relaciones sociales, la evidencia disponible es más controvertida y compleja, como ha revelado un reciente estudio llevado a cabo por investigadores de la universidad de Wisconsin-Madison. En este estudio realizado sobre es- tudiantes de dicha universidad se analizaron tanto las actividades lleva- das a cabo en Facebook y los motivos para usarlo como la relación que estas actividades y motivos tenían con el ajuste social de estos jóvenes universitarios. Los resultados indicaron que diferentes actividades en Fa- cebook tienen diferentes implicaciones de cara al ajuste social y bienes- tar de los universitarios, y que a la hora de estudiar los efectos del uso de redes sociales en internet debe tenerse en cuenta el tipo de activi- dad más que el tiempo de dedicación (Yang y Brown, 2013).
Pero hay que reconocer que cada vez son más los estudios que apuntan al enorme poder adictivo de estas nuevas tecnologías y los efectos negativos que pueden derivarse de un uso intensivo de las mis-
mas. Una primera preocupación se deriva de la cantidad de tiempo que adolescentes y jóvenes, aunque también adultos, dedican al uso de es- tas tecnologías, que según algunos estudios podría superar las seis ho- ras diarias (Echeburúa y Corral, 2009). Ello supone una menor dedi- cación a otro tipo de actividades cotidianas que hasta hace poco eran muy habituales, tales como hacer deporte, leer libros o conversar con los amigos.
Pero lo que parece ser el mayor riesgo derivado del uso de las nuevas tecnologías es su capacidad para crear adicciones que repre- senten una verdadera dependencia y falta de control sobre su com- portamiento. El hecho de que algunos de los mecanismos cerebrales relacionados con el autocontrol están aún inmaduros en chicos y chicas adolescentes les sitúa en una posición de mayor vulnerabilidad para el desarrollo de estas adicciones (Oliva, 2007) .
No obstante, hay que diferenciar entre el uso frecuente de las nue- vas tecnologías y la adicción a las mismas, ya que lo que lleva a una conducta a convertirse en adictiva no es tanto su frecuencia como la dependencia que crea, con una clara pérdida de control por parte del sujeto y una importante interferencia en su vida cotidiana. Esos dos as- pectos, la pérdida de control y la dependencia, entendida como la ne- cesidad subjetiva de realizar la conducta, serían los factores claves para etiquetar un comportamiento como adictivo. El uso adictivo de inter- net puede llegar a causar eventualmente un importante malestar y un deterioro funcional de la vida del sujeto con efectos negativos sobre el rendimiento académico, la interacción social, los intereses ocupaciona- les o los problemas de conducta.
La definición de la adicción a internet, que es la que ha generado más literatura empírica, se basa en las definiciones de las adicciones a las sustancias. No obstante, esta equiparación entre las dos adiccio- nes resulta controvertida para algunos expertos que consideran que se asemeja más a un comportamiento compulsivo. Así, la compulsión se basa en los principios de dependencia, necesidad y deseo, y está más dirigida a la reducción de la ansiedad que a la obtención del placer, es decir, está reforzada negativamente. En cambio, en la adicción se dan tanto componentes relacionados con la reducción de ansiedad o dolor como con la búsqueda del placer. Es decir mezclaría tanto conductas impulsivas como compulsivas, y refuerzos negativos y positivos.
Otra diferencia entre compulsión y adicción tendría que ver con los cambios físicos, sobre todo cerebrales, generados por la segunda. Así, los individuos con adicción a las drogas no son capaces de abandonar su adicción sin experimentar consecuencias derivadas de esos cambios cerebrales. Sin embargo, sobre este asunto hay nuevos datos proce-
Adicciones con y sin sustancia: paralelismo
dentes de estudios con técnicas de neuroimagen que apuntan la exis- tencia de importantes cambios estructurales y funcionales en el cere- bro de las personas con adicción a internet (Lin F., Zhou Y., Du Y., Qin L., Zhao Z. et al., 2012). De acuerdo con estos estudios la adicción a in- ternet causa daños similares a los que experimentan sujetos que mues- tran adicciones a sustancias como la cocaína o el alcohol, y que afectan principalmente a la mielinización de vías que conectan diversas zonas del cerebro, lo que se traduce a nivel comportamental en déficits en el procesamiento de emociones, la atención ejecutiva, la toma de decisio- nes y el control de los impulsos.
El hecho de que las adicciones a sustancias y a internet tengan en común las dificultades para controlar los impulsos ha llevado a algunos investigadores a plantear la importancia del autocontrol como factor de riesgo, lo que justificaría la comorbilidad entre ambos trastornos en- contrada por algunos estudios.
Para algunos autores este autocontrol tiene que ver con la fuerza de voluntad para regular la conducta de cara a la supresión de tenta- ciones y a la consecución de objetivos valiosos a largo plazo (Baumeis- ter, Vohs y Tice, 2007). El trabajo de esta competencia autorreguladora sería anular e inhibir impulsos socialmente inaceptables y regular los propios comportamientos, pensamientos y emociones (Tangney, Bau- meister y Boone, 2004). Por lo tanto, supone priorizar una respuesta acorde con ciertos valores morales y sociales, y que permite conseguir objetivos valiosos a largo plazo, frente a otra respuesta gratificante inmediata. Para ello debe inhibir acciones y demorar recompensas (Dukworth y Kern, 2011). Aunque muchas teorías enfatizan la faceta inhibidora del autocontrol, no hay que olvidar que dicha inhibición suele estar al servicio de la consecución de objetivos importantes. Así, algunos autores proponen dos tipos diferentes de autocontrol, uno de carácter inhibitorio relativo a la regulación y control de los impulsos, y otro iniciador, encargado de poner en marcha las conductas dirigidas a alcanzar una meta. Estos autores han encontrado que mientras que el control inhibitorio tiene mayor capacidad para predecir la menor inci- dencia de conductas problemáticas, el iniciador predice mejor conduc- tas positivas o deseables (de Ridder, de Boer, Lugtig, Bakker, y van Hooft, 2011; M yrseth y Fishbach, 2008; Wills et al., 2007).
Si los modelos que vinculan autocontrol con función ejecutiva han empleado para su evaluación pruebas de ejecución de tareas, estos últi- mos modelos, más vinculados al ámbito de la investigación de la psico- logía clínica y de las diferencias individuales, se han servido fundamen- talmente de cuestionarios, cumplimentados tanto por el mismo sujeto como por informantes externos, como padres y profesores. Como han
señalado Dukworth y Kern (2011) en un reciente meta-análisis sobre la validez convergente de las medidas de autocontrol en el que se compa- raron las pruebas de función ejecutiva, las tareas de demora de gratifi- cación y los cuestionarios, fueron estos últimos los que mostraron una mayor validez convergente. La Self-Control Scale, o su versión redu- cida la Brief-Self-Control Scale (Tangney et al., 2004), ha sido utilizada en más de 60 estudios, especialmente en su versión breve, mostrando buenos índices de fiabilidad y validez (Carver, Sinclair y Johnson, 2010; Gailliot, Schmeichel, y Baumeister, 2006).
2. Un estudio empírico