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NOVELA INGLESA DEL SIGLO XVIII EN ESPAÑA

3. ESTUDIO DE LAS TRADUCCIONES

3.1.3. Autoría y traducción

Aunque hoy en día nos parezca extraño, la aparición del nombre del autor de una obra en la portada de la misma no ha sido siempre algo necesario o casi obligatorio como ocurre en la actualidad, en que incluso podemos llegar a ver que en textos de ficción, como los que nos ocupan en este trabajo, el nombre del autor puede aparecer en la portada de un libro a un tamaño de fuente mayor, o con mayor relieve que el título del mismo. Aunque evidentemente, todo dependerá de la fama del autor en cuestión.

Los textos originales ingleses

i. La anonimia

Si nos remontamos al siglo XVIII, periodo en el que situamos nuestro estudio, vamos a poder observar cómo en numerosas ocasiones el nombre de las autoras de los textos no se hace constar en la página de título o portada del libro. Una tendencia que era bastante común resulta más habitual entre las escritoras, particularmente por el hecho de que aún no estaba bien considerado que las mujeres se dedicaran a una actividad como la escritura, tradicionalmente reservada a los hombres, y para la que se creía que no estaban capacitadas. El temor al rechazo o las críticas que simplemente por ser obra de una mujer podía tener el texto, o por el contrario, la excesiva condescendencia con la que podían

ser tratadas, llevó a muchas de estas mujeres que se atrevieron a entrar en el mundo de las letras, a permanecer en el anonimato.

Con todo, como apunta Genette, la anonimia tiene grados (Paratexts 42), y

como añade más adelante, “quite often the public know the identity of the author by word of mouth and was not in the least surprised to find no mention of the name on the title page” (Ibíd. 43). Tal es el caso de las dos obras más tempranas

de nuestro estudio. Tanto The Female Quixote, or Adventures of Arabella de

Charlotte Lennox, publicada en 1752, como Memoirs of Miss Sidney Bidulph de

Frances Sheridan de 1761, salieron a la luz de forma anónima, aunque al moverse ambas autoras en afamados círculos literarios, frecuentando a los autores más reputados del momento, como Samuel Richardson o Samuel Johnson, su autoría no era un secreto (Lorenzo Modia “Charlotte Lennox’s Female” 106; Clery xi).

Además, como veremos más adelante, el apoyo y ayuda de estos escritores fueron decisivos para la publicación y el posterior reconocimiento del que gozaron sus obras.

Para comprender mejor la situación de estas escritoras y su elección del anonimato a la hora de sacar a la luz sus obras, conviene reseñar en este momento algún aspecto biográfico de las mismas, para poder observar los prejuicios con los que se trataron a la mayoría de escritoras de esta época. En cuanto a Sheridan, es innegable su afán por escribir y por involucrarse en el mundo literario de su tiempo, comenzando ya en su niñez, cuando aprendió a leer y escribir pese a la oposición de su padre (Pearson 4). Más adelante, aunque algunos críticos como Cleary digan que “she would belong to the long line of women who, in Aprha

Behn’s words, ‘wrote for bread’” (xi), Schellenberg sostiene que si leemos entre líneas en sus novelas y especialmente en su correspondencia, emerge la figura de una escritora ambiciosa (562). Normalmente, han prevalecido las opiniones vertidas sobre ella por Alicia Lefanu, su nieta, quien escribió una biografía de Frances Sheridan titulada Memoirs of the Life and Writings of Mrs. Frances Sheridan (1824), donde ésta aparece descrita como una mujer entregada a sus

tareas en el hogar y cuya carrera literaria se subordinaba de forma totalmente voluntaria por su parte a las obligaciones de su vida doméstica (87), con lo que su biógrafa trataba de dar una imagen de la mujer ideal de la época en que dicha biografía fue publicada. No obstante, Schellenberg da numerosos datos en que se puede observar la implicación de Frances Sheridan en la vida pública, no sólo de sí misma sino de otros miembros de su familia, y menciona un fragmento de una carta de esta autora a un primo suyo en la que se lamenta por haberse visto obligada “to break off [this letter], as I have been interrupted a dozen times since I sat down to write. Indeed, I am so distressed for want of a room to myself, that it discourages me from attempting anything” (cit. en Schellenberg 564). No podemos dejar de mencionar a Virginia Woolf y comprobar que su petición de una habitación para sí misma ya fue realizada en parecidos términos por otra escritora un siglo y medio antes que ella.

Por lo que se refiere a Charlotte Lennox, esta escritora fue consciente de la necesidad de tener protectores y amistades que la apoyaran en su carrera literaria y supo ganarse a los mejores, pues tanto Richardson como Johnson o Fielding la respaldaron de alguna manera, como veremos más adelante, y no cabe duda de

que tuvo talento para sacar el mayor rendimiento de sus contactos. Sin embargo, era consciente de su valía y no adoptó una actitud sumisa. A tenor de las opiniones de sus contemporáneos se mostró segura y orgullosa, y se le recriminó por ello (Garrigós 31), pues esta manera de comportarse no era la adecuada con respecto a los estándares de feminidad de la época.

Resulta significativo que tanto Frances Sheridan como Charlotte Lennox, compartieran un mismo problema familiar, el hecho de tener que sobrellevar graves problemas económicos, fundamentalmente causados por sus maridos. Thomas Sheridan, dada su profesión de actor y director teatral, resultó una carga para la economía doméstica familiar por las fluctuaciones económicas que podían derivarse de si una obra teatral funcionaba y obtenía éxito o no. Es por ello que Lefanu trata de dejar bien claro que su abuela sólo escribía cuando los problemas económicos le acuciaban (87). También son conocidas las dificultades a las que se enfrentó Charlotte Lennox para poder mantener a su familia, e igualmente por causa de su esposo. Sin embargo, supo desenvolverse en los círculos literarios y conseguir un nombre en el mundo de las letras de su tiempo. A pesar de que no dudamos de que estas autoras se movieran por motivos económicos a la hora de tomar la pluma y escribir, se necesitaba algo más, una voluntad expresa por presentar ante el público su obra, para decidirse e incorporarse a este mundo.

Fanny Burney publicó Evelina en la década siguiente, en 1778, y también

lo hizo anónimamente. La manera en que se enfrentó esta autora a su carrera literaria merece nuestra atención y puede reflejar también en cierto modo la situación de muchas de estas escritoras. Se puede decir que Burney sentía una

fuerte atracción hacia la escritura y lo hacía desde temprana edad, sin embargo, por su educación, veía esta inclinación como algo de lo que avergonzarse, que la ridiculizaría ante los demás. Es por ello que con quince años quemó todos sus diarios y una novela (Crump 13), que más tarde sería el germen de Evelina. A

pesar de esta ceremonia autorrepresiva no pudo evitar seguir escribiendo y así es como compuso su primera novela, Evelina. El cambio en la actitud de Burney es

importante, dado que no sólo escribe la novela, sino que decide publicarla, lo cual ya demuestra una gran autoafirmación como escritora por su parte. Una vez publicada, el anonimato de Burney duraría poco tiempo dado el éxito que cosechó la novela: “the identity of its author became a popular subject for speculation” (Straub 26), y de esta manera llegó a convertirse en una de las escritoras más célebres del momento. A través de esta breve semblanza de Fanny Burney y de la mención de algunas circunstancias que rodearon los comienzos de su carrera literaria creemos que queda patente, como en los dos casos anteriores, que no sólo los problemas económicos pueden llevar a una persona a escribir, sino que hay algo más que la empuja a hacerlo, el gusto, la habilidad, el deseo de comunicar unas ideas, unos sentimientos, etc.

Por lo que se refiere a Clara Reeve, publicó su primera novela, The Champion of Virtue, en 1777, sin nombre de autor, pero sí que se menciona en la

página de título: “by the editor of the Phoenix; a Translation of Barclay’s Argenis”, refiriéndose con ello a la traducción que había publicado del latín al

inglés en 177228. Sin embargo, en la segunda edición de la obra, que se publico al siguiente año con varias modificaciones, entre ellas, el título, que pasará a ser The Old English Baron, Reeve firmará como autora. Ella misma manifiesta en el

prólogo que antecede a la novela que lo hace porque así se lo han pedido: “I have also been prevailed upon, though with extreme reluctante, to suffer my name to appear in the title-page” (The Old English viii), con lo cual no deja de manifestar

la actitud modesta que se esperaba de una dama.

Parece ser que fueron los motivos económicos los que movieron a Sophia Lee a adentrarse en la carrera de las letras, aunque como les ocurrió a otras escritoras de la época, tenía reservas con respecto a lo que podía pensar su familia sobre este hecho, especialmente los miembros masculinos:

Lee was certainly writing fiction and drama already in her earliest adulthood, if not before. She made no attempt to bring her work to the public, however, until her father was on his deathbed, her only surviving brother was engaged with a manufacturer in Manchester, and she and her three sisters were living in Bath with no prospect of any living. (Alliston xxvii)

28 Muchas de estas autoras, no sólo Sophia Lee, sino también otras autoras como Elizabeth Helme, comenzaron como traductoras en el mundo de las letras. Como señala Lorenzo Modia,

the publication of translations into English mainly from French –and less frequently from Latin and Greek- provided social respectability for the very same women translators in periods when writing itself was a dangerous social activity. Hence, translation was used with the double function of alibi, to avoid hard criticism, and award, to demonstrate proficiency in languages and fields not habitual in women’s curricula (“Late- Seventeenth- and Eighteenth-Century” 367)

Con el dinero que ganó con su primera obra de teatro, A Chapter of Accidents, pudo fundar junto a sus hermanas una escuela para señoritas en Bath

(Ibíd. xxix). Sin embargo, el éxito logrado con esta obra teatral y que fuera ya una persona conocida en el mundillo literario de su tiempo, no evitó que Lee publicara su primera novela anónimamente; si bien, debía ser del dominio público que ella era la autora de The Recess pues en la página de título se dice que fue escrita “by

the author of the Chapter of Accidents”, la obra teatral que le había proporcionado

renombre. Ésto nos lleva a pensar que la utilización del anonimato en este caso en particular y quizás también en los anteriores, podía ser una convención de la época, es decir, que las escritoras debían dar a la luz sus obras anónimamente más por costumbre que por otra causa de fuerza mayor.

En la década de los ochenta aún hay escritoras que presentan sus obras en sociedad de forma anónima. Aunque consideramos que los motivos que movieron a estas autoras a hacerlo de esta manera eran de índole diferente a los que indujeron a las escritoras que hemos visto más arriba. En estos momentos se produce el auge de las bibliotecas de préstamo o circulating libraries en el Reino

Unido y los textos de autoras como Agnes Maria Bennett o Elizabeth Helme presentan todas las características propias del género de obras que se publicaban para estos establecimientos, es decir, obras de tipo sentimental y didáctico con una protagonista femenina, en cierto modo herederas de las novelas de Richardson, pero con un carácter más melodramático.

Como bien hace notar Edward Jacobs, se acusa a las circulating libraries

otras palabras, de baja extracción social o mujeres (603). Por este mismo motivo, las cifras que maneja este autor señalan a dos tipos de escritores especializados en esta clase de ficción: mujeres o aquellos que querían permanecer en el anonimato (608). En el caso de nuestras dos autoras confluyen estas dos categorías en una. No dudamos que uno de los componentes por los que ambas decidieron permanecer en el anonimato podría deberse también a la modestia y al hecho de ser mujer, como hemos visto en los casos precedentes. Sin embargo, Jacobs sugiere que escribir para editoriales especializadas en publicar obras para

circulating libraries podía resultar deshonroso, pero no sólo para las mujeres, sino

también para los hombres, dado que numerosos escritores noveles no tenían otra posibilidad que recurrir a este tipo de editoriales si deseaban ver publicadas sus obras. El estigma es consecuencia de la vinculación que se establecía entre literatura de baja calidad y estas bibliotecas: “The critics found the circulating library novel flimsy, inmoral and tedious. It was formless, too, but that troubled them less. All kinds of bastard products, whose home would now be the columns of the sensational press, appeared on the library shelves” (Tompkins 4). También lo creía porque publicar con estas editoriales suponía reconocer que se hacía por motivos económicos (Jacobs 611), un hecho que muchos autores preferían que no transcendiera al dominio público.

Pero no siempre las razones por las que un texto se publicaba anónimamente se debían a las reservas que podía tener el escritor o escritora, sino que el editor jugaba también un papel muy relevante para que así sucediera. No debemos olvidar que en esta centuria, una vez que el autor vendía sus derechos al

editor, ya no tenía ninguna facultad sobre su obra, de modo que los editores contemplaban el texto como suyo y podían considerar que no era necesario el nombre del autor en la página de título de un determinado texto (Dawes 5). Por otra parte, los lectores acabaron por acostumbrarse a la anonimia e incluso mostraban su parcialidad hacia las obras sin nombre de autor en la portada, y consecuentemente, los editores y autores utilizaron este ardid para granjearse un público más amplio (Ibíd. 5).

Continuando con Bennett y Helme, por las circunstancias que rodean la vida de ambas escritoras parece obvio que entre las causas por las que se decidieron a embarcarse en la carrera literaria estarían también las económicas. Agnes Maria Bennett se separó de su marido y tuvo que trabajar en una tienda y en una fábrica, hasta que se convirtió en la amante de un almirante, con el que al menos tuvo dos hijos, y es a la muerte de éste cuando publica su primera novela

Anna; or Memoirs of a Welch Heiress (Temes 45-6). En cuanto a Elizabeth

Helme, tanto ella como su marido comenzaron a escribir cuando sufrieron su primer revés económico, una situación que trataron de solventar también trabajando como directores de colegio (Harlow)29. Tanto Bennett como Helme obtuvieron un gran éxito con sus dos primeras novelas, y ya en posteriores ediciones su nombre sí aparecerá en la página de título del libro, aunque con la particularidad de que lo hacían mostrando su condición de mujeres casadas: Mrs Bennett y Mrs Helme.

29 Como se ha visto anteriormente con Sophia Lee, Elizabeth Helme comenzó su carrera traduciendo, especialmente libros de viajes (Harlow).

ii. Las fórmulas de tratamiento

No sólo ellas, Agnes Maria Bennett y Elizabeth Helme, sino otras autoras que estudiamos en este trabajo, aparecieron en las portadas de sus libros como Mrs, tal es el caso de Mrs Sheridan (una vez que ya se supo su autoría), Mrs Opie30 o Mrs Inchbald31, “as an extra measure of protection” (Dawes 9), e incluso las solteras aparecían como tales, Miss Fuller y Miss Burney, que cambió a Mrs D’Arblay, una vez casada. A pesar de que el nombre completo era considerado como demasiado atrevido, también podemos observar entre nuestras autoras esta actitud de afirmación de su autoría, y así sancionan su obra Clara Reeve, Charlotte Smith32, Ann Radcliffe33 o Regina Maria Roche34. Todo ello igualmente motivado por la mejor consideración con que era contemplada tanto la ficción como la

30 Esta escritora, al contrario de lo que les ocurrió a muchas autoras del siglo XVIII, recibió el apoyo de su marido, el pintor John Opie, quien incluso compuso el frontispicio que acompaña a su novela The Father and Daughter a partir de la

segunda edición (King y Pierce 57)

31 Otra autora que escribía por necesidad, o al menos así lo expresa en el prólogo que encabeza la primera edición de A Simple Story: “NECESSITY, who, being the

mother of Invention, gave me all mine” (2).

32 El caso de Charlotte Smith es paradigmático pues escribió profusamente tras abandonar a su marido y verse como única proveedora de su numerosa prole. El hecho de tener que escribir por necesidad y a veces obligada por los apuros económicos le llevó a decir que “[I] loved novels no more than a grocer does figs” (Fletcher 1).

33 Sobre los motivos que indujeron a Ann Radcliffe a escribir, Rictor Norton explica que mientras que otras autoras contemporáneas como Charlotte Smith justificaban su dedicación poco femenina a las letras por la necesidad de mantener a su familia, “Ann Radcliffe in sharp contrast, wrote for pleasure rather than profit”, y más adelante añade que “[she] wrote for fame” (3).

34 Aunque se conoce muy poco de la biografía de esta autora, se sabe que tuvo problemas económicos dado que recurrió al Royal Literary Fund en busca de apoyo (Lasa Álvarez “The Children of the Abbey” 35), lo que nos sitúa ante un

profesión de hombre de letras, que las mujeres tomaron también como suya (Todd

The Sign of Angellica 228) en las postrimerías del siglo XVIII.

iii. La referencia a los éxitos anteriores

Como se ha podido observar en casos vistos más arriba, otra fórmula empleada en obras anónimas para sugerir de alguna manera la autoría era la referencia a algún texto anterior publicado por esa misma autora. Este procedimiento satisfacía tanto a las autoras, si su voluntad era mantenerse en el anonimato, como a los editores y libreros, dado que se daba publicidad a otras obras que con toda probabilidad publicaban ellos mismos. Tal es el caso de

Nourjahad de Frances Sheridan, que se publicó anónimamente pero indicando que

había sido escrito “by the editor of Sidney Bidulph”, manteniéndose así también el artificio utilizado por la autora en su más afamada novela, según el cual las cartas que la integraban eran verídicas y habían sido compiladas por un editor. Un procedimiento similar, aunque ya no para ocultar el nombre de la autora, sino para fines publicitarios, era el de listar junto al nombre de aquella una o varias de sus obras, especialmente si habían obtenido el reconocimiento del público. Es lo que se puede observar en los textos de las autoras de más éxito, como Ann Radcliffe, Elizabeth Helme o Regina Maria Roche. De esta manera, cuando el lector hojeaba el libro se le recordaba alguna obra que podía haber leído o de la que había oído hablar con anterioridad y servía como reclamo para la adquisición del nuevo libro.

iv. La Minerva Press

A través del análisis de este componente de la página de título, de si aparece o no, y si lo hace, qué características presenta, se ha podido observar

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