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Los avisos antes de la bendición

In document Las aguas vivas que borbotean (página 168-171)

Éste es el momento de la liturgia en que se pueden dar algunos avisos. Por favor, evítense los avisos larguísimos. La comunidad se siente desalentada cuando comienzan los avisos antes de la bendición y el sacerdote dice: Pueden sentarse un

momento. La cara de la feligresía lo dice todo.

No hay nada mejor para acabar, después de una liturgia sin sentimiento y un aburrido sermón, que una inacabable lista de avisos en que uno palpa en el ambiente el anhelo por salir de la iglesia. Cuántas veces ese anhelo es palpable. La conclusión del sentido común resulta evidente: pocos avisos y breves.

Lo mejor es no tener que dar ningún aviso. El mejor lugar de los avisos es un cartel a la entrada de la iglesia. Los curas se quejan de que no leen los carteles. ¡Lógico!, hay veinte o treinta

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carteles a la entrada. Cualquiera entiende que a la entrada sólo debe haber un cartel si éste quiere ser leído. Un cartel, una vez leído por todos los que han entrado en la iglesia ese fin de semana, se puede quitar.

Pasado el fin de semana se quita el cartel; a la entrada del templo sólo debe haber un cartel o ninguno; si se procede así, los carteles SIEMPRE son leídos.

Si se obra de este modo, se logra que sean muy pocas las misas dominicales en las que se den avisos. Un aviso en la misa debe ser algo excepcional, para eso ya está el cartel de la entrada. Pero si se da un aviso, éste debe ser de tres o cuatro frases. Obrar de otra manera supone desconocer las ganas que la gente tiene de salir ya.

Peor todavía cuando el aviso, en realidad, consiste en que una persona de la parroquia va a explicar lo que están haciendo. Después el párroco se enfada de ese colaborador se ha alargado mucho. En realidad, el culpable es el mismo párroco. Sólo un recién ordenado puede desconocer lo que le gusta a un colaborador explayarse acerca de la tarea que están llevando a cabo en la parroquia.

El Señor esté con vosotros

.

Se recuerda, por última vez, que el fin de todo lo que se ha realizado es ése y sólo ése: que Dios nos acompañe a través de una continua presencia de Dios, que Dios nos inhabite.

Se han pedido muchas cosas, se han hecho muchas cosas, pero todo se recapitula en la simplicidad de esa fórmula: Dominus

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La bendición

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Es Dios mismo quien bendice a través del presbítero. No es una petición, se trata de un sacramental. En la bendición siempre se recibe algo material o espiritual. El mismo sacerdote se bendice a sí mismo al impartir la bendición.

En la medida en que se reciba con más fe esa bendición, se recibe más. Oh mujer, grande es tu fe. Que te ocurra como deseas (Mt 8, 15).

Si se tiene poca fe en la bendición, se recibe poco. Si se tiene más fe de que es una actuación de Dios, se recibe más.

Alguien puede pensar, cuánto me hubiera gustado recibir una bendición de Jesucristo cuando Él estaba visible sobre la tierra. Pues si tienes fe, será Jesucristo el que te bendiga a través del sacerdote. En la liturgia hay un momento de escuchar, otro de adorar, otro de recibir bendición.

Hemos mencionado a la Santísima Trinidad justo al comienzo de la misa, y la mencionamos justo al final.

Introdujeron el arca de Dios y la colocaron en medio de la Tienda que David había hecho levantar para ella. Y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión en presencia de Dios.

Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahveh, y repartió a todo el pueblo de Israel, hombres y mujeres, a cada uno una torta de pan, un pastel de dátiles y un pastel de pasas (I Cron 16, 1-3).

La torta de pan simboliza el Pan de los Ángeles. El pastel de pasas simboliza la Sangre de Cristo. La uva para transformarse en pasa, ha tenido que pasar por su propia pasión. El pastel de dátiles representa las dulzuras del Espíritu Santo. Porque en la misa no sólo se recibe al Hijo, también al Espíritu Santo. Además de dar de comer, David bendijo al pueblo; lo mismo sucede en la misa.

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Podéis ir en paz

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La misa comienza deseando que el Señor esté con nosotros, en nosotros, y acaba con esa paz dentro de nosotros. Toda la liturgia se halla situada en medio entre el saludo y la despedida, y tiene como fin que esa paz penetre y resida en nosotros. La misa, por tanto, debe ser una liturgia transformativa.

Bien es cierto que el podéis ir en paz, es el modo en que se ha decidido traducir la fórmula latina ite missa est. Las palabras elegidas para despedir la asamblea resultan acertadas, porque esta fórmula latina es una de las más antiguas fórmulas romanas, y de ahí que resulte arcaica y de difícil traducción.

Se nos presentan distintas formas de entender esta expresión:

-La misa ha sido acabada, missa est [finita].

-La misa existe, missa EST. Es decir, como si dijera que la misa existe, como una realidad concluida, ante Dios. Es decir, que la misa está ante la presencia de Dios. -Las ofrendas han sido ya enviadas, missa sunt. Como si las ofrendas espirituales ya hubieran sido enviadas ante el Trono de Dios.

Aunque existen otras opciones más complejas (y, en mi opinión, menos creíbles) para poder explicar el origen de esta fórmula latina, creemos que la tercera (missa sunt) es la más probable y la más bella: el ángel ya ha llevado vuestras plegarias, alabanzas y sacrificios personales ante Dios.

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