Los francotiradores son mucho más difíciles de manejar que los asesinos, sobre todo porque es más difícil identificarlos. Los tiradores sólo atacan de vez en cuando, si ya no pueden contener su ira; ade- más, la mayoría de las veces su ataque es absolutamente inesperado. Por otra parte, hieren con tal rapidez que casi siempre sus víctimas recién toman conciencia de que están siendo atacadas después de un lapso considerable. Entonces, cuando hay escasas posibilidades de responder, la víctima se enoja.
Uno de los primeros pasos a dar para habérselas con los franco- tiradores es identificarlos. Estos atacantes asumen formas diversas, incluso las de víctimas o asesinos. Por lo general la víctima sólo em- pieza a identificar a su atacante como un francotirador en potencia después de haber sufrido varios ataques impredecibles e inexplicables. El paso siguiente para enfrentar a los francotiradores - a l igual que a los asesinos— consiste en reducir el tiempo de reacción de la víctima. Mientras más rápida la reacción, mejor, porque ello le indica al tirador que ha sido identificado y que su víctima se niega a hacer de blanco.
Mientras más refinada y elegante sea la respuesta de la víctima, y mientras más rápidamente se produzca, más posibilidades habrá de que el atacado salga de su situación de inferioridad y se coloque en una posición igual o superior a la del atacante. Reconocer a los francotiradores exige tiempo y esfuerzo, como también reducir el tiempo de respuesta y encontrar mecanismos para neutralizar los disparos.
Mi preferencia personal para habérmelas con los francotiradores es utilizar la confusión y el humor. Muchas veces, después de un ataque las víctimas se sienten tan confundidas o lastimadas que no pueden reaccionar adecuadamente. Como están perturbadas no pue-
den pensar; y como no pueden pensar su tiempo de reacción es va- rios días mayor de lo que debería ser. En consecuencia, lo que yo sugiero es elaborar una respuesta que no exija pensar. Lo que yo hago después de haber sido atacado (y lo que muchos de mis pacientes lian hecho con éxito considerable) es besar al tirador en la nariz, sin dar explicaciones. Las personas se dan cuenta inmediatamente de que están siendo atacadas, y aunque no puedan reaccionar con ra- pidez suficiente como para pensar, pueden atinar a besar al atacante en la nariz.
El beso tiene varios efectos. Primero, provoca en el tirador una reacción inmediata y, por lo tanto, poderosa. Segundo, probablemen- te lo confunde, dado que la última reacción que esperaría de su víctima sería el afecto. Tercero, responder a un ataque con un beso implica algo así como "perdonar" o sugerir la frase famosa: "Per- dónalos porque no saben lo que hacen". Así, tanto ia confusión del tirador como la actitud de perdonar contribuyen a sacar a la víc- tima de una situación de potencial inferioridad y a llevarla a otra, de superioridad. La consecuencia puede ser que los francotiradores lo piensen dos veces antes de volver a atacar. Quizás decidan dejar de tirar sobre una víctima que está sobre ayiso; o tal vez resuelvan buscar víctimas más desprevenidas.
Cierta experiencia que tuve con un terapeuta-tirador constituye un buen ejemplo del uso del humor para neutralizar al tirador. Mi colega y yo estábamos trabajando en la reunión anual del Instituto Ackerman, en el campo. Una noche, durante una fiesta, mi colega me dijo que quería presentarme a su ex terapeuta, que asistía al congreso y a las reuniones de trabqo con su esposa. Mi colega estaba muy excitada ante la perspectiva de presentarme a mí (su coterapeuta durante casi siete años) a este hombre (su terapeuta durante cinco años).
Después de las presentaciones, las primeras palabras que salieron de la boca del terapeuta fueron: "¿Qué es usted?". No "¿Cómo está?" o "¿Quién es usted?" Yo me sentí verdaderamente desconcertado, confundido y algo las- timado. Me recuperé y respondí: "Un acuariano". El terapeuta farfulló algo para mitigar mi respuesta, pero sin la agudeza de mi réplica. Sólo la buena educación impidió a mi colega revolcarse por el piso riéndose a carcajadas.
Creo que el tiempo de reacción de mi respuesta y el elemento humor fueron los factores más importantes en la neutralización de este intento de ataque de un tirador. Fue realmente fuerte y diver- tido responder a los disparos de un terapeuta recurriendo a la as- trología.
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rendas. En estas actividades, muchas veces tengo que habérmelas con multitud de tiradores potenciales.
Durante los últimos años he notado que hay un esquema que se repite cada vez que salgo de Nueva York para dirigir un taller de dos días sobre te- rapia de familia. Por lo general, el segundo día, en la sesión de la tarde, se pro- ducen algunos disparos durante mi exposición, ya se trate de la parte teórica o de los videotapes. Al principio tiendo a desconcertarme y a sentirme herido, sobre todo cuando siento que el taller va bien, el auditorio se interesa y la ex- posición es clara, enérgica y bienhumorada.
Cierto día me quejé de esto con mi terapeuta, lan Alger. La sugerencia de lan dio en el clavo. El segundo día, después del almuerzo, abrí la sesión de la tarde diciéndole al auditorio que yo tengo el siguiente capricho: después de un día y medio de taller siento que mi trabajo ha sido deplorable si no he conseguido fastidiar a algunos de mis oyentes. Agregué que, por lo tanto, me gustaría responder preguntas y discutir con las personas a las que había fas- tidiado.
Tiempo después me di cuenta de que, al presentar un taller, yo me encontraba en un dilema y sin duda en una situación de perdedor. Mi propia ingenuidad me impedía advertir que me tiroteaban porque el táller que estaba dirigiendo era bueno, y los tiradores no podían contener su competitividad más de un día y medio. También com- prendí que a veces los disparos provenían de personas cuyas ideas eran diferentes de las mías y que se sentían obligadas a desmerecer mi exposición para sustentar sus propias teorías.
La sugerencia de lan funcionó, probablemente por un par de razones al menos: Primero, yo dejé de sentirme ansioso (y fuera de control) porque podía anunciar mi predilección por la polémica, en vez de quedarme quieto y ser fácil blanco de los disparos. Y se- gundo, al prescribir el ataque me sentía menos indefenso y vulne- rable, puesto que volvía a hacerme cargo de la situación. Además, los disparos disminuyeron desde que yo empecé más bien a provo- carlos que a temerlos.
Desde que uso esta prescripción en mis talleres sucede que el segundo día, después del almuerzo, si hay preguntas éstas son legí- timas y de buena fe y carecen de la agresividad que solían tener algunas antes de que prescribiese el ataque.
ALGUNOS RITUALES Y METAFORAS FAVORITOS