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67 bablemente en Antioquía, ya que había allí un arjón de los judíos

In document Los Primeros Cristianos Urbanos (página 33-180)

en el siglo I d. C. y un arjón ton arjontón («magistrado de magis- trados») en el siglo IV . Se discute si esto fue la norma general en todas las ciudades donde había más de una sinagoga 168.

Aparte los detalles de organización local, que probablemente variaban de una ciudad a otra, los judíos de aquellas ciudades don- de sus miembros constituían una gran parte de la población, for- maban prácticamente una ciudad dentro de la ciudad, designada con el término griego politeuma 169. Era un cuerpo reconocido de

residentes de una ciudad que, sin ser ciudadanos, compartían al- gunos derechos específicos de éstos. Como hemos visto, tal esta- tuto no era inusual en las ciudades helenísticas para grupos de in- migrantes acomodados, como los italianos o los sirios de Délos, o los nativos de una antigua ciudad refundada como colonia romana 170.

Las relaciones entre el politeuma y el demos, la corporación de todos los ciudadanos, estaban sujetas a diversas interpretaciones y a veces eran objeto de controversias. Josefo suele utilizar el tér- mino «ciudadanos» (politai) para referirse a los judíos residentes en una ciudad. Dice, por ejemplo, que a los residentes de Antio- quía se los denominaba antioquenos 171, pero el término «residen-

tes» (katoikountes) significa normalmente residentes forasteros y no ciudadanos. La misma ambigüedad aparece en los dos docu- mentos de Sardes ya citados, donde se califica a los judíos como

politai. En el decreto de Lucio Antonio el texto es dudoso porque

la mayoría de los manuscritos dicen «nuestros ciudadanos» [ro- manos], pero uno de ellos dice «vuestros ciudadanos» [de Sar- des] . El decreto de la ciudad recogido por Josefo contiene la misma contradicción que su observación sobre los antioquenos,

167. Josefo, JW 7.47; Libanio Ep. 1251 (ed. Foerster), cf. Meeks-Wilken 1978, 6-9, 60.

168. Sobre Roma, cf. el debate en León 1960, 168-170.

169. Para Alejandría, el término se utiliza ya en la carta de Aristeas (310), pro- bablemente del siglo II a. C; cf. Josefo, Ant. 12.108. Cf. la reseña general en Tche- rikover 1961, 296-332; Smallwood 1976, 139, 141, 224-250, 285, 359-364, 369; Tarn 1952, 210-238.

170. Cf. las reseñas de Tcherikover y Smallwood citadas en la nota anterior. Ellos aducen politeumata de frigios, boecios y licios en Alejandría, de cretenses en Fayum, de cuanianos en Sidón, y otros (Tcherikover 1961, 505, n. 8; Smallwood 1976, 226, n. 23). Sobre asociaciones de ciudadanos romanos en las nuevas pro- vincias de Asia Menor, cf. más arriba, n. 24. Para diversos ordenamientos de po-

liteumata en colonias, cf. Levick 1967, 71-83. Sobre las tensiones sociales y eco-

nómicas resultantes, cf. Cracco Ruggini 1980. 171. C. Ap. 2.39.

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refiriéndose a los judíos como katoikountes y como politai al mis- mo tiempo 173. El núcleo del problema aparece expuesto concisa-

mente en la queja expresada treinta y cinco años después por algunos individuos jonios (ciudadanos griegos de Asia Menor occi- dental, probablemente de Efeso): «si los judíos fueran socios

[syngeneis], tendrían que adorar a los dioses de los jónicos» 174.

Los judíos aprovechaban cualquier oportunidad para adquirir de- rechos idénticos a los de los ciudadanos, pero exigían al mismo tiempo garantías para no tener que violar sus leyes religiosas, so- bre todo la observancia del sábado, las normas sobre manjares y la evitación de la «idolatría». Ellos no podían participar en los cul- tos civiles y seguían siendo judíos.

La concurrencia que, en una sociedad de bienes limitados, se producía inevitablemente entre los diversos politeumata y grupos menores de la ciudad ocasionaba algunas ambivalencias peculiares para los judíos. Por una parte, ellos procuraban aprovechar las oportunidades que la urbanización helenística y romana ofrecía a la población móvil. Su riguroso monoteísmo, su culto «sin imá- genes» y la fuerte cohesión de sus comunidades suscitaban admi- ración entre muchos vecinos paganos, llegando algunos a hacerse prosélitos sinceros, mientras otros eran simpatizantes o incluso se adherían formalmente a la sinagoga 175. Pero estas mismas cuali-

dades, añadidas al tamaño y a las riquezas de muchas comunida- des judías, provocaban en otros el resentimiento y la envidia. Tuvo

173. Ibid., 259; cf. nota de Marcus ad loe. y Tam 1961, 221.

174. Ant. 12.126. Marcus. Ant. 16.27-61 ofrece un relato completo, describien- do la feliz intervención de Herodes ante su patrocinador Agripa y la defensa de los judíos por el protegido de Herodes, Nicolao de Damasco. Cf. la reseña por Smallwood 1976, 140s. Véase la queja de Apión citada por Josefo, C. Ap. 2,65. 175. Sobre monoteísmo, cf. Estrabón Geog. 16.2.35 (= Stern 1974, n.° 115). El éxito del proselitismo judío se comprueba en las leyes romanas y en las medidas políticas que se adoptaron de vez en cuando para inhibirlo, comenzando por la ex- pulsión de los judíos de Roma por Cornelio Hispalense en 139 a. O, ordenada por Valerio Máximo (Stern 1974, n.° 147s). No existe aún un estudio completa- mente satisfactorio del proselitismo judío en el último período helenístico y en el primer período romano, pero cf. Kuhn 1959 y Kuhn-Stegemann 1962. La cuestión de los «temerosos de Dios» como semiprosélitos ha sido muy estudiada, por ejem- plo por Lake 1933; Feldman 1950; Hommel 1975; Lifshitz 1969, 95s y 1970; Ro- maniuk 1964; Siegert 1973; Robert 1964, 39-47. Los documentos recogidos pare- cían negar, hasta hace poco, ese uso técnico. En la mayoría de los casos, theosebes significa simplemente «piadoso», aplicado a prosélitos, simpatizantes o, como en la inscripción del teatro de Mileto, a toda la comunidad judía. Sin embargo, la ins- cripción de la sinagoga de Afrodisia descubierta recientemente parece confirmar que theosebeis puede ser una designación formal de un grupo distinto de los pro- sélitos y de los judíos nativos, pero inscritos como miembros de una sinagoga (cf. Mellink 1977, 305s). No hay por qué suponer que este mismo uso predominase en otros lugares.

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mucha difusión una parodia del Éxodo que presentaba a las gen- tes que Moisés organizó en nación como leprosos que habían sido expulsados de Egipto. Esto —según la parodia— explicaba que los judíos fuesen antisociales y rehusaran «compartir la mesa con nin- guna otra raza» 176.

Los judíos, por su parte, eran conscientes de que su verdadera identidad dependía del mantenimiento de ciertas barreras entre ellos y «las naciones». Pero también se sentían fuertemente incli- nados a adaptarse a la cultura dominante de las ciudades por ra- zones de conveniencia. Además, muchos de ellos tenían en gran estima los valores de aquella cultura que en tantos aspectos pare- cía armonizar con su propia idiosincrasia y con las tradiciones bí- blicas. El dilema puede detectarse en casi todas las páginas de Fi- lón. Este escribió en un griego elegante y retórico; es dudoso que sus conocimientos del hebreo fueran más allá de lo que pudo ofre- cerle algún manual de interpretación de las palabras bíblicas 177.

El griego era el lenguaje de todas las comunidades de la diáspora judía dentro del Imperio Romano, según todos los testimonios que nos han llegado. Además, lo que Filón escribió fue una serie de comentarios y paráfrasis de los libros del Pentateuco; pero una buena parte de lo que él encuentra en los relatos y las leyes de la Biblia coincide con lo que decían los moralistas y filósofos paga- nos que enseñaban en las escuelas de Alejandría . «Leyó a Pla- tón a la luz de Moisés, y a Moisés a la luz de Platón, porque es- taba convencido de que ambos decían lo mismo» 179. Al mismo

tiempo, Filón vio la importancia de que los judíos preservaran su identidad distintiva. Sobre el oráculo de Balaán, que dijo de Israel: Mirad, un pueblo vivirá [katoikései] aparte y no será apreciado entre las naciones 180,

Filón comenta: «no porque su lugar de residencia esté aparte ni porque su país esté incomunicado con otros, sino porque en vir-

176. Diodoro Síc. Bibl. hist. 1.3. (= Stern 1974, n." 63). La versión mejor co- nocida de la leyenda de los leprosos se halla en el libelo antijudío de Apión, al que replicó Josefo. Otros ejemplos, comenzando por Hecateo de Abdera, aparecen re- cogidos en Stern 1974; cf. también su estudio 1976. Sobre sentimientos antijudíos en la antigüedad, cf. Sherwin-White 1967, 86-101; Sevenster 1975.

177. Cf. I. Heinemann 1929-1932, 524-528.

178. El grado y la naturaleza del helenismo de Filón se han discutido mucho; una de las guías más seguras sigue siendo la obra de Heinemann citada en la nota anterior.

179. Goodenough 1962, 10. 180. Núm. 23, 9b LXX.

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tud de la distinción de sus usos peculiares no se mezclan con los otros para no abandonar los caminos de sus padres» 181. Filón se

sintió descorazonado ante algunos judíos que, como él mismo, consideraban los ritos y las fiestas religiosas como «símbolos de cosas espirituales», y con tal pretexto descuidaban el cumplimien- to práctico de las acciones requeridas. Tales personas —dice— obran como si «vivieran por sí mismas y estuvieran solas en el de- sierto, o como si fuesen almas sin cuerpo, fuera de toda ciudad o aldea, de toda familia y de toda asociación humana [thiasos

anthrdpón]» 182.

El individualismo que Filón fustiga aquí fue la tentación espe- cífica de individuos como él: ricos, cultos, «griegos de alma y de lengua» 183, pero descontentos de los límites impuestos por la po-

sición ambivalente de la comunidad judía. Como dice Tcheriko- ver, «el que deseaba participar en la vida cultural y pública de su

entorno y desempeñar algún papel en el mundo, tenía que comen- zar por ser ciudadano de una ciudad griega» 184. Es indudable que

individuos como Filón podían llegar a ser ciudadanos. Pero ¿a qué precio en cuanto a su judaismo? La respuesta no es tan sencilla como se ha hecho creer a veces. Hemos mencionado ya el caso del sobrino de Filón, Tiberio Julio Alejandro. Su excepcional ca- rrera le impuso, al menos según Josefo, el abandono del judais- mo 185. Pero es posible que en otros casos los judíos obtuvieran

la ciudadanía griega sin comprometerse a actos que la mayoría de sus correligionarios consideraban como idolátricos. Esto fue po- sible sin duda durante el último período en ciudades de Asia Me- nor occidental. En la gran sinagoga de Sardes, por ejemplo, algu- nas inscripciones recuerdan con orgullo los nombres de socios de la sinagoga que fueron sardinaioi e incluso magistrados de la ciu- dad 18 . Y el autor del libro de los Hechos, al margen de que su

181. Mos. 1.278, trad. por F. H. Colson en la Loeb edition. 182. Migr. 89-93; citas de 89, 90 (traducción mía).

183. Como el judío con el que supuestamente se encontró Aristóteles: Josefo C. Ap. 1.180, citando a Clearco de Soli.

184. Tcherikover 1961,309.

185. Hay muchas probables alusiones a Alejandro en las obras de Filón; por ejemplo, Mos. 1.30s. Bassler 1979,138-143, sostuvo que el retrato curiosamente am- bivalente que hace Filón de José como un politicus no es un modelo para el pre- fecto romano de Egipto, como propuso Goodenough 1938, 21-23, sino una ad- vertencia contra la clase de carrera que hizo Ti. Alejandro, saltándose las «costum- bres ancestrales» y pasando «de la dirección del pueblo a la dictadura sobre él»

(Somn. 2.78s).

186. Kraabel 1968, 218-221. La inscripción de Afrodisia (arriba, n. 163), cuando se publique, aportará datos significativos. Pero hay que ser cautos sobre el período anterior, ya que Septimio Severo aprobó algunas leyes que facilitaban a los judíos

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información sea verdadera o ficticia, al menos hace una afirmación plausible al declarar que el padre de Pablo era ciudadano de Tarso y de Roma y, no obstante, envió a su hijo a Jerusalén a estudiar con el rabino Gamaliel 187.

Sin embargo, la cuestión que preocupó a los judíos alejandri- nos —y a Filón, su portavoz— durante el siglo I fue la de los de- rechos ciudadanos: la comunidad de judíos debía equipararse en esto a la comunidad de los griegos. Esta cuestión originó las con- tinuas controversias y la violencia periódica que se desataba entre paganos y judíos en Alejandría. La cuestión legal, en el período que a nosotros nos interesa, tenía como fundamento la famosa car- ta de Claudio el año 41 d. O, descubierta en copia de papiro el primer decenio del presente siglo. Claudio confirmaba los derechos de los judíos a seguir sus antiguas tradiciones sin ser molestados, pero les negaba categóricamente el derecho a ser considerados ciu- dadanos. Debían conformarse con los numerosos privilegios que habían recibido como residentes forasteros en «una ciudad que no es la suya» 188. La situación legal no fue distinta, probablemente,

en otras ciudades, donde los testimonios son mucho menos nu- merosos. En lugares como Sardes, sin embargo, donde las relacio- nes entre judíos y gentiles parecían mucho más armoniosas du- rante varios siglos, hubo quizá menos motivo para poner límites legales a la participación judía en la vida civil.

Aunque los judíos de Alejandría quedaron defraudados con la respuesta de Claudio a su petición —y habían quedado atemori- zados durante un tiempo con la respuesta de su predecesor—, es significativo sin embargo que acudieran a Roma para obtener la reparación de agravios locales. Dos factores los movieron a hacer- lo. Uno fue el carácter mixto de la ciudad grecorromana; el otro fue la política romana, iniciada por César y Augusto, de gobernar equilibrando los fuertes intereses locales y ganando su adhesión a base de hacerlos sus clientes. En consecuencia, cualquier comuni- dad de cierto tamaño y consistencia, con una posición local am- bivalente, como la judía, debía acogerse a la protección imperial.

A s í l o h i c i e r o n l o s j u d í o s d e l a d i á s p o r a , g e n e r a l m e n t e c o n h u e - la participación en los consejos ciudadanos (que sometió a mi atención Roben L. Wilken; éste cita dos inscripciones elogiando a los Severos, CU 1.677 y 2.972, en su obra, próxima a aparecer John Chrysostom and the Jews: Rhetoric and Reality

in the Fourth Century [University of California Press]; el autor me ha mostrado

la obra en manuscrito). Cf. también Levine 1979, 656. 187. Hech 16, 37s; 21, 39; 22, 3. 25-29.

188. PLond. 1912 en Bell 1924 (= CPJ n. 153). Las fuentes más importantes es- tán bien recogidas en Stern 1974, 1, 399-403, y las cuestiones se abordan breve- mente, pero con penetración, en Tcherikover 1961, 305-328.

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nos resultados. La visión convencional del cristianismo y del ju- daismo primitivos se ha centrado siempre tan unilateralmente en Palestina, y especialmente en las revueltas de los años 66-70 y 132-135, que tendemos a mirar a Roma como un enemigo impla- cable de los judíos. Los documentos recogidos por Josefo, los dos tratados políticos de Filón y otros testimonios indican más bien que los judíos de las ciudades solían considerar a Roma como su protectora. Durante las dos revueltas palestinas, las ciudades de la diáspora apenas ofrecieron, al parecer, ningún apoyo a los revo- lucionarios y no se sabe que sufrieran ninguna consecuencia ne- gativa por la derrota. Incluso durante las guerras hubo incidentes en los que los funcionarios romanos intervinieron para proteger a los judíos de los ataques de adversarios locales que se aprovecha- ron del sentimiento antijudío provocado por las revoluciones. El episodio más conocido se produjo en Antioquía, cuando el año 67 un judío apóstata incitó a un pogrom contra su propio pueblo (su padre era arjon de los judíos antioquenos) alegando un com- plot para incendiar la ciudad. Después de un intervalo 189, el es-

tallido de un incendio en el 70-71 provocó nuevas hostilidades, pero el gobernador interino Gnaeus Collega logró frenar a los an- tioquenos y demostrar que los judíos eran inocentes. Los antio- quenos, insatisfechos, pidieron a Tito, cuando apareció en Siria du- rante la primavera, que expulsara a los judíos o, de no hacerlo, al menos les retirase los privilegios. Tito no accedió, y «dejó el sta-

tus legal de los judíos de Antioquía exactamente como estaba» 190.

La verdad es que el comportamiento de Roma no siempre era be- nigno. Los levantamientos judíos en Egipto y en Cirenaica entre el 112 y el 115 fueron sofocados tan brutalmente que en amplias regiones de África del Norte muchas comunidades judías dejaron de existir m. Sin embargo, ni siquiera esa guerra ni el fracaso pa-

lestiniano de Bar Kochba dos décadas después afectaron mucho a la situación de los judíos que vivían en las ciudades de las otras provincias. Los judíos de la diáspora estimaron más prudente con- siderar el poder romano como lo hizo uno de ellos, aunque con- vertido a la secta de los cristianos, cuando avisó a sus compañeros de Roma: «El que tiene miedo a las autoridades no es el que obra bien, sino el que se porta mal. ¿Quieres no tenerles miedo a las

189. Smallwood 1976, 362s, infiere plausiblemente de Ant. 12.120 que el legado romano Muciano intervino a veces, entre el 67 y el 69, para restaurar los derechos básicos de los judíos.

190. Josefo, JW 7, 40-62, 100-111 (la cita, en la traducción inglesa de Thacke- ray, es de 111). Cf. el tratamiento en Smallwood 1976, 361-364; Meeks-Wilken 1978, 4s.

191. Applebaum 1961, 1979.

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autoridades? Obra bien y ellas te felicitarán, porque están al ser- vicio de Dios, que juzga y castiga al que se porta mal» (Rom 13, 3-4, RSV) 192.

Los testimonios que nos han llegado sobre la posición econó- mica de los judíos en las ciudades son escasos y muy tardíos, pero indican que los judíos, en la mayor parte de los lugares, estaban repartidos por toda la jerarquía de status y de ocupaciones 193. Por

ejemplo, Applebaum encuentra en la población judía de Cirenaica unos pocos ricos y terratenientes, ya que sus hijos eran admitidos en los efebatos de Cirene, Teuqueira y Tolemaida, pero también campesinos arrendatarios empobrecidos, esclavos, un picapedrero, fabricantes de lámparas de arcilla, pintores y quizá marinos y acu- ñadores de moneda 194. Es especialmente notable el número de ar-

tesanos que aparecen en inscripciones, papiros y textos literarios y legales. La lista de la sinagoga de Afrodisia, descubierta recien- temente, incluye un orfebre, un calderero, dos reposteros, un ca- zador de aves (?), posiblemente un verdulero y, entre los nombra- dos aparte como theosebeis, calderos, bataneros, un picapedrero, un teñidor de púrpura, dos carpinteros, un cambista (?), un sal- chichero y un fabricante de pulseras 195. Hay una tradición con-

servada en la Tosefta según la cual la gran sinagoga de Alejandría contaba con dependencias especiales para gremios de plateros, he- rreros, tejedores, alfombreros y similares 196. Y hay testimonios

sobre conexiones de gremios con sinagogas en Hierápolis (Frigia) y en Corcira (Cilicia), y quizá en otras partes 197. Las referencias

a mercaderes judíos son más raras, pero no faltan, y Applebaum desarrolla un ingenioso y no improbable argumento señalando que la riqueza impresionante de Alejandro el Alabarca, hermano de Fi- lón y padre de Tiberio Julio Alejandro, procedía en parte del co-

192. Actualmente se considera Rom 13, 1-7, con buenas razones, como una pie- za tradicional de parénesis que fue compuesta probablemente por la sinagoga grie- ga y adoptada posteriormente por cristianos. Cf., por ejemplo, Kasemann 1961, Bergmeier 1970.

193. Cf. la exposición de Applebaum 1976, 701-727. 194. Ibid., 709-711.

195. Estas identificaciones deben considerarse provisionales hasta que se publi- que la inscripción. Yo hago referencia a una copia manuscrita que me facilitó muy amablemente Joyce Reynolds y que he citado con su permiso y el del profesor Ke- nan T. Erim.

196. TSukkah 4, 6, también bSukkah 51b, pSukkah 5, 1, 55a. Applebaum 1974, 703, conjetura que los gremios eran anteriores al dominio romano, dada la hosti- lidad de Roma contra las asociaciones, y que quizá fueron «incorporados delibe- radamente a las sinagogas para evitar la supresión por la autoridad». Pero esta hi- pótesis exagera la oposición oficial a las corporaciones, sobre todo las corporacio- nes profesionales, que fueron primordialmente de inspiración romana.

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mercio, ya que tenía dinero depositado en Puteoli 198. Había, na-

turalmente, muchos pequeños comerciantes de posición más mo- desta entre los judíos, muchos pilotos y traficantes (naukléroi, em-

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