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7. BATAILLE: EL LÍMITE DE LO ÚTIL Y LA VITALIDAD DE LO SUPERFLUO
De las páginas de El límite de lo útil de Georges Bataille se desprende un implacable análisis de la economía en clave antiutilitarista. Un ensayo, esbozado en varias redacciones entre 1939 y 1945, que el autor no cerrará nunca de manera definitiva. Los capítulos que han llegado hasta nosotros, sin embargo, contienen una serie de reflexiones fragmentarias en las que se enfrentan dos visiones opuestas del mundo: la que se funda en la idea obsesiva de lo útil y la que se centra en el don sin perspectiva alguna de beneficio. Una oposición radical que se traduce en dos concepciones antinómicas de la vida: por una parte una existencia sacrificada dentro de una economía restringida (en la que sólo existe lo que puede aplicarse a la producción y el crecimiento) y por otra parte una existencia a medida de la infinitud de un universo que se caracteriza por el lujoso dispendio de energías (en el cual, más allá de todo límite, se vuelve necesario precisamente aquello que se considera improductivo).
En una carta a Jérôme Lindon, en la que Bataille explica a su interlocutor el proyecto editorial de una nueva colección, los términos del conflicto son sintetizados con extrema claridad:
A mi juicio, la ley general de la vida reclama que en condiciones nuevas un organismo produzca una suma de energía mayor que aquella que necesita para subsistir. De ello se desprende una de estas dos cosas: el excedente de energía disponible puede ser empleado en el crecimiento o en la reproducción; de no ser así, finalmente se derrocha. En el dominio de la actividad humana, el dilema adquiere esta forma: o se emplea la mayor parte de los recursos disponibles (es decir, del trabajo) en fabricar nuevos medios de producción —y entonces tenemos la economía capitalista (la acumulación, el crecimiento de las riquezas)— o se derrocha el excedente sin tratar de aumentar el potencial de producción —y entonces tenemos la economía de fiesta— (pp. 377-378).
Así, el uso diferente de lo superfluo produce dos actitudes antitéticas que se reflejan inevitablemente en las nociones de humanidad y tiempo:
En el primer caso, el valor humano es función de la productividad; en el segundo, se asocia a los más bellos logros del arte, a la poesía, al pleno desarrollo de la vida humana. En el primer caso, no nos ocupamos sino del futuro, al cual subordinamos el presente; en el segundo, sólo cuenta el instante presente, y la vida es liberada, al menos de tiempo en tiempo, y en la medida de lo posible, de las consideraciones serviles que dominan un mundo consagrado al crecimiento de la producción (p. 378).
Bataille, consciente del hecho de que «estas dos clases de sistemas de valores no pueden existir en estado puro» porque «hay siempre un mínimo de transacción» (p. 378), intenta en cualquier caso brindar ejemplos concretos extraídos de la historia en los que el derroche y lo superfluo han desempeñado un papel importante en la superación del límite de lo útil. En la civilización azteca o en los potlatch practicados por algunas tribus norteamericanas es posible encontrar una cultura del don (testimonio de una economía de la dilapidación y el dispendio) en la cual Bataille funda su noción de comportamientos gloriosos:
Lo que he dicho de los «comportamientos gloriosos» de los comerciantes mexicanos nos lleva a la refutación de los principios utilitarios sobre los que descansa esta civilización inhumana. Apoyándome en el análisis de hechos poco conocidos hasta ahora, plantearé una idea nueva de la historia económica. Me será fácil mostrar que los «comportamientos útiles» no tienen valor en si mismos: sólo nuestros «comportamientos gloriosos» determinan la vida humana y le dan un valor (II, 1, 3, pp. 33-34).
Ahora bien —con independencia de las críticas que se han dirigido contra la interpretación antropológica de los «comportamientos gloriosos», en los que el filósofo francés incluye también las guerras y los ritos sacrificiales religiosos («Me gustaría demostrar que existe una equivalencia entre la guerra, el sacrificio ritual y la vida mística: que se trata del mismo juego de “éxtasis” y de “terrores” con los que el hombre se suma a los juegos del cielo»; VI, p. 107)—, no deja de ser interesante el esfuerzo realizado por Bataille para reconocer en el gratuito «don de sí» una concepción antiutilitarista de la vida. En un contexto capitalista, dominado por «una indiferencia total hacia el interés público» (III, 1, 6, p. 64), la «ley del dispendio», por el contrario, toma en consideración sólo aquellos «movimientos vitales que no están sujetos a ninguna medición objetiva» (IV, p. 94). Pero la gloriosa lógica de lo superfluo se ha encaminado al ocaso cuando el capitalismo ha exigido «la renuncia del hombre al despilfarro de las fiestas» y a «otros gastos similares» para evitar que se volatilicen energías que son útiles, a su vez, para «desarrollar la producción» y la acumulación (III, 2, 1, p. 67). Al perder este exceso, la humanidad ha perdido los valores de una civilización en la cual lo gratuito y el don contribuían a conceder un significado más humano a la vida.
Bataille, al destruir a martillazos la nefasta idea de lo útil, anota también una frase que, hoy, podría ser considerada como una profecía: «Los gobernantes que sólo consideran la utilidad se hunden» (IV, p. 91).
8. CONTRA LA UNIVERSIDAD PROFESIONALIZADORA: JOHN HENRY