Tifones y tifoideas. Las segundas han desaparecido. No se li- bra de los primeros el aeropuerto de Kai Tak. De pronto el ci- clón bambolea aviones, pone un nudo en la garganta de pilotos, tripulantes y pasajeros. El aeropuerto hongkonés recuerda aque- llos badenes de carretera sobre los que saltaba el coche, cosqui- lleando el estómago del niño. Eso es lo que se siente, un hormi- gueo, un remusguillo. Parece que tu avión se va a tragar los rascacielos, como en el cine de cataclismos, que va a meter el morro en alguno de los grandes bancos con astillamiento de cajas fuertes; que va a caer al mar, a desmochar los mástiles, las grímpolas y gallardetes de los juncos; que va a romper el tende- dero de la señorita Ming, nada temerosa del infierno budista, donde cuelga la colada, sus braguitas y sostenes; que le va a arrebatar el cigarrillo de la boca al vaquero del anuncio, que se da un aire de Sadam Hussein.
De vértigo, es un aterrizaje de vértigo, como un vahído. «Como si aterrizaras en un portaaviones», opina mi amigo y paisano Joserra Plaza. Es como viajar en un tiovivo o en un ca- rrusel. Es la misma sensación. Por muy habituados que estén a tomar tierra en la hoja de un cuchillo, los pilotos te dirán que cada vez que enfilan hacia la pista de Kai Tak desde el mar sien- ten como un leve estremecimiento interior. Un palpito.
Alguna vez me hospedé en el hotel francés del aeropuerto. Desde la ventana de tu habitación veías pasar, ahí justo enfren- te, a dos palmos de tus narices, a los monstruos de vientres pla- teados. Distinguías el rostro algo desencajado del turista que se sumergía en tan dificultoso aeropuerto. Aterriza como puedas. Toda la fábrica, la estructura del edificio se estremecía mientras tanto. Nunca hubieran imaginado los señores Kai y Tak, dos especuladores de terrenos, que aquel aeropuerto del que la RAF (Real Fuerza Aérea Británica) hizo su base en 1927 llegaría a ser uno de los de tráfico más intenso del planeta. Durante los cua- renta y cuatro meses de la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial, los prisioneros británicos acarrearon piedras y adoquines de la Ciudad Amurallada de Kowloon para ampliar Kai Tak. A medida que crecía Hong Kong debían crecer también sus pistas. Había llegado la. jet age, la era del jet. Los clípers de la Pan American que hacían la ruta a Manila y San Francisco fueron a parar al desguace. En 1961 entraba medio millón de pasajeros al año, hoy son veinticinco. En 1975 aterrizaban los primeros Jumbos.
En uno de ellos viajaba en 1995 el inquieto guerniqués Jo-serra Plaza, cámara y productor de televisión: «No sé si aquel vuelo 028 era mi cita con el destino. El caso es que habíamos dejado de fumar, puesto los asientos en posición vertical, plegado las mesitas y abrochado los cinturones. El comandante nos agradeció de todo corazón que hubiéramos viajado en su compañía y nos invitaba a hacerlo de nuevo cuando empezó el baile. Desde mi ventanilla vi en acelerada confusión los barcos, los juncos, las casas, los montes, el agua de la bahía. Ya saludaba a los chinitos de la azotea con la mano cuando el Jumbo se puso al bies dispuesto a tomar tierra de lado sobre los extremos de las alas. Faltaban cien, cincuenta metros para tocar pista y el avión seguía torcido.» Joserra torció el gesto, cerró los ojos y trató de recordar alguna oración. «El comandante abortó el aterrizaje y en los últimos segundos hizo que el avión remontara el vuelo afeitando tejados y terrazas. Saltó bruscamente de abajo hacia arriba, y una vez arriba entró en pérdida, en breve caída para,
EL RAZAR i2S
tras un crujido, volver a una altura de seguridad. No se escuchó un solo grito. Todo el pasaje contenía la respiración. Yo había oído hablar de las dificultades del aterrizaje en Kai Tak. El su- dor corría por mi frente cuando escuchamos por los altavoces la lacónica, flemática, explicación del comandante: "Por razones técnicas nos hemos visto obligados a abortar el aterrizaje. Nos dirigimos hacia el aeropuerto de Cantón. Muchas gracias."
»Era el maldito tifón. Metidos en la borrasca el vuelo 028 puso proa hacia Cantón. "No puedo describir esta ciudad -es- cribió Kipling-, es como Benarés sólo que ocho veces más gran- de. ¡Además -exclamó-, odio a los chinos!"
»A1 llegar a la terminal de Cantón, donde remaba el buen tiempo, el 747 se detuvo para repostar. Nos habíamos quedado al límite del depósito de combustible. Desde su cabina el coman- dante dialogó con las autoridades del aeropuerto. Ofreció su tarjeta de crédito para pagar el combustible, pero los chinos se negaron a aceptar el trato. Había que pagar a tocateja. El direc- tor del aeropuerto le invitó a que bajara del avión para buscar una salida al embrollo. El comandante inglés se negó en redon- do: "A mí -dijo- no me sacan de aquí ni a rastras." Debió pen- sar que si salía del Jumbo podría no regresar.»
El trance abrió el apetito a los pasajeros. En pocos minutos se agotaron las existencias de quesitos, pastas, chocolate. Se vació la despensa: «Nos bebimos todas las botellas de Viña Al-berdi. La gente seguía en un religioso silencio. Hubo quienes se dirigieron al WC para vomitar el miedo. En ésas estábamos cuando bajó por la escalera de caracol un elegante viajero chino de primera clase. Sacó el teléfono móvil del bolsillo de la americana y marcó un número de Hong Kong. Dio órdenes en su idioma, el cantones, que suena como si estuvieran echando una bronca. Media hora más tarde cargaban el combustible y pudimos reemprender el vuelo.
»A1 llegar a la vertical de la colonia seguía la borrasca en su apogeo. "Hace muy mal tiempo pero vamos a intentar el aterri- zaje", dijo el comandante inglés. Atardecía.
bo el aparato parecía un pájaro desamparado, vencido por el temporal. Con el estómago encogido afrontamos de nuevo la toma de tierra, con el mismo silencio. Podía escucharse la caí- da de un alfiler en el cenicero. Cerré los ojos de nuevo y en un pispas estábamos en tierra. Al llegar a la terminal descubrimos la dimensión de la borrasca. No se veía un alma. Hong Kong se había quedado paralizado por completo como consecuencia del tifón. La tripulación aplaudió al comandante por su hazaña. Nosotros se- guimos con las manos agarrotadas y el corazón en un puño, sin decir ni pío. Al llegar al hotel descendieron las reservas de whis- ky. Estoy seguro de que más de uno leyó alguna página de la Bi- blia, de las que guardan en el cajón de la mesilla. Fueron los treinta segundos más electrizantes de mi vida. Al día siguiente Hong Kong pareció como sumido en una atmósfera de day after. Ni si- quiera abrió la Bolsa. Sólo lo hizo al alejarse el tifón. Para celebrar la resurrección nos fuimos a cenar al restaurante japonés del Hyatt. La cuenta nos dejó tan helados como el fallido aterrizaje: eran treinta o cuarenta mil pesetas por barba.»
DE COMPRAS
Estos chinos y «demonios blancos» de Hong Kong, como pio- jos en costura, son maestros en el aprovechamiento del espacio. Así también el aeropuerto de Kai Tak es el microcosmos de la ciudad, pequeño pero ordenado. El tablero de vuelos muestra ese cosmopolitismo: es como la encrucijada, el centro aéreo del uni- verso mundo. Si el vuelo se retrasa por cualquier circunstancia, el tiempo añadido nos permitirá zascandilear entre los comercios, las librerías, los restaurantes, los bares. En estas tiendas, como en las de la ciudad, uno encuentra toda clase de caprichos elec- trónicos; los mismos que tiempo después encontrará en su tierra y puede que hasta más baratos. Una nueva marca sustituye en cuestión de días a otra. La metamorfosis es tan rápida como la su- frida por la propia ciudad. Es el dilema del comprador moderno: ¿será mejor esperar a que salga al mercado el nuevo modelo?
EL BAZAR 131
Entras en uno de estos comercios hongkoneses y sales con relojes que no buscabas o teléfonos que no te hacían falta. Es la fascinación por los artefactos y el resultado de la capacidad de encantamiento y persuasión de los dependientes chinos. Tam- bién aquí mandan las prisas, la premura, la urgencia de vender. Son huraños y hasta ariscos, pero se las saben todas. Uno de ellos, irritado porque había desplegado sobre el mostrador no sé cuántas cajas de radios, cámaras y transistores, abofeteó a un cliente extranjero cuando éste le dijo que nada de aquello le con- venía y se llamó andanas. Se las arreglan para venderte aquello que no quieres. Si uno de ellos fracasa, vendrá el suplente con nuevos bríos. Hoy el placer de viajar depende en gran medida del placer de comprar. Es una pena. Al volver podrás pavonearte con las maravillas orientales que en ocasiones, como los trajes de los sastres veloces, duran el tiempo de un suspiro. Son jugue- tes rotos. Pero ¿quién le quitará al viajero la ilusión filatélica de trapichear, mercadear, comprar, probar y comparar, de perseguir gangas en el Eldorado oriental?
He comprado un reloj. El chino pregunta si quiero otro. «One
more?» Hong Kong tiene una biblioteca con menos volúmenes
que la de las islas Fidji, pero ofrece a cambio lo último en el mercado de los artilugios. Ya soy dueño de un nuevo reloj. Luce en la muñeca. Me siento incapaz de cambiar las horas, de accio- nar ese mecanismo de múltiples pulsaciones que modifica días y fechas. Ahora, recrecidos, pretenden venderme el último chi- rimbolo que les ha llegado de no sé sabe cuál de los tres drago- nes asiáticos. Ya saben de dónde vienes, tu nacionalidad, y es- cupen palabrejas en tu idioma.
-Mire -me explica el tendero-, mire este tesoro. Es el DVC, el Digital Voice Changer, el distorsionador de la voz. Le sacará a usted de todos los apuros telefónicos.
Pregunto cómo se puede atar esa mosca electrónica por el rabo.
se transforma en una de niño, de señora o de anciano. No es usted, es otro.
-El travestí telefónico. ¿Y qué utilidad tiene? -pregunto en defensa propia, para ganar tiempo.
-Suena el teléfono en su domicilio pero a usted le interesa hacer como que no está en casa. Se pulsa el botón de DVC y suena una voz que no es la suya. Si aprieta otra tecla podrán escucharse ladridos de perros, graznidos de cuervos o cánticos de guacamayos. Así despistará usted a los pelmazos. Es ideal para los que reciben amenazas por teléfono, para desviar «pin- chazos» o para desanimar a los sátiros que llaman a su mujer o a su prometida.
Lo compruebo sobre el terreno, sobre esos mostradores en los que bajo el cristal se alinean tarjetas de visita de clientes de medio mundo entusiasmados y agradecidos. Mi voz suena ahora como la de Chiquito de la Calzada, y poco después los perros electrónicos, como los de Pavlov por efecto de la salivación, la- dran a voluntad.
Pregunto por dos marcas concretas de transistor y de una máquina fotográfica de esas que lo hacen todo ellas solas. Sé las marcas que me interesan. Saldré con otras distintas. El truco consiste en ofrecer, sobre esa máquina o esa radio que tú bus- cas, el precio más económico del mercado. El chino, que tien- de el anzuelo, te convencerá así de que su oferta es más barata, imbatible. Dices que sí, que está bien, que lo envuelvan, y es entonces cuando se inicia la contraofensiva.
-Es una pena que se lleve usted esto tan barato pero deva-luado, anticuado. Si quiere usted pagar la marca por la marca, allá usted...
-¿Qué alternativa tengo? -pregunto al chino vendedor. Eso es lo que deseaba oír el pájaro. El recambio aparece en pocos segundos sobre el mostrador. Resultado: sales de la tien- da con una cámara y un transistor que no son los que deseabas comprar y que, como es obvio, han costado más dólares de los previstos. Y con un DVC, un distorsionador de la voz con sus guacamayos y su jauría de perros en conserva.
E!. BAZAR BJ
La oficina de turismo de Hong Kong advierte sobre los usos, trapacerías y camelos de algunos comerciantes. Ellos juegan con la ventaja de que estarás ya lejos, tumbado en una playa de Ibi-za, cuando tal vez descubras que el aparato suena mal o que no suena; que tiene dos bandas en lugar de doce; que la corriente es para 160; que el disparador de la máquina se bloquea y no corre el carrete, o que el número de la garantía no se corresponde con el de la cámara. Cuando pasé por Causeway, vi a un joven estadounidense apostado junto a una tienda que exhibía un cartel en que se leía: «Por favor, no compre aquí, le van a engañar como me engañaron a mí. Pase de largo.» A veces ni siquiera el junco rojo, logotipo del Centro de Turismo que se coloca a la entrada de las tiendas, basta para evitar sorpresas desagradables a posteriori.
XII UNA CURA DE