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BERKELEY Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

In document 41. Quintanilla, I. - Berkeley (página 103-108)

Dos son los ejes básicos del pensamiento de Ber keley: el análisis del lenguaje como metodología filo­

BERKELEY Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Berkeley no fue solamente un hombre ingenioso, sino tam­ bién un promotor activo del progreso técnico. Aunque lo que conocemos como Revolución industrial se pondría en

marcha justo al final de su vida, la mentalidad que hizo posi­ ble y deseable esa Revolución industrial es la que se forjó en su generación. Aunque en el próximo capítulo se abordan algunos aspectos económicos y tecnológicos de la filosofía de Berkeley conviene, sin embargo, abordar aquí una grave deficiencia de la argumentación filosófica berkeleyana. No llega a ser una objeción insalvable, y Berkeley podría haber­ la sorteado con cambios menores en su argumentación sin tener que tocar el núcleo fundamental, pero es una limita­ ción importante para perfilar el alcance y proyección de su pensamiento.

La conciencia humana no solo ni principalmente com­ prende el mundo, también lo produce mediante la técnica y el trabajo. L a relación natural entre la mente y el mundo no se agota en la tarea de conocerlo e interpretarlo, o en la de actuar política y moralmente en él, sino que incluye, y de manera creciente, producirlo, fabricarlo o diseñarlo. No solo recibimos ideas de la realidad, sino que también inser­ tamos en la realidad nuestras ideas fabricando los objetos de un mundo en el que cada vez es más difícil no ver la condi­ ción de artefacto.

Esta limitación, de hondo calado en la filosofía de Ber­ keley es, en realidad, una limitación del conjunto de la fi­ losofía moderna. Cuando en algún lugar de sus respectivas obras tanto Descartes como Locke declaran que «hay algo» en la experiencia humana que nos mueve a creer en los cuer­ pos más allá de las impresiones sensibles, algo que ninguno de los dos alcanza a concretar, posiblemente se están refi­ riendo a la técnica y al trabajo como ingredientes esenciales de la relación entre el ser humano y el mundo, pero tampoco fueron capaces de formularlo.

Berkeley podría recordamos, con razón, que en su defini­ ción de realidad interviene la praxis humana, y esto es ya un

gran avance, lis verdad, pero parece claro que, además de funcionar como «<?/ hardware de un signo», la materia desem­ peña también la función de «material», «materia prima», in­ grediente o recurso consumible dentro de un contexto de producción tecnológica. Y este es un aspecto de la materia que el inmaterialismo descuidó.

En el tratamiento que Berkeley hace de la materia, pare­ ce claro que se le escapó esta otra nueva tierra incógnita y pasó por alto la producción como aspecto clave de la relación ser humano-mundo material. A fin de cuentas, un libro o un piano son tan artefactos como un reloj y, a la hora de com­ prender la naturaleza, preferir la metáfora de un relato o de una melodía a la metáfora de un engranaje es un cambio de modelo importante pero que no deja de ser, a fin de cuentas, un cambio de artefacto.

El mundo no es solamente «lo dado», también es «lo pro­ ducido» y, por tanto, no estamos aquí solamente para con­ versar y comprender sino también para trabajar y crear. L a noción de materia en la mentalidad del griego antiguo de la calle — no del gran pensador— comparte origen, de hecho, con la noción de «m adera» en un contexto tecnológico en el que la carpintería asignaba a la madera la función de ma­ terial básico para producir cualquier cosa producible por el hombre.

Pero es verdad, por otra parte, que se percibe una cierta injusticia en el hecho de dirigir precisamente a Berkeley este reproche, que valdría para todos los grandes pensa­ dores de su época, y no reconocer que cambiar de artefac­ to-modelo para entender el mundo no es algo trivial. El mundo antiguo entendía la naturaleza como un gigantesco organismo y lo específico de la modernidad es cambiar esta metáfora por la de algún artefacto. El inmaterialismo de Berkeley intenta cambiar el artefacto máquina de los carte-

sianos por el artefacto libro o melodía — o código binario, si se prefiere una versión más actual, y a pesar de que la idea de «binario» es de Leibniz y no de Berkeley— como mode­ lo de comprensión de universo. Newton, Leibniz o Galileo estarían, probablemente, de acuerdo con este cambio de paradigma.

En este sentido, la crítica de Berkeley a la noción moderna de materia contiene ya el germen de una crítica más profun­ da a una visión de la naturaleza en la que esta aparece como mero material o recurso para producir cosas. De hecho, nin­ guno de los grandes pensadores del siglo xvui — incluido Kant— llegó a vislumbrar este problema con tanta lucidez como lo planteó Berkeley.

Si la versión del «universo m áquina» triunfó sobre la del «universo libro» en el siglo xvm es, precisamente, porque Occidente se preparaba para una nueva era de producción industrial en la que la máquina iba a transformarlo todo. Berkeley intuyó este cambio y el hecho de que no lo inte­ grase en su crítica al materialismo no significa que no lo previese en absoluto. Tanto la innovación tecnológica como el papel crucial del trabajo en la realización social humana iban a desempeñar un papel muy importante en el pensa­ miento antropológico y social de Berkeley.

La defensa de una realidad física concebida como lengua­ je, en lugar de como máquina, podría llevar a pensar que la filosofía de Berkeley posee un carácter eminentemente teórico y contemplativo. Esto es un error. Berkeley insiste a menudo en que una visión mecanicista del universo consti­ tuye una refutación implícita de la libertad humana y, por tanto, de la posibilidad real de la que el ser humano dispone para escribir su propia biografía y la historia de su sociedad. En este sentido, la intención de la filosofía de la ciencia y la naturaleza de Berkeley guarda un notable parentesco con la

del filósofo y teórico de la ciencia Karl Popper (1902-1994) en su empeño por «abrir», filosóficamente hablando, nues­ tra imagen científica del universo. En definitiva, se trata de evitar el error de pensar que nuestras teorías y conjeturas científicas suprimen la necesidad de argumentación filosófi­ ca sobre la realidad o determinan nuestra historia política.

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apitulo

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LA TRANSFORMACION

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