Uno de los recuerdos que tengo de mi infancia, aunque no es de los primeros, es la imagen de mi abuela Betty en un pequeño cuarto en la parte de atrás de nuestra casa en el barrio Nueva Granada, justo en el patio, antes de llegar al garaje. La casa se situaba en el cuarto estrato socioeconómico y tenía grandes espacios: tres habitaciones principales, una habitación para las personas del servicio que contenía un baño, otra habitación adecuada como estudio, otro baño que era el principal, dos salas, el espacio del comedor, un largo patio, el cuarto de santos de mi abuela, un garaje donde permanecía el carro que teníamos en esa época, y un gran y extenso jardín lleno de las plantas que mi abuela Betty fue sembrando.
En ese cuarto de atrás, mi abuela tenía una mediana e híbrida variedad de diferentes santos, una especie de escritorio donde leía las cartas de la baraja española y un espacio donde ponía separadamente los tabacos que iba fumando. Sentada en una silla, esperaba un llamado a la puerta o al timbre que anunciara algún cliente o clienta que llegaba a ocupar la otra silla vacía enfrente de ella; siempre –o al menos casi siempre- al interior de lo que ella denominaba ¨mi cuartico¨.
En medio de estos objetos y prácticas esotéricas, el contacto de mi abuela con las hierbas y plantas en su trabajo se daba una vez al año por la realización de los baños para la buena suerte. Aunque la convivencia con mi abuela Betty inició formalmente a partir de mis tres años de edad, ella ya tenía un recorrido de varios años efectuando el ejercicio de bruja y por lo tanto, la realización de sus baños para la buena suerte ya se había constituido como una tradición de la cual
se beneficiaba económicamente. Ahora que recuerdo creo que tuve consciencia de dichos baños a mis siete u ocho años de edad; lo que se perpetuaría prácticamente hasta mis dieciocho o veinte años. En esta temporalidad, mi infancia y adolescencia con ella estableció un constante ejercicio de comprensión del mundo desde una visión -por llamarla- holística.
Mi abuela Betty aunque no fue una gran ayuda en la realización de mis labores y tareas estudiantiles (ese papel lo efectuó mi tío Edwin quien había cursado estudios universitarios en el área de administración de empresas), siempre me propulsaba a mantenerme alerta en el campo de la educación, debido a que a ella no le fue tan cómoda la conclusión de sus estudios secundarios, pues su familia quebró económicamente. Por eso siento que mi abuela forjó en su vida un carácter fuerte y bastante imponente que de cierta forma intentó sembrar en mí y que fue el mismo motor que potenció su migración a una capital como lo era (y lo es) Cali-Valle del Cauca.
En mi convivencia con ella, sobre todo cuando se acercaba el mes de diciembre, se construyeron para mí nuevos significados sobre lo que representaban las plantas y sus “secretos”, no sólo alrededor de unos usos medicinales sino también sobre sus usos y funcionalidades en un mundo esotérico o místico; cabe aclarar que los usos médicos que ella efectuó con hierbas eran muy pocos, ella concentró mayoritariamente sus conocimientos herbarios en dicho “otro” mundo del cual me avergonzaba continuamente. En consecuencia de ello, y pese a mi ocultamiento público sobre el oficio de mi abuela en el grupo de mis compañeros de colegio, se moldearon otro tipo de relaciones entre ella y yo. En estas relaciones confluyó el acercamiento hacía aprendizajes que se fundamentaron en transmisiones orales y espaciales que descubrieron nuevas experiencias para mí.
Así, la exploración de su cuartito de santos, los significados y simbolismos de su baraja, la compra de sus tabacos marca Reina y los puestos de la galería Santa Elena que visitábamos en búsqueda de los elementos necesarios para su magia, fueron configurando otros espacios que contenían unos conocimientos y prácticas –obviamente- diferentes a los aprendidos en un espacio de educación formal.
En los paseos que dábamos en búsqueda de las hierbas, plantas y esencias necesarias para sus baños de la buena fortuna, se fue implantando el goce por ir al centro de la ciudad y a la plaza de mercado. Y por eso, antes y después de la muerte de mi abuela mis visitas a la galería continuaron, pues se convirtieron en una herencia personal como un viaje por los recuerdos de esa vida pasada que también viví y que reviven dolores.
Mi abuela Betty falleció en el año 2010 pero recuerdo que un año antes conocí a Isabel Rosario Bedoya (Charito), porque estaba en búsqueda de algunas de las plantas que mi abuela me había enseñado de niña. Al entrar en la plaza de mercado Alameda no supe a qué yerbera recurrir, pero al observar el puesto de Charito me llamó la atención su despliegue en la plaza. Charito – anteriormente- tenía un puesto formado por tres espacios: dos espacios a manera de locales con puertas corredizas y uno en forma de isla afuera de los dos primeros. Estos puestos estaban absolutamente llenos de hierbas, plantas, raíces, cortezas, mieles, frascos con colores extraños y demás. Ahora, el puesto de Charito se compone únicamente de la isla, los otros locales los alquiló (el primer local que ocupa dos espacios se lo alquiló a otro vendedor que instaló una panadería; el segundo local que es más pequeño se lo alquiló a otra vendedora para la venta de verduras y legumbres donde se vinculó su hija menor también trabajar). Esta decisión se debe a que todos los vendedores de la galería Alameda responden a una junta administrativa a quien le devengan una mensualidad según sean las condiciones de su(s) puesto(s) para el mantenimiento general del lugar. Y aunque Charito logró por un largo tiempo sostener los tres espacios, decidió descargarse de dos para balancear un poco su economía personal y familiar, y a la vez reacomodar sus “objetos” en nuevos formatos como paquetes de hierbas y plantas.
Mi tímido acercamiento a mis veinte años de edad, hace siete años, estableció mi primera relación clienta/yerbera. Fui atendida por Charito con calidez y sinceridad. Además recuerdo que en medio de las conversaciones de ese día, ella me preguntó mi nombre para luego aseverarme que era una mujer nerviosa (risas), pues Melissa Officinalis es el nombre científico de la familia del toronjil, la citronela u hoja de limón que se utiliza como calmante natural del sistema nervioso, y
para ella mis padres me habían llamado así para calmarme. Aunque esta afirmación me pareció cargada de curiosidades botánicas, después de esto pensé, en varias ocasiones, que no sé la historia de mi nombre (¿Cómo fue elegido? ¿Quién lo eligió? ¿Por qué ese y no otro?), pero desde adentro alguien me decía que no era precisamente por esa razón. Sin embargo, a partir de ese instante, ya no me guié por las características físicas de los puestos, sino que me orienté por la relación que había comenzado a desarrollarse entre Charito y yo. Por eso, mis visitas a la galería desde ese primer acercamiento, casi siempre, desembocan, hasta la actualidad, en su puesto el 555 que ahora es el 556.
Con el tiempo y las visitas nuestra relación se fue fortaleciendo por el intercambio comercial de unos conocimientos herbarios (o como los nombra Charito, “botánicos”) y por unas conversaciones que fueron descubriendo la historia de cada una. En estas conversaciones de revelaciones personales, ella descubrió el legado de las exploraciones místicas que me dejó mi abuela Betty y yo, fui descubriendo la relevancia de su madre en su constitución como una mujer que oficia como yerbera; algo que se fue manifestando en el camino de conocernos conjuntamente.
Imágenes de “La millonaria”
Mi abuela Betty en nuestra casa en Nueva Granada tenía un gran jardín. De las plantas que recuerdo habían varias veraneras con múltiples colores, lenguas de vacas a manera de protección, pequeños arboles de limón que no recuerdo cómo llegaron ahí, algunos pronto alivios ubicados en diferentes puntos, unas rosas de color rojo con las que la lucha era permanente debido a sus espinas, algunos
grupos de perejil y cilantro esparcidos sin una ubicación planeada y un largo pino atravesado en un lateral derecho que podía observar desde la ventana de mi cuarto. Ella se empeñaba hacerlo crecer y por eso cada vez que pasaba un vendedor de plantas ambulante, quien tenía una carreta que halaba con su caballo 45 , intentaba comprarle alguna
nueva.
Foto 16: Un recuerdo para mis adorados