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Bertha Quintero: la dama de la salsa

El pasado 26 de junio festejó sus 62 años en medio del concierto homenaje por los 25 años de Cañabrava, la orquesta femenina de salsa de la que es fundadora. Esta dama de la salsa, como la llaman sus amigos y conocidos, es antropóloga de la Universidad Nacional y conguera empírica. Inquieta y curiosa. Ha entrevistado a la mayoría de las personalidades de la salsa que han pasado por Colombia y tiene planes de hacer un libro con el material reunido. No consume licor distinto al ron oscuro desde que tiene memoria, solo fuma cigarros sin filtro, detesta la cocina y las labores domésticas y le encanta viajar. De hecho, los viajes son parte de su trabajo como investigadora cultural en el Ministerio de Educación. Tiene tres hijos que al igual que sus dos ex maridos también son músicos. Para Bertha el mayor de los placeres es poder subirse a una tarima para revolotear sus manos en las congas. Le encanta el poder y está convencida de que los más poderosos del mundo no son los políticos sino las grandes estrellas de la música porque logran tocar realmente las sensibilidades de la gente.

Es estricta y apasionada. No puede hacer nada simultáneo a escuchar música. Ni hablar, ni dormir, ni comer, ni pensar en algo distinto a lo que oye. Junto con Jeannette Riveros, fue gestora del primer grupo femenino de salsa en Colombia llamado Yemayá, y luego de Cañabrava.

Fue la primera conguera del país. Acompañante de artistas como Niche y Guayacán, y amiga de todos los dueños de bares de salsa. A Bertha los años no le han robado la

energía ni la sonrisa. Ella dice que tanta felicidad se la debe a su mejor amante, la música.

Bertha, usted es una de las pioneras de la salsa en Colombia, cuénteme, ¿cómo llega a ello? ¿Por qué salsa?

El momento en el cual diferencié un nuevo sonido de lo que ya conocía como música cubana fue en 1968, cuando se presentaron en Bogotá Richie Ray y Bobby Cruz. Fui a verlos y de inmediato reconocí elementos musicales que jamás había escuchado; ese sonido me pareció increíble, me enamoró, me enloqueció. Pero entonces en la capital no había emisoras que difundieran la música del Caribe, ni la cubana, ni la puertorriqueña, ni la misma tropical colombiana. Recuerdo que ese concierto convocó apenas unas 150 personas, de las cuales la mayoría éramos estudiantes de la Universidad Nacional.

Un año después, escuché en algún bar ―La murga de Panamá‖ y confirmé que esa era la música que a mí me hacía vibrar. Descubrí que era diferente y que se bailaba muy distinto al son, y yo quería aprender. Por eso me empeciné en bailar a toda hora, de día, de noche.

¿Qué era lo novedoso y cautivador de esa música?

Un sonido diferente. Unas letras de carácter urbano. Una forma de bailar particular que había que aprender y que no era tan sencilla. Una sabrosura indescriptible.

Supongo que aprendió a bailarla. ¿En dónde? ¿Cómo?

En un principio era poca la gente que seguía esta nueva música, pero había sitios para bailarla. El Tunjo de Oro, Mozambique, La Montaña del Oso, La Jirafa Roja, son solo algunos.

Pasé mucho tiempo de mi vida metida en esas salsotecas, como se llamaban, y allí me empecé a interesar no solo por aprender a bailar la salsa, sino por saber de sus orígenes, de sus composiciones, de sus artistas, y fui descubriendo que no es lo mismo la salsa

colombiana que la puertorriqueña o la panameña o la de Nueva York. Luego aprendí a diferenciar esos sonidos y también los de la música colombiana, supe que no es lo mismo la salsa de Barranquilla que la de Cali, o la de Medellín a la de Bogotá, que nunca ha tenido un sonido propio.

Que Bogotá no tiene un sonido musical propio es una afirmación que muchos hacen. Pero finalmente fue en Bogotá en donde nacieron varias agrupaciones, especialmente salseras. ¿A qué cree usted que se debió?

En Bogotá nacieron Niche y Guayacán (en mi casa) y también surgió El Son del Pueblo, de César Mora, así como la primera orquesta de salsa femenina, Yemayá (aunque Jeannette Riveros asegure que fue en Cali), entre otras. Esto sucedió porque en la capital confluyeron muchos elementos que permitieron ese fenómeno, pero que no eran precisamente

musicales.

Primero, Bogotá concentraba y concentra el mayor número de población y a su vez de migrantes; segundo, en los años 70 Bogotá estaba iniciando procesos sociales en donde se impartían nuevas normas en la familia: mujeres separadas viviendo con hombres

divorciados, cada uno con hijos de distintos padres; tercero, la mujer empezaba a salir de la casa a trabajar; cuarto, las noches eran largas y se abrieron muchas discotecas. Todo eso se vio reflejado en un cambio cultural que fue consecuentemente expresado en la música y, en este caso en la salsa. Sucedía en Bogotá algo similar a lo que sucedía en Nueva York. Las gentes de ciudades aledañas migraban al centro llevando consigo sus costumbres y sus gustos.

Niche y Guayacán nacieron en Bogotá porque ni en Cali ni en Medellín ni en Quibdó tuvieron las oportunidades para consolidarse musicalmente, mientras que en Bogotá encontraron las puertas abiertas para hacerlo, porque en los años 80 la capital era una ciudad en la que ―casi que se podía hacer de todo‖. Las noches eran largas, las emisoras programaban mucha salsa, había un ambiente rumbero impresionante y, sobre todo había un público para los salseros.

Me llamó la atención que usted diga que Niche y Guayacán nacieron en su casa, ¿Por qué en su casa? ¿Cómo fue la relación que tuvo con estos músicos?

Desde siempre he tenido un gusto inmenso por la música y por los músicos. Por eso me llamaba la atención saber quiénes eran los responsables de esos sonidos que me fascinaban y quise conocerlos, saber de ellos, cómo vivían, cómo hacían lo que hacían, y fue esa inquietud la que me llevó a hacer lo que tú haces ahora: a hablar con los músicos, a

acercarme a ellos, a entrevistarlos, a descifrarlos. Fue así como fui descubriendo un mundo fantástico que me tentó a ser música también.

En esa búsqueda conocí a Jairo Varela y luego me lo encontré un día empeñando una flauta y desesperado buscando un sitio para ensayar con sus músicos en Bogotá. Entonces le ofrecí mi casa, en donde vivía sola con mis dos hijas y había el espacio suficiente para ellos. Fue la oportunidad perfecta para poder tenerlos cerca e inmiscuirme en todo lo que hacían. Y así fue, tan cerca los tuve, que Nicolás ―Macavique‖, el pianista de Niche, se convirtió en el padre de mi hijo menor.

Y en ese momento descubre usted que la música también la lleva en la sangre, se deja

contagiar…

Siempre quise saber qué elementos de la vida de una persona hacían que compusiera música, por qué, cómo. Me di cuenta de que si bien es cierto que el músico nace, también es cierto que el músico se hace. Conocí personas que, sin nada de talento y bien malos, hacían música y vivían de eso, y otros, como el padre de mi hijo, quien sin haber estudiado nada de música eran prodigiosos. No había sino que verlo poner una mano en el piano y hacer improvisación a oído, y tocar la guitarra, y tocar el trombón y tocar la percusión y tocar todo lo que le pusieran en la mano, para darse cuenta de que era un monstruo con talento innato y para enamorarse de él.

Pasó de admirar y de observar a los músicos para hacerse música también. ¿Cómo se inicia en ese mundo? ¿Por qué elegir un instrumento como la conga cuando la

percusión estaba más encasillada en las manos de los hombres?

Les robé a ellos mucho de ese espíritu, la magia de los músicos me cautivaba, el poder, la manipulación; ver como las personas les mueven las manos de un lado al otro, es decir, el poder que tiene la música me llamaba mucho la atención, y a mí me gusta el poder, me gusta mucho. Yo quería tener poder pero no sabía cómo, tenía mi talentito, tenía buen ritmo, pero no estudié música desde joven porque me importaba más transformar el mundo que hacer música y creía que a través de la palabra lo iba a lograr. Luego descubrí que a través de la música podía hacer muchas cosas que desde la política no podía.

Motivada por esa magia que el escenario tenía decidí buscar la forma de subirme en él, como la mujer que soy, como madre, como antropóloga. Como me gusta lo fundamental en la música, que es la percusión, pensé que la conga era lo más adecuado para mí y empecé a aprender empíricamente, pues en Bogotá no había escuela para aprender música popular y

lo que tenía que hacer era pararme al frente de un conguero toda la noche para ver cómo lo hacía e imitarlo. Al principio fue complicado por lo que tú dices, la conga, y no solo la conga, sino la salsa, no era música para ser hecha por mujeres y los músicos nos veían para tener otro tipo de relaciones fuera de las profesionales.

Entonces yo era muy amiga de César Pagano, quien tenía un bar y también andaba muy interesado en estudiar la salsa. Los dos escuchábamos muchos discos en su casa, y

pensamos que estudiar la conga era una buena forma de entender mejor la música caribeña. Así que por ahí empecé.

Me tocó aprender prácticamente sola, con los libros y viendo. Fue difícil, era madre soltera y con tres hijos de padres dispersos. No tenía tiempo para dedicarme lo suficiente a la música pero igual lo hacía.

Fue después que conocí a las hermanas Riveros, Jeannette y Coni, quienes también tenían ideas musicales y pensamientos críticos. Entonces nos propusimos formar un grupo de música. Pero para mí era mucho más que eso, era tener la oportunidad de hacer todo lo que quería, de estar en la tarima, de mover a la gente, de poder hacer algo más que con la palabra que ya la había desgastado. ¡Y que mejor forma que haciendo un grupo de música femenino!

Así que todo ese fenómeno salsero de la ciudad finalmente usted lo vivió en carne propia. Por qué no me cuenta, ¿cómo se fue metiendo del todo con su grupo en el movimiento? ¿Cómo afrontó las dificultades que se le presentaron en el mundo de la salsa desde su condición de mujer?

Antes de los 80 las mujeres nunca salíamos solas. La música, las fiestas y las relaciones de pareja eran distintas y siempre éramos nosotras las que llevábamos de perder. Pero empezamos a liberarnos. Empezamos a tener un pensamiento crítico y en la salsa encontramos un espacio amplio para expresarnos, un lugar que nos permitía improvisar, que nos permitía decir lo que quisiéramos.

Desde que descubrí la salsa siento que he hecho parte de ella. En un comienzo desde la búsqueda y la investigación, asistiendo a conciertos, bailando, escuchando. Luego,

haciéndola para entenderla mejor.

Con Cañabrava fuimos afortunadas porque tuvimos distintas oportunidades, pero a decir verdad no supimos aprovecharlas. Por otro lado estaba la visión social de que las mujeres

no hacíamos salsa y de que lo único que nosotras buscábamos en la música era conseguir marido, y las que lo tenían sufrían mucho por los celos de ellos y porque se veían limitadas para salir en las noches, como si fueran adolescentes controladas por sus padres. Y las que teníamos hijos nos veíamos limitadas para dedicarle el tiempo suficiente a la música.

Finalmente, la mujer de la vida nocturna nunca ha sido bien vista, pero a mí nunca me importó ―el qué dirán‖ tanto como para abandonar ese camino musical que mucho trabajo me había costado empezar. Yo ya no tenía 20 años, sino 35, ya no era momento de echarme para atrás.

No lo hizo y por eso Cañabrava ya va a cumplir 25 años. ¿Cómo se formó este grupo?

Antes fueron Yemayá, Siguarayá…

En 1980 se empezó a conformar Yemayá. La integramos Constanza Riveros, Amalia Beltrán, Alba Lucía Potes, Natalie Gambert, María del Carmen Alvarado, Jeannette Riveros y yo. Y nos consolidamos finalmente en 1982.

Tuvimos todas las oportunidades del mundo absolutamente mal manejadas por nosotras, porque nunca pensamos en mánager, ni en dirección musical. Lo único que teníamos era la opinión y ayuda de nuestros amigos músicos, así que a la vez tuvimos todas las carencias. Se nos abrieron las puertas de las disqueras, de las emisoras, de los bares, de los viajes, pero tuvimos carencias porque no había una organización musical, no había una

compositora, una arreglista, una productora, una manager. Había talento, pero no había dirección. Las ideas siempre venían de afuera y eran dispersas.

Coni Riveros, quien tenía el liderazgo musical, se aburrió de la situación y del nivel de las otras músicas, renunció y Yemayá se acabó. Entonces con su hermana, Jeannette, empezamos a buscar más mujeres y armamos Siguarayacon unas cartageneras que se quedaron un tiempo hasta que sucedió lo mismo. Luego, desesperadas, seguimos en la lucha y armamos por fin Cañabrava. A mí no me gustaba la idea de seguir en formato pequeño, así que la hicimos en grande, sin cuerdas, con vientos, trombones, percusión mayor y menor.

Y estos 25 años con Cañabrava me han llevado a una reflexión que he discutido siempre con Jeannette, y es que a mí no me interesa tocar otra cosa distinta a la salsa, no me interesa tocar música colombiana –así me tilden de antipatriota– y eso nos llevó a enfrentar

las disqueras querían grabar música colombiana y los productores nos querían poner a tocar música colombiana, porque claro, nadie, en ningún lado del mundo, tiene el imaginario de que en una ciudad como Bogotá se puede hacer salsa, y mucho menos, de la buena.

Tengo entendido que no tuvieron suerte con las disqueras, como les sucedió a varias de las agrupaciones salseras de la época. ¿Se debió a que no quisieron grabar lo que les estaban imponiendo?

No acepté nunca las exigencias que nos hacían, ni los repertorios que nos imponían, ni acepté tocar en las condiciones que nos ofrecían y al no aceptar las condiciones del

mercado uno se va marginando. Resolvimos entonces ser underground, no por resignación sino por convicción. En ese momento si tú querías grabar tenías que hacer música sin contenido, tenías que tener el pelo pintado de amarillo, tenías que ponerte tacones

plateados, tenías que mostrar las piernas, es decir, tenías que ser toda una rockstar, y yo soy salsera.

En la radio no sonamos porque como nuestros dos intentos de grabar fueron fallidos, nunca hubo más producción que un demo para reproducir. Y porque en la radio pasaba lo mismo que en las disqueras, uno tenía que hacer lo que ellos quisieran. Y no solo a nosotras nos pasó eso, Guayacán no sonó cinco años en la radio porque a su director, Alexis Lozano, no se le dio la gana de hacer lo que las emisoras y las disqueras querían y a él sí que le tocó muy duro para poder llegar a pegar y a competir con Nichecuando se separaron.

Sin embargo, desde mi punto de vista, Cañabrava aportó, triunfó, y fue bonito para Bogotá. Además, la capital fue la primera ciudad que tuvo un grupo femenino de salsa en Latinoamérica. Por eso, intentaremos grabar antes de morirnos, independientes, con nuestra música inédita y a nuestro parecer.

Cañabrava se mantiene hoy, con distintas músicas, con otras dinámicas, ninguna de ustedes vive de la música, pero sigue siendo la salsa un elemento importantísimo en sus vidas. ¿Qué espacio ocupa en la suya?

Soy una aficionada, una conguera de manos calludas. No soy coleccionista de nada, de hombres tal vez (ríe). Con los años he ido seleccionando mucho mejor mis gustos. En este momento me limito a la salsa, a la música cubana, el jazz, los boleros, la música de Brasil, la música clásica, y se me meten de vez en cuando los tangos y el flamenco. Pero no soy una persona que trabaje escuchando música, no podría jamás, es decir, la música para mí es

para apreciarla, ni siquiera para hablar. O escucho música o trabajo. Yo soy conguera y no dejo de serlo pero también soy antropóloga, vivo y me alimento de mis ideas.

La música es todo un plan para mí, no es la acompañante de…, sino que por si sola es. Si pongo música en la noche no me puedo dormir nunca, porque estoy siempre pendiente de qué va a pasar en el tema siguiente, de cómo suenan los bajos, de cómo suena la conga, es decir, para mí la música es fundamental, por eso no puedo hacer nada simultáneamente. Lo primero que hago cuando quiero escuchar un tema es ponerlo en volumen muy alto y la gente que viene a mi casa me dice: ―Oiga si venimos es a hablar con usted‖, y yo les respondo: ―O hablamos o escuchamos música, las dos no‖.

La salsa ocupa un enorme espacio en mi vida afectiva, en mi vida de diversión, en mi vida de análisis, en mi vida de aprendizaje. Puedo escuchar un mismo tema toda la noche, solo uno. Soy investigadora de la salsa y he tenido un par de veces la oportunidad de entrevistar a mis más admirados cantantes, como a Rubén Blades, de quien me enamoré perdidamente.

Se enamoró del cantante, del hombre…

De los dos. Rubén Blades es para mí el personaje más íntegro en todo, no entiendo cómo no llegó a ser presidente de Panamá, en fin… Me parece perfecto en sus composiciones, en sus letras, en los arreglos de sus canciones, en su jovialidad.

Lo conocí en 1980 cuando vino a Colombia a dar varios conciertos. Lo acompañe en su gira. Haberlo conocido fue para mí la mejor experiencia de mi vida, aprendí bastante de su sabiduría porque él es una persona sumamente inteligente, con un humor negro

impresionante. Él era lo que yo necesitaba en ese momento para decidirme a hacer salsa toda la vida.

Unos años después fueron muchos nuevos músicos quienes tomaron esa decisión, hacer salsa. Usted, que ha vivido la salsa en Bogotá desde sus inicios, ¿qué me puede decir de ese fenómeno musical salsero que empezó a crecer después del 2000?

Todo tiene que ver con los momentos históricos. Cada momento histórico de una ciudad refleja en el arte lo que está sucediendo. Después de que Bogotá llegó a ser una capital del mundo con las puertas 24 horas abiertas se convirtió en una ciudad insegura, con poco movimiento nocturno, por la violencia que se vivía, así que la situación actual es como un segundo ciclo.

Después de tantas bombas, muertos, sangre, llanto, la gente encerrada en sus casas, la ciudad respira un nuevo aire, más sereno, y las personas necesitan recuperar su libertad y