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BIBLIOGRAFÍA CRÍTICA D E LA FILOLOGÍA LATINA

SUM ARIO: 1) Alcance y valor de. la bibliografía. — 2) Biblio­ grafía general: a) Repertorios bibliográficos; b) Diccionarios y enci­

clopedias de la Antigüedad clásica; c) Colecciones de textos latinos;

d) R evistas de filología. — 3) Bibliografía de la lengua latina: a) Historia de la lengua; b) Gramática general; c) Fonética; d) M o r­

fología; e) Sintaxis; f) Estilística; g) Léxicos ; h) Gramática com pa­ rada y lingüística. — 4) Bibliografía de la Literatura latina.

1. Alc an ce y valor d e l a b ib l io g r a fía

La palabra bibliografía, del griego β φ λ ίο ν = “libro” y

γράψω = “escribo”, es posterior al objeto que designa, es decir, al repertorio de títulos impresos ; pero, aplicada a los

manuscritos, su origen es muy antiguo y puede decirse que hacen ya obra bibliográfica San Jerónimo (f 420), el obispo de Marsella, Genadio ( | 495), San Isidoro de Sevilla (570- 634) y otros muchos autores medievales. Sin embargo, los repertorios por ellos coleccionados no llevaban nunca el

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nombre de bibliografía, sino los de bibliotheca, catalogus,

repertorium, inventarium, index. La palabra bibliografía no

se adoptó hasta 1633 en Francia por Gabriel Naudé, biblio­ tecario de Mazarino, para su Bibliographia política, si bien ya había sido empleada en España por Francisco Araoz en su Tratado de Bibliografía, publicado en 1631.

A finales del siglo xvm la bibliografía alcanza categoría de ciencia especial y se convierte en la “ciencia del libro”. Hoy día puede decirse que la bibliografía es la ciencia que busca, trascribe, describe y clasifica los documentos impre­ sos con miras a formar los instrumentos del trabajo inte­ lectual llamados repertorios bibliográficos, o bibliografías. Pero, aunque se halla íntimamente ligada como instrumento a las demás ciencias, aparece como una disciplina indepen­ diente.

A veces, por los simples datos bibliográficos pueden lle­ garse a descubrir ciclos de creación intelectual y artística o movimientos culturales y científicos en determinadas épocas.

En nuestros días, el manejo de la bibliografía se ha hecho indispensable para todo hombre de ciencia. Es una patente realidad que el actual hombre de ciencia no es ya el hombre de prodigiosa memoria que se daba en la Anti­ güedad y en el Renacimiento l, ni el que sabe por su orden

1 “Como ejemplos que confirmen esla verdad podemos presentar a Temístocles, que sabía de memoria los nombres de todos los habi­ tantes de Atenas; a Pirro, que retenía los nombres y apellidos de todos los soldados de su ejército ; a Mitrídates, que hablaba veinte idiomas sin necesidad de intérpretes y ordenadamente repetía los nombres de mil soldados; a Séneca, que reproducía más de mil versos con sólo oírlos una vez a sus amigos; a Simplicio (amigo de San Agustín), que de memoria sabía todas las obras de Cicerón y recitaba La Eneida directa e inversamente; a José Escalígero, que en cuatro meses aprendió las obras de todos los poetas griegos; a Orígenes; que' dictaba a la vez a siete amanuenses; ’al franciscano

riguroso la lista de los reyes godos y de los faraones o series interminables de irregularidades gramaticales, sino el que conoce en qué libros puede encontrar tales datos o dónde se almacena aquella casuística.

La intensa producción científica llevada a cabo durante el siglo XIX y en nuestro propio siglo en el campo de la lingüística indoeuropea y en el de la filología clásica, no permite que un investigador se aventure a tratar de cual­ quier tema sin informarse previamente de lo que otros han dicho sobre el mismo con anterioridad.

Ya ningún sabio o investigador puede trabajar aislada­ mente como si nada debiera a nadie. En nuestros días, la originalidad se hace casi imposible y prácticamente queda reducida a presentar al día las ideas antiguas, agrupando los hechos en forma personal, o a exponer métodos par­ ticulares de trabajo. En este sentido, nada más aleccionador ni más conforme a la realidad que el comentario de Mlle. Bertin, la modista de María Antonieta que, al remozar un viejo sombrero, exclamó: “No hay nada nuevo salvo lo que se ha olyidado” (citado por G. Highet).

Puesto que es de todo punto necesario al investigador documentarse respecto al asunto que va a tratar, y esa do­ cumentación solamente puede adquirirla mediante la biblio­ grafía, resulta que la bibliografía adquiere también el ca­

dóctor sutil Juan Duns Scoto, qué recitó setenta y cuatro propo­ siciones en el mismo orden en que le fueron expuestas yna sola vez en una controversia en París; a Juan Pico de la Mirándola, a M elchor Cano, etc.” (Pedro D íaz Muñoz, C om pendio de A n tro p o ­

logía y Pedagogía, Valladolid, 1914, 6.a edición, pág. 362). A u n . su­

primiendo las evidentes exageraciones ■ en que incurren los textos que nos han transmitido algunas de estas noticias, queda siempre el hecho cierto para aquellas épocas del deliberado cultivo de la me­ moria y la admiración por las memorias monstruosas.

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rácter de fuente como dejamos apuntado en la introducción de este libro, y es por eso. por lo que nosotros la hemos encuadrado en el grupo de fuentes instrumentales.

Nuestra bibliografía pretende ser crítico-analítica, en cuanto solamente recogemos las obras fundamentales, de­ jando aparte las de menor importancia, pero dando a la vez una noticia estimativa, aunque breve, del contenido, valor y alcance de las obras básicas.

Debido al carácter eminentemente literario del presente libro, esta bibliografía abarcará de manera especial la parte de la filología cuyo campo cubren la lengua y literatura latinas, disciplinas que en muchas obras van íntimamente ligadas con la lengua y literatura griegas.

2. Bib l io g r a f ía g e n e r a l

Bajo este título englobaremos : a) Repertorios bibliográ­

ficos; b) Diccionarios y enciclopedias de la Antigüedad clá­ sica; c) Colecciones de textos latinos; d) R evistas de filología.

a) Repertorios bibliográficos. En el campo de la filo­ logía clásica puede decirse que se suceden, encadenan y, a la vez, se completan los repertorios bibliográficos casi desde el período humanístico hasta nuestros días en que han en­ contrado su magnífico remate con la monumental e impres­ cindible obra de Marouzeau, L ’année philologique. H e aquí tales repertorios agrupados conforme a la fecha tope a que llega la bibliografía que recogen :

I. Hasta cerca de 1700:

J. A . Fabricius, Bibliotheca Latina. La primera edición completa y con índice es de Venecia, 1728 ; la segunda· edi­ ción a cargo de J. A . Emesti, de Leipzig, 1773-1774.