Noviembre de 2011 Recientemente el periodista Jorge Lanata, publicó en el diario Perfil una nota titulada “¿Tanto lío por un billete?”. En la misma le restaba importancia a la propuesta de retirar de los billetes de 100 pesos la figura de Julio Roca. El eje central del razonamiento era que el proyecto no tenía importancia frente a los otros problemas que vive aún nuestra sociedad.
Sin embargo, la forma en que nombremos las cosas y los símbolos que establecemos son los lentes sobre los cuales miraremos la realidad. En ese sentido, el nombre que le demos a los espacios públicos, las imágenes que coloquemos en los billetes, o los monumentos en la vía pública, legitiman discursos y prácticas. Los discursos que se instalan como legítimos inciden en la forma en que vemos el mundo. Esa subjetividad que nos atraviesa esta intrínsecamente relacionada con las medidas concretas que efectuaremos.
Para ilustrarlo claramente podemos recordar que recién en el año 2003 un presidente constitucional ordenó el retiro del cuadro de Videla de la Escuela de Mecánica de la Armada. A simple vista es sólo un hecho de valor simbólico. Seguramente Lanata se preguntó ¿Tanto lío por un cuadro? Sin embargo ese acto permitió legitimar políticas. La imagen de Kirchner ordenando el retiro de los cuadros de los genocidas permitió fortalecer un punto de vista en el imaginario colectivo: las órdenes a las Fuerzas Armadas las da el Presidente de la Nación que elegimos entre todos, y asimismo debe terminarse
con la impunidad del genocidio de la última dictadura. Del mismo modo, ese hecho político dio el marco para pensar nuevos sueños, y seguramente fue uno de los sustentos necesarios para las transformaciones que vivimos en los últimos años.
En el mismo sentido, recientemente la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó el cambio de nombre de la plaza de los Virreyes por el de Tupac Amaru. Es bueno recordar que el nombre Plaza de los Virreyes se lo puso por decreto, la dictadura militar un 12 de Octubre de 1979, en homenaje a esos nefastos personajes de nuestra historia.
El fundamento del proyecto que se trató en el recinto Porteño recordó que “los Virreyes eran la representación mercenaria de quienes cometieron el genocidio y el saqueo más grande que conociera la humanidad.” Mientras que el nombre Tupac Amaru “simboliza la rebelión contra la opresión, la explotación, las torturas, la esclavitud y el genocidio de millones de hermanos originarios, así como también hoy de otros muchos millones de oprimidos no originarios.”
Seguramente algún periodista se pregunte, ¿y tanto lío por una plaza?
Pero a mi me surge otra pregunta que me parece más interesante. ¿Es lo mismo que el nombre de una plaza sea producto de un decreto de la última dictadura o que se defina a partir de una ley que se basa en el proyecto elaborado por pibes y docentes de una escuela pública? ¿Es lo mismo reconocer en un espacio publico la lucha de un pueblo oprimido que a los representantes del genocidio colonial? No es lo mismo. El nombre y la forma en que se constituyó marcan un camino en el desarrollo de las subjetividades futuras; las
cuales nos permitirán desarrollar nuevos interrogantes y construir nuevos imaginarios colectivos.
En ese sentido, la denominación de las cosas es una de las arenas donde se llevan a cabo las disputas políticas y, probablemente, sea una de las disputas más profundas, ya que es la pelea por el sentido que les damos a las cosas.
Desde una concepción gramsciana, Antonio Paoli sostiene que “el lenguaje que nombra, normativiza y valora la realidad, es un elemento clave en la conformación de toda voluntad ético–política”. Es decir, que el nombre que le demos a los espacios públicos, siempre será el fruto de las relaciones de poder que existen en la sociedad.
En el mismo orden de cosas, hace poco un amigo descendiente de los pueblos originarios me preguntó, qué sentiría si la imagen de Videla estuviera en nuestras calles, monumentos y billetes. Es bueno recordar, que Julio Argentino Roca comandó las tropas que asesinaron a miles de indígenas en el marco de las campañas al desierto. Roca fue también quien, durante sus dos presidencias, entregó las tierras apropiadas a los pueblos originarios a las elites locales y extranjeras. Asimismo, como señala el historiador Osvaldo Bayer, “Roca y Avellaneda restablecen de hecho la esclavitud en la Argentina, la cual había sido eliminada por los patriotas de Mayo en 1813. Claro, total eran indios y sus mujeres sólo “chinas”, como aparece en los comunicados oficiales.” Cabe aclarar que el imponente monumento a Roca que se encuentra en la Ciudad de Buenos Aires se realizó en la década infame, en tiempos del “fraude patriótico”.
En ese marco, desde hace una década un sector importante del pueblo esta pidiendo que se ponga allí la figura de la mujer de los pueblos originarios. El monumento a la Mujer Originaria se esta construyendo con llaves que se juntan en universidades, organizaciones sociales y escuelas públicas. Es decir, será en algún punto la construcción colectiva del pueblo. ¿Es lo mismo?
Un nombre, una denominación, no produce linealmente un cambio en la sociedad, ni resuelve mecánicamente sus problemas estructurales. Pero como nombremos las cosas que nos rodean incide en como entendamos las problemáticas que vivimos.
La construcción de una sociedad más plural y más inclusiva requiere de un pueblo como protagonista. Un pueblo que este dispuesto a cuestionar las categorías con las cuales definimos nuestro mundo, que se anime a modificar las representaciones de nuestra historia y que lo haga desde la participación del colectivo. Como el retiro de las fotos de los genocidas de la Esma, el retiro del monumento a Roca podrá ser el disparador de nuevos sueños, los cuales serán el sustento indispensable para la elaboración de nuevas políticas transformadoras.