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Bobby Fischer en blanco y negro

In document Bobby Fischer (página 36-41)

En 1972, al arrebatar la corona mundial al ruso Boris Spassky en Reykjavik, Robert James Fischer acabó con más de un cuarto de siglo de hegemonía soviética en los

tableros. Fue no sólo el match del siglo -muy superior en expectación al que disputaron Capablanca y Alekhine en Buenos Aires en 1927-, no sólo el símbolo más exacto y elegante de la Guerra Fría, sino quizá la mejor reencarnación del legendario duelo entre Héctor y Aquiles. Como Aquiles, Bobby Fischer venía de más allá del mar para

enfrentarse a un héroe resplandeciente, un jugador brillante y magistral al que jamás había logrado ganar una partida. Como Aquiles, el norteamericano venía precedido de un aura terrible: había encadenado 18 victorias consecutivas en alta competición y aplastado a dos de sus contrincantes en la final de candidatos, Taimanov y Larsen, por  dos tandas consecutivas de 6-0, un marcador insólito en la historia del ajedrez. Después, había vencido al ex campeón mundial Tigran Petrossian (probablemente el hombre más difícil de ganar del mundo) por 6´5-2´5. Fischer, aparte de un talento alucinante para el deporte de las 64 casillas, también poseía auténtico instinto asesino: no sólo aterrorizaba a sus rivales sino que ninguno de los jugadores que se enfrentó a él en un match, ni Petrossian, ni Larsen, ni siquiera Spassky, volvió a jugar nunca al mismo nivel de antes. Probablemente nunca haya habido ni habrá una dedicación tan exclusiva y maníaca de un artista a una disciplina como la que sintió el joven Fischer hacia el ajedrez. Cuando

Spassky declaró: ‗El ajedrez es como la vida‘, Fischer corrigió: ‗El ajedrez es la vida‘. Para él, desde luego, lo era: ha sido toda su vida.

Con uno de los cocientes de inteligencia más espectaculares de la era moderna, abandonó los estudios en plena adolescencia para consagrarse al ajedrez en cuerpo y alma. Algunos jugadores geniales, como Capablanca, apenas consideraban el ajedrez un  pasatiempo; otros, como Alekhine, Kasparov o el propio Spassky, eran o son hombres

cultos, con inquietudes políticas, literarias y artísticas. A Fischer no le interesa nada fuera del ajedrez. Cuando visitaba una ciudad extranjera no se preocupaba de

monumentos ni museos: lo primero era ir a las librerías para completar su monumental  biblioteca ajedrecística. Muy poco se sabe de sus noviazgos y aventuras amorosas

durante su época gloriosa. En los estériles años de su exilio, menos aún. Una vez, durante un torneo en Yugoslavia, tuvo que ser operado urgentemente de apendicitis y  preguntó al médico si de verdad era absolutamente necesaria la operación: llegó a temer 

que tal vez todo el misterio de su genio radicaba en el apéndice. Siempre pareció un hombre a medio hacer, un muchacho taciturno encallado para siempre en su sueño de  juventud: llegar a campeón del mundo. Incluso cuando dio el estirón definitivo siguió

siendo un niño alto y desgarbado, encantador a veces, maleducado otras, silencioso y enigmático, que soñaba el mundo reticulado en blanco y negro.

Aquella obsesión absoluta que lo condujo hasta el trono mundial fue también su ruina. Como Aquiles, Fischer se tambaleaba entre el peso de la púrpura y el miedo al combate. Pidió tantas y tan demenciales exigencias para la celebración del match con Spassky que los islandeses estuvieron varias veces a punto de tirar la toalla. El dinero, el tamaño y diseño de las piezas, los sillones, la distancia de las cámaras, los derechos de

retransmisión… Por suerte para el ajedrez y por desgracia para él, Spassky, como Héctor, era un caballero que transigió con todos y cada uno de lo caprichos del norteamericano. Cuando Fischer sugirió que la bolsa del premio era muy pequeña

(aunque las cifras que se barajaban aun hoy son increíbles) un millonario inglés dobló el importe del premio hasta un cuarto de millón de dólares. ‗Ve y juega‘ le dijo, como si fuera un mocoso mal criado. Después de perder la primera partida y de no presentarse a la segunda, tras un incidente con las cámaras, el mismísimo Kissinger tuvo que

ordenarle, como Agamenón a Aquiles, que volviera a la batalla. Fischer demolió a Spassky tras 21 partidas que han quedado como uno de los testimonios más altos del espíritu humano.

Sin embargo, tres años después, a raíz de una larga pugna legal, la Federación le desposeyó de la corona por su negativa a luchar contra el aspirante oficial, Anatoli Karpov. Fue el sacrificio más extraño y más trágico de la historia del ajedrez: aún estamos esperando descubrir la estrategia de Fischer, el plan de victoria oculto en ese retiro que se alarga ya décadas. Los aficionados aún no se han repuesto de este exilio, el más dramático en la historia del deporte, que ha dejado el ajedrez decapitado. Fischer   permaneció en la sombra años enteros sin que el reclamo de partidas o entrevistas

millonarias lograra tentarle. Recibió el mismo trato que los Estados Unidos otorgan a sus grandes poetas visionarios: Poe, Pound. En 1981 fue detenido en Pasadena. Un agente de policía lo confundió con un atracador de bancos y Fischer pasó dos días incomunicado. El muchacho de oro, el niño grande que le quitaba el sueño a Nixon y que destrozó el orgullo soviético, parecía sólo un vagabundo.

Tenía pinta de vagabundo cuando, en 1992, después de otra ronda de exigencias

 paranoicas, Fischer aceptó un match de revancha con Spassky en Belgrado. El campeón mundial, Kasparov, dijo que era un juego propio de jubilados, pero lo cierto es que la expectación generada por el retorno del genio y la bolsa en juego multiplicaban

limpiamente todas las ganancias generadas en los anteriores campeonatos mundiales entre él y Karpov. En términos deportivos, aquel segundo match no fue ni la sombra del de Reykjavik, pero tras la brillante undécima partida, algunos expertos anunciaron que Fischer, aun calvo y viejo, mantenía intacto su instinto asesino. Volvió a vencer a Spassky y volvió a hundirse en el silencio.

Tras el atentado contra las Torres Gemelas, soltó a pesar de sus orígenes judíos unas  polémicas declaraciones antisemitas que provocaron que muchos de sus seguidores le

retirasen su apoyo. En agosto de 2004, cuando fue detenido en un aeropuerto japonés,  parecía más que nunca un vagabundo: un anciano de 61 años, alto y barbudo, que

vociferaba que sus antiguos compatriotas querían asesinarle. Fischer tenía diez años de cárcel pendientes bajo el cargo de haber violado las sanciones contra Yugoslavia en el segundo match contra Spassky y el gobierno norteamericano exigía su extradición. Islandia le concedió la ciudadanía en agradecimiento por aquellos días en que, gracias a él, fue el centro del mundo, y Fischer aterrizó en la isla atlántica junto a su novia

 japonesa. Desde entonces no ha vuelto a saberse nada de él, salvo algunos exabruptos contra la política exterior americana. En lo que a él respecta, dice, el ajedrez ha muerto. La esperanza de su retorno nunca ha estado más lejos. Sin embargo, el gran maestro inglés Nigel Short afirmó hace poco que, jugando en internet, había creído distinguir la mano inconfundible de Bobby Fischer tras un jugador anónimo y genial. Ojalá sea él: necesitamos creer que Aquiles aun sigue afilando su espada.

(Post-scriptum: Bobby Fischer nunca volvió a salir de su retiro. Murió en Reykjavik el 17 de enero de 2008. Tenía 64 años, tantos como casillas el tablero de ajedrez).

El misterio de Bobby Fischer se suma la identidad de su padre

El ex campeón mundial de ajedrez, a diferencia de su estrategia de juego, tuvo una vida caótica y llena de misterios.

CNN) — Bobby Fischer fue un maestro de ajedrez, un hombre que alguna vez pareció

el epítome del control. Pero con frecuencia, la vida personal de Fischer fue caótica y estuvo marcada por el misterio.

Uno de esos misterios parece tener particular relevancia esta semana: su cuerpo fue exhumado en Islandia para cumplir con la demanda de prueba de paternidad en la que se alega que Fischer, que murió a los 64 años en enero de 2008, es el padre de una niña de 9 años.

El periodista de Los Ángeles Times Peter Nicholasy su esposa, Clea Benson, también

 periodista, pasaron muchos años investigando la vida de Fischer, escudriñando sus registros públicos y realizando decenas de entrevistas con las personas que conocieron a

la familia Fischer, descubriendo, entre otras cosas, que a Bobby se le mintió la mayoría de su vida sobre quién era su verdadero padre.

El año pasado, Nicholas escribió un artículo sobre Fischer en el Times detallando la complicada y controversial vida del genio.

―Era una estrella cuando yo era un niño; era Fonzi y John Travolta envueltos en uno‖, le dijo Nicholas a CNN. ―Me encantaba el ajedrez, y él personificaba el juego. Cuando me volví periodista, sabía que tenía que usar mi técnicas para tener una visión cercana de él‖.

Contra los soviéticos y contra Dios

El periodista volvió a generar la euforia que se tomó a Estados Unidos en 1972 cuando Fischer le arrebató el Campeonato Mundial al ruso Boris Spassky. La victoria le dio al

 joven y apuesto chico de Brooklyn fama internacional, una notoriedad que a veces inflaba un ya ego grande.

Fischer le dijo a Shelby Lyman, un comentarista de ajedrez de esa partida de 1972, que le gustaría jugar contra Dios.

―El bromeó diciendo que probablemente terminarían empatados‖, le dijo Lyman a CNN. Bobby dijo que solamente le explicaría a Dios: ―Mi ra, tú tienes tu dominio, y yo tengo el mío‖.

Aparte de las bromas, Fischer se sentía sumamente incómodo con el estrellato. Era un excéntrico tímido dado a declaraciones de bicho raro; él prefería ser enterrado en un libro que presentado en una portada de revista.

―Odiaba a los periodistas‖, recordó Lyman. ―Destetaba ser el centro de atención‖. Aunque Fischer residía en Nueva York en el punto más alto de su carrera, cuando cada experiencia era suya para que la aprovechara, él prefería comer en restaurantes de cadena y desaparecer en el anonimato de Greenwich Village.

Lyman una vez se pasó un día entero caminando en el Village con Fischer. En un punto, Fischer le preguntó a Lyman: "¿Debo ir a la universidad?".

―Yo quedé sorprendido. Ésta era una de las mentes más brillantes de la historia, y estaba  preocupado por un título universitario‖, dijo Lyman. ―Yo asistí a Harvard, y eso no me

hizo un campeón mundial‖.

―Creo que Bobby siempre estaba buscando a alguien que lo ayudara a guiarse, una figura paternal, quizá‖.

Criado por una madre soltera

Fischer fue criado por una madre soltera, Regina Fischer. Ella era una médica que viajaba por el mundo y que había trabajado en Moscú. Para la época, eso significaba

que era un objetivo de investigación del FBI de J. Edgar Hoover, que cazaba

constantemente a los comunistas en Estados Unidos.

El periodista Nicholas se dio cuenta de esto e hizo una petición un Acto de Libertad de Información al FBI.

Fue un salto al vacío. Pero dio sus frutos. Muchos.

El proyecto personal de Nicholas y de su esposa reunió casi mil páginas de documentos del FBI sobre Regina Fischer.

Una judía europea que había migrado a los Estados Unidos siendo niña, Regina Fischer  era sospechosa de ser una espía de los soviéticos. Por falta de evidencia, el FBI cerró su archivo en los setenta, según dicen los periodistas.

―Leían su correo. La confrontaban en la calle‖, cuenta Nicholas. ―La acosaban. Entrevistaban a sus vecinos‖.

Los documentos les dieron una luz fantástica sobre crianza de Bobby.

Regina trató de crear un hogar amoroso para sus hijos. Ella crió a Bobby y a su hermana mayor, Joan, en un pequeño apartamento de Brooklyn. Fue Joan la que le enseñó a

Bobby a jugar ajedrez.

Los misterios de la paternidad de Bobby Fischer

Regina les dijo a sus hijos que su padre era el biofísico alemán Gerhardt Fischer. Ella se divorció de Gerhardt y él desapareció del cuadro cuando Bobby era un bebé. Los

documentos del FBI, según el artículo de  Los Angeles Times, sugiere que el verdadero  padre de Bobby Fischer era Paul Felix Nemenyi, un físico judío húngaro, hallaron los  periodistas.

Regina quedó embarazada de Bobby cuando Gerhardt estaba por fuera del país, según muestran los documentos. Y Regina estaba estudiando en Colorado el mismo tiempo que Nemenyi enseñaba allí, aunque en una escuela diferente.

Regina nunca reconoció públicamente que no había dicho la verdad sobre el padre  biológico de Bobby. Pero ni Nicholas ni su esposa pudieron determinar con certeza por 

qué pudo haber mentido.

―Puede haber sido porque se sintió avergonzada de que el mundo supiera de que había quedado embarazada de un hombre con el que no estaba casada‖, dijo Nicholas. ―En esa época, eso generaba un estigma muy grande‖.

La relación de Regina con su hijo era compleja, informaron los periodistas en el Times. A ella le preocupaba, como a cualquier padre, que estuviera muy enfocado en una sola cosa. Ella quería que su hijo fuera exitoso en ajedrez, pero no a costa de los otros

 placeres de la vida. Su hijo tenía un temperamento particular, y su pasión por el ajedrez  podía generar una volatilidad errática‖.

―Cuando él tenía 16, ella y Bobby se pelaron, y Bobby le dijo a la gente que él la había echado del apartamento‖, dijo el periodista. ―Fue una escena triste. Ella lo dejó con los  platos sucios y las hormigas‖.

Para ese momento Joan estaba casada y no vivía en casa. Bobby estaba sintiendo su  poder. Ya era famoso. A los 13, Fischer, le ganó a uno de los mejores de Estados

Unidos, el profesor estadounidense Donald Byrne, en una partida qu e fue llamada ―El  juego del siglo‖.

Conquista el mundo del ajedrez, y luego de retira

―El ajedrez es una lucha, un drama. Involucra espacio y tiempo y fuerza, y esos son intereses humanos esenciales‖, dijo Lyman. ―Una vida entera es una serie de preguntas de opción múltiple, y eso es lo que es el ajedrez. Ahí teníamos a un chico que le

mostraba eso a los adultos‖.

Empezando a los 14 años, Fischer ganó Campeonatos Nacionales en Estados Unidos. A los 15 se volvió el gran maestro más joven del juego.

En 1972, le ganó a Spassky.

―Fue considerado la mejor arma de Guerra Fría contra los rusos‖, dijo Lyman. Después sigue un gran hoyo negro en la biografía de Fischer. Se salió de le escena  pública por los siguientes 20 años y dejó de jugar ajedrez competitivo por completo.  Nadie sabe realmente por qué.

Volvió del retiro en 1992 en la revancha de Spassky.

La partida se jugó en Yugoslavia y Fischer ganó de nueva cuenta.

Fischer nunca volvió a Estados Unidos y vivió en diversos países, incluyendo Hungría, Japón y Filipinas. Cuando regresó a los titulares de prensa en sus últimos años, fue por  hacer extrañas declaraciones antisemitas, como negar el Holocausto, y elogió el terror  de los ataques del 11 septiembre.

―Tenía arranques emocionales. Las personas se enfocan en alg unas de las cosas que dijo y que fueron molestas‖, dijo Layman. ―Pero Bobby Fischer era más que ajedrez: su originalidad iba mucho más allá del juego".

―El Bobby Fischer que yo conocí era un sujeto muy feliz, un hombre que brillaba‖, agrega. ―Nunca habrá nadie más grande, una figura de un pasado turbio‖.

"Si le tuviera que decir algo, creo que le diría: 'Te extraño Bobby. Eras único'‖.

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