Como los consejos de Merlín con frecuencia habían demostrado ser muy valiosos, el rey Arturo solía consultarlo tanto en asuntos de guerra y de gobierno cuanto en sus proyectos personales. Así fue como un día llamó a Merlín a su presencia y le dijo:
—Sabes que algunos de mis barones siguen obstinados en su rebeldía. Quizá con venga que yo tome esposa para asegurar la sucesión del trono.
—Es un razonamiento atinado —dijo Merlín. —Pero no quiero elegir reina sin tu consejo.
—Gracias, mi señor —dijo Merlín—. No es prudente que alguien de tu rango no tenga esposa. ¿Hay alguna dama que te plazca más que las demás?
—Si —dijo Arturo—. Amo a Ginebra, la hija del rey Lodegrance de Camylarde. Es la doncella más bella y noble que he visto. ¿Y no me dijiste que una vez mi padre, el rey Uther, le dio una gran mesa redonda al rey Lodegrance?
—Es verdad —dijo Merlín—. Y por cierto que Ginebra es tan encantadora como tú dices, pero si no la amas profundamente puedo encontrar otra mujer cuya bondad y hermosura te satisfagan. Aunque si has puesto tu corazón en Ginebra, no te fijarás en ninguna que no sea ella.
—Estás en lo cierto —dijo el rey.
—Si te dijera que Ginebra es una elección infortunada, ¿cambiarías de parecer? —No.
—Pues bien, ¿si te dijera que Ginebra va a traicionarte con tu amigo más querido y venerado...?
—No te creería.
—Claro que no —dijo Merlín con tristeza—. Todos los hombres se aferran a la convicción de que para cada uno de ellos las leyes de la probabilidad son canceladas por el amor. Hasta yo, que sé con toda certeza que una muchachita tonta va a ser la causa de mi muerte, cuando la encuentre no vacilaré en seguirla. Por lo tanto, te casarás con Ginebra. No quieres mi consejo... sólo mi asentimiento. —Merlín añadió con un suspiro—: Muy bien, pon a mi disposición un séquito honorable y le requeriré formalmente al rey Lodegrance la mano de Ginebra.
Y Merlín, con un digno cortejo, marchó hacia Camylarde y solicitó al rey que su hija fuera la reina de Arturo.
—Que un rey tan noble, valiente y poderoso como Arturo desee a mi hija por esposa es la mejor nueva que tuve jamás —dijo Lodegrance—. Si él deseara una dote en tierras se la ofrecería, pero Arturo tiene demasiadas tierras. Le enviaré un presente que le placerá más que cualquier otra cosa: la Tabla Redonda que me dio Uther Pendragon. A ella pueden sentarse ciento cincuenta personas, y yo le mandaré cien caballeros para que lo sirvan. No puedo ofrecerle el total de ese número porque he perdido muchos hombres en las guerras.
Luego Lodegrance le trajo a Ginebra y también la Tabla Redonda, y un centenar de caballeros ricamente armados y ataviados, y el noble cortejo emprendió la marcha hacia Londres.
El rey Arturo no cabía en si de la alegría.
—Esta hermosa dama —comentó— es más que bienvenida, pues la amé desde que la vi por primera vez. Y los cien caballeros y la Tabla Redonda me placen más que todas las riquezas.
Y Arturo desposó a Ginebra y la coronó con dignísima ceremonia, y hubo en su corte fiestas y regocijo.
Y después de la ceremonia Arturo se paró junto a la Tabla Redonda y le dijo a Merlín: —Busca en todo el reino y encuentra cincuenta caballeros honorables, valerosos y perfectos para completar la hermandad de la Tabla Redonda.
Y Merlín registró todo el reino, pero sólo encontró veintiocho y los trajo a la corte. Luego el Arzobispo de Cantórbery bendijo los asientos que circundaban la Tabla Redonda. Y Merlín les dijo a los caballeros:
Cuando regresaron, cada uno de ellos descubrió su nombre inscripto en caracteres de oro sobre la mesa y frente a su asiento, pero había dos lugares sin nombre. Y estaban sentados a la Tabla Redonda cuando el joven Gawain llegó a la corte y pidió una gracia en honor de las bodas de Arturo y Ginebra.
—Pidela —dijo el rey.
—Te pido que me armes caballero —dijo Gawain.
—Con gusto —dijo Arturo—. Eres el hijo de mi hermana y te debo todos los honores. Luego un hombre humilde entró a la corte acompañado por un gallardo joven montado sobre una yegua huesuda.
—¿Dónde puedo encontrar al rey Arturo? —preguntó el pobre hombre. —Allí está —dijo un caballero—. ¿Deseas algo de él?
—Si, por eso he venido —y se acercó al rey y lo saludó, diciéndole—: Rey entre los reyes, Jesús te bendiga. Me dijeron que en ocasión de tu boda darías cumplimiento a los requerimientos razonables.
—En efecto —dijo el rey—. Lo he prometido y lo cumpliré, siempre que tu demanda no perjudique mi dignidad o mi reino. ¿Cuál es tu deseo?
—Te agradezco, mi señor —dijo el pobre hombre—. Te pido que armes caballero a mi hijo, que viene conmigo.
—Pides algo muy importante —dijo Arturo—. ¿Cómo te llamas? —Señor, me llamo Aries y soy pastor.
—¿Pensaste en ello?
—No, señor —dijo Aries—, debo explicarte cómo son las cosas. Tengo trece hijos, y todos los demás, siguiendo mis consejos, trabajan como un buen hijo debe hacerlo. Pero este muchacho se niega a realizar sus faenas. Siempre anda disparando flechas y arrojando lanzas y corriendo a los torneos para ver las justas de caballeros sin darme descanso de día ni de noche, pues sólo piensa en la caballería.
El rey se volvió hacia el joven. —¿Cómo te llamas? —le preguntó. —Mi nombre es Tor, señor.
El rey lo examinó y advirtió que era bien parecido, alto y robusto. —Trae a tus otros hijos —le dijo a Aries.
Cuando los hermanos comparecieron ante Arturo, el rey comprobó que vivían por sus manos al igual que Aries y que en nada se asemejaban a Tor en las facciones y el porte. Luego el rey le dijo al pastor:
—¿Dónde está la espada para armarlo caballero? Tor entreabrió el manto y extrajo su espada.
—No puedo otorgarte el tftulo de caballero a menos que lo solicites —dijo Arturo—. Desenvaina la espada y pidelo.
Entonces Tor desmontó de la yegua flaca, desenvainó la espada y, arrodillándose ante el rey, rogó que lo armaran caballero y lo incluyesen en la hermandad de la Tabla Redonda.
—Caballero has de ser —dijo el rey, y tomó la espada y simbólicamente le tocó el cuello con la parte chata de la hoja, exhortándolo—: Sé buen caballero, con la ayuda de Dios. Y si demuestras tu honra y bravura te sentarás a la Tabla Redonda. –Luego el rey se dirigió a Merlín—. Tú conoces el porvenir. Dinos si Sir Tor será buen caballero.
—Señor —dijo Merlín—, debería serlo. Es de sangre real. —¿Cómo es eso? —preguntó el rey.
—Te lo explicaré —dijo el mago—. Aries el pastor no es su padre ni tiene con él ningún parentesco. Su padre es el rey Pellinore.
—Eso es mentira —dijo Aries enfurecido, y Merlín ordenó: —Trae a tu esposa.
Vino la mujer a la corte, un ama de casa atractiva y robusta, y habló con dignidad, refiriéndole al rey y a Merlín que cuando era joven y doncella había salido una noche a ordeñar las vacas.
—Me vio un vigoroso caballero —dijo— y un poco a la fuerza me despojó de mi doncellez, y así concebí a mi hijo Tor. Yo traía un lebrel y el caballero se lo llevó, diciendo que conservaría el lebrel por amor de mi.
—Ojalá no fuera cierto —dijo el pastor—, pero ha de serlo, pues Tor nunca ha sido como yo o como mis otros hijos.
—Deshonras a mi madre, señor —le dijo Sir Tor a Merlín en un arrebato de furia.
—No —dijo Merlín—. Es antes un honor que un insulto, pues tu verdadero padre es rey y buen caballero, lo cual obrará en pro de ti y de tu madre. Fuiste concebido antes de que ella se casara con Aries.
—Es verdad —dijo la mujer.
—Si ocurrió antes que yo la conociera —dijo el pastor—, no tengo de qué lamentarme. A la mañana siguiente vino a la corte Sir Pellinore, y Arturo le contó la historia de Sir Tor y de cómo lo había armado caballero. Y cuando Pellinore contempló a su hijo se sintió muy complacido y regocijado.
Luego Arturo armó caballero a su sobrino Gawain, pero Sir Tor fue el primero que recibió la orden de caballería en la fiesta donde nació la hermandad de la Tabla Redonda.
Arturo examinó la gran mesa y le preguntó a Merlín:
—¿Cuál es la causa de que haya asientos vacantes y sin nombre?
—Dos de los asientos—respondió Merlín— sólo pueden ser ocupados por caballe'ros sumamente honorables, pero el último es el Sitial Peligroso. Sólo un caballero hay que pueda ocuparlo, y será el más perfecto que haya vivido jamás: Y si algún otro se atreve a ocupar ese sitio, será destruido. —Luego Merlín tomó la mano de Sir Pellinore y lo condujo a uno de los asientos vacantes, y le dijo—: Este lugar es tuyo, señor. Nadie lo merece más que tú.
Entonces Sir Gawain enrojeció de envidia y de cólera y le dijo en voz baja a su hermano Gaheris:
—Ese caballero que recibe tantas honras mató a nuestro padre, el rey Lot. Mi espada está afilada para él. Lo mataré ahora mismo.
—Sé paciente, hermano—le aconsejó Gaheris—. Aún no es tiempo. Ahora soy apenas tu escudero, pero en cuanto sea caballero conio tú lo mataremos, mas llevaremos a cabo nuestra venganza lejos de la corte. Si trajéramos violencia a esta fiesta, pagaríamos por ello.
—Acaso tengas razón —dijo Gawain—. Esperaremos el momento oportuno.
Al fin se completaron los preparativos para la boda del rey Arturo y la reina Ginebra, y los mejores y más bravos y más gallardos del reino afluyeron a la espléndida ciudad de Camelot. Los caballeros y barones y sus damas se reunieron en la Iglesia de San Esteban, donde las nupcias se celebraron con fastuosa ceremonia y religiosa solemnidad. En cuanto concluyeron se iniciaron los festejos, y cada uno de los huéspedes y servidores ocupó el sitio adecuado a su posición en el mundo.
—Ahora permaneced callados e inmóviles en vuestros sitios —dijo Merlín—, pues hoy se inicia una era de maravillas y seréis testigos de cosas nunca vistas.
Entonces todos permanecieron quietos como efigies de hielo y en el salón imperaron el silencio y la expectativa. Los preparativos habían finalizado. Arturo era rey, existía la Tabla Redonda, y cada integrante de esa hermandad de bravura, cortesía y honor ocupaba su sitio, el rey por encima de todos, rígido y erecto, y a su lado Merlín en actitud atenta. Bien podían encontrarse dormidos, como lo han estado y han de estarlo más de una vez, dormidos pero alertas a las necesidades, temores y zozobras, o a las puras y doradas convocaciones que los llamen a la vigilia. El rey Arturo y sus caballeros, inmóviles y expectantes en el gran salón de Camelot.
En eso se oyó el áspero y ágil retumbar de cascos puntiagudos sobre las losas y un venado blanco irrumpió en el salón perseguido por una perra de caza blanca e inmaculada, seguida a su vez por una jauría de perros negros que ladraban enardecidos. El venado pasó junto a la Tabla Redonda con la perra a los talones, y mientras corría junto a otra mesa la perra blanca le cerró las fauces en el flanco y le arrancó un pedazo de carne. El venado blanco brincó de dolor y tumbó a un caballero sentado. Y de pronto el caballero tomó a la perra en brazos y la sacó fuera del salón. Montó a caballo y se alejó llevándose el animal, mientras el venado blanco desaparecía de un salto y huía acosado por los ladridos de la jauría negra.
Entonces el salón recobró la vida y una dama entró a la corte montada en un palafrén blanco y le dijo al rey en voz alta:
—Señor, ese caballero se ha llevado mi perra blanca. No consientas este ultraje, mi señor. —Nada tengo que ver con ello —dijo el rey.
Y en eso un caballero armado y montado en un gran caballo de guerra entró al galope, tomó las bridas del palafrén y por la fuerza arrastró a la dama fuera del salón, mientras ella profería chillidos plañideros y furibundos. El rey se alegró de que se la llevaran, pues hacia mucho alboroto, pero Merlín lo reconvino.
—Es difícil entrever una aventura por sus comienzos —dijo el mago—. La grandeza nace pequeña. No deshonres tu fiesta ignorando lo que en ella ocurre. Así son las normas de la caballería andante.
—Muy bien —dijo Arturo—. Cumpliré con las normas. —Y requirió a Sir Gawain que persiguiera al venado blanco y lo trajera al palacio. Y envió a Sir Tor en procura del caballero que se había llevado la perra blanca. Sir Pellinore recibió órdenes de buscar a la dama y al prepotente caballero y devolverlos a la corte—. Ése es vuestro cometido —dijo Arturo—, y ojalá podáis referirnos maravillosas aventuras al regresar.
Cada uno de los tres caballeros aceptó la empresa encomendada y vistió sus armas y partió. Y hablaremos por separado de sus aventuras.
Here begynnith ihe firsr batayle
thai ever Sir Gawayne ded after he was made knyght. Aquí comienza la primera batalla
librada por Sir Gawain desde que lo armaron caballero.
Sir Gawain, con su hermano Gaheris por escudero, cabalgó a través de la verde campiña hasta que llegó al encuentro de dos caballeros que luchaban encarnizadamente a caballo. Los hermanos los separaron y preguntaron cuál era el motivo de la disputa.
—Es una cuestión sencilla y privada —dijo uno de los caballeros—. Somos hermanos. —No es bueno que los hermanos disputen entre si —dijo Gawain.
—Esa es tu opinión —dijo el caballero—. Cabalgábamos rumbo a la fiesta del rey Arturo cuando pasó junto a nosotros un venado blanco perseguido por una perra blanca y una jauría de sabuesos negros. Comprendimos que se trataba de una extraña aventura, apropiada para referirla en la corte, y me dispuse a seguirlos para conquistar fama ante el rey. Pero mi hermano dijo que le correspondía ir a él, puesto que era mejor caballero que yo. Entablamos una discusión sobre quién era el mejor y al cabo decidimos que la mejor demostración podía ofrecérnosla la fuerza de las armas.
—Necias razones —dijo Gawain—. Deberíais probar vuestra valía con extraños, no entre hermanos. Id a la corte de Arturo y suplicad su perdón por esta tontería, o me veré obligado a batirme con vosotros y llevaros por la fuerza.
—Caballero —dijeron los hermanos—, en nuestro empecinamiento hemos agotado nuestras fuerzas y perdido mucha sangre. No podríamos batirnos contigo.
—Entonces haced lo que os digo. íd ante el rey. —Lo haremos, ¿pero quién diremos que nos envía?
—Decid que os envía el caballero que emprendió la Aventura del Venado Blanco —dijo Sir Gawain—. ¿Cómo os llamáis?
—Sorlus del Bosque y Brian del Bosque —respondieron, y luego partieron rumbo a la corte y Sir Gawain prosiguió su aventura.
Y cuando se acercaron a un valle de tupida vegetación el viento les trajo ladridos de sabuesos, y apuraron a sus monturas y descendieron la cuesta en persecución de la jauría hasta llegar a un manantial de aguas crecidas que el venado blanco estaba atravesando a nado. Y cuando Gawain se disponía a seguirlo, apareció un caballero en la otra orilla y le dijo:
—Caballero, si deseas seguir tu presa deberás batirte conmigo.
—Debo llevar a buen término mi aventura—respondió Gawain—, y afrontaré cuanto sea necesario. —Espoleó al caballo y vadeó las plácidas y profundas aguas hasta llegar a la margen opuesta, donde el caballero lo esperaba con la visera baja y la lanza en ristre. Se acometieron y Sir Gawain derribó a su oponente y lo urgió a rendirse.
—No —dijo el caballero—. Me has derrotado a caballo, pero te suplico, galante caballero, que desmontes y demuestres si eres igualmente diestro con la espada.
—Con gusto —dijo Gawain—. ¿Cuál es tu nombre? —Soy Sir Alardine de las Islas.
Entonces Sir Gawain se apeó y embrazó el escudo y del primer tajo le partió el yelmo y los sesos. El caballero cayó muerto, y sin demora Gawain y su hermano reanudaron la marcha. Tras una larga persecución, el venado exhausto entró por las puertas de un castillo y los hermanos lo alcanzaron en el salón y le dieron muerte. Un caballero salió de una cámara lateral y mató a estocadas a dos perros de caza y echó al resto de la jauría del salón, y al regresar se arrodilló junto al hermoso ciervo y dijo con tristeza:
—Mi bella y querida criatura blanca, te han quitado la vida. La que es dueña de mi corazón te dio en prenda y yo no supe cuidarte. —Luego irguió la cabeza encolerizado. —Fue un acto vil —exclamó—. Te vengaré, mi bella criatura. —Corrió a sus aposentos, vistió sus armas y salió furibundo.
Sir Gawain salió a su encuentro, diciéndole:
—¿Por qué descargas tu ira en los sabuesos? Ellos sólo hicieron aquello para lo que están entrenados. Yo maté al venado. Descarga tu cólera en mi, no en un bruto sin entendimiento.
—Tienes razón —clamó el caballero—. Ya me he vengado de los sabuesos. Ahora me vengaré también de ti.
Sir Gawain lo enfrentó con espada y escudo, y los dos se asaltaron con denuedo, cubriéndose de heridas hasta que la sangre enrojeció el piso, pero paulatinamente el vigor de Sir Gawain se impuso sobre el debilitado caballero y con una pesada estocada final lo tumbó, obligándolo a rendirse y suplicar por su vida.
—Morirás por matar a mis perros —dijo Gawain.
—Estoy dispuesto a cualquier cosa para compensar la pérdida —dijo el caballero caído, pero Sir Gawain era inclemente y le desató el yelmo para decapitarlo. Cuando alzó la espada, una dama salió corriendo del cuarto, se arrojó sobre el caballero vencido y lo cubrió con su cuerpo. Al descender, la espada le abrió un tajo en el cuello y la espalda, y la mujer expiró sobre el caballero caído.
—Éste fue un acto de villanía, hermano mío —dijo Gaheris con amargura—, un acto ignominioso que se clavará en tu memoria. El pidió clemencia y no se la otorgaste. Un caballero sin clemencia es un caballero sin honor.
Gawain quedó pasmado por la muerte de la hermosa dama. —Levántate —le dijo al caballero—. Te perdono la vida.
—¿Cómo puedo creerte —replicó el caballero— cuando vi la cobarde estocada que mató a mi dulce y querida señora?
—Lo lamento —dijo Gawain—. No era mi propósito matarla a ella, sino a ti. Te dejo en libertad a condición de que vayas al rey Arturo y le cuentes toda la historia y le digas que te envía el caballero de la Aventura del Venado Blanco.
—¿Qué me importan ahora tus condiciones —dijo el caballero—, cuando no me importan la muerte ni la vida?
Pero cuando Sir Gawain se dispuso a matarlo, mudó de parecer y prefirió obedecerle, y Gawain lo obligó a llevar un sabueso muerto delante de él, sobre su montura, y el otro detrás, como testimonio de su veracidad.
—Antes de irte, dime tu nombre —dijo Sir Gawain.
—Soy Sir Blamoure de la Marys —dijo el caballero, y partió rumbo a Camelot.
En cuanto se fue, Gawain regresó al castillo y entró a una alcoba para quitarse la armadura, pues estaba agotado y quería descansar. Gaheris lo siguió y le dijo:
—¿Qué estás haciendo? No puedes quitarte las armas en este lugar. En cuanto se sepa lo