Resulta paradójico que esta obra incluya un capítulo sobre cuestiones legales relativas al cannabis, ya que la prohibición de las drogas es manifiestamente inconstitucional. En lugar de acatar la ley suprema de la tierra, la burocracia antidrogas inventó un sistema de clasificación de sustancias como drogas prohibidas -Categoría I-, incorporó arbitrariamente la marihuana en dicha lista y apuntó drogas duras como la cocaína y la morfina en la Categoría II, es decir, las de «prescripción segura". Es posible que ya no sea políticamente correcto denominarlo prohibición, pero considerar «ilícito" o «ilegal» el cannabis equivale a confundir la realidad. Los tribunales han ignorado esta violación y mencionado un inefable interés absoluto -principio constitucional inexistente- que se basa en la burda propaganda sensacionalista. De esta forma, la guerra contra las drogas ha creado una recusación de hecho de los derechos fundamentales, recusación salpicada de imposiciones legales selectivas que equivalen a la ley marcial federal.
Lamentablemente, en cuanto el Congreso creó la ficción legal que proscribió el cannabis, la lesión que la Constitución sufrió en su superficie se convirtió muy rápido en un cáncer burocrático que no ha dejado de extenderse. Estados Unidos presenta las tasas de encarcelamiento más altas del mundo. Al principio los presupuestos para el cumplimiento de la ley eran de pocos cientos de miles de dólares y ahora superan los dieciséis mil millones anuales. Durante la presidencia deJohn F. Kennedy surgió una ligera esperanza sobre el cambio de la política del cannabis. Durante el mandato de Dwight Eisenhower, Estados Unidos había maniobrado para que Naciones Unidas adoptase el tratado de la convención única sobre estupefacientes, pero en 1961 la administración Kennedy decidió que no lo firmaba. Harry Anslinger -el primer «zar de la droga» estadounidense- fue destituido, lo que dio lugar a más de una década de investigación científica. Se rumoreó que hasta el presidente consumía cannabis para aliviar los dolores de espalda. En 1963 la comisión presidencial asesora sobre la política de drogas presentí> sus recomendaciones. "Esta comisión establece una clara distinción entre ambas drogas [el cannabis y la heroína] y opina que la venta o la posesión ilegal de marihuana es un delito menos grave.»1 Ese mismo año Kennedy fue asesinado y la politica estadounidense sobre las drogas se endureció, sobre todo durante la presidencia de Richard Nixon. En 1968 Estados Unidos firmó el tratado de la convención única. Nixon declaró la guerra de las drogas a sus adversarios políticos. Como declaró J. Edgar Hoover en un memorándum de 1968 dirigido a las oficinas del FBI: "Puesto que el uso de la marihuana y otros estupefacientes está extendido entre los miembros de la Nueva Izquierda, deben estar atentos a las oportunidades de que las autoridades locales los detengan bajo la acusación de consumo de drogas,,.g De todos modos, Hoover no quería que el FBI estuviera directamente involucrado en el cumplimiento de las leyes antinarcóticos, porque consideraba que era el aspecto con más probabilidades de corromper a la policía.g Nixon no compartía esta preocupacion, y declaró: "Al analizar los problemas de este país, veo uno que destaca por encima de los demás: el problema de los estupefacientes".4 Los informes al Congreso aseguran que cerca del 15 por ciento de los soldados que combatieron en Vietnam regresaron a Estados Unidos convertidos en drogodependientes. Mientras Nixon denunciaba las drogas, la CIA introducía ilegalmente heroína en Estados Unidos en las bolsas que contenían los cadáveres de los militares muertos. Entre 1967 y 1973, la CIA ganó miles de millones de dólares con la heroína que transportó desde Laos en aviones de Air America.5 Casi toda la heroína se refinaba en la planta embotelladora de Pepsi- Cola en Laos, financiada por el organismo estadounidense para el desarrollo internacional y promovida a comienzos de los años sesenta por Richard Nixon. En 1977, el informe del subcomité de operaciones gubernamentales del Congreso incluía esta sublime exposición incompleta: "Fue paradójico que a la CIA se le encomendase la responsabilidad de los servicios de información
sobre narcóticos, ya que apoya a los principales instigadores". Nixon unificó diversos organismos federales en la Drug Enforcement Administration (DEA), la administración para el cumplimiento de las leyes antidrogas. El 3 de mayo de 1971 envió a la policía de la capital federal a que desbaratase una concentración pacifista e hizo detener a la mayor cantidad posible de manifestantes por tenencia de marihuana; cerca de ocho mil activistas politicos fueron arrestados y retenidos en el Kennedy Stadium hasta que la concentración terminó.6 Pocos días después Nixon declaró: «No existe justificación social ni moral para la legalización de la marihuana". Cuando el equipo de expertos elegidos a dedo se mostró contrario a la encarcelación por el consumo de cannabis, Nixon rechazó el planteamiento: "No seguiré esa recomendación". La comisión anadió que "los jóvenes tienen la clara sospecha de que algunos policías utilizan las leyes de la marihuana para detener a personas que no les gustan por otras razones, sean de cariz político o bien por su corte de pelo o su origen étnico».7
Durante los mandatos de Ford y Carter se produjo una tregua en la guerra contra las drogas. California y otros estados despenalizaron la posesión de cannabis. La mayoría de la población suponía que la legalización no tardaría en hacerse realidad. El 2 de agosto de 1977 el presidente Carter solicitó al Congreso que pusiera fin a las penas de cárcel por tenencia de menos de 30 g de cannabis. De todos modos, a Carter le resultó políticamente incómodo que los medios de comunicación lo presentaran como el presidente «blando con el crimen». Se retractó de la política sobre estupefacientes y dio la autorización para que las plantaciones mexicanas de cannabis fuesen rociadas con un herbicida letal Ilamado paraquat. Los largos gaseoductos y la crisis de los rehenes en Irán marcaron su sino en las elecciones de 1980. Para entonces casi la mitad de los universitarios que cursaban el primer ano habían fumado cannabis, once estados la habían despenalizado y unos pocos enfermos que participaban en el programa federal IND la obtenían gratuitamente, todo un detalle por parte del tío Sam.
Ronald Reagan ganó las elecciones y se comprometió a «apartar de nuestras espaldas al gran gobierno». Durante su primer mandato Reagan hizo poco más que mostrarse de acuerdo con la guerra contra las drogas, pero una vez reelegido, todo se desencadenó velozmente. Cuando en la sala de actos de una escuela una niña preguntó cómo evitar las drogas, Nancy Reagan replicó: "Limítate a decir "no"». Así nació la cruzada infantil. Todas las drogas, el cannabis incluido, se convirtieron en el peor de los males. El frenesí de los medios de comunicación sacudió los cimientos del Congreso y en 1986 el país se puso furioso cuando Len Bias -jugador universitario de baloncesto- murió a causa de una sobredosis de cocaína. La tragedia personal se convirtió en algo mucho mayor. Bias era el niño mimado de los Boston Celtics, equipo de la amada ciudad natal del representante Tip O'Neill. Al conocer la noticia, el enfurecido portavoz del Congreso reunió a su equipo y exclamó: «iDadme una maldita legislación!,,. El resultante anteproyecto de ley penal fue una mezcla de castigos crueles e insólitos que incluían el embargo de propiedades, las acusaciones de conspiración, condenas mínimas de cumplimiento obligatorio para los transgresores no violentos que delinquían por primera vez y una confusa categoría de «drogas de diseno" para aludir a sustancias inexistentes. La locura antimarihuana se reavivó, y se volvió a la intolerancia total. Aunque eran adversarios políticos, Reagan y O'Neill encontraron un objetivo compartido. Desde entonces los dos partidos políticos principales han intentado superarse con un inútil pero oneroso modelo de vigilancia y cárcel, modelo que engordan con sus proyectos preferidos.
George Bush -exdirector de la CIA sucedió a Reagan en la presidencia. Mostró por televisi8n una bolsa de crack y exigió penas más severas a la vez que hacía la vista gorda ante las pruebas de que la CIA había introducido de manera ilegal toneladas de cocaína en el país y fomentado, parcialmente, la epidemia de crack. Cuando Manuel Noriega -el hombre fuerte de Panamá adiestrado por la CIA- alardeó descaradamente sobre el narcotráfico, Bush decidió utilizarlo como ejemplo. Estados Unidos invadió la pequeña nación centroamericana, descargó toneladas de misiles sobre la sede del gobierno y la hizo añicos. Noriega fue trasladado a una cárcel de Florida y el narcotráfico continuó. Sin embargo, se estaba gestando un cambio apenas perceptible a medida que la población tenía mayor información sobre el cannabis. Se produjo el cambio generacional y Bush perdió el contacto con los intereses del elector de clase media.
Durante la campaña presidencial, Bill Clinton reconoció que se había opuesto a la guerra de Vietnam y que cuando estudiaba en la universidad había probado el cannabis, aunque «no lo inhalé». Se manifestó contrario a las condenas mínimas de cumplimiento obligatorio para los
transgresores no violentos que delinquen por primera vez. ¿Y qué pasó cuando fue elegido? Durante su primer mandato las detenciones por tenencia de cannabis aumentaron el 40 por ciento. Regañó aJoycelin Elders -la responsable de sanidad- por expresar su apoyo a la marihuana con fines terapéuticos y la cesó poco después de que hiciera un cauteloso comentario acerca de que se debía analizar «la posibilidad» de legalizar las drogas. En 1994, Clinton firmó el anteproyecto de ley que establece la pena de muerte por cultivar 400 ml de cannabis, cosechas que cultivaron los presidentes Washington, Jefferson, Adams, Madison y miles de fundadores de la nación. Cuando en 1996 la inmensa mayoría de los electores de Arizona y California votaron a favor del uso terapéutico del cannabis, el general Barry McCaffrey -el gran zar federal antidrogas- amenazó con detener a los médicos que lo recetaran y Clinton apoyó la idea. Por enésima vez los estadounidenses soportamos una sucesión de opresiones y el gobierno federal practica la medicina sin autorización