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Capítulo I Marco teórico

2.5 En busca de un mundo mejor

Puede argumentarse que el principio de la justicia no es capaz de resolver todos los conflictos que surgen en las relaciones internacionales. Sin embargo, es posible garantizar que sí puede ayudar a resolver la mayoría, o cuando menos un gran número. Lo anterior es suficiente para considerarlo como un avance enorme en la construcción de un procedimiento racional y justo para la solución de los conflictos internacionales. Lo que se muestra claramente es que la aspiración a la racionalidad y a la justicia debería de ser la motivación detrás de todas las acciones en la esfera de las relaciones internacionales. Como lo ha dicho Pogge: “El valor de un ideal no es un asunto de todo o nada, no depende de su instrumentación absoluta –incluso los pequeños avances pueden significar una enorme diferencia en términos humanos”.78

                                                                                                                                       

77Véase Daniel Bell, The Cultural Contradictions of Capitalism (Nueva York: Basic Books, 1976), p. 119. 78Thomas W. Pogge, “Liberalism and Global Justice: Hoffman and Nerdin on Morality in International

Capítulo III

Relaciones internacionales y cultura

En este capítulo nos preguntamos si la cultura juega o no un papel relevante en las relaciones internacionales. Algunos autores contestarían a esta pregunta de forma rotunda. Recientemente Richard Lebow nos ofreció una fascinante teoría cultural de las relaciones internacionales, desde la cual argumenta que no sólo se debe de recurrir al poder explicativo del miedo (realistas), sino también al de los apetitos o intereses materiales (marxistas), los del espíritu (autoestima) y los de la razón.79 Se trata de distintos impulsos que generan diferentes jerarquías sociales con diversos principios de justicia. El orden en los niveles individual, regional e internacional se sostiene por estas jerarquías. O bien se debilita, o incluso se rompe, cuando la discrepancia entre el comportamiento y los principios de justicia es muy grande. Más adelante retomaré a este autor, pero antes revisaremos a algunos de los principales analistas que se preocuparon por comprender la relevancia de la cultura en el ámbito internacional.

Podemos establecer que dentro del contexto de los valores culturales en las relaciones internacionales son dos los autores que nos ofrecen las reflexiones más interesantes, ambas referidas a escenarios del mundo decididamente contrastantes. Por un lado, Francis Fukuyama predijo el triunfo del mercado y de los valores liberales democráticos, posición que puede denominarse como de “optimismo arrogante”.80

                                                                                                                                       

79Véase Richard Ned Lebow, A Cultural Theory…, op. cit., quien explica cómo la búsqueda del prestigio o el

honor por parte de los Estados introduce un elemento irracional que exacerba la tensión y acrecienta el conflicto.  

En su opinión, una vez que la caída de la Unión Soviética demostró el fracaso del sistema socialista, el modelo capitalista, con todos sus valores liberales, se volvió dominante. En otras palabras, actualmente sólo existe un camino a seguir para todos los países, y esta circunstancia es, desde la óptica de Fukuyama, buena para el mundo en su conjunto. La paz perpetua tan deseada por Kant se alcanzaría por medio de la diseminación, e incluso la imposición, de la economía de mercado y de los valores democrático-liberales.

En el lado opuesto del espectro Samuel Huntington planteaba el punto de vista que podemos denominar como “pragmático pesimista”. En su opinión, resultaba muy peligroso tratar de imponer los valores occidentales en otras partes del mundo, ya que una medida de esa naturaleza conduciría inevitablemente a un enfrentamiento entre civilizaciones.81 El hemisferio oriental, sobre todo en las regiones de religión musulmana, se sentía amenazado precisamente por la cultura occidental, lo que potencialmente podría conducir al mundo a un “choque entre civilizaciones”. En este sentido, lejos de alcanzar la paz perpetua la humanidad se acerca a una clara confrontación entre culturas con valores muy distantes entre sí.

En mi opinión, no es ni la mera imposición de valores del llamado imperialismo benevolente, ni tampoco la separación total de las culturas lo que mejor nos podría conducir hacia la paz perpetua. Si en realidad queremos acercarnos cada vez más a ese estado debemos establecer el tipo de relación que implica la comprensión mutua y la aceptación de la posibilidad de cambio para todos los actores.

A diferencia de Samuel Huntington, en este trabajo no se propone la conveniencia de la existencia de mundos paralelos sin contacto entre sí, así como tampoco la imposición                                                                                                                                        

81Véase Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (Nueva York:

de un conjunto único de valores como lo hace Fukuyama. Más bien, se pretende buscar un mecanismo que nos permita acercarnos a la paz perpetua, tomando en consideración que todos somos diferentes. Ambos autores, Fukuyama y Huntington, son relevantes porque otorgan especial importancia a la cultura y no solamente se centran en la explicación del poder, aunque mientras el primero argumenta que es viable imponer los valores liberales democráticos a todas las sociedades y, como consecuencia, vivir en un mundo en donde no exista más que cooperación, Huntington sostiene que la cultura es tan importante que, tarde o temprano, cuando alguien trate de imponer valores diferentes a otros se generará tensión y destrucción. A pesar de que estos autores representan un cambio porque entendieron la importancia de la cultura, ninguno nos ofrece la posibilidad de comprender tanto la cooperación como la tensión y el conflicto en un mundo globalizado, quizá porque finalmente ambos sólo aprecian a un tipo de cultura.

Estos enfoques aportaron dos predicciones fundamentales para el futuro de la política internacional que dominaron la discusión durante los años noventa, coincidiendo ambas en la relevancia de la cultura. Sin embargo, de manera por lo demás interesante las dos teorías predicen diferentes resultados. Aunque Francis Fukuyama reconoce la fuerza de las culturas diferentes, al final postula una convergencia en la que todos los países adoptarán los valores liberales democráticos de Occidente. Por el contrario, Samuel Huntington nos alerta acerca de un posible choque de civilizaciones, el cual tendría mayores posibilidades de ocurrir precisamente si Estados Unidos trata de imponer sus valores a otras culturas más tradicionales, en las que no existe una separación entre el Estado y la religión o en donde el proceso de secularización aún no ha ocurrido.

Introducimos estas dos perspectivas porque una vez que se acepta la existencia y la importancia de las diferentes culturas no se puede dejar de abordar la relación entre ellas.

Podremos advertir cómo, aun cuando las dos posiciones sigan diferentes trayectorias, finalmente ambas arriban a la misma idea: postulan la superioridad de una las culturas sobre las demás.

Ambas perspectivas son importantes sobre todo porque introducen la consideración acerca de la influencia de la cultura en general, y de la diversidad de las culturas en el mundo en particular, en la reflexión sobre la política internacional. Ahora bien, si realmente lo que deseamos es lograr un mundo pacífico, lo cual intentaré demostrar es una actitud completamente racional, entonces es necesario dar cabida a la idea de la coexistencia de diferentes culturas que en principio tendrían que considerarse como iguales en relación con su derecho a ser reconocidas, aunque al mismo tiempo también puedan contemplarse sus posibilidades de evolucionar hacia algo mejor. La cultura no es algo estático e inamovible sino que se trata de un fenómeno en constante movimiento y redefinición.

Sostenemos decididamente que la cultura es uno de los aspectos más importantes en la evolución de las diferentes sociedades. Por ello, si en verdad existe la voluntad de avanzar hacia un mundo mejor o cuando menos de liberarnos de la incertidumbre de la violencia y de las guerras, debemos tomarla muy en serio a la hora de construir el mejor acuerdo mundial posible. Asimismo, categóricamente podemos afirmar que no sólo basta con considerar a la cultura en general como un factor relevante, sino que es indispensable reconocer el valor y la influencia de las distintas culturas nacionales y regionales en particular.

Ni la perspectiva que podemos llamar de “optimismo arrogante” encabezada por Fukuyama,82 que afirma que la democracia liberal ha probado ser un modelo universal                                                                                                                                        

único para que todos los países lo sigan, ni la posición que podemos denominar de “pesimismo pragmático”, representada por Huntington, la cual alerta sobre un choque de civilizaciones, realmente valoran la diversidad cultural. La primera apuesta por la posibilidad de un camino común sin importar las diferencias culturales, mientras que la segunda subraya la importancia de la cultura occidental para el impulso de las instituciones democráticas, aunque menospreciando la posibilidad de desarrollo político de las demás culturas.