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BUSCAR A DIOS EN LAS CRIATURAS

11 ¡SI CONOCIESEIS EL DON DE DIOS!

21. BUSCAR A DIOS EN LAS CRIATURAS

«¡Oh sabiduría del Altísimo, que dispones todas las cosas con fuerza y suavidad, ven a enseñarnos el camino de la prudencia!» (Leccionario)

1.— Hoy en la liturgia la primera de las grandes antífonas del Adviento sacada de los libros sapienciales. «Yo salí de la boca del Altísimo» (Ec 24, 3), dice de sí la misma Sabiduría presentándose como una persona; y el autor sagrado, elogiándola, añade: «Se extiende poderosa del uno al otro extremo, y lo gobierna todo con suavidad» (Sb 8, 1). En la Sabiduría salida «de la boca del Altísimo» y encargada del gobierno de

todo el universo, la tradición católica ha visto prefigurado al Verbo, la Palabra sustancial de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Sabiduría eterna e increada en la cual todas las cosas fueron hechas y que un día se hizo carne para la salvación de los hombres. Por eso la Iglesia en el Adviento la invoca, diciendo: «¡Oh Sabiduría del Altísimo... ven a enseñarnos el camino de la prudencia!»

El hombre tiente necesidad inmensa de comprender que todas las cosas, todas las criaturas, vienen de Dios y son guiadas por su Sabiduría infinita. Toda la creación lleva el sello de la Sabiduría increada, todo ser revela algunos de sus aspectos y ninguna criatura o acontecimiento escapa a su gobierno. Reconocer la marca de Dios en todas las criaturas y descubrir en las vicisitudes humanas el plan de la Sabiduría, es suma sabiduría y suma prudencia.

Pero, sobre todo, el hombre criado a imagen de Dios debe ser considerado y tratado como la obra maestra de la Sabiduría eterna. En él la imagen divina puede ser, desfigurada por el pecado, y el plan de la Sabiduría infinita puede ser alterado y trastornado por sus numerosas miserias morales; sin embargo, tanto la una como el otro permanecen en el hombre y quien sabe descubrirlos tiene la alegría de hallar a Dios en cada uno de los hermanos. De esta manera las relaciones con el prójimo no nos distraen de Dios, sino que se convierten en otras tantas ocasiones para buscar y encontrar a Dios, para amarlo y servirlo en sus criaturas. Pero esto no será posible si el cristiano no ha llenado antes su corazón de Dios, y no ha fijado en él profundamente su morada interior, conociéndole en la intimidad de la oración.

2.— Cuando la Sabiduría eterna de Dios se encarnó presentándose al mundo en forma humana y con el nombre de Jesús, el Salvador anunciado desde hacía siglos, la mayor parte de los hombres no le reconocieron. «Las tinieblas no acogieron la luz. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1, 5. 11). El ojo entenebrecido por el pecado no es capaz de ver en Cristo al Hijo de Dios hecho hombre para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21); ni la mente cegada por las pasiones puede comprender la palabra de aquel que es la Palabra del Padre.

De manera análoga el hombre que no tiene el corazón puro ni limpia la mirada, no es capaz de ver a Dios ni de reconocer a Cristo en sus hermanos. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8); lo verán sin velos en la patria eterna, pero ya lo comienzan a ver a través de la fe en esta vida, y no sólo en sí mismo y en

sus misterios, sino también en sus obras y en sus criaturas. «Solamente con la luz de la fe —enseña el Concilio— y con la meditación de la palabra divina puede uno conocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos (Hc 17, 28); buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres, familiares o extraños» (AA 4). Esta luz sapiencial que nos hace descubrir a Dios en todas las vicisitudes de la vida y en todas las criaturas y ver a Cristo en cada uno de los hermanos, transforma profundamente nuestras relaciones con el prójimo. En vez de detenernos en el lado puramente humano de las criaturas y en los inevitables límites y defectos más o menos hirientes, la mirada se fija únicamente en lo que en ellos nos revela a Dios.

De esta manera se sobrepasan todas las diferencias de raza o de nación, de partido o de clase social, todas las distinciones entre simpáticos o antipáticos, amigos o no, creyentes o incrédulos, y en cada hombre se ve, se respeta y ama la imagen de Dios, y se busca y se reconoce la faz le Cristo. También los que viven lejos de Dios y quizá en rebelión contra él son criaturas suyas e hijos suyos, sino por la gracia, sí al menos por la vocación a la gracia; siempre son hermanos de Cristo, si no del hecho, sí de derecho, porque también por ellos Cristo se encarnó, murió y resucitó. De esta manera las relaciones con los hombres se convierten en relaciones con Dios, tratar con ellos es tratar con Cristo y servir a los hermanos es servir a Cristo.

Yahvé, Señor nuestro, ¡cuán magnífico es tu nombre en toda la tierra!... ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que de él te cuides? Y lo has hecho poco menor que Dios; le has coronado de gloria y honor: Le diste el señorío sobre todas las obras de sus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies... Yahvé, Señor nuestro, ¡cuán magnífico es tu nombre en toda tierra! (Salmo 8, 2. 5-10).

Dios, mío dame la gracia de verte sólo a ti en las criaturas, de no detenerme nunca en ellas, de no considerar su belleza material o espiritual como algo de su propiedad, sino sólo como un reflejo tuyo. Haz que yo atraviese los velos... y que más allá de las apariencias te vea a ti, ser por esencia, que posees el ser en toda su plenitud y has comunicado una partecita de él a la criatura que me agrada...

Detenerme en las criaturas sería una falta de delicadeza, una ingratitud y un abuso de confianza, porque tú no das a las criaturas la belleza ni me haces sentir su encanto sino para dejarte entender en ellas, para atraerme a ti y para

despertar mi reconocimiento hacia tu bondad y mi amor hacia tu belleza De esta manera me invitas a subir hasta tu trono y a establecer allí mi alma, en la adoración, en la contemplación extasiada, y en la gratitud... Sea, pues, mi conversación únicamente en el cielo, porque la vista de la tierra no acaba de descubrirme tus bellezas y tus ternuras.

Las criaturas, en las cuales admiro un reflejó de tus perfecciones, y sobre las cuales brilla un rayo de tu luz, ¡oh Sol infinito!, están fuera de mí, separadas y lejos de mí; pero tú, Dios mío, perfección, bondad, verdad, amor infinito y esencial, tú estás en mí, me envuelves y me llenas por completo. (CARLOS DE FOUCAULD, Retraite à Nazareth, Ecr. sp).