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Cómo se inventa — La gestación — La sensación personal — Elegir asuntos verdaderos.

Hemos dicho cuáles son las condiciones fundamentales del arte de escribir.

Hemos examinado las tres grandes cualidades que debe tener el estilo y que, según nosotros, resumen todas las demás.

Vamos ahora a abordar el estudio de la composición.

La composición literaria puede definirse así: el arte de desarrollar un

tema; o, dicho de otro modo, el arte de encontrar ideas, de arreglarlas y expresarlas.

De lo que resulta esta división, lógica y natural:

Invención. Disposición. Elocución.

Estas tres operaciones no son rigurosamente distintas; al contrario, no se las puede separar.

Encontrar un asunto, es ya disponerlo y ordenarlo, desde el momento que se le examina y se le madura. Con frecuencia, en el mismo momento en que se descubre una situación, una escena, nos llega la expresión, y se anota para no perderla. La elocución gana entonces terreno sobre la invención y sobre la disposición.

De un modo general, sin embargo, esa división es buena.

LA INVENCIÓN

La invención es el esfuerzo de espíritu por el cual se encuentra un

asunto y los desarrollos que a él se refieren.

Para descubrir un asunto y los recursos que comporta, la primera condición es la de pensar en él y madurarlo, sea novela, fábula, diálogo, descripción, narración o discurso.

“Por no haber pensado bastante sobre su tema, dice Buffon, es por lo que un autor se ve embarazado para escribir”.

Es necesario sentir el asunto. Lo difícil no es escribirlo, sino sentirlo,

hacérnoslo sentir a nosotros mismos. Todo consiste en eso. Es un gran

principio: no se escribe bien hasta que no se siente bien.

Nos ocurre un accidente, un dolor; nos conmueve un episodio de nuestra vida. Nada más fácil que sentir esos asuntos; y si queremos describirlos, lo haremos excelentemente. La dificultad está en elegir un asunto extraño, atraerlo a nosotros, asimilárnoslo, hacérnoslo familiar para poder explotarlo en todas sus fases hasta estar llenos, saturados, desbordantes de él.

Si las ideas no vienen es que el asunto no está bastante maduro. Hay que volver a pensar, y pensar mucho tiempo, hasta que estemos en tal estado de efervescencia, que sintamos la necesidad de librarnos de él. Sólo

entonces vendrá la verdadera inspiración.

La necesidad de llevar mucho tiempo el asunto, la gestación, en una palabra, es una condición absoluta del don de escribir.

Cada uno, como es natural, tiene distinto procedimiento para prepararse. Los hay que, como Rousseau, no pueden escribir más que después de haber pensado largamente; de modo que sus páginas estaban trazadas en su cabeza antes de serlo en el papel. Otros, al contrario, como Chateaubriand, no pueden ponerse en ebullición más que sentados ante su escritorio; de tal modo que se dijo de él que “su pluma hacía fuego sobre el papel”.

De la elección del asunto y de su incubación preparatoria depende el valor del trabajo. La invención consiste en sentir un asunto y expresar la impresión que causa en nuestra imaginación y en nuestra sensibilidad. La imaginación y la sensibilidad son las que, por aplicación, y concentrándose sobre un tema, descubrirán las relaciones, las ideas y las imágenes que el tema contiene.

Le llevamos una idea a un autor dramático y exclama: “Aquí hay una obra. Yo no la veo, pero hay una obra”. Se trata de verla. ¿Qué hará para eso? Se aislará, meditará, cavará la idea hasta que entre en ella, hasta que descubra todas las consecuencias, todos los senderos, todos los lindes.

“¿Cómo ve usted esta escena? ¿Cómo la siente usted?” Se acostumbra preguntar. Es que, en efecto, el quid está en sentir de alguna manera, no según las reglas de un modo obligatorio, sino según el temperamento de cada uno.

Un asunto es una idea, una unidad, algo sencillo. Si la imaginación y la sensibilidad no desdoblan esa idea, describiendo los aspectos que puede tener y las formas que puede tomar, pronto se habrá dicho todo.

Se trata, por ejemplo, de describir las sensaciones de un hombre caído en un pozo, en el que ha permanecido durante veinticuatro horas. “Póngase usted en el lugar de ese hombre”. “Pero si a mí no me ha sucedido eso nunca, ¿cómo voy a adivinar las sensaciones que ese hombre puede tener?” Sin embargo, en eso consiste el don de creación. El arte no es más que una

sustitución.

Se trata, como se dice, de meterse en el pellejo de otro. Piénsese largo tiempo, róndese alrededor del asunto, evóquese esa situación, y váyase anotando las ideas que vengan: el frío, el agua, la noche, el hundimiento progresivo, la duración de las horas, el sonido de la voz, el eco, la abolición del tiempo, el silencio, la vista desde abajo, los llamados desesperados, el abandono de las fuerzas, la extenuación lenta, los movimientos inútiles del hombre que sobrenada y se hunde en cuanto se mueve, el cielo puro arriba, algunos gritos de pájaros, la vida de las cosas que continúa afuera, ese contraste con la angustia del hombre, esos ruidos de piscina sonora, etc., etc. Se tratará, en una palabra, de dar la ilusión del hecho en todas sus circunstancias, con la gradación, el crescendo doloroso necesarios al efecto, es decir, el interés.

Lo importante no es describir minuciosamente todos los detalles de un hecho, sino tener de ese hecho una sensación personal y viva. La evocación voluntaria dará esa sensación; y si se tiene esa sensación, los detalles vendrán por sí solos.

Por el trabajo, la sensibilidad y la imaginación se mantiene y fortifica la facultad de invención.

El arte de escribir es un esfuerzo perpetuo, salvo para los grandes genios, quienes, sin embargo, también han trabajado enormemente.

Entre la elección de un asunto y su ejecución por la escritura, media un lapso, una incubación más o menos larga, según la persona, y ese es, quizás, el momento más doloroso, la parte más penosa de la labor literaria. Hay aquí una espera y un malestar intolerables. No viene nada; es preciso arrancarse del espíritu ideas que no existían y domar la apatía del cerebro. El aislamiento y la concentración son necesarios para ese gran esfuerzo.

Si la visión tarda, no hay que desalentarse. Se la vuelve a tomar al otro día, y de lo que se haya pensado la víspera, aparece algo con más claridad. Se vuelve a empezar y se va anotando lo que se presente.

Cuanto más lejos esté el asunto de nuestras costumbres y de nuestro giro de espíritu, más trabajo y más voluntad necesitaremos.

Llevemos con nosotros el asunto, llevémosle largo tiempo, llevémosle

por todas partes. Acabará por venir a nosotros.

Se concibe que la inspiración sea siempre un esfuerzo, puesto que es una creación. El numen viene, ordinariamente, por la aplicación, por la

concentración y no al azar y por fantasía.

Se tiene más o menos imaginación, pero siempre se puede aguzar, desarrollar y perfeccionar.

Si nuestra imaginación permanece fría alimentémosla con excitantes; léanse cosas que se relacionen con nuestro asunto, ¿Queremos escribir para el teatro, combinar escenas, hacer dialogar personajes? Recurramos a los autores dramáticos y absorbámonos en su lectura.

¿Queremos pintar un bosque, una selva que ya no tenemos ante nuestros ojos? Leamos, para prepararnos, la descripción del bosque de Fontainbleau, en La educación sentimental de Flaubert, la de los Goncourt en

Manette Salomón, el Viaje a los Pirineos de Taine, Las de Chateaubriand,

Bernardino de Saint Pierre, etc. Despertemos, por medio de nuestra lectura, nuestra imaginación adormecida.

¡Cuántas veces nos ha pasado estar fríos, indiferentes, sin alegría imaginativa, sin idea en el cerebro, hasta el extremo de no saber si somos capaces de sentir algo! Pero oímos un organillo, un piano, una orquesta, vemos un paisaje, y de pronto las ideas se despiertan y la imaginación cambia de estado y disposición. Una pequeñez basta para modificar nuestro estado mental o intelectual.

Entre los excitantes y modificadores imaginativos, no hay ninguno mejor que la lectura, porque tiene la ventaja de adaptarse a nuestras exigencias y porque podemos elegir las páginas con que queremos ayudarnos.

El cultivo de la imaginación es de extrema importancia. Debe ser permanente, mantenido, seguido, porque todo depende de la imaginación. La sensibilidad misma, desde el punto de vista literario, no es más que el

arte de sentirse conmovido por la imaginación.

¿Qué es la imaginación? El poder de representarse los objetos bajo

forma de cuadros y con sus detalles.

La memoria entra por la mitad de la imaginación literaria. Hágase en pleno verano la descripción de una nevada, y será la memoria la que entre en juego. Descríbase lo que se ha visto: se evocará por el recuerdo. Nuestro espíritu es un fondo fotográfico en el que queda pintado, por más o menos tiempo, todo lo que hemos visto. Es un tesoro que se acumula sin cesar. Es, por lo tanto, necesario enriquecer cuanto sea posible ese tesoro; mirar bien lo que se ve, anotar lo que nos impresiona, observar el detalle, destacar las circunstancias, almacenar y fijar las sensaciones de todo orden, naturaleza, carácter, arte, diciéndonos que es allí donde hay que sacar, y que todos esos elementos los combinará la actividad de la memoria bajo el nombre de

imaginación.

Cuanto más difícilmente se asimile el asunto, más esfuerzos necesitaremos para llegar a sentirlo.

Conviene, pues, hasta donde sea posible, elegir un asunto que hayamos

vivido o que hayamos podido observar. Tendremos cien veces menos trabajo

en evocarlo; lo sentiremos más pronto; el desarrollo vendrá solo. Su investigación ofrecerá un atractivo que nos alentará.

La elección de un asunto es de una importancia considerable. No todos nos convienen; deben ser proporcionados a nuestras fuerzas; debemos pesar lo que puede hacerse, nuestra capacidad. De eso dependen el valor del trabajo, el talento que en él se ponga, la excelencia del arte de escribir y el resultado final.

Nos gusta un asunto, nos imaginamos poder tratarlo; pero cuando lo intentamos, “no viene”, no lo podemos embocar, no sale nada. Eso es culpa, a veces, de no haberlo pensado bien; pero, con frecuencia, también, es porque no se ha hecho para nosotros. En este caso debemos reconocer nuestra incompetencia.

Escojamos, pues, cosas verdaderas, vividas u observables. La verdad, la

vida y la observación son las condiciones fundamentales de toda la obra

literaria. Las encontramos en todas partes, ya se trate de invención, de disposición o de elocución.

Lo verdadero lleva en sí mismo una fuerza contagiosa; la vida comunica la vida, la observación sostiene la inspiración.

Hasta cuando inventemos debemos tener puntos de apoyo en la verdad de las cosas, poner circunstancias y contornos tomados de la vida real y que nos ayudarán a tratar el asunto; recurramos al auxilio de los ambientes y los seres que vemos y hagámoslos coincidir con los rayos de nuestra lente.

¿Buscamos un carácter, un retrato? Tomémoslo de entre las personas que conocemos; pintémoslas tal como son, o tomemos un rasgo de una y otro de otra, para formar un todo.

Moliére hizo su comedia Los fastidiosos observando lo que decían los maniáticos de la corte. Así procedía Alfonso Daudet, y a eso se debe el haber producido obras llenas de vida. No olvidemos que el mismo Luis XIV señaló a Moliére algunos modelos de Los fastidiosos. La escena de los Litigantes de Racine, entre Chicaneau y la condesa, era el relato de una aventura reciente. La Metromanía, obra clásica de Piron, está basada en una anécdota verdadera. La sociedad del hotel de Rambouillet fue llevada a la escena por Moliére. Los retratos de la comedia de Destouches, El maledicente, fueron tomados del natural. Manon Lescaut es la historia del abate Prévost, etc.

Un carácter tomado de la vida es una llave que facilita los desarrollos. Si estamos embarazados para describir una escena, o hacer dialogar personajes, el carácter conocido a priori salvará la dificultad. Desde el momento en que el personaje es conocido nuestro, sabemos cómo tomará la cosa, cómo procederá, cómo contestará. Esta es una condición importante, a la que debemos ser fieles.

¿Necesitamos un paisaje? Pues vayamos a verlo y tomemos notas sobre el terreno, a menos que poseamos la suficiente memoria plástica para retenerlo. (Volveremos a hablar sobre esto; v. De la descripción.)

¿Deseamos una intriga? La vida está llena de ellas; no tenemos más que elegir.

¿Meditamos un diálogo? Vayamos donde haya gente, escuchémosla, sobre todo a las mujeres, y recordemos su tono.

La elección de un ambiente comprobado, exacto, conocido, es, también decisivo. Si tenemos el plan de una novela y hallamos dificultades para tratarlo, porque el ambiente en que lo colocamos es vago, coloquémoslo en un ambiente conocido y no imaginado, y el plan tomará cuerpo en seguida. Hágase la prueba y se verá la verdad de lo que afirmo.

¿Queremos escribir literatura imaginativa, idealista, romántica,

construida? En este caso no sentiremos el asunto y no lo trataremos bien

más que transportándolo, dándole la ilusión, la apariencia de la vida. El Don

Quijote es un ejemplo maravilloso. Todo en él es imaginado y todo parece

real.

Si es nuestra personalidad el asunto que sentimos mejor, hablemos de nosotros mismos. Véase la inspiración que su Yo dio a Montaigne. El abate Prévost, que escribió tantos libros, hizo una obra maestra el día en que escribió su propia historia en Manon Lescaut. La mejor obra de Alfredo de Vigny es la que vivió personalmente, Servidumbre y grandeza militar. El secreto del talento de Alfonso Daudet y Pierre Loti es, en uno, la observación rigurosa, en el otro la fuerza de las cosas vistas o vividas.

Verdad, vida observación; he ahí las tres cualidades que dominan el arte literario y a las que deben someterse todas las operaciones del espíritu.

Como no se describe más que por placer o por convencer, no se alcanza el objeto propuesto si se choca contra la verdad, la verosimilitud y la experiencia.

Cualquiera que sea el asunto que se trate, es necesario conservar siempre el color local, es decir los detalles, el tono, las circunstancias y los matices del tiempo en que el hecho ocurre.

Uno de los más hermosos ejemplos de color local, como tono (pues el color local no consiste solamente en la pintura), se encontrará en El

campesino del Danubio, de La Fontaine. Salambó, de Flaubert, es una obra

que conviene leer con frecuencia para la pintura local.

Tales son las condiciones generales bajo las cuales se puede considerar la invención.

LECCIÓN

DÉCIMA