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Cómo se construyó la gran pirámide de Keops?

In document Enigma - Juan Antonio Cebrian (página 32-37)

Ni siquiera los egiptólogos más ortodoxos saben explicar cómo se las ingeniaron los egipcios para levantar la gran pirámide. Evidentemente, nadie medianamente informado recurre a la intervención extraterrestre para justificar cómo edificaron la única de las maravillas del mundo que sigue en pie. Sin embargo, el misterio no deja de ser gigantesco…

El pasado mes de marzo de 2005, José Miguel Parra, uno de los egiptólogos españoles más activos y que trabaja en excavaciones que se llevan a cabo en Tebas, confesaba ante los micrófonos d e La Rosa de los Vientos que todavía «no sabemos cómo se hizo». Frente a ello, el investigador apostaba por el uso de algún medio mecánico que aún no habría sido identificado. También él se encoge de hombros ante la gran pregunta, y eso que Parra no es de los que imaginen secretos inconfesables en los agujeros negros que presenta la civilización más importante y fascinante del pasado. Sin ser de los más radicales, podríamos definirlo como un egiptólogo ortodoxo.

Ya es cosa de otro tiempo la teoría que defendía que los egipcios emplearon rampas para construir semejante monumento. Las dimensiones que presenta son sencillamente acongojantes como para sostener esa tesis: doscientos treinta metros de lado en la base y ciento cuarenta y cinco metros de altura; a paso firme, rodearla a pie es una empresa que nos llevaría unos diez minutos de paseo. Son, en total, ciento veinticinco mil bloques de piedra, cada uno de los cuales pesa la friolera de dos toneladas. A sabiendas de que Keops fue faraón durante veintitrés años, si empleó todo su tiempo en ordenar a los esclavos que levantaran su monumento funerario, resulta que todos los días deberían haber incorporado a la pirámide más de mil bloques, lo que quiere decir que, aun aprovechando todas las horas de sol, aquellos hombres colocaron en su lugar apropiado uno cada minuto. Teniendo en cuenta que cada bloque debería haber sido arrastrado por decenas de hombres, se antoja que este mecanismo no era viable por razones tanto técnicas como humanas.

Pese a ello, la teoría del prestigioso egiptólogo Mark Lehner, según la cual una sola rampa circundaba toda la pirámide, sigue siendo la justificación de los más ortodoxos entre los ortodoxos. Aun así, existen otras versiones de la misma teoría, como la propuesta por Jean Phillippe Lauer, para quien los esclavos subían todos los bloques a través de una sola rampa que partía desde el centro de la pirámide. Sin embargo, en este caso, las matemáticas nos devuelven a la realidad: para poder llevar a cabo la obra, la rampa en cuestión mediría más de dos kilómetros de longitud… Es decir: sería incluso más grande que la propia meseta sobre la que se levanta la séptima maravilla.

Cuando uno conversa con los egiptólogos, éstos no acaban de desechar la probabilidad del uso de un mecanismo de palancas que elevara las piedras automáticamente de una altura a otra. Pero, en este caso, el problema sería el traslado de bloques, que tendría que haberse efectuado mediante rodillos que transportaran los enormes «ladrillos» a través del valle del Nilo. Para eso habrían sido necesarios decenas de miles de troncos de madera, y no olvidemos que estamos hablando del desierto y de Egipto, en donde los árboles no son especialmente numerosos.

Visto lo visto, Herodoto quizá no iba muy desencaminado cuando sugirió que los egipcios desarrollaron una suerte de tecnología avanzada para edificar la «monstruosidad» de la meseta de Gizeh. Por supuesto, no habla de naves espaciales, pero sugiere algo que no debe descartarse en ningún momento: los egipcios alcanzaron un nivel de avance técnico mayor del que presuponemos.

La meseta de Gizeh sigue planteando muchos más enigmas que certezas.

Podríamos citar muchas pruebas del inquietante desarrollo tecnológico de los habitantes del Nilo. Podríamos recordar, por ejemplo, que las supuestas cámaras funerarias de la pirámide de Keops y decimos supuestas porque hasta el momento nadie ha descubierto a la momia del faraón dentro del edificio) están en el interior del monumento y no por debajo del mismo, lo que nos evoca la necesidad de avances ingenieros imposibles para nuestros ancestros de hace cuatro mil quinientos años. Por no hablar del revestimiento exterior de la pirámide, que a día de hoy se ha perdido, pero del que se han conservado algunas muestras. Y ese revestimiento convirtió a este prodigio de la Antigüedad en una especie de espejo gracias a que las piedras eran tan lisas y pulidas como las lentes de un moderno telescopio. Cuesta creer que lo lograran sin haber desarrollado una técnica más avanzada de lo que creemos…

Permítannos finalizar añadiendo un último apunte que nos adentra por un sendero casi mágico. El responsable del siguiente hallazgo no es un don nadie. Se trata de Joseph Davidovits, profesor de la Universidad de Toronto y director del Instituto de Ciencias Arqueológicas de la Universidad de Florida. Tuvo la ocurrencia de analizar químicamente y gracias al microscopio algunos de los dos millones de bloques de la gran pirámide. Aquello le llevó a descubrir en el interior de algunas de esas piedras elementos extraños como pelos, fibras y burbujas de aire, algo totalmente imposible.

¿Cómo se habían incrustado en la piedra? Tal incoherencia sólo tiene una explicación: que, de algún modo, aquellos hombres fueran capaces de haber trabajado la piedra como si fuera barro antes de que se solidificara. ¿Acaso desarrollaron una técnica para ablandar la roca? Algunas leyendas aseguran que tal cosa era posible…

¿La Esfinge tiene 8.000 años?

Junto a las tres grandes pirámides de Gizeh, en El Cairo se encuentra un monumento que ha hecho correr ríos de tinta. Se trata de la Esfinge, un león con rasgos humanos que según la arqueología oficial tiene cuatro mil seiscientos años de antigüedad. Mide setenta y tres metros de longitud y veinte de altura. Sus enormes piedras —de hasta ochenta toneladas de peso— son mucho más voluminosas que las empleadas para levantar las pirámides, pero aquello no fue óbice para que los egipcios las trabajaran con tanta destreza como si fueran de arcilla.

Atribuyen su construcción al faraón Kefren, de la IV dinastía, e incluso aseguran algunas fuentes que el rostro de este león de piedra se asemeja al del mítico personaje. Sin embargo, existe la posibilidad de que sea mucho más antigua, más incluso que el propio nacimiento de las primeras civilizaciones. Así que, de confirmarse esa tesis, los historiadores quizá deban empezar a reescribir sus caducas cronologías…

A este respecto, el geólogo Robert Schoch, de la Universidad de Boston, identificó en la parte exterior de la Esfinge rasgos erosivos en la piedra que le hicieron pensar que hubo una época en la cual Darte del monumento estuvo cubierto por el agua. Tal grado de erosión no se encuentra en las cercanas grandes pirámides, que en un principio son de casi la misma época. Esto haría pensar en que en algún momento del pasado remoto la llanura estuvo inundada, algo que sucedió hace al menos ocho mil años. De acuerdo con esta teoría, la Esfinge sería mucho más antigua que las propias pirámides. La posibilidad de que los egipcios se encontraran allí este monumento cuando «conquistaron» el entorno del Nilo es una tesis que tiene cada vez más adeptos y que obligaría a pensar en la existencia de alguna civilización anterior a las conocidas y que fuera una suerte de «cultura madre» para el resto de pueblos que posteriormente emergieron en aquella región del planeta.

La apuesta del geólogo también se sostiene sobre otro singular hallazgo que el investigador Robert Bauval dio a conocer en 1994. Según este estudioso, las tres grandes pirámides serían una representación sobre la arena de la constelación de Orión, un cúmulo estelar que, no por casualidad, tuvo una enorme relevancia en la cosmología egipcia. Dicen las tradiciones que el dios Osiris, al morir, se convirtió en una de las tres estrellas del cinturón de Orión…

Pero la teoría de Bauval y Grahan Hancock, que publicó la tesis en un libro fundamental de la investigación heterodoxa, Las huellas de los dioses, presenta un detalle que resulta más relevante aún: los monumentos de la meseta de Gizeh representan a Orión tal y como esta constelación estaba dispuesta en el cielo allá por el año 10500 a.C. A nadie escapa que los edificadores de aquellas moles pétreas quisieron señalar esa fecha por alguna razón que todavía se nos escapa. Para redondear más la visión arqueastronómica (disciplina científica que estudia los monumentos de las antiguas civilizaciones en función de la astronomía) de este asunto es importante destacar algo que ocurre con la llegada del equinoccio de primavera. Ese día, la Esfinge apunta con sus ojos a

determinadas estrellas. Para Giorgio de Santillana, profesor de Historia de la Ciencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, este hecho demostraría que los antiguos egipcios ya conocieron un fenómeno llamado la «precesión de los equinoccios», un ciclo de 21.600 años de duración que se manifiesta cada año con el anticipo de la llegada de la primavera. Este efecto del movimiento de la Tierra se creía que era un descubrimiento de los modernos astrónomos y, sin embargo, aquellos sabios del Nilo ya lo conocían hace muchos miles de años. Para rematar la incógnita, no parece casual que, en el equinoccio de primavera del año 10500 a.C., la Esfinge mirara directamente a su orto helíaco, es decir, hacia donde se encontraba la estrella Sirio, mágica para los egipcios porque representa a la diosa Isis y que completa en el cielo a la constelación de Orión.

Nos queda esperar nuevas investigaciones para poder conocer la verdad sobre el origen de la Esfinge. De momento, se han localizado en el interior del monumento cámaras secretas a las que aún no han accedido los arqueólogos. Quién sabe si en su interior puede encontrarse la respuesta…

In document Enigma - Juan Antonio Cebrian (página 32-37)

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