FENICIOS Y AUTÓCTONOS
C OLONIALIMO Y EXPLOTACIÓN : A PROPÓSITO DE CIERTAS INTERPRETACIONES DE LA ARQUEOLOGÍA POSTCOLONIAL
Apenas se habla del conflicto o de violencia como factores cruciales de la presencia colonial de los fenicios en Occidente, y en particular en la Península Ibérica, y se suele excluir o silen- ciar cualquier tipo de explotación económica. La arqueología postcolonial, nacida como el resto de la arqueología postproce- sual de la crítica del procesualismo con su deshumanización de las ciencias sociales así como del contexto filosófico postmoder- no, parecía abocada a aportar interesantes soluciones, pero fi- nalmente no ha sido así, no tanto por la necesaria crítica a las arqueologías procesuales cuanto por su excesiva dependencia del pensamiento postmoderno.
Como se ha dicho, aunque el objetivo de la arqueología postcolonial es reconocer y caracterizar la diferencia, al llamar la atención sobre ella en la literatura occidental y pedir respeto para ella, se la está incluyendo en la lógica hegemónica desde la que se actúa, preservando así una apariencia de diferencia ya que la auténtica y profunda queda absorbida y neutralizada al no poder ser descrita desde nuestro discurso (Hernando Gonzalo, 2005: 231). Y no deja de tener su aquel que se defien-
dan identidades esenciales (las de la difencia) desde la postura anti-esencialista del postmodernismo.
Por otra parte la aparente carga de novedad teórica que parece aportar la Arqueología postcoloial no es tal. Conceptos como mestizaje, hibridación y resistencia, que incluían un aná- lisis pormenorizado de la realidad a partir de ellos, hace mu- cho tiempo que fueron incorporados a la Antropología de la aculturación, si se la puede llamar así, que también había mani- festado una clara preocupación por “los otros”. Otro tanto se puede decir de las denominadas “situaciones intermedias” que cabe entender como las maneras en que las poblaciones locales transformarían los cambios que le son impuestos, dando lugar a múltiples casos de mezcla cultural, apropiación y otros proce- sos que ocurrirían en el seno del encuentro colonial de forma dialectica. Tampoco en esta ocasión hay nada nuevo bajo el sol. Todo ello ha sido formulado anteriormente de una manera u otra.
No obstante, frente al carácter casi omipresente de la “ne- gociación” dentro de las relaciones entre los grupos en contac- to, que torna invisible la explotación, algunas voces aisladas han vuelto a llamar la atención sobre el carácter desigual de las relaciones, sobre la aculturación como estrategia de domi- nación colonial y sobre el conflicto y la violencia como, partes integrantes e importantes de todo el proceso (Ordoñez Fernán- dez, 2012), algo que ya se habíamos señalado teimpo atrás des- de una perspectiva no vinculada ni al Postmodernismo ni a la Arqueología Postcolonial.
La excesiva dependencia de la Arqueología Postcolonial, que tampoco constituye un cuerpo teórico y metodológico uni- tario, respecto al Postmodernismo se nos revela como uno de sus lastres más significativos. Y desde su intento de ocultación del conflicto y la violencia para sustituirlo por negociaciones se realiza, en ocasiones, una lectura sesgada del registro arqueoló- gico. Como cuando se afirma, según ha sido muy bien observa- do “...que las respuestas dadas por la población del sur penin- sular a la presencia oriental, al menos hasta el siglo VI a.C., no responden a la existencia de relaciones asimétricas de explota- ción y dominación entre colonizadores y colonizados, que es lo que define una situación colonial, según se ha planteado ante- riormente, lo que nos obliga a (re) pensar las categorías de los análisis basándonos en el registro arqueológico” (Marín Aguile- ra, 2012: 152).
Considerar la presencia o ausencia de murallas en un asentamiento como claro síntoma de la presencia o ausencia de relaciones asimétricas de explotación o de dominación resul- ta, a estas alturas, de una simplicidad pasmosa, además de no tener en cuenta las distintas formas de violencia, incluidas las encubiertas, con que se puede y suele manifestar el contacto dentro de un proceso colonial. La presencia de cerámica autóc- tona dentro de los asentamientos fenicios puede interpretarse también, de una manera menos ingenua a como hacen en oca- siones los arqueólogos postcoloniales, como una evidencia de fuerza de trabajo al servicio de los colonizadores ,y el número de estos últimos, por otra parte, ya que se compara el pequeño tamaño de la mayoría de los asentamientos fenicios peninsula- res con Mozia, en Sicilia, que es mucho mayor (sin tener en
cuenta que las estrategias coloniales pueden ser muy distintas en ambos casos) no importa tanto cundo se cuenta con la ven- taja de la superioridad tecnológica.
Recientes intervenciones arqueológicas en el Castro dos Ratinhos, un poblado fortificado del Bronce Final, estratégica- mente situado sobre la orilla izquierda del Guadiana a media distancia de la desembocadura de dos de sus afluentes, El Ar- dilla y el Debege, han sacado a la luz en el sector denominado “acrópolis”, junto a grandes cabañas de planta redonda un edi- ficio de planta paralelepípeda y construcción compleja de tipo oriental, aunque de modestas dimensiones, que ha sido inter- pretado como un santuario fenicio dedicado a Ashera y Baal, datado en sus inicios a finales del siglo IX a. C. y destruido por un incendio, que afectó también a parte de la muralla, hacia el 760 a. c. (Berrocal, Silva, Prados, 2012) ). Según parece las re- laciones no fueron aquí tan pacíficas como algunos arqueólo- gos postcolonialistas pretenden. Después del incendio desapa- recen del poblado todas las manifestaciones de una posible presencia o influencia fenicia en el mismo.
De acuerdo con el esquema de las economías de bie- nes de prestigio (M. Krueger, 2008), los colonizadores distri- buirían entre las elites locales, toda una serie de productos sun- tuarios, manufacturados casi exclusivamente en el contexto co- lonial, a fin de reforzar una muy necesaria colaboración entre ambos grupos. Todo ello nos muestra un procedimiento típica- mente colonialista en el que los colonizadores proporcionan a las mencionadas elites objetos de prestigio y de poder, como
ocurre también con las elites atlánticas con las que compiten los nuevos mecanismos identitarios integrados ya en la esfera del poder colonial, pero sin que se realice nunca una trasferen- cia tecnológica que garantice en este ni en ningún otro ámbito la independencia de aquellas. ¿Negociación o sumisión? a cam- bio de participar de ciertas ventajas del impuesto sistema colo- nialista.
Ya que la explotación económica en unos sistemas colonia- listas como fueron aquellos se efectúa en gran parte por medio del llamado "intercambio desigual", resulta, cuanto menos cho- cante, la resistencia de los arqueólogos postcoloniales a admi- tir la desigualdad de los intercambios. Argumentan, en este sentido, que una política continuada de pactos y negociaciones constituyó la principal estrategia colonial por ambas partes y que el valor de uso de las manufacturas proporcionadas por los colonizadores entre los autóctonos no tenía porque equivaler a su valor de cambio, ya que gozaban de una alta estimación en- tre los ellos, lo que equivale en la práctica, además de no ha- ber comprendido la mecánica del intercambio desigual, a un espejismo que tiene como objeto hacer invisible la explotación. Además, el hecho de que los intercambios tengan, además del económico, un contenido y un significado social, y político, amén de simbólico, no anula, como en ocasiones se pretende, su carácter desigual -ya que ello no elimina la existencia de pro- cesos de trabajo con muy distintos costes sociales de produc- ción, y no solo valores subjetivos- sino que más bien tiende a encubrirlo a los ojos de los participantes (y, por lo que se ve, de algunos investigadores) en unas relaciones “pactadas” en las que la clave reside en comprender si son fruto de una nego-
ciación simétrica y paritaria, en la que ambas partes muestran similar capacidad, por el contrario, de una imposición, que se pretende invisible desde la fórmula del pacto, de quienes ac- túan con la ventaja que proporciona una posición, económica y tecnológica, dominante.
Argumentar, que las elites autóctonas “pactan” con algu- nos grupos de colonizadores indígenas en calidad de iguales re- sulta, en todo caso, bastante ingenuo y no es esa, precisamen- te, la dinámica del colonialismo. Por otra parte, que algunas elites autóctonas se hayan podido beneficiar de los intercam- bios no resulta raro, ya que son ellas precisamente los encarga- dos de movilizar la mano de obra y convertir el sobretrabajo en excedente del cual se pueden apropiar, pero esto no entra en contradicción tampoco con el carácter desigual de los intercam- bios.
Porque, en realidad, no se trata solo del valor de uso o del valor de cambio, y de como eran distintamente apreciados por unos y otros, sino del coste social de producción de lo que se intercambiaba, que es de donde proceden, de las diferencias en costes sociales de producción, los beneficios que obtienen los colonizadores mediante este intercambio. Por otra parte, y pre- cisamente por ello, se produce una sobre-explotación del traba- jo con el fin de satisfacer la demanda colonial, que se articula en la transferencia entre sectores económicos que funcionan sobre la base de relaciones de producción diferentes. Esto signi- fica sencillamente desplazar el foco de nuestra atención desde
los intercambios a las relaciones sociales de producción sin las cuales no serían posibles.
Parafraseando a Marx, aunque no esté de moda, la dife- rencia entre considerar la sociedad colonialista y el trabajo en este contexto desde el punto de vista de la órbita de la circula- ción simple o cambio de mercancías o hacerlo desde el punto de vista del proceso de la producción es enorme. Lo que desde la primera perspectiva son dos personas que contratan libre- mente y como iguales, una vendiendo el resultado de su fuerza de trabajo y otra comprándolo, y cada una persiguiendo su pro- pio interés y realizando el bien común, se convierte desde la se- gunda en un colonialista, “pisando recio y sonriendo desdeño- so, todo ajetreado”, y un colono, “tímido y receloso, de mala ga- na, como quien va a vender su propia pelleja y sabe la suerte que le aguarda: que se la curtan”.
El entramado colonialista es por tanto mucho más amplio y complejo y va más allá que una política colonial de pactos y alianzas con las élites locales, con cuyo reforzamiento político consiguen los colonizadores que les sea reclutada la fuerza de trabajo necesaria y que, una vez movilizada, sea conducida por las propias elites hacia las actividades de interés para ellos. Al mismo tiempo es necesario preservar las condiciones locales de la reproducción de la fuerza de trabajo, que, sin embargo, resultarán, a la larga, modificadas, en buena medida, debido a la sobre-explotación a que es sometida.
Por otra parte, como ha sido muy bien observado (More- no Arrastio, 2001:113), desde nuestra preocupación actual en los mecanismos que evitan los conflictos preferimos ignorar que en muchas ocasiones la existencia de pactos no es tanto un recurso que asegure la convivencia, cuanto una amplia precau- ción, una respuesta adaptativa del grupo que se sabe débil en el contexto del contacto colonial. Pensar que los autóctonos po- siblemente no se sentían engañados ni explotados porque nece- sitaban los productos que les proporcionaban los colonizado- res para garantizar y fortalecer sus propias estructuras sociales equivale a decir que si no eres consciente del engaño (y de la explotación) es como si no fueses engañado (y explotado).
¿Realmente quienes así argumentan son verdaderamente conscientes de lo que están diciendo?. Su preocupación por el papel activo que desempeñaron los autóctonos y el no querer verlos como simples comparsas (lo cual es un rasgo positivo de la arqueología postcolonial) les ha jugado en esta ocasión una mala pasada y convierte a aquellos en alienados, a su pesar, dentro del proceso colonialista. Transferir la explotación a las elites autóctonas dejando a los colonizadores libres de respon- sabilidad en esto, no puede resultar, por otro lado, más simplis- ta y, al mismo tiempo, irreal, y, por tanto, ahistórico. Si algo sa- bemos con bastante certeza es el carácter sombrío del colonia- lismo y sus formas de explotación de las que no se puede desli- gar en modo alguno a los colonizadores (Moreno Arrastio, 2008). El relativismo y subjetivismo postmodernos no hacen sino convertir la explotación colonialista en una caricatura de si misma, haciéndole un muy flaco favor a sus víctimas, precisa-
mente a las que los arqueólogos postcoloniales dicen identifi- car y defender.