E L ESTADO MARÍTIMO
2. C OMERCIO Y EL ESTADO PRIMITIVO
Existen dos razones principales por las que el guerrero-ladrón no ha de intervenir indebidamente en los mercados y las ferias que pueden tener lugar dentro de los límites del dominio que ha conquistado.
La primera, que es extraeconómica, es el miedo infundado por la superstición de que las divinidades castigarían toda alteración de la paz. La segunda, que es económica y, posiblemente, la más importante —y creo que soy yo el primero en señalar esta conexión—, es que los conquistadores no pueden hacer nada sin estos mercados.
El botín que en un primer momento tomaban los vencedores consiste en la adquisición de grandes propiedades cuyo uso y consumo inmediatos no son posibles. Puesto que los artículos de valor existentes durante esta etapa no son muchos, si bien es cierto que aquellos que existen se dan en grandes cantidades, la denominada «utilidad marginal» de cada uno de ellos es bastante escasa. En especial, esto atañe al producto más importante de los medios políticos: el esclavo. Empecemos primero con el caso de los pastores: el número de esclavos necesario se ve limitado por el tamaño del rebaño. Es muy probable que este intercambiase sus excedentes por otros objetos de gran valor para él como, por ejemplo, sal, ornamentos, armas, metales, tejidos, utensilios, etc. Por esta razón, no siempre el pastor es ladrón, sino que en ocasiones además asume el rol de mercader, protector del comercio.
A su manera, protege el comercio con el objetivo de intercambiar los objetos de su botín por aquellos productos de otros pueblos —desde tiempos remotos, los
nómadas han escoltado las caravanas en su travesía por las estepas a cambio de dinero en concepto de protección—. No obstante, también protege el comercio en aquellos lugares conquistados por él desde tiempos prehistóricos. El mismo tipo de planteamiento por el que una vez los pastores cambiaron su rol de cazador por el de agricultor puede haber también hecho cambiar la intención de estos, los cuales intentan ahora proteger sus antiguos mercados y sus históricas ferias. En este caso, un saqueo significaría matar a la gallina de los huevos de oro. Resulta entonces mucho más rentable mantener el mercado y consolidar paulatinamente la paz sobre él, puesto que no solamente se benefician a la hora de intercambiar los objetos de un saqueo por bienes traídos desde otros lugares, sino que también se recauda el dinero en concepto de protección, tributo del señor feudal. Es por esta razón por la que los príncipes y reyes del Estado feudal —en cualquiera de sus niveles de desarrollo— llevaron su protección a los mercados, los caminos y los mercaderes, consolidándose como «la paz del rey», a veces incluso reservándose para ellos el monopolio del comercio exterior. En todos lados, podemos apreciarlo en la creación de nuevas ferias y ciudades a cambio de protección e inmunidad.
Dicho interés en el sistema de ferias y mercados hace profundamente creíble el hecho de que las tribus de pastores respetasen los mercados existentes en su zona de influencia, de tal manera que renunciaban a los medios políticos de forma inmediata, incluso librando a los demás individuos de su «dominio» durante algún tiempo. La historia narrada por Herodoto puede ser bastante creíble, aunque él parecía estar impresionado de que los antiguos habitantes de la ciudad de Argos ya contasen con un mercado sagrado en medio de los pastores escitas y que, además, su desarmada población se encontrara eficazmente protegida por la paz que el sacro mercado traía consigo. Son numerosos los ejemplos que hacen esta tesis mucho más creíble.
Nadie se atreve a hacerles daño, ya que son sagrados. Y tampoco tienen armas de ningún tipo, si bien son ellos los que apaciguan las reyertas de sus vecinos y, quienquiera que sea el fugitivo que bajo ellos se ampare, no ha de ser tocado por ningún otro hombre[85].
Con frecuencia se observan ejemplos similares:
Siempre es la misma historia que los habitantes de Argos, la historia de tribus «sagradas», «justas», «desarmadas», de comerciantes dados al trueque y a la resolución de conflictos entre una población nómada parecida a la de los beduinos[86]. Un ejemplo de mayor grado lo constituye la ciudad de Caere, de cuyos habitantes escribía Estrabón: Los griegos tenían un alto grado de justicia y valor y, aunque gozasen de una gran fuerza, se abstenían de las prácticas de robo. Parafraseando dicho pasaje, Mommsen añade: Ello no excluye la piratería, en la que participaron tanto los mercaderes de Caere como todos los demás. No obstante, la ciudad de Caere contaba con un puerto libre tanto para griegos como fenicios[87].
Caere no es como la feria de los habitantes de Argos, un mercado en el interior de un distrito de nómadas terrestres, sino en medio de una zona de dominio de nómadas marinos, un puerto en el que reina la paz. Esta formación responde a aquellas cuya importancia, a mi juicio, no han gozado del aprecio que merecen y que, además, han ejercido una gran influencia en la génesis de los Estados marítimos.
Aquellas razones que nos permiten ver cómo los nómadas terrestres estuvieron obligados a mantener —en ocasiones incluso a crear— lugares específicos para los mercados han debido forzar a su vez e incluso con mayor intensidad el comportamiento de los nómadas marinos. Puesto que el transporte de aquellos productos tomados en los saqueos, especialmente ganado y esclavos, resulta peligroso y, a causa de la lentitud en el avance, difícil en las travesías por los desiertos y estepas, comenzaron a transportarse en las denominadas «canoas de guerra» y «naves dragón», que facilitaron un transporte mucho más rápido y seguro. Por esta razón, los vikingos practican mucho más el comercio que los pastores. Tal y como se menciona en el Fausto de Goethe, «la guerra, el comercio y la piratería son inseparables».