El personaje de Tiresias jugó un papel fundamental en el cumplimiento del destino de los personajes protagónicos de diversos mitos clásicos de la Antigüedad. En Edipo Rey y Antígona de Sófocles, no es otro sino Tiresias quien revela a Edipo quién es el asesino de Layo104 y a Creonte
cuáles serán las consecuencias de no dar entierro al cuerpo de Polínices105,
respectivamente. En la Odisea, fue gracias a Tiresias que Ulises logró
104 Ver Edipo Rey, p. 212-216. 105 Ver Antígona, p. 174-178.
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regresar a Ítaca, una vez superada la prueba de descender al Hades con su tripulación a fin de encontrar al sabio vidente que habría de referirle las instrucciones precisas para volver salvo a su hogar106.
Su fama no deriva únicamente de sus poderes adivinatorios, sino también del haber experimentado la vida como hombre y como mujer. Según refiere Ovidio en las Metamorfosis107, la vivencia masculina y femenina
de Tiresias (causada por un peculiar encuentro con unas serpientes) es la que le lleva a intervenir en una discusión entre Jove y Juno, y cuya resolución a favor del dios la que habría de procurarle la ceguera:
cuentan que acaso Jove, alegrado con néctar, sus cuitas/ graves había dejado, y con la ociosa Juno, indolentes/ juegos había movido, y: «Mayor, en verdad, es el vuestro –había dicho–, que el placer que toca a los machos.»/ Ella niega. Plació indagar cuál sea del docto Tiresias/ la sentencia; ambas Venus eran conocidas a éste;/ pues en la verde selva dos cuerpos de magnas serpientes/ que se apareaban, había ultrajado con un golpe de báculo,/ y de varón en mujer convertido (¡admirable!), pasado/ había siete otoños; el octavo, de nuevo a las mismas/ vio, y: «Si tanta es la potencia de la llaga dada por vosotras/ –dijo– que de su autor mude en la contraria suerte,/ hoy también os heriré.» Golpeadas las mismas serpientes,/ la forma anterior regresó y vino la imagen nativa./ Este árbitro, pues, tomado en el pleito jocoso, los dichos/ de Jove confirma; la Saturnina, grave más que lo justo/ y no en proporción con la causa se había dolido, se dice,/ y los ojos de su juez condenó a eterna noche (149).
En compensación por el castigo de Juno, el dios otorga a Tiresias el don de predecir el porvenir, pues «por la lumbre quitada,/ le dio saber lo futuro y alivió, con la honra, la pena» (149).
En los Himnos de Calímaco encontramos una versión distinta acerca de la causa de la ceguera de Tiresias. El himno V está dedicado al “Baño de Palas Atenea” y en él se narra la relación entre la diosa y la ninfa Cariclo, madre de Tiresias, cuya compañía era de especial predilección de Atenea, pues «ni las conversaciones de las ninfas ni sus coros de danza le resultaban
106 Ver Odisea, p. 200.
107 En adelante, las citas de las Metamorfosis serán tomadas del tomo II de la versión de Rubén Bonifaz
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agradables, si no los dirigía Cariclo» (48). A pesar de esta posición privilegiada, el hijo de la ninfa no habría de salvarse de lo que ya estaba escrito y bien señalado desde los inicios del himno: «Ten cuidado, Pelasgo, no vayas a ver involuntariamente a la reina: el que vea desnuda a Palas, protectora de ciudades, contemplará Argos por última vez» (48). El desafortunado episodio en el que Tiresias pierde la vista tiene lugar cuando Palas Atenea y Cariclo se encontraban tomando un baño en la fuente Helicónide:
Ambas se bañaban, y era la hora del mediodía, y una quietud perfecta reinaba en aquella montaña. Sólo Tiresias, cuya barbilla empezaba a oscurecer, se paseaba entonces con sus perros por aquel sagrado lugar. Sediento hasta lo indecible, llegó a las ondas de la fuente, ¡desdichado! Y, sin querer, vio lo que no era lícito ver. Aunque llena de cólera, alcanzó a decirle Atenea: «¿Qué genio malo te condujo por tan funesta ruta, oh Everida? Vas a salir de aquí con las órbitas vacías.» Habló, y la noche se apoderó de los ojos del niño (48).
Cariclo se lamenta y sorprende al ver que Palas Atenea no ha tenido piedad de su hijo e incluso llega a reclamarle el no haber mostrado un poco de consideración para con él. Sin embargo, no es Atenea quien ha cegado a Tiresias, sino que tan sólo ha sido el vehículo para dar cumplimiento al destino deparado a quien mirara la desnudez de la diosa. Por eso, Atenea le explica a Cariclo mostrando compasión por ella y su hijo:
Mujer divina, retira todo lo que dijiste, inspirada por la cólera. Yo no he dejado ciego a tu hijo. No resulta agradable para Atenea arrebatar los ojos a los niños. Pero así rezan las leyes de Crono: aquel que vea a alguno de los inmortales cuando ese dios no lo desea, pagará un alto precio por lo que ha visto. Mujer divina, el hecho ya no puede ser revocado, pues los hilos de las Moiras así habían tramado su destino desde el instante en que lo diste a luz. Ahora, oh Everida, recibe el pago merecido. […] Compañera, no te lamentes; otros muchos dones le tengo reservados por amor a ti, pues lo convertiré en un adivino celebrado por las generaciones venideras, muy superior a todos los demás. Conocerá las aves, cuál es de buen augurio, cuáles vuelan en vano y de cuáles son los presagios desfavorables. Muchos oráculos revelará a los Beocios, muchos a Cadmo, y, más tarde, a los poderosos Labdácidas. También le daré un gran bastón que conduzca sus pies adonde necesite ir, y le daré una vida muy dilatada, y será el único que, cuando muera, paseará su ciencia entre los muertos, honrado por el gran Hagesilao (49).
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De este modo, y al igual que en la versión de las Metamorfosis, la ceguera de Tiresias viene acompañada de una suerte de compensación por la cual será tan reconocido como calumniado, ya no sólo en la Antigüedad sino también en obras posteriores; recordemos que en el Canto vigésimo de La divina comedia, Dante lo ubica en el octavo círculo del infierno, el de los «adivinos, que, ellos que quisieron/ ver demasiado hacia adelante, caminan/ ahora con la cabeza vuelta hacia atrás» (117-118).
En el siglo XX, la figura de Tiresias ha sido retomada tanto por sus poderes adivinatorios (en La tierra baldía de T. S. Eliot, por ejemplo) como para encarnar personajes vinculados de algún modo con la homosexualidad, la androginia y la transexualidad, por ejemplo en Las tetas de Tiresias de Apollinaire o el Balthazar de Lawrence Durrell. Aunque estas dos facetas del personaje son las más conocidas y destacadas, el “Tiresias” de Esther Seligson no se concentra en ninguna de ellas, sino que se articula, al principio, como un diálogo directo con “Los ciegos” de Cesare Pavese, incluido en sus Diálogos con Leucó.
Al inicio del apartado 2. 3. del presente trabajo retomé las palabras de Pavese a propósito del mito como un lenguaje, un medio expresivo encaminado a la revelación, pues sus Diálogos con Leucó están precisamente creados a partir de mitos clásicos y su poder de evocación. “Los ciegos” es un diálogo que tiene lugar entre Tiresias y Edipo, y, como todos los otros textos que conforman el volumen, los personajes y el mito en sí despliegan sus sentidos hacia nuevas vías. Previo al diálogo, se incluye un breve texto donde se especifican las circunstancias en que acontece este encuentro: «No hay episodio de Tebas en que falte el cielo adivino Tiresias. Poco después de este coloquio comenzaron las desventuras de Edipo –es decir se le abrieron los ojos y él mismo se los reventó horrorizado» (21).
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La relación que a través de este diálogo se establece entre Tiresias y Edipo es bastante peculiar, pues los asuntos en torno a los cuales discuten se mueven en un plano más cercano a la reflexión filosófica que a los sucesos del pasado y el porvenir. El primero en hablar es Edipo y lo hace interrogando sobre las causas que llevaron a Tiresias a la ceguera: «Viejo Tiresias, ¿debo creer lo que aquí en Tebas se dice: que los dioses te han enceguecido por envidia? » (21). La respuesta de Tiresias a esta pregunta, y a todas las demás, estará expuesta con una sutileza que fluctúa entre la ambigüedad y el cuestionamiento a la naturaleza y poder de los dioses mismos:
Tiresias: Si es cierto que todo nos lo envían ellos, debes creerlo. Edipo: ¿Tú qué dices?
Tiresias: Que se habla demasiado de los dioses. Estar ciego no es una desgracia distinta a la de estar vivo. Siempre he visto cómo las desgracias llegan a tiempo ahí donde deben llegar (21).
Este tono en la conversación marcará un contraste bastante notorio con el que sostienen los mismos personajes en Edipo Rey de Sófocles. En esta obra, la incredulidad de Edipo ante las afirmaciones del adivino le lleva a recriminarle y adoptar una actitud incluso agresiva hacia él:
Edipo: ¡oh, el más malvado de los malvados, pues tú llegarías a irritar, incluso a una roca! ¿No hablarás de una vez, sino que te vas a mostrar así de duro e inflexible?
Tiresias: me has reprochado mi obstinación, y no ves la que igualmente hay en ti, y me censuras (212).
En Sófocles, la tensión entre los personajes se irá incrementando hasta que Tiresias decida marcharse, no sin antes expresar muy claramente el pasado y el futuro de Edipo:
Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine, no porque tema tu rostro. Nunca me podrás perder. Y te digo: ese hombre que, desde hace rato, buscas con amenazas y con proclamas a causa del asesinato de Layo está aquí. Se dice que es extranjero establecido aquí, pero después saldrá a la luz que es tebano por su linaje y no se complacerá de tal suerte. Ciego, cuando antes tenía vista, y pobre, en lugar de rico, se trasladará a tierra extraña tanteando el camino con un bastón.
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Será manifiesto que él mismo es, a la vez, hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació y de la misma raza, así como asesino de su padre. Entra y reflexiona sobre esto. Y si me coges en mentira, di que yo ya no tengo razón en el arte adivinatorio (216-217).
El contraste entre estas dos versiones tiene lugar no sólo por el tono de la discusión, sino que se irá desdoblando, en la de Pavese, hacia otros asuntos que de algún modo parten de Sófocles. Quizá el más evidente sea la ceguera: la del adivino y, tanto la que impide a Edipo admitir sus palabras, como la que le espera en un futuro no muy lejano. En el título de Pavese ya se encuentran implícitas ambas cegueras, sin embargo, en este diálogo, la de Edipo no será la de su negativa a creer, sino su imposibilidad para comprender el sentido más profundo en los argumentos de Tiresias.
En “Los ciegos”, Tiresias, más que hacer revelaciones a Edipo, le explica cuál es el papel de los dioses en el destino del hombre. Las palabras del sabio guardan un cierto desdén hacia ellos, pues él conoce los límites de sus poderes y el verdadero peso de sus decisiones. Según refiere Tiresias, en un principio, antes de que el tiempo se constituyera como tal, el único dios era el mundo y las cosas que en él había. Con la llegada de los dioses hubo una diferencia: el nombrar, causa de que todo ahora se haya «convertido en palabras, ilusiones, amenazas» (21). Para el adivino, ése es el único poder de los dioses, poner nombres, pues más allá de eso son incapaces de tocar las cosas verdaderamente, de cambiar su curso o modificar su naturaleza. A raíz de estas reflexiones, el Tiresias de Pavese retoma la imagen de la roca presente en Sófocles y citada líneas arriba, sólo que aquí no se trata de la irritación que, según Edipo, Tiresias es capaz de infundir incluso en un elemento inerme como la roca, ni tampoco de la dureza e insensibilidad de las que Edipo culpa al adivino. La roca, en “Los ciegos”, adquiere un sentido mucho más profundo que el sabio intenta hacer comprender al rey:
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«Eres joven, Edipo, y como los dioses, que son jóvenes, esclareces tú mismo las cosas y las nombras. No sabes todavía que bajo la tierra está la roca, y que el cielo más azul es el más vacío. Para quien no ve, como yo, todas las cosas son un choque, nada más» (22).
La insistencia de Tiresias en esta idea de la roca se mantendrá presente a lo largo de todo el diálogo, tanto cuando hablan del destino como cuando Edipo le pregunta sobre su vida sexual. Para el joven rey, la vida del adivino es extraordinaria, pues ha estado cerca de los dioses, ha experimentado lo que nadie nunca antes, se ha ocupado de las miserias humanas, es capaz de vaticinar el futuro de los hombres; su sabiduría, a los ojos de Edipo, parece no tener límite. Cierto es que admira todas estas cosas en Tiresias, pero también se mantiene firme en la creencia de que algún papel han jugado los dioses en la transformación del adivino y en su vasto conocimiento sobre el sentido de la vida. En el caso específico del cambio de sexo, Edipo cree que eso es imposible sin la intervención de un dios, sin embargo Tiresias le responde explicando cómo y por qué tuvo lugar su metamorfosis: «Todo puede suceder sobre la tierra. No hay nada insólito. En aquel tiempo me disgustaban las cosas del sexo –pensaba que envilecía el espíritu, la santidad, mi carácter. Cuando vi a las dos serpientes gozarse y morderse sobre el musgo, no pude reprimir mi despecho: las toqué con el bastón. Poco después era mujer –y durante años mi orgullo estuvo obligado a soportar. Las cosas del mundo son rocas, Edipo» (23).
Aún el cambio de sexo al contemplar las serpientes, se reduce para Tiresias a un contacto frontal con el verdadero sentido de las cosas. Para el adivino no existen la vileza, según afirma ante la pregunta de Edipo de si es «verdaderamente vil el sexo de la mujer» (23), sino que la experiencia se encuentra revestida de una serie de «fastidios, disgustos e ilusiones que al
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tocar la roca se diluyen» (22). Lo que Tiresias intenta dejar claro ante Edipo es que esa transformación de hombre a mujer y viceversa, le implicó vivir una vida regida por el sexo: «Aquí la roca fue la fuerza del sexo, su ubicuidad, su omnipresencia bajo todas las formas y mutaciones» (22). Y aunque para este personaje su metamorfosis fue fundamental y determinante de su destino, su idea de «la roca» no se refiere sólo a eso o a la práctica sexual, más bien remite al sentido más profundo de las implicaciones del sexo y por eso, lo ubica como algo a lo cual los dioses no tienen acceso. Más adelante en el diálogo, Tiresias insiste: «Ningún dios está por encima del sexo. Es la roca, te digo. Muchos dioses son fieras, pero la serpiente es el más antiguo de todos los dioses. Cuando se oculta bajo tierra ahí tienes la imagen del sexo. Él contiene la vida y la muerte. ¿Qué dios puede encarnar y abarcar tanto?» (23-24).
Pero más allá de la idea de la roca como aquello que supera a los dioses y contiene la vida y la muerte en sí, Tiresias está hablando de lo que resulta imposible tocar con palabras y sin embargo se manifiesta en la vida de los hombres a modo de choque, confrontación, ruptura, dolor, vida. Hacia el final del diálogo, y a diferencia de la despedida que tiene lugar entre los personajes en Edipo Rey, Tiresias se despide deseándole bien a su interlocutor e intentando excusar todo lo dicho hasta entonces: «Que los dioses te protejan. También te hablo y estoy viejo. Sólo el ciego conoce las tinieblas. Me parece vivir fuera del tiempo, haber vivido siempre, y no creo ya en los días. También dentro de mí hay algo que goza y que sangra» (24).
Edipo se encuentra tan seguro de sí y de su vida que pasa por alto todas las señales que ha venido dejando el sabio ciego a lo largo de la conversación. El joven rey ha llegado a compadecerse de Tiresias:
Edipo: decías que ese algo era un dios. ¿Por qué, buen Tiresias, no intentas suplicarle?
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Tiresias: todos le rogamos a algún dios, pero lo que sucede no tiene nombre. El niño que se ahoga, una mañana de verano, ¿qué sabe de los dioses? ¿De qué le sirve suplicar? Hay una gran serpiente en cada día de la vida, y se oculta, y nos mira. ¿Alguna vez te preguntaste, Edipo, por qué los desdichados se vuelven ciegos cuando envejecen?
Edipo: ruego a los dioses que a mí no me suceda. (25).
Al final, todos los destinos se reducen a la ceguera, al choque inevitable con el destino (la dureza de las cosas). Para este Tiresias, la clarividencia y el sexo, la vida vivida en todas sus posibilidades, su contacto con los dioses y las miserias humanas, sólo le han procurado una única certeza, suficiente sin embargo para estar en paz, la de saber que inevitablemente los destinos se cumplen y que la vida, siempre haciéndonos chocar con las cosas del mundo que no son más que rocas, guarda el sentido de las nubes en el cielo: «una presencia en medio del vacío…» (22).
El Tiresias de Esther Seligson, decía, se articula como un diálogo directo con “Los ciegos” de Pavese, al principio, y después se perfila hacia otros varios sentidos derivados de la tradición judía y de otros textos literarios. Originalmente, “Tiresias” fue publicado en la revista Vuelta en 1992 y posteriormente incluido en El gran libro de América Judía de Isaac Goldemberg, editado en 1998 por la Universidad de San Juan de Puerto Rico y cuya introducción, al igual que todo el volumen, se encuentra hecha por varios autores, pues participa de la idea total del libro/collage conformado por voces múltiples que, sin embargo, se constituyen como una sola voz plural, incluyente y diversa, que da cuenta de las distintas facetas de la vida literaria de los judíos en América108. Más adelante me detendré en
algunas especificaciones de este gran conjunto de textos, pues resulta
108 Este libro se encuentra dividido en trece capítulos denominados a partir de una letra del alfabeto
hebraico y un subtítulo (Aleph. Libro de los orígenes, Bet. Libro de los altares familiares, Guimel. Libro de los retratos y los autorretratos, etc.); cada capítulo se conforma por textos, narrativos y de poesía, de autores judíos americanos, cuyos nombres no aparecen en cada texto sino hasta un índice final. Por lo anterior, este volumen puede ser leído como la narración de una voz hecha de múltiples voces que tienen en común la herencia de la tradición judía en el contexto cultural de América.
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imprescindible para comprender la propuesta literaria de Seligson allende la inclusión de varios cuentos, ensayos y poemas suyos a lo largo de dicho libro.
Por lo pronto, baste decir que el texto denominado “Tiresias” forma parte del capítulo “Libro de Dios y los judíos” de El gran libro… bajo el