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LA CAÍDA DEL HOMBRE Y EL PECADO ORIGINAL

In document Juan Pablo II. Catequesis Sobre El Credo (página 120-135)

Miércoles 27 de agosto de 1986. El mal en el hombre y en el mundo y el plan divino de salvación

1. Después de la catequesis sobre Dios Uno y Trino, Creador y Providente, Padre y Señor del universo, comenzamos otra serie de catequesis sobre Dios Salvador.

El punto fundamental de referencia de estas catequesis está constituido por los Símbolos de la fe, sobre todo por el más antiguo, que es llamado el Símbolo Apostólico, y por el llamado Niceno-Constantinopolitano. Son los Símbolos más conocidos y más usados en la Iglesia, especialmente en las "oraciones del cristiano" el primero, y en la liturgia el segundo. Los dos textos tienen una disposición análoga en el contenido, en el cual es característico el pasaje de los artículos que hablan de Dios, Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles, y de los que hablan de Jesucristo.

El Símbolo Apostólico es conciso: (yo creo) "en Jesucristo, su único Hijo, (de Dios), nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen...", etc.

El Símbolo Niceno-Constantinopolitano amplía, en cambio, notablemente la profesión de fe en la divinidad de Cristo, Hijo de Dios, "nacido del Padre antes de todos los siglos... engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre", el cual -y he aquí el paso al misterio de la encarnación del Verbo- "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre". Y a este punto entre ambos Símbolos presentan los elementos del misterio pascual de Jesucristo y anuncian su nueva venida para el juicio.

Sucesivamente los dos Símbolos profesan la fe en el Espíritu Santo. Es necesario, por tanto, subrayar que su estructura esencial es trinitaria: Padre-Hijo-Espíritu Santo. Al mismo tiempo en ellos están inscritos los elementos más salientes de lo que constituye la acción "hacia fuera" (ad extra) de la Santísima Trinidad: por eso hablan primero del misterio de la creación (del Padre Creador), y seguidamente de los misterios de la redención (del Hijo Redentor), y de la santificación (del Espíritu Santo Santificador).

2. He aquí por qué siguiendo los Símbolos, después del ciclo de las catequesis referentes al misterio de la creación, o mejor, referentes a Dios como creador de todas las cosas, pasamos ahora a un ciclo de catequesis que se refieren al misterio de la redención, o mejor, a Dios como Redentor del hombre y del mundo. Y serán catequesis sobre Jesucristo (cristología), porque la obra de la redención, aunque pertenece (como también la obra de la creación) a Dios Uno y Trino, ha sido realizada en el tiempo por Jesucristo, Hijo de Dios que se ha hecho hombre para salvarnos.

Observamos enseguida que en este ámbito del misterio de la redención, la cristología se sitúa en el terreno de la "antropología" y de la historia. Efectivamente, el Hijo consubstancial al Padre, que por obra del Espíritu Santo se hace hombre naciendo de la Virgen María, entra en la historia de la humanidad en el contexto de todo el cosmos creado. Se hace hombre "por nosotros los hombres (propter nos homines) y por nuestra salvación" (et propter nostram salutem). El misterio de la Encarnación (et incarnatus est) es visto por los Símbolos en función de la redención. Según la revelación y la fe de la Iglesia, ello tiene por tanto un sentido salvífico (sotereología).

3. Por esta razón los Símbolos, al colocar el misterio de la Encarnación salvífica en el escenario de la historia, tocan a la realidad del mal, y en primer lugar la del pecado. Efectivamente, salvación significa sobre todo liberación del mal, y, en particular, liberación del pecado, aunque si obviamente el alcance del termino no se reduce a eso, sino que abraza la riqueza de la vida divina que Cristo ha traído al hombre. Según la Revelación, el pecado es el mal principal y fundamental porque en él está contenido el rechazo de la voluntad de Dios, de la verdad y de la Santidad de Dios, de su paterna bondad, como se ha revelado ya en la obra de la creación y sobre todo en la creación de los seres racionales y libres, hechos "a imagen y semejanza" del Creador. Precisamente esta "imagen y semejanza" es usada contra Dios, cuando el ser racional con la propia libre voluntad rechaza la finalidad del ser y del vivir que Dios ha establecido para la criatura. En el pecado está, por tanto, contenida una deformación particularmente profunda del bien creado, especialmente en un ser, que, como el hombre, es imagen y semejanza de Dios. 4. El misterio de la redención está, en su misma raíz, unido de hecho con la realidad del pecado del hombre. Por eso, al explicar con una catequesis sistemática los artículos de los Símbolos que hablan de Jesucristo, en el cual y por el cual Dios ha obrado la salvación, debemos afrontar, ante todo, el tema del pecado, esa realidad oscura difundida en el mundo creado por Dios, la cual constituye la raíz de todo el mal que hay en el hombre y, se puede decir, en la creación. Sólo por este camino es posible comprender plenamente el significado del hecho de que, según la Revelación, el Hijo de Dios se ha hecho hombre "por nosotros los hombres" y "por nuestra salvación". La historia de la salvación presupone "de facto" la existencia del pecado en la historia de la humanidad, creada por Dios. La salvación, de la que habla la divina Revelación, es ante todo la liberación de ese mal que es el pecado. Es esta una verdad central en la soteriología cristiana: "propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis". Y aquí debemos observar que, en consideración de la centralidad de la verdad sobre la salvación en toda la Revelación divina y, con otras palabras, en consideración de la centralidad del misterio de la redención, también la verdad sobre el pecado forma parte del núcleo central de la fe cristiana. Sí, pecado y redención son términos correlativos en la historia de la salvación. Es necesario, por tanto, reflexionar ante todo sobre la verdad del pecado para poder dar un sentido justo a la verdad de la redención operada por Jesucristo, que profesamos en el Credo. Se puede decir que es la lógica interior de la Revelación y de la fe, expresada en los Símbolos, la que se nos impone al ocuparnos en estas catequesis ante todo del pecado.

5. A este tema nos hemos preparado, en cierto sentido, por el ciclo de catequesis sobre la Divina Providencia. "Todo lo que ha creado, Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia", como enseña el Concilio Vaticano I, que cita el libro de la Sabiduría: "Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con suavidad" (cf. Sab8, 1; DS 3003).

Al afirmar este cuidado universal de las cosas, que Dios conserva y conduce con mano potente y con ternura de Padre, dicho Concilio precisa que la Providencia Divina abraza de modo particular todo lo que los seres racionales libres introducen en la obra de la creación. Así se sabe que ello consiste en actos de sus facultades, que pueden ser conformes o contrarios a la voluntad divina; por tanto también el pecado.

Como se ve, la verdad sobre la Divina Providencia nos permite ver también el pecado en una justa perspectiva. Y bajo esta luz los Símbolos nos ayudan a considerarlo. En realidad, digámoslo desde la primera catequesis sobre el pecado, los Símbolos de la Fe apenas si tocan este tema. Pero precisamente por esto nos sugieren examinar el pecado desde el punto de vista del misterio de la redención, en la soteriología. Y entonces podemos enseguida añadir que si la verdad sobre la creación, y todavía más su Divina Providencia, nos permiten acercarnos al problema del mal y, especialmente, del pecado con claridad de visión y de precisión de términos en base a la revelación de la infinita bondad de Dios, la verdad sobre la redención nos hará confesar con el Apóstol: "Ubi abundavit delictum, superabundavit gratia": "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20), porque nos hará descubrir mejor la misteriosa conciliación, en Dios, de la justicia y de la misericordia, que son las dos dimensiones de esa su bondad. Podemos, por tanto, decir desde ahora que la realidad del pecado se convierte, a la luz de la redención, en ocasión para un conocimiento más profundo del misterio de Dios: de Dios que es amor (1 Jn 4, 16 ).

La fe nos pone así en atento diálogo con tantas voces de la filosofía, de la literatura, de las grandes religiones, que tratan no poco de las raíces del mal y del pecado, y con frecuencia ansían una luz de redención. Y precisamente a este terreno común la fe cristiana trata de llevar a todos la verdad y la gracia de la divina Revelación.

Miércoles 3 de septiembre de 1986. El pecado del hombre y el estado de justicia original

1. Los Símbolos de la Fe son muy parcos al hablar del pecado; en la Sagrada Escritura, por el contrario, el término y el concepto de "pecado" se sitúa entre aquellos que se repiten con mayor frecuencia. Lo cual demuestra que la Sagrada Escritura es ciertamente el libro de Dios y sobre Dios, pero también es un gran libro sobre el hombre, considerado en su condición existencial, cual resulta de la experiencia.

De hecho el pecado forma parte del hombre y de su existencia: no se puede ignorar o dar a esta realidad oscura otros nombres, otras interpretaciones, como ha ocurrido en las corrientes del iluminismo o del secularismo. Si se admite el pecado, se reconoce al mismo tiempo una profunda relación del hombre con Dios, pues al margen de esta relación hombre-Dios el mal del pecado no se presenta en su verdadera dimensión, aun cuando siga estando presente obviamente en la vida del hombre y en la historia. El pecado pesa con tanta mayor fuerza sobre el hombre como realidad oscura y nefasta cuando menos se le conozca y reconozca, cuando menos se le identifique en su esencia de rechazo y oposición frente a Dios. Sujeto y artífice de esta opción es naturalmente el hombre, que puede rechazar el dictamen de la propia conciencia, aun sin referirse directamente a Dios; pero este gesto insano y nefasto adquiere su significación negativa sólo cuando se contempla sobre el trasfondo de la relación del hombre con Dios. 2. Por esta razón, en la Sagrada Escritura se describe el primer pecado en el contexto del misterio de la creación. Dicho de otro modo: el pecado cometido en los comienzos de la historia humana es presentado en el trasfondo de la creación, es decir, de la donación de la existencia por parte de Dios. El hombre, en el contexto del mundo visible, recibe la existencia como don en cuanto "imagen y semejanza de Dios", o sea, en su condición de ser racional, dotado de inteligencia y voluntad: y a ese nivel de donación creadora por parte de Dios se explica mejor incluso la esencia del pecado del "principio" como opción tomada por el hombre con el mal uso de sus facultades.

No hace falta decir que aquí no hablamos de los comienzos de la historia en cuanto tal y como los describe —hipotéticamente— la ciencia, sino del "principio" tal como se presenta en las paginas de la Escritura. Esta descubre en ese "principio" el origen del mal moral, que la humanidad experimenta incesantemente, y lo identifica como "pecado".

3. El libro del Génesis, en el primer relato de la obra de la creación (Gen 1, 1-28), que es cronológicamente posterior al relato del Gen 2, 4-15, relata la "bondad" originaria de todo lo creado y de modo especial la "bondad" del hombre, creado por Dios "varón y mujer" (Gen 1, 27). Al describir la creación se inserta varias veces la siguiente constatación: "Vio Dios ser bueno" (cf. Gen 1, 12. 18. 21. 25), y, por último, tras la creación del hombre: "Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho" (Gen 1, 31). Puesto que se trata del ser creado a imagen de Dios, es decir, racional y libre, la frase alude a la "bondad" propia de ese ser según el designio del Creador.

4. En esto se basa la verdad de fe, enseñada por la Iglesia, sobre la inocencia original del hombre, sobre su justicia original (iustitia originalis), como se deduce de la descripción que el Génesis hace del hombre salido de las manos de Dios y que vive en total familiaridad con Él (cf. Gen 2, 8-25); también el libro del Eclesiastés dice que "Dios hizo recto al hombre" (Ecl 7, 29). Si el Concilio de Trento enseña que el primer Adán perdió la santidad y la justicia en la que había sido constituido ("Primum hominem Adam..., sanctitatem et iustitiam, in qua constituitus fuerat, amisisse": Decr. de pecc. origi., DS 1511), esto quiere decir que antes del pecado el hombre poseía la gracia santificante con todos los dones sobrenaturales que hacen al hombre "justo" ante Dios.

Con expresión sintética, todo esto se puede expresar diciendo que, al principio, el hombre vivía en amistad con Dios.

5. A la luz de la Biblia, el estado del hombre antes del pecado se presentaba como una condición de perfección original, expresada, en cierto modo, en la imagen del "paraíso" que nos ofrece el Génesis. Si nos preguntamos cuál era la fuente de dicha perfección, la respuesta es que ésta se hallaba sobre todo en la amistad con Dios mediante la gracia santificante y en aquellos dones, llamados en el lenguaje teológico "preternaturales", y que el hombre perdió por el pecado. Gracias a estos dones divinos, el hombre, que estaba unido en amistad y armonía con su Principio, poseía y mantenía en sí mismo el equilibrio interior y no sentía angustia ante la perspectiva de la decadencia y de la muerte. El "dominio" sobre el mundo que Dios le había dado al hombre desde el principio, se realizaba ante todo en el mismo hombre como dominio de sí mismo. Y, con este autodominio y equilibrio se poseía la "integridad" de la existencia (integritas), en el sentido de que el hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser, ya que se hallaba libre de la triple concupiscencia que lo doblega ante los placeres de los sentidos, a la concupiscencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí mismo contra los dictámenes de la razón.

Por ello también había orden en la relación con el otro, en aquella comunión e intimidad que hace felices: como en la relación inicial entre el hombre y la mujer, Adán y Eva, primera pareja y también primer núcleo de la sociedad humana. Desde este punto de vista resulta muy elocuente aquella breve frase del Génesis: "Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, sin avergonzarse de ello" (Gen 2, 25).

6. La presencia de la justicia original y de la perfección en el hombre, creado a imagen de Dios, que conocemos por la Revelación, no excluía que este hombre, en cuanto criatura dotada de libertad, fuera sometido desde el principio, como los demás seres espirituales, a la prueba de la libertad. La misma Revelación que nos permite conocer el estado de justicia original del hombre antes del pecado en virtud de su amistad con Dios, de la cual derivaba la felicidad del existir, nos pone al corriente de la prueba fundamental reservada al hombre y en la cual fracasó.

7. En Génesis se describe esta prueba como una prohibición de comer los frutos "del árbol de la ciencia del bien y del mal". He aquí el texto: "El Señor Dios dio este mandato al hombre: De todos los árboles del paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás" (Gen2, 16-17).

Esto significa que el Creador se revela, desde el principio, a un ser racional y libre como Dios de la Alianza y, por consiguiente, de la amistad y de la alegría, pero también como fuente del bien y, por tanto, de la distinción entre el bien y el mal en sentido moral. El árbol de la ciencia del bien y del mal evoca simbólicamente el límite insuperable que el hombre, en cuanto criatura, debe reconocer y respetar. El hombre depende del Creador y se halla sujeto a las leyes sobre cuya base el Creador ha constituido el orden del mundo creado por Él, el orden esencial de la existencia (ordo rerum); y, por consiguiente, también se halla sujeto a los normas morales que regulan el uso de la libertad. La prueba primordial se dirige, por tanto, a la voluntad libre del hombre, a su libertad. ¿Confirmará el hombre con su conducta el orden fundamental de la creación, reconociendo la verdad de que también él ha sido creado, la verdad de la dignidad que le pertenece en cuanto imagen de Dios, y al mismo tiempo la verdad de su límite en cuanto criatura?.

Desgraciadamente conocemos el resultado de la prueba: el hombre fracasó. Nos lo dice la Revelación. Pero esta triste noticia nos la da en el contexto de la verdad de la redención, permitiéndonos así que miremos confiadamente a nuestro Creador y Señor misericordioso.

Miércoles 10 de septiembre de 1986. El primer pecado en la historia del hombre ―peccatum originale"

1. En el contexto de la creación y de la concesión de los dones con los que Dios constituye al hombre en el estado de santidad y de justicia original, la descripción del primer pecado que en encontramos en el tercer capítulo del Génesis, adquiere mayor claridad. Es obvio que esta descripción, que se centra en la transgresión de la prohibición divina de comer "los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal", debe ser interpretada teniendo en cuenta el carácter específico del texto antiguo y, particularmente, el género literario al que pertenece. Pero, incluso teniendo presente esta exigencia científica en el estudio del primer libro de la Sagrada Escritura, no se puede negar que un primer elemento seguro del mismo salta a la vista debido al carácter específico de aquella narración del pecado: dicho carácter consiste en que se trata de un acontecimiento primordial, es decir, de un hecho, que, de acuerdo con la Revelación, aconteció en los comienzos de la historia del hombre. Precisamente por ello, el texto presenta otro elemento cierto: es decir, el sentido fundamental y decisivo de aquel acontecimiento para las relaciones entre el hombre y Dios y, en consecuencia, para la "situación" interior del mismo hombre, para las recíprocas relaciones entre los hombres y, en general, para la relación del hombre con el mundo.

2. El hecho que realmente importa, bajo las formas descriptivas, es de naturaleza moral y se inscribe en las raíces mismas del espíritu humano. Un hecho que da lugar a un cambio fundamental de la "situación": el hombre es lanzado fuera del estado de justicia original para encontrarse en el estado de pecaminosidad (status naturae lapsae); un estado que lleva consigo el pecado y conoce la tendencia al pecado. Desde ese momento, toda la historia de la humanidad sentirá el peso de este estado. El primer ser humano (hombre y mujer) recibió, en

In document Juan Pablo II. Catequesis Sobre El Credo (página 120-135)