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La caída de Viena 14 de abril de

In document Giles Macdonogh - Despues Del Reich (página 49-79)

Una vista espeluznante desde el Graben: ha desaparecido el maravilloso tejado de la catedral, en pronunciada pen- diente y con su dibujo del águila, y la torre inacabada de la izquierda ha quedado destruida por el fuego. Los pi- náculos y gabletes ofrecen un aspecto lamentable y apare- cen ennegrecidos contra el fondo del cielo. Sólo la torre, símbolo de mi amada ciudad, permanece aún en pie.

JOSEF SCHONER,Wiener Tagebuch 1944/1945,

Viena, Colonia y Weimar, 1992., p. 160

A medida que los rusos se acercaban a la antigua capital habs-burguesa, el Centro Austríaco y la BBC intentaban ahuyentar conjuntamente los temores de la población. El Centro Aus-triaco llegó incluso a hacer hincapié en la fama de buen comportamiento del Ejército Rojo. El III Frente ucraniano, que marchaba desde la ciudad húngara de Koszeg a las órdenes del mariscal Tolbujin, cruzó la frontera el 2.9 de marzo de 1945, día de Jueves Santo, en Klostermarienberg, en el sur de la región de Burgenland, y avanzó hacia Rechnitz. Graz se encuentra al final del valle del Raab pero, como era de prever, el Ejército Rojo giró a la derecha en dirección a Viena. El 1 de abril dio comienzo la batalla por Wiener Neustadt. La capital cedió tras una semana de lucha, y el 8 de abril el Ejército Rojo entró en la «Fortaleza de Viena», según la denominación hitleriana.

El Centro Austríaco estaba exultante: el periódico Zeitspiegel describió el recibimiento fraternal dado a los conquistadores, mientras las banderas roja de los rusos y roja, blanca y roja de Austria ondeaban expuestas de manera destacada. Habían per- dido una vez más el contacto con la realidad.

Las mujeres de Viena no manifestaron tanto entusiasmo, por decirlo de la manera más suave. Joseph Goebbels había expuesto con suficiente claridad lo que les iba a ocurrir. Algu- nos desdeñaron sus advertencias como «propaganda para sembrar el terror», pero la triste verdad era que el Ejército Rojo violaba dondequiera que se presentaba. Sus soldados violaron incluso a rusas y ucranianas. Las violaciones peores y más graves fueron perpetradas contra las mujeres del enemigo, primero las húngaras, y luego las alemanas. A las búlgaras, sin embargo, se les ahorraron los excesos más penosos, posible- mente porque rusos y búlgaros se tenían afecto mutuo. El Ejér- cito Rojo violó también a mujeres yugoslavas, a pesar de que se hallaban en su mismo bando. No era probable que perdo- nasen a las vienesas por el mero hecho de que la Declaración de Moscú las había calificado de «víctimas del fascismo».

Se ha discutido mucho el porqué los rusos violaron y ase- sinaron a tantas mujeres durante su marcha hacia el río Elba. Es indudable que fueron azuzados por Ehrenburg y otros propagandistas soviéticos que veían en la violación una ex- presión del odio y, por tanto, un acto apropiado para forta- lecer la moral. A los soldados soviéticos se les habían mos- trado además fotografías de las víctimas de los nazis en el campo de Majdanek, donde los muertos habían sido identi- ficados simplemente como «ciudadanos soviéticos». Los ale- manes habían estado en Rusia, habían quemado sus ciudades y sus pueblos y se habían presentado como un Herrenvolk, una nación de señores*. Para ellos, los eslavos pertenecían a

* El vicecomandante soviético en Alemania, Sokolovski, mencionó ex- presamente el término Herrenvolk para justificar las violaciones. (Véase Norman M. Naimark, The Russians in Germany - A History of the Soviet

Zone of Occupation, 194J-1949, Cambridge, Massachusetts y Londres,

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una raza inferior y no eran mejores que siervos*. En aquellas circunstancias, la violación debió de parecer a los rusos una forma de venganza irresistible contra aquellas mujeres «superiores» y la mejor manera de humillarlas, a ellas y a sus hombres. Al parecer, los peores delincuentes eran los solda- dos de Bielorrusia y Ucrania, territorios invadidos por los ale- manes. La probabilidad de violar era mucho menor entre los viejos soldados y entre quienes poseían formación universi- taria. Cuanto más alto era el nivel de vida con que se topaban los soldados rusos, tanto mayor era el número de vio- laciones que perpetraban. Les asqueaban la opulencia, las casas confortables y las despensas bien provistas con que se encontraban y que tanto contrastaban con la pobreza cono- cida por ellos en su país1. Las casas señoriales y los castillos se prestaban especialmente a suscitar esa repugnancia.

Los comandantes solían hacer la vista gorda ante las vio- laciones. Cuando el intelectual judío ucraniano Lev Kópelev intentó intervenir para salvar a una alemana de un grupo de soldados entregados al pillaje, fue acusado de «humanismo burgués» y condenado a nueve años de presidio1. No se apli- caron castigos hasta mucho tiempo después. El motivo de que los generales rusos aceptaran una falta de disciplina tan atroz era que la violación se excusaba en las esferas más altas. Stalin comentó al dirigente comunista yugoslavo Milovan Djilas: «¿No puede entender que un soldado que ha atrave- sado miles de kilómetros entre sangre y fuego se divierta con una mujer o se apropie de alguna insignificancia?»3. A la aprobación semioficial de aquellos actos se añadía la ham- bruna sexual del Ejército Rojo. Sus soldados llevaban cuatro años combatiendo, y en la mayoría de los casos ni siquiera habían disfrutado de un permiso por motivos familiares. Las

* En febrero de 1943, Hitler pasó en coche por delante de un grupo de operarios eslavos que trabajaban en la carretera a las afueras de Zaporo-zhe. Lleno de odio, comentó: «¡Es totalmente justo obligar a los eslavos, esos robots, a realizar esta clase de tareas! ¡De no ser por ello no tendrían derecho a disfrutar de un lugar al sol!». Henrik Eberle y Matthias Uhl (eds.), The Hitler Book, Giles MacDonogh (trad.), Londres, 2005, p. 102.

violaciones empeoraron a partir del 23 de junio de 1945, cuando muchas mujeres soldados fueron enviadas de vuelta a Rusia, y se convirtieron en práctica cotidiana en pueblos re- motos del Burgenland y la Baja Austria, donde continuaron hasta finales de 1946 o principios de 19474.

Los alemanes habían empezado a retirarse el 6 de abril de 1945 y se llevaron consigo a la mayoría de los policías. En cualquier caso, la policía estaba formada por soldados entra- dos en años, no aptos, en general, para servir en el frente. La auténtica policía vienesa había sido incorporada a la SS y enviada a Rusia. La desaparición de aquel cuerpo de policía sustitutivo expuso a la ciudad a peligros aún mayores cuando comenzó el saqueo. Posteriormente, los rusos formaron una brigada auxiliar provista de brazaletes, pero para entonces el daño ya estaba hecho. Sin embargo, no era sólo que se hubiese esfumado la policía; los nazis prudentes habían aban- donado también la ciudad dejando sus hogares a merced de los desvalijadores5.

El Ejército Rojo apareció pisando los talones a los alema- nes en retirada. Los vieneses ignoraban qué estaba ocurriendo. La radio había dejado de funcionar y los últimos periódicos aparecieron el 7 de abril; el día 8 se imprimieron algunos pero no fueron distribuidos. El colapso informativo fue completo hasta que las comunicaciones se restablecieron el día 15 con la publicación del Neues Ósterreich, respaldado por los comunistas. Sólo quedaba la «radio macuto» (en alemán Mundfunk, «radio de boca», una paronomasia de Rundfunk, «emisora de radio», con el significado de «rumores» o comu- nicación «boca a boca»)6. «En el Distrito VII, el Ejército Rojo ocupó la gigantesca panifica dora Anker, en el barrio de Fa-voriten, dejando a la ciudad sin su fuente principal de suministro de pan. Durante los diez días siguientes, los vieneses vieron reducida su ración diaria de pan 3250 gramos. La situación fue incluso a peor: los ciudadanos tuvieron que apañárselas con una ración semanal de entre 500 gramos y un kilo. Una rebanada de pan se consideraba un regalo7.»

El 8 de abril corrió el rumor de que los rusos habían lle- gado al Zentralfriedhof, el cementerio principal. Aquel día,

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el economista Eugen Margarétha seguía viviendo de su bien provista despensa: se había dado un banquetazo dominical con una «maravillosa» sopa de patata con tropezones de ver- dura y carne, un sencillo escalope de cerdo, que resultó un poco demasiado salado, y risibisi*, al que su mujer no había puesto sal, para compensar lo ocurrido con el cerdo. Hubo un postre de nata y café turco. A continuación, el hombre de la casa se fumó un puro suizo cheroot8. Margarétha vivía en la Bossigasse, en el barrio de Sankt Veit de la lujosa zona suburbana de Hietzing, en cuyo centro había todavía unida- des activas de la SS. Al día siguiente se fijó en un ruso que arañaba la puerta de enfrente. Luego escuchó el sonido de las culatas de unos fusiles que golpeaban en su propia puerta. Franek, el mayordomo, de lengua checa, fue enviado a nego- ciar con ellos. Una tropa de rusos entró en la casa portando sus pesadas ametralladoras. Los soldados desaparecieron en la bodega y, a continuación, subieron a la vivienda, donde tomaron posiciones y dispararon desde las ventanas contra los SS.

Margarétha anotó en su diario que eran unos «buenos chicos». Un suboficial ruso dio a Franek cinco puros después de que éste le hubiera asegurado que los dueños de la casa no eran germanski sino checos. A uno de los soldados le encantó el reloj de Franek. El mayordomo alegó que era un hombre pobre y sólo tenía uno. Otro soldado le espetó a su cama-rada que se lo devolviera. La mayor parte de los disparos procedían de los rusos. Los hombres de la SS sólo abrían fuego ocasionalmente. Cuando los rusos se hubieron mar- chado, Margarétha subió al piso de arriba y descubrió que habían roto unos veinte cristales de las ventanas. Se habían servido comida y cigarrillos. También habían destrozado su preciosa máquina de escribir y habían estropeado el aparato de radio y la báscula del baño. El espejo del tocador de uno de los dormitorios había sido hecho añicos con una bayoneta. * Variante popular vienesa de un plato veneciano, ei risibisi (arroz con guisantes). El autor lo conoció de niño en el Distrito II, en uno de los pocos hogares judíos que habían sobrevivido.

Los soldados habían cortado los cables del teléfono, que ha- bían roto igualmente en pedazos. Hacía seis semanas que no funcionaba. Se habían llevado dos bicicletas. «En conjunto, los soldados no eran salvajes sino disciplinados. [...] En rea- lidad, podían haber ocurrido cosas mucho peores.» Más tarde, Margarétha logró sustituir algunos de los cristales rotos por vidrios de su colección de cuadros y de su «certificado conmemorativo» de la Gran Guerra9. En otros lugares, los soldados de la primera oleada del Ejército Rojo se mostraron considerados al advertir a los civiles austríacos sobre las tro- pas de ocupación que les seguían, y les aconsejaron que ente- rraran sus objetos de valor10.

Los vieneses recibieron al Ejército Rojo con cierta inocen- cia. Iba a ser su primera experiencia de ocupación desde los tiempos de Napoleón. En el distrito de Josefstadt los rusos fueron saludados «con alegría y amabilidad por mujeres y muchachas que a veces los besaban o abrazaban, un gesto de cordialidad malinterpretado a menudo»11. Josef Schóner ha- bía sido miembro del cuerpo diplomático austriaco antes de marzo de 1939, pero su aversión hacia los nazis le llevó a retirarse. La nueva plantilla mantuvo a escasos miembros de la élite austríaca: en el Ministerio de Asuntos Exteriores tan sólo el 10 % de los funcionarios siguió sirviendo bajo los nazis. Schóner sobrevivió trabajando para sus padres, dueños de varios restaurantes y cafeterías de la ciudad, que habían cometido el error de solicitar el ingreso en el Partido Nacionalsocialista. Schóner no lo hizo. Acabada la guerra fue embajador en Bonn y, finalmente, en Londres.

El 10 de abril, Schóner observó en la Siebensterngasse, una calle del Distrito VII, a un par de rusos tocados con go- rros de piel; el ejército alemán se estaba replegando del centro. Se fijó en el comportamiento de los vieneses, que intentaban hablar con los recién llegados sirviéndose de cualquier lengua eslava que conocieran, generalmente el checo, y les ofrecían cigarrillos, que los rusos rechazaban. «El anhelo de paz está tan extendido que nadie cree que vaya a haber en Viena una resistencia prolongada12.» Schóner se sintió sorprendido por el aspecto de los rusos. Muchos de ellos porta-

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ban espadas, pero ninguno parecía tener vaina. Los vieneses se mostraban notablemente cómodos: «Por todas partes se ven rostros alegres y expresiones cálidas; no hay ni un atisbo de temor o duelo». Los rusos preguntaban si las casas de la calle ocultaban a soldados o alemanes. Los vieneses respon- dían con el orgullo de los liberados: «No, sólo austríacos»13. El saqueo de una zona concreta solía iniciarse en cuanto se despejaban las dudas de que el ejército alemán la había aban- donado. Margarétha pensaba que había comenzado en Pen-zing, en el Distrito XIV, y que se había extendido al vecino Hietzing, donde la «chusma» vació los ultramarinos Meinl y las tiendas de moda Wallace y Oser. Un vecino, el ingeniero Kienast, se quejó de que le habían robado su reloj de oro, dándole a cambio otro de peor calidad14. Se veían relativamente pocos hombres austríacos: los de veinte a cincuenta años se hallaban, en general, ausentes, y en la ciudad había una enorme cantidad de obreros extranjeros reclutados por la organización de trabajo de Hitler para permitir a todos los buenos alemanes ir a la guerra. Se sospechaba que desempeñaban un papel principal en el pillaje. En Favoriten o en Flo-risdorf, en la orilla norte del Danubio, era más probable oír francés o griego que alemán. A partir del 9 de abril, los trabajadores extranjeros iban armados y eran a veces identificables por sus brazaletes. El comunista Franz Honner calculó que, en abril de 1945, ascendían a setecientas mil en la ciudad de Vie-na y que la mayor parte de los saqueos se debían a ellos, aunque sin descartar a la población vienesa. Los extranjeros formaban, junto con nativos austríacos, la «chusma» que había perpetrado «diversos actos de violencia». A veces vaciaban los establecimientos; en otros casos eran más selectivos. Un edificio utilizado por las Juventudes Hitlerianas fue despojado hasta de su ornamentación. El veterano político socialista Adolf Schárf * procuró señalar que los saqueadores eran a

* Schárf había sido víctima del Estado Corporativo de Dollfuss, que lo internó en un campo de concentración en Wóllersdorf, y luego, nuevamente, de los nazis, bajo los cuales sufrió varios meses de cautiverio tras el

menudo gente de buena posición, «personas que en la vida cotidiana se preciaban, incluso, de sus títulos nobiliarios»15.

Schóner lo observó por primera vez en los grandes alma- cenes Herzmansky, en la Mariahilferstrasse. Y pensó que los vieneses eran más dignos de reproche. Se les unieron unos pocos trabajadores extranjeros que ya se habían dedicado a desvalijar las zonas suburbanas de la periferia16. Schóner mi- raba asqueado cómo salían volando del edificio fardos de tela, trajes y vestidos de mujer. Un hombre no sintió el menor pudor en probarse en la entrada de una casa un traje robado. El día anterior, aquella misma banda había atacado los esta- blecimientos de comestibles del Gürtel, el cinturón de ronda que rodeaba los Bezirke, «distritos», del centro. «Por tanto, no fueron los rusos, sino los propios y amables vieneses17.» Las grandes tiendas de vinos de Dobling y Heiligenstadt eran una bendición para rusos y saqueadores. Los rusos vaciaron el gran tonel de Klosterneuburg y luego, cuando ya no les proporcionó más desahogo, lo rociaron con disparos de ame- tralladora18. Se vio a gente que sacaba vino de Heiligenstadt en grandes recipientes19.

Schárf estaba ingresado en el hospital cuando cayó la ciu- dad. Los pacientes habían sido trasladados a los sótanos y él pudo observar durante aquellos días la mendacidad de sus conciudadanos. Uno de sus compañeros era un carnicero de Ottakring que más tarde hizo correr el rumor de que había sido un miembro destacado de la resistencia y había disparado contra los SS desde los bajos de un coche. La verdad era que en aquel momento guardaba cama, como Schárf. En el hospi- tal se produjo una discreta «revolución»: se retiraron las foto- grafías de Hitler de las paredes y se procedió a la detención del equipo administrativo. El personal militar se había deshecho de sus uniformes y había huido. El 10 de abril apareció en el patio un soldado ruso. La guerra había concluido"3.

Schárf marchó a casa del brazo de su hija. Todas las jo- yerías de la Alserstrasse habían sido desvalijadas. Se impuso un toque de queda que comenzaba a las ocho de la tarde. Na- die sabía con seguridad si Viena había caído. La mañana del día 9, los rusos habían avanzado hasta el Gürtel. Al caer la tar-

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de, los soldados alemanes abandonaron el centro de la ciudad. Su salida dio paso a los movimientos de resistencia surgidos de la clandestinidad que portaban brazaletes de franjas roja, blanca y roja. Los más activos habían sido los miembros del pequeño grupo encabezado por el comandante Cari Szokoll, tres de los cuales habían sido ahorcados poco antes de que el Ejército Rojo ocupara la ciudad. A Szokoll se le atribuye el mérito de haber salvado Viena de la «orden neroniana» de Hitler, que exigió la destrucción de la ciudad, aunque, en realidad, el ejército alemán no estaba en condiciones de cumplirla. Según el chiste del general de la SS Sepp Die-trich, su VI Ejército de Tanques se llamaba así... porque sólo tenía seis tanques. La mayoría de los soldados no disponían de más munición que unas pocas balas11.

La resistencia estableció su cuartel general en el palacio Auersperg. La bandera austríaca roja, blanca y roja ondeó en el ayuntamiento sin tejado. En el hogar de los Schóner se co- mió «al mediodía con una sensación de alegría y se brindó por nuestra amada Austria». Aquella tarde, el grueso principal de las tropas del Ejército Rojo entró en la ciudad siguiendo al grupo de avanzada. La visión de los soldados volvió a ser un espectáculo notable. Llegaban en todo tipo de transportes, en coches de caballo y en carros de dos ruedas. Llevaban acordeones y saludaban a la gente con la mano al pasar. Los vieneses ondeaban sus pañuelos y se quitaban el sombrero. Los rusos gritaban y lanzaban besos a las mujeres22.

Schoner y los demás vieneses estaban dispuestos a conce- der a los rusos el beneficio de la duda: «El miedo a las viola- ciones, reiteradamente prometidas por la propaganda, no pa- rece ser tan grande entre las vienesas». Schóner probó a abrirse paso hacia el centro de la ciudad -el Distrito I-, pero al ver la ronda interior, al fondo de la Burggasse, cubierta por los es- combros de la guerra, decidió desistir. Los rusos habían co-

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