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Donde los caminos se separan

In document Bauman Zygmunt - En Busca de La Politica (página 175-178)

Durante todo el curso de la historia del Estado moderno, el “área de captura” de la nación y la república tendió a superponerse. Esta cir­ cunstancia fue una fuente constante de potencial conflicto, pero tam­ bién ofrecía la oportunidad de una corrección mutua, de que cada so­ cio-competidor protegiera al otro de las funestas consecuencias de los excesos, equilibrando los efectos adversos que cada una de las partes podía ocasionar en detrimento de los individuos. La república propor­ ciona una vía de escape hacia a la libertad cuando el abrazo amoroso 7 7

7 Cornelius C astoriadis, “Democracy as procedure and democracy as regime", traduc­

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pero insidioso y dominante de la nación se torna demasiado asfixiante. La nación ofrece un escape de la libertad: el alivio de la pertenencia y la comodidad de la “no necesidad de elegir” en los momentos en que, por un lado, el espacio público resulta demasiado frío e impersonal, y por otro, en que las responsabilidades que exige ¡a vida republicana resul­ tan demasiado onerosas.

Sin embargo, ahora todo está cambiando. La república está, por así decirlo, “emigrando" del Estado-nación que durante unos cuantos siglos compartió con la nación. Si bien los Estados contemporáneos no tienden a ser menos democráticos ni se han alejado de la esencia del modelo re­ publicano, no obstante la democracia, tal como se la practica dentro del Estado, por más respetuosa que sea de los procedimientos es cada vez más impotente para proteger o corregir las condiciones vitales para la vi­ da de sus ciudadanos. Tras haber perdido gran parte de su anterior so­ beranía, y al no ser capaz de equilibrar las cuentas o de conferir autori­ dad al tipo de orden social que prefieren, los Estados contemporáneos no satisfacen la otra condición necesaria de una república viable: la ca­ pacidad de los ciudadanos de negociar y decidir conjuntamente "el bien público”, y de modelar una sociedad que estén dispuestos a reconocer como propia y a la que puedan rendirle voluntariamente su tributo de lealtad incuestionable. Debido a que la república del Estado-nación pier­ de rápidamente gran parte de su potencia de definir y promover el bie­ nestar, el territorio del Estado-nación se convierte cada vez más en el pa­ trimonio privado de la nación. A la república le queda poco poder para garantizar la seguridad a largo plazo de la nación y, por lo tanto, pocas posibilidades de curar o mitigar su complejo de “fortaleza sitiada” y de diluir o reducir su típica belicosidad e intolerancia. La nación ya no pa­ rece firmemente arraigada, su futuro ya no parece seguro ni en buenas manos y, en consecuencia, el fracaso de la república augura el renaci­ miento de un nacionalismo vigoroso, rampante y desenfrenado.

Los parámetros más decisivos de la condición humana surgen ahora de áreas fuera del alcance de las instituciones del Estado-nación. Los poderes que presiden sobre la preservación y el cambio de esas condi­ ciones son cada vez más globalizados, en tanto ios instrumentos de control e influencia de los ciudadanos, por poderosos que sean, siguen confinados al ámbito local.

La globalización del capital, las finanzas y la información implica primordialmente su exención del control y de la administración local y, sobre todo, de la administración y el control del Estado-nación. En el espacio en el que esos elementos operan no hay instituciones que se pa­

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rezcan a los vehículos desarollados por el Estado republicano para po­ sibilitar la participación y la acción política eficaz de los ciudadanos. Y donde no hay instituciones republicanas, tampoco hay “ciudadanía”. El concepto de "poderes globales” refleja una realidad incipiente pero ya resistente, dura e indomable, mientras que el concepto de “ciudada­ nía global” permanece vacío hasta el momento, representando, en el mejor de los casos, un postulado y casi siempre tan solo una expresión de deseo. Azotado por todas las mareas, arrastrado por poderosos vien­ tos que llegan de sitios remotos sin advertencia, ese concepto representa una condición exactamente opuesta a la de ciudadanía. Las repentinas alzas y bajas actuales de la fortuna colectiva se asemejan cada vez más a las pavorosas catástrofes naturales, aunque incluso esta comparación re­ sulta insuficiente: en realidad, en esta época tenemos mejores medios de prever un terremoto o un huracán inminentes que de predecir la próxi­ ma caída de la bolsa o la desaparición masiva de puestos de trabajo que parecían seguros.

En un ensayo reciente, 8 Jacques Attali explicó la fenomenal popula­ ridad del filme Titanic a partir de la identificación de los espectadores de esa parábola de la soberbia humana estrellada contra un iceberg -que, a causa de la arrogancia del capitán y la docilidad de la tripula­ ción, no fue tomado en serio ni localizado a tiempo- con su propia y desventurada situación actual:

El Titanic es nosotros, nuestra sociedad triunfalista, autocompla ciente, ciega, hipocrítica, despiadada con los pobres; una socie­ dad en la que todo es predecible salvo los medios de predecir. [... ] Todos suponemos que hay un iceberg esperándonos, oculto en alguna parte del brumoso futuro, contra el que chocaremos para después irnos a pique mientras la música sigue sonando. No hay un solo iceberg al acecho, dice Attali, sino varios, cada uno de ellos más grande y más traicionero que el anterior. Está el iceberg fi­ nanciero de la desenfrenada especulación monetaria, las imparables ga­ nancias y las acciones desvergonzadamente sobrevaluadas. Está el ice­ berg nuclear, con alrededor de treinta países enmarañados en su propia red de conflicto y animosidad, todos ellos capaces de lanzar un ataque nuclear dentro de veinte años. Está el iceberg ecológico, con el volumen de dióxido de carbono en la atmósfera y la temperatura global que no

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cesa de subir y la docena de instalaciones atómicas que -según coinci­ den todos los expertos- explotarán tarde o temprano, ocasionando una catástrofe de proporciones mundiales, Y por último, aunque no menos importante, está el iceberg social, con tres billones de hombres y muje­ res que se harán prescindibles -carentes de función económica- durante el lapso de vida de la generación actual. La diferencia entre cada uno de estos icebergs y el que hundió al Titanic, comenta Attali con acritud, es que cuando les toque el turno de chocar contra el barco no habrá nadie allí para filmar el acontecimiento o para escribir versos épicos o líricos sobre el caos que se producirá luego.

Todos estos icebergs (y tal vez otros que por el momento ni siquiera podemos nombrar) flotan fuera de las aguas territoriales de cualquier electorado de “los grandes del mundo”; no es raro, entonces, que la gente a cargo del control político se muestre plácida o poco alarmada por la magnitud del peligro. Pero esa gente no hace nada porque tiene una razón más importante que la ecuanimidad surgida de la falta de in­ terés: “Los políticos ya no están al timón del barco que navega a toda velocidad”. Aunque quisieran, no podrían hacer demasiado.

La economía política

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