«No he tenido ninguna otra oferta. Nadie me ha llamado. Por ese motivo le estoy tan agradecido al club, porque para mí es un privilegio poder entrenar al Barça B.»
Esas fueron las palabras de Pep a los periodistas que se congregaron para su presentación en el Camp Nou aquel día de verano del 2007. La temporada que estaba a punto de empezar se transformó en algo más que un privilegio: se convirtió en una campaña que definiría las habilidades de Pep como entrenador de fútbol.
En aquella rueda de prensa, Joan Laporta, cuya autoridad estaba en entredicho, recuperaba cierto grado de credibilidad con la recuperación para el club del exjugador, símbolo de la institución. Laporta rescataba su prestigio iluminado por el halo de Pep. Bajo su presidencia el Barça había vuelto a ser una potencia en Europa, campeón de liga en dos ocasiones y también de la Liga de Campeones. Pero el paso del tiempo empañó su imagen: las divisiones internas y acusaciones de algunos de sus excompañeros de junta empezaron a pintar un retrato de un presidente autoritario que había perdido contacto con la realidad.
Por supuesto, que la temporada 2006-2007 acabara sin títulos tampoco ayudaba. El poder es una cosa extraña, y Laporta era el ejemplo perfecto de cómo este puede transformar incluso al individuo más idealista. «Toda mi vida he querido ser Guardiola», dijo el dirigente aquella tarde. Cruyff, más a gusto moviendo los hilos desde la sombra, no hizo acto de presencia, a pesar de que había dado el visto bueno al nombramiento del nuevo entrenador.
El nivel de riesgo que el club asumía respecto a Guardiola era equivalente a la fama del exjugador, pero a Pep no le asustaba un
tropiezo. Su discurso durante su presentación a la prensa, aquella fluida cascada de palabras, no fue sino lo que se había estado repitiendo a sí mismo numerosas veces, en la cama, en la piscina en Doha o paseando por las playas de Pescara, soñando despierto:
«Como entrenador, no soy nadie; por eso asumo esta oportunidad con un entusiasmo incontrolable. He venido aquí preparado para ayudar en todo lo que sea necesario. Conozco el club y espero poder contribuir a reforzar la idea de fútbol que todos conocéis a estos jugadores. De hecho, la mejor forma de educarles es hacerles ver que pueden ganar. Espero que esta sensación de privilegio que me invade sea la misma que sientan todos en el equipo», dijo frente a una abarrotada sala de prensa.
A Guardiola le gusta repetir que su verdadera vocación es enseñar: sueña con dedicarse a entrenar a niños, a jóvenes que «todavía escuchan y quieren aprender» cuando se retire del fútbol profesional. Fue ante una audiencia de jóvenes atentos con ganas de aprender donde dio su primera charla como entrenador, a los pocos días de su presentación. Pep recuerda que, para la ocasión, eligió una selección de ideas que representaban su filosofía futbolística.
Les dijo que podía soportar que jugaran mal una y otra vez, pero que exigiría el cien por cien en el campo, en cada partido. Quería que el equipo se comportara como un grupo de profesionales, ni más ni menos, y que fueran competitivos en todo lo que hicieran.
«Nuestro objetivo es el ascenso, y para conseguirlo hemos de ganar, y no lo lograremos sin esfuerzo», alegó. Les señaló que los delanteros necesitarían convertirse en los mejores defensas, y que los defensas tendrían que convertirse en la primera línea de ataque, saliendo desde atrás con el balón controlado.
Y que, pasara lo que pasase, el estilo de juego no era negociable: «Todo el mundo conoce de sobras la filosofía culé, y yo creo en ella, y la siento. Espero ser capaz de transmitirla a todos vosotros. Tenemos que
ser ambiciosos para ganar el ascenso; no hay otra forma de conseguir el objetivo. Tenemos que ser capaces de dominar el juego, de dictar lo que ocurre en el campo».
El club había recuperado un activo histórico, pero también un entrenador con hambre y con las ideas claras. Pep era útil para la institución, y no solo porque ganaba partidos sino porque comprendía y aplicaba todo aquello que había aprendido en La Masía, la academia que le había acentuado sus virtudes y moldeado sus defectos.
Pep se rodeó de un equipo de ayudantes en los que sabía que podía confiar, un grupo de compañeros que habían sido inseparables desde la época en que se habían conocido en La Masía: su mano derecha, Tito Vilanova; el fisioterapeuta, Emili Ricart, y el preparador físico, Aureli Altamira.
El grupo no tardó en darse cuenta de que la calidad técnica de los jugadores que conformaban el equipo filial nunca estuvo en entredicho. Gracias a los procesos de selección previos, todos los jugadores de La Masía mostraban una técnica superior a la media, fruto de más de dos décadas priorizando el talento por encima de su condición física.
No obstante, Pep se dio cuenta de que, para conseguir que el equipo tuviera éxito, había que añadir intensidad a su juego e incrementar el rendimiento: por encima de cualquier otra consideración, aprender a ganar. Inculcar un espíritu fieramente competitivo al equipo supuso un punto de inflexión en el fútbol formativo del FC Barcelona. El descenso del filial a Tercera era sintomático de un club al que, pese a seguir una línea deportiva clara, últimamente le faltaba la capacidad de implementarla obteniendo resultados en sus categorías inferiores.
Pep decidió desmantelar el equipo C del Barça, que jugaba en la Tercera, para combinar jugadores de ambas plantillas, incluidos algunos de más de veintiún años durante un par de temporadas antes de ser vendidos, una decisión novedosa que rompía con la tradición de contar
únicamente con futbolistas de menor edad: era una medida que automáticamente subía el nivel del grupo. La mezcla de escuadras suponía una drástica reducción de personal, de cincuenta jugadores a solo veintitrés. Así lo explica David Trueba: «Pep quería encontrar equipos para los jugadores que estaba dejando marchar. Tuvo que reunirse con sus padres, contener lágrimas, romper sueños de infancia y vocaciones de unos chicos que pensaban que el fútbol era más importante que la vida misma, que habían dejado los estudios en un segundo plano porque eran muchachos que estaban llamados al éxito. Crear una escuadra era un trabajo de “ladrillos y cemento”, de intuición y fortaleza, una labor sucia y desagradecida. De un día para otro, Pep tuvo que decidir si dejaba que un chaval llamado Pedro se marchara al Gavá o si se lo quedaba». Además, debía hacerlo deprisa, después de solo media docena de sesiones de entrenamiento: una tarea arriesgada, que entrañaba, como en cada decisión de un entrenador, la posibilidad de equivocarse. No obstante, como queda dicho, iban a tratarse de sus propios errores.
Guardiola introdujo inmediatamente una serie de hábitos, pautas de entreno, sistemas y metodologías adquiridas a lo largo de su propia experiencia con una amplia variedad de entrenadores. «Prestaba particular atención a los detalles —comenta Trueba—; desde el control de la dieta de los jugadores o el tiempo de descanso y de recuperación, hasta el análisis de los equipos rivales grabando sus partidos y recurriendo a sus ayudantes y al resto del equipo técnico para compilar informes detallados sobre encuentros… ¡en Tercera División! En ocasiones, si Guardiola consideraba que no disponía de suficiente información sobre un rival en particular, iba en persona a ver sus partidos.»
Se volvió tan exigente consigo mismo como lo era con los jugadores y con el resto del equipo técnico que trabajaba cada día con la plantilla. No obstante, insistía en explicar las razones de sus decisiones, parte del
proceso de aprendizaje del futbolista. Era el primero en llegar y el último en marcharse; trabajaba mañana y tarde en el campo de entrenamiento. Cualquier aspecto relacionado con el equipo tenía que estar bajo su control: pedía informes diarios así como actualizaciones del estado de toda la plantilla. No dejaba ningún cabo suelto.
Y, cuando era necesario, a pesar de que eso sucediera en contadas ocasiones, no tenía reparos en recordar a los que le rodeaban quién era el jefe.
Mediodía del 6 de diciembre del 2007. El Barça B jugaba en el campo del Masnou y ganaba 0-2 al empezar la segunda parte. Sin embargo, el equipo dejó escapar esa ventaja y acabó empatando. El periodista Luis Martín describe en El País lo que pasó aquel día: «Normalmente, Guardiola analiza los encuentros al día siguiente, pero aquella tarde hizo una excepción. “La bronca fue monumental —recuerda uno de los jugadores—. Cerró la puerta del vestuario y nos dijo que muchos de los que estábamos allí no merecíamos defender la camiseta con la que jugábamos, que esos colores representan a mucha gente y muchos sentimientos. Estábamos aterrorizados”».
«La bronca más grande tuvo que ver con una indiscreción —continua Martín—. En octubre, el diario Sport desveló una anécdota del vestuario. En una charla, Guardiola puso como ejemplo a los chavales del programa musical Operación Triunfo. “Nos dijo que ellos tenían una oportunidad y se mataban por aprovecharla, que teníamos que hacer lo mismo. Más tarde, cuando vio sus palabras escritas en la prensa, se puso como una moto y dijo que divulgar las cosas que se decían en el vestuario era traicionar a los compañeros”, explica otro jugador.»
En otra ocasión, Guardiola dejó a Marc Valiente, uno de los capitanes del equipo, en la grada, simplemente por haber salido del gimnasio cinco minutos antes de lo previsto. Según Luís Martín, Guardiola justificó su decisión alegando simplemente: «Si no hay pesas, no hay partido».
Esporádicamente, sus jugadores se unían al equipo de Rijkaard para convocatorias o sesiones de entrenamiento. No obstante, a pesar de su privilegiada posición, Guardiola no desistía en su empeño de hacer de ellos un equipo ejemplar.
En el minuto cuarenta y seis del tercer partido de la temporada, Guardiola retiró a Marc Crosas, exjugador del Glasgow Celtic. Según uno de los jugadores, «Crosas recibió una dura reprimenda en el descanso por no correr. Tan pronto como perdió el balón en la segunda parte, el entrenador no dudó en sustituirle». Guardiola era consciente del efecto que su decisión tendría en los jugadores más jóvenes en el Barça B, tal como uno de ellos comenta: «Vimos cómo hacía eso con un jugador del primer equipo y pensamos “Si a él le hace eso, ¿qué nos hará a nosotros?”». Los jugadores veteranos, en cambio, comprendieron perfectamente la medida. «Siempre nos ha usado de ejemplo —reconoce uno de ellos—, pero es justo, con nosotros y con los demás.»
Pep estaba hallando soluciones a los problemas del equipo, confiando en su instinto y experiencia para motivar, inspirar y obtener lo mejor de los canteranos. Cuando el equipo se ganó el derecho a luchar por el ascenso, les dijo: «Hemos llegado hasta aquí juntos. Ahora depende de vosotros subir de categoría». Aunque uno de sus métodos de motivación resultó bastante caro: «Nos dijo que cada vez que ganáramos tres partidos seguidos nos invitaba a comer. Ha pagado tres comidas. ¡Se ha dejado una fortuna!», recuerda un jugador.
Las comidas del equipo no fueron su único gasto: Guardiola también tuvo que pagar multas por tres tarjetas rojas. De vez en cuando el Guardiola frío, sosegado y circunspecto dejaba paso a otro que cohabita con él, uno más pasional, menos paciente. No tardó en decidir que en vez de intentar reprimir sus emociones junto a la línea de banda, las expresaría en italiano, para que los jueces de línea no pudieran entender la retahíla de insultos que les lanzaba desde el banquillo.
Sus métodos de motivación adoptaban frecuentemente la forma de retos. Cuando Gay Assulin regresó de su debut con la selección absoluta de Israel, Pep —rememorando algo que una vez Cruyff le dijo a él— desafió al jugador: «Este fin de semana, juegas y tienes que marcar». Assulin asistió en dos tantos y marcó el tercero. «Nos lo hace mucho. Nos pone retos. Si te esfuerzas, tienes premio», recuerda otro jugador.
«Esto no es Tercera, es el filial del Barça. Y aquí no juega cualquiera», les dijo un día a sus futbolistas, tal como Luis Martín cuenta en El País. No obstante, el honor de jugar en el club blaugrana iba más allá de defender la camiseta los días de partido. Pep exigía el máximo rendimiento y el mejor comportamiento en todo momento, tanto dentro como fuera del campo. Prohibió el uso de teléfonos móviles en la ciudad deportiva del Barcelona y en los autocares; penalizaba a los jugadores con 120 euros si llegaban tarde al entreno, y tenían que respetar a rajatabla el toque de queda de las doce: si los pillaban infringiendo la norma una vez, 1.500 euros de multa; la segunda vez, la multa ascendía a 3.000 euros. A la tercera, de patitas en la calle.
Los días de partidos tenían también su ritual. Se practicaba la estrategia antes del encuentro; si se jugaba fuera, los jugadores comían en La Masía; si el partido era en el Miniestadi, cada uno almorzaba en casa.
Una vez, un excompañero le preguntó a Carles Busquets, entrenador de porteros en el filial, qué tal era eso de tener a Guardiola por jefe: «¿Pep? —respondió— Estarías acojonado. Sabe lo que hace». De hecho, solo ahora se atreve a admitir que de vez en cuando se escapaba al aparcamiento a fumar un cigarrillo a escondidas, porque Pep les había prohibido fumar cerca del vestuario.
Que Guardiola se mostrara impaciente por probarse a sí mismo y su filosofía de juego cuatro divisiones por debajo de la élite obedecía, entre otras cosas, a su deseo por confirmar una teoría personal: un equipo de reserva, modesto, es como cualquier otro, y podía servir como la mejor
escuela de fútbol. Todos los equipos se comportan, reaccionan y responden del mismo modo. Tanto si son superestrellas como si no, siempre hay un jugador celoso de un compañero, otro que invariablemente llega tarde, el bromista de turno, el obediente que teme los castigos y que está más que dispuesto a transigir, uno callado, otro rebelde… Entrenar al filial fue, además, una experiencia educativa para el propio Pep al tener que preparar a la plantilla para un rival distinto cada vez: algunos juegan de forma ofensiva, otros le esperaban en su propia área y contraatacaban… Trabajar con el Barça B le brindó a Guardiola la oportunidad perfecta para buscar y encontrar soluciones a la clase de problemas que encontraría en un equipo con un perfil superior. Además, le permitió hacerlo lejos de los focos y del asedio de los medios de comunicación.
Al mismo tiempo, Pep era lo bastante humilde como para reconocer que no gozaba de suficiente experiencia en determinadas áreas, sobre todo en aspectos defensivos. Su amigo y entrenador Juanma Lillo veía todos los partidos del segundo equipo del Barça y, al finalizar, Guardiola le llamaba para plantearle dudas sobre el uso del espacio por parte de sus jugadores, por el comportamiento de los que no habían tocado el balón, por la resolución de la estrategia…
Rodolf Borrell, hoy en el Liverpool FC, era en esa época entrenador de una de las categorías de fútbol formativo en el Barcelona, y todas las semanas Guardiola acudía a sus sesiones de entrenamiento para observar y aprender de sus conceptos defensivos y de estrategia.
El entusiasmo de Pep era contagioso, y su presencia significaba un soplo de aire fresco en la ciudad deportiva del Barça; además, Pep también otorgó al filial cierto grado de credibilidad. Después de todo, si Guardiola estaba involucrado en el proyecto, todo tenía más peso, más trascendencia, y esa seriedad se trasladó a todas las áreas de la cantera. Si el Barça B había recibido hasta entonces un trato negligente, la influencia
de Guardiola consiguió transformar su imagen, sacudiéndole las telarañas y elevando su perfil, a la vez que introducía un régimen de profesionalidad inexistente incluso en el primer equipo.
Especialmente en el primer equipo.
El filial podría haber continuado siendo un simple taller en el patio trasero del club, pero Guardiola estaba decidido a conseguir que marcara la pauta.
Perdieron su primer amistoso con Pep como entrenador contra el Banyoles, en un pequeño campo con césped artificial. Esta derrota y un tambaleante inicio en la competición fueron suficientes para que los medios de comunicación empezaran a disparar su primeras balas disidentes. Guardiola «tenía más estilo que fuerza», escribió un periodista. De pronto se convirtió en un cliché decir que Pep, quien como jugador leía y distribuía copias de Los puentes de Madison a sus compañeros del Dream Team, no tendría fuerza y autoridad suficientes como para modelar a un equipo ganador en las canchas de césped artificial y un tanto descuidadas de los campos de Tercera División.
Pep fue a ver a Johan Cruyff poco después de algunos resultados adversos, unas visitas que repetiría con frecuencia a partir de entonces, cada vez que necesitaba consejo. «Tengo un problema —le dijo a su mentor—, estoy con unos chicos a los que no sé si puedo controlar; no escuchan lo que les digo, y eso afecta al modo en que el resto de la plantilla recibe mis mensajes. El problema es que se trata de dos de los líderes del vestuario, que además son los mejores jugadores. Sin ellos en la plantilla, perderé.» La respuesta de Cruyff fue tajante: «Deshazte de ellos. Posiblemente perderás uno o dos partidos, pero luego empezarás a ganar, y lo harás sin esos dos cabrones».
Pep se deshizo de los dos, estableciendo de ese modo su autoridad en el vestuario y enviando un claro mensaje al resto. El equipo empezó a jugar mejor y a ganar, especialmente después de que Pep fichara a Chico,
del Cádiz y hoy en el Swansea, un jugador identificado por Tito Vilanova como el defensa central que necesitaba el equipo. La alineación del filial incluía a Pedro y, en la segunda mitad de la temporada, habitualmente a Sergio Busquets, quien se abrió camino desde el banquillo para convertirse en el mejor jugador de la temporada. Dos años después se convertirían en Campeones del Mundo.
Txiki Begiristain fue testigo de la progresión del Barça B de Pep a lo largo de la temporada; siguió más partidos del equipo filial en el Miniestadi que en sus cuatro años anteriores como director deportivo en el club. Creía en Guardiola, y se percató de que estaba asistiendo a la aplicación de una serie de ingredientes futbolísticos que podían usarse fácilmente en el primer equipo: variaciones en la formación, por ejemplo. En lugar de jugar según el sistema más común en el Barcelona, 4-3-3, algunas veces Pep recurría a un 3-4-3 que apenas se había visto desde los días del Dream Team y, posteriormente, solo en contadas ocasiones, con Van Gaal. Otras veces, Pep jugaba con un falso nueve; incluso a veces utilizaba a Busquets, un centrocampista, como ariete por delante de tres mediapuntas.
Esa actitud extrema de Pep desde la banda (corrigiendo constantemente, sin parar de gesticular, tratando cada partido como si fuera el último, centrado en su trabajo, apasionado) así como su