(Lc. 15, 25)
A estas alturas de la parábola y de nuestro análisis, es necesario resaltar lo que la misma parábola apunta, casi de manera superficial, pero que es de importancia gravitacional sobre la que gira todo el sentido subliminal y escondido de la parábola. Es la referencia y el dato de que el hijo mayor estaba en el campo
y volvía de él (cfr. Lc. 15, 25). Esto nos obliga a echar un vistazo
a ese detalle. Al detalle del campo.
Este descubrimiento nos permite ubicar mejor, precisamente, al hermano mayor, para sorprendernos todavía más.
¿Qué representa el campo, en este caso de la parábola? ¿Habrá alguna relación con la idea del Jardín del Edén, del libro del Génesis (cfr. G. 2, 8-10, 15)? ¿Será la experiencia permanente de jardín en la Biblia, como en los casos del libro Cantar de los Cantares 5, 1, 6, 2,11? El jardín es el lugar del diálogo y del encuentro, del amor; como también lo es el Getsemaní, como el jardín de la agonía; como también el lugar del sepulcro donde Jesús resucitado se encuentra con María Magdalena (cfr. Jn. 19, 41; 20, 15).
El hombre fue colocado en el jardín del Edén como
huésped de Dios (cfr. Gn. 3, 8), y el recordatorio del árbol
prohibido no es una limitación para la libertad humana, sino que es la revelación de una condición indispensable para la comunión entre el hombre y Dios. Recordatorio de que el hombre es “huésped”, y no dueño. Y la comunión no se puede dar si el hombre como huésped trata de convertirse en dueño del jardín. Es el respeto de esa condición. Por eso el recordatorio en el árbol prohibido. Se trata de respetar las normas de la hospitalidad. Según Génesis 2, 9, los árboles son hermosos de ver y buenos de
comer, por eso el hombre puede vivir en el jardín como un
huésped. La tentación va precisamente sobre esa misma idea, pues la mujer se dio cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una
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delicia de ver y deseable para obtener la sabiduría (cfr. Gn. 3,6). Y aquí está la diferencia, en que siendo huéspedes en el jardín, pretenden disponer de la creación contrariando la norma de no comer del árbol, que era, precisamente, el recordatorio. El pecado es, precisamente, la violación de esa norma.
Antes, igualmente, estaban desnudos (cfr. Gn. 2, 25), pero no sentían vergüenza, porque estaban seguros y confiados. Mientras que después, hay inseguridad y desconfianza, y miedo de ser engañados. Entonces, el jardín, que es el lugar de la revelación de la amistad, se convierte en lugar de ocultamiento. Los árboles del jardín, en lugar de revelar al Señor (cfr. Sal 19, 1), sirven para esconderse de él. Y, así, el lugar del diálogo se transforma en lugar de huida. Dice en el caso del libro del Génesis que ante el paseo de Dios por el jardín, en el lugar del diálogo, dice que Adán tuvo miedo y se escondió (cfr. Gn, 3, 10), (cfr. Franceso Rossi de Gasperis, La roca que nos ha engendrado, pp. 41- 56).
¿Tiene algo que ver todo esto con la idea, apenas sugerida, de que el hijo mayor regresaba del campo? ¿De qué campo estaría hablando el evangelista San Lucas, y qué relación tendrá con el hecho de estar en el jardín del Edén? ¿Será esa la clave de toda la parábola, con la afirmación y detalle de que el hijo mayor estaba
en el campo y, al volver…(cfr. Lc. 15, 25), estará diciendo que
estaba en lo que correspondía la voluntad de Dios, en medio del jardín, como el huésped? ¿No estará implícita la idea del libro del Génesis, de después de la creación del ser humano, del mandato de Dios de ser fecundos y multiplicarse y henchir la tierra y
someterla, de mandar en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra (cfr. Génesis 1,
27-28)?
¿Y, en ese regreso, es que sale el padre a su encuentro, precisamente para darse la experiencia del diálogo, porque el hijo mayor estaba en condición de diálogo, y no tenía ni miedo, ni vergüenza, ni se asustaba del padre, como se asustara Adán cuando Dios paseara por el jardín? ¿Será por eso que el padre sale a su encuentro a dialogar y a pactar con el hijo mayor, y a esperar que el hijo mayor decidiera? La encíclica Verbo Domini
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(noviembre de 2010), en el número 22, dice que en esa relación de diálogo, mediante este don de su amor, donde se supera toda distancia, nos convierte en sus “partners”, haciendo al hombre capaz de escuchar y de responder.
Pareciera repetirse la misma idea, de varias maneras, en esa parte de la parábola: 1) el hijo mayor estaba en el campo (cfr. Lc. 15, 25); 2) su padre salió e intentaba persuadirlo (cfr. 15, 28); 3) MOMENTO DEL DIÁLOGO: a) tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes (cfr. Lc. 15, 29); b) “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (cfr. 15, 31).
Pareciera que se repitiera la misma idea. ¿Será que es en eso en lo que quiere insistir el evangelista? ¿Será esa la parte central de la parábola? ¿Será ese el momento del recordatorio del diálogo del jardín del Edén, y el campo y el regreso de él (cfr. Lc. 15, 25), como la clave de la interpretación, en donde de a tú a tú se da una relación franca, directa y sincera, de padre a hijo, en recíproco y mutuo conocimiento, de cara a cara? ¿Será, por eso, que el padre salió a conversar con su hijo; y ahora no era la excepción, sino que era costumbre entre ellos, y por eso el hijo mayor sin temor del padre mantuvo con él la conversación, que dice la parábola que tuvieron?
Todo pareciera indicar que este momento es muy importante en toda la parábola.
Pareciera.
Y todo como que llevara a pensar que en esa experiencia de relación y de diálogo, el hijo mayor, iría a realizar la petición del padre. Porque no sería ahora que iría a desobedecerlo, ya que él mismo pone la clave de esa misma experiencia en, “sin haber
desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes” (cfr. Lc. 15, 29);
y por eso mismo, el padre salió a su encuentro a conversar con él (cfr. 15, 28); precisamente, porque el hijo mayor estaba en el
campo y regresaba de él (cfr. Lc. 15, 25). Estaba en el jardín.
Pero podría no estarlo; o querer, por su respuesta, no querer estar más en el jardín, cosa que es impensable por su propia respuesta. Entonces, estaba en ese preciso momento en un momento límite de fronteras. Por eso el diálogo padre-hijo mayor. Aquí estaba la
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diferencia con el hermano menor, ya que no está en nuestras manos el crear el jardín, pero si el desierto; aunque podemos con el arrepentimiento y la penitencia querer volver al jardín (cfr. Franceso Rossi de Gasperis, La roca que nos ha engendrado, el capítulo “La alianza en el desierto”, pp. 61-73), como pareciera que fue lo que hizo el hermano menor.
En ese mismo detalle que apunta la parábola, de que el hijo mayor estaba en el campo y, al volver…(cfr. Lc. 15, 25), y después de preguntar del por qué de la música y de la fiesta (cfr. Lc. 15, 26-27), se apunta otro elemento útil, y es que el hijo mayor “se irritó y no quería entrar” (Lc. 15, 28). En ese irritarse (cfr. Lc. 15, 28), hay un indicativo de que el hijo mayor estaba en todas las fronteras de dejar de ser huésped para convertirse en dueño. ¿Por qué tenía que irritarse, si no era, sino un hijo más, aún cuando fuera el hijo mayor? Tal vez, en ese hecho de irritarse ya había un traspasar justamente las fronteras, o a punto de pasarla. Y para que no se pasara realmente, fue que, como dice la parábola, su padre salió a suplicarle (cfr. Lc. 15, 28b). Aquí podría encontrarse un paralelo con la irritación de Jonás frente a la conversión de Nínive (cfr. el capítulo 4 del libro del profeta Jonás), en ese diálogo y discusión entre Jonás y Dios, en donde Jonás se disgusta porque el pueblo de Nínive, vestido en sayal y cenizas hizo penitencia y se convirtió; y Jonás le sacara en cara a Dios eso mismo, y que era lo que Dios había querido, y por eso lo había mandado a Nínive.
Por de más de interesante ese nuevo elemento.
Entonces, en medio de lo malo, a pesar de todo, es muy bueno el regreso del hermano menor, y sobre todo la fiesta que le hacen, porque le permiten al hermano mayor ubicarse en el jardín, como tiene que ser. Es un huésped. No es el dueño. Aún cuando se haya irritado. El hecho del diálogo que se da con el padre, indican que el hijo mayor toma conciencia de sus límites, y el padre con la salida a su encuentro y la conversación, le ayudan a colocar cada cosa en su lugar. Y todo por culpa del hermano menor (o gracias a él), porque se repite la experiencia de que “Dios escribe recto con líneas torcidas”; y que en la dimensión de la fe, aún lo malo es bueno, porque en la experiencia de la
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resurrección, todo se redimensiona y cobra sentido, a pesar de los pesares.
Todo parece indicar que es así, por lo menos a esa altura de la parábola del hijo pródigo.
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Datos a resaltar:
De todo lo que se ha visto y descubierto de la parábola del hijo pródigo (“parábola del padre bueno”, o “parábola de los dos
hermanos” (cfr. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Jesús de Nazaret, p. 243), y que se nos estaba permitido, como se dijo, y se
citó la sentencia del libro del Eclesiástico 39, 1-4, para ahondar su comprensión… de todo eso, se desprenden algunas ideas, como, igualmente ya se dicho, y que es necesario resaltar justo ahora para, con ello, llegar a la parte central de nuestro retiro espiritual, que es justamente “Padre rico en misericordia” (Ef. 2, 4), desde la experiencia relacional y comprensiva de la parábola del hijo pródigo.
Así tenemos, que:
En cuanto al hijo menor:
1. Es evidente la viveza y la astucia del hijo menor. 2. El hijo menor siempre sabía lo que quería y quiso. Muy
decidido.
3. El hijo menor tenía muy marcada la experiencia de la filiación y de la fidelidad por parte del Padre. Por eso regresa.
4. No tiene nada que perder; y si mucho que ganar con el regreso.
5. No delega. Hace él mismo.
En cuanto al hijo mayor:
1. Es el primogénito.
2. Tenía una obligación moral de ser el modelo de la familia y el apoyo del padre. Y lo era.
3. No quiere recibir al hermano menor. 4. Se niega a entrar a la fiesta.
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5. Reclama sus derechos. Pareciera que se siente atropellado en sus derechos, a pesar de ser ejemplar. Esto es lo novedoso. Pareciera haber de fondo la idea del siervo sufriente de Isaías, y algo del sufrimiento de Job.
6. No delega. Hace él mismo.
En cuanto al Padre:
1. Respetuoso de la decisión del hijo menor. 2. Angustiado por el regreso del hijo. 3. Amoroso y espontáneo.
4. Expansivo en su afecto.
5. No recrimina. No guarda rencor. 6. Generoso.
7. Conciliador. Sale a negociar con el hijo mayor. 8. No delega. Hace él mismo.
9. No discrimina.
10. Diferencia a un hijo de otro: al menor lo abraza y besa, como recibimiento, pero no le dice ninguna palabra: sólo gesto, sin palabra. Con el hijo mayor entra en un diálogo: palabra y gesto (¿por qué esa diferencia?).
11. Justo.
12. Escucha y respeta. (No delega. Hace él mismo).
13. Da su apreciación con respeto, a pesar de pensar distinto en cuanto al hijo mayor (disiente del hijo mayor).
14. Expone. No se impone. (No delega. Hace él mismo). 15. No presiona y deja que el hijo mayor escoja según su
criterio. Y espera (tal vez, la parte más importante de la parábola, y muy poco aprovechada, teniendo en cuenta el criterio de unidad de toda la Biblia, que es Revelación, y toda ella en perfecta y maravillosa unidad).
Todo esto nos tiene que llevar al inicio de la parábola, sobre todo a la circunstancia. Y la circunstancia era que “todos los
publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces
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esta parábola…” (Lc. 15, 1 y siguientes), la de la oveja perdida, la
de la dracma perdida, la del hijo pródigo, y la del administrador infiel. La circunstancia es que acoge a los pecadores y come con
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Última conferencia
(La más importante de todas, por ser la meta de llegada)
«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»
(Lucas 2, 8-16)
Ya para terminar, y sabiendo que estamos llegando a donde íbamos (estamos llegando a Pénjamo, diría la canción mexicana), es necesario aplicar todo lo que se tiene que aplicar, según el lineamiento de la Iglesia. Sólo así podremos salir ilesos, en cuanto a caídas, del desierto en el que estuvimos y vinimos. En ese sentido, sin ningún daño, porque íbamos conducidos por el Espíritu (cfr. Lc. 4, 1), pero haciendo la acotación de que no íbamos a buscar ser tentados, a diferencia de Jesús (cfr. Mt. 4,1), sino a volver a confirmar una vez más nuestra dependencia y a ratificar el misterio de nuestro llamado. Siempre en clave de fidelidad y de lo que no somos dueños, sino, apenas unos enviados; porque el que manda es otro. O sea, que fuimos porque nos mandaron. Y si nos mandaron es porque es de otro el encargo. Ni siquiera Jesús hacía nada por su cuenta, en cuanto a su mensaje y obra, sino porque había sido enviado (cfr. Jn. 8, 28); mucho menos nosotros (cfr. Jn. 20, 23; Hch 2, 1-4; etc.).
En ese sentido, como ya se ha dicho, que no se puede leer la Biblia si no se tiene claro el sentido de la globalidad de toda la Escritura, que es la Revelación, que se da plenamente en Cristo, porque quien lo ha visto a Él, ha visto al Padre (cfr. Jn. 14, 9-11). Además, todo lo de Dios en función del hombre; es decir, que todo la comprensión teológica es en clave antropocéntrica (cfr.
Redemptor hominis, Dives in misericordia, y Dominum et vivificantem).
Desde esos dos datos fundamentales, es que, entonces, se puede hacer cualquier intento de comprensión, y se nos permite
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intentar ahondar. Y preguntar… (cfr. Hans Dieter Bastian,
Teología de la pregunta). La gloria a Dios:
¿En qué consiste la gloria de Dios y la gloria a Dios? En que el hombre tenga paz. Ya lo condiciona el propio evangelista. ¿Cuál es la alabanza a Dios, en que cantemos himnos y recitemos los cánticos de la alabanza en donde aparezca a cada instante la palabra Dios o su paralelo, y digamos alabado sea su nombre,
ahora y por siempre, o frases parecidas?
La alabanza es la constante de todo el evangelio de San Lucas, sin duda. ¿Pero, la alabanza como actitud o respuesta constante de actitud religiosa? De hecho, en varios apartados del mismo evangelio de San Lucas, aparece la alabanza, como sorpresa después de algunas acciones concretas de Jesús. Por citar algunos, por ejemplo: Zacarías, cuando se le soltó la lengua, en el nacimiento de Juan el Bautista (Lc. 1,64); Simeón y la profetisa Ana, en el Templo, cuando la presentación del niño (Lc. 2,28; 38); el paralítico de la camilla (Lc. 5,25-26); la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lc. 7,16). Y, así, todos los otros casos del mismo Evangelio (Lc. 13,13; 17,15; 18,43; 19,37; 24, 53). Ese dato constante en el Evangelio de San Lucas, también presente en el caso del anuncio a los pastores, ¿no obedecerá a un tema preferido en San Lucas? ¿No tendrá un propósito específico, como el de resaltar la admiración y la alabanza a Dios, como tema recurrente en todo el Evangelio?
¿Pero en eso consiste la gloria a Dios, a pesar de que sea una constante en el evangelio de San Lucas? ¿Será que se debe despertar en el ser humano, en clave relacional, la admiración y la alabanza?
E el evangelista encontramos de inmediato la razón de la gloria a Dios: que el hombre tenga paz. Ya lo dice el evangelista:
«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»
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En la tierra paz a los hombres:
No es otra la gloria de Dios, sino que el hombre tenga paz. Y esa paz se realiza en el niño que acaba de nacer y que es el objetivo de la noticia de los ángeles a los pastores. Independientemente que los pastores sean los humildes o los pobres. Esa es una espiritualización del texto. El contenido teológico está en que si el hombre tiene paz, esa es la gloria de Dios. Y, ahora, se va a realizar la gloria, en el niño de Belén, que acaba de nacer (según la noticia de los ángeles).
La gloria de Dios se hace carne: toma la condición humana. Ahora se realiza la gloria de Dios.
En el niño de Belén, se realiza la paz del hombre y la gloria de Dios.
Maravilloso intercambio: Dios es glorificado en el Hijo, porque el Hijo es la paz del hombre (y en clave de la cruz, donde se completa de manera definitiva la misericordia del Padre, a través del Hijo, en el Espíritu).
En el Hijo se plenifica el hombre: porque le va a traer la paz, que el hombre requiere; y eso es la gloria de Dios.
De allí se desprende que si el hombre no tiene paz, Dios no va a ser glorificado. Pero, como el Hijo se hace carne, ya se realiza el plan de Dios, que no es otra cosa que para el hombre. No para Dios, sino para el hombre, porque es en clave antropológica como insiste la encíclica Redemptor hominis, especialmente (sin perder la conexión con la Dives in
misericordia, Dominum et vivificantem, porque van unidas en la
misma idea).
Pero, todo, desde el niño de Belén: la Encarnación.
Ahora bien: ¿de qué paz en el hombre es la gloria de Dios? ¿Qué paz ha perdido el hombre, que ahora la vuelve a recuperar, a través del nacimiento del niño en Belén?
Sabemos que la paz está en el niño que nace en Belén. Nos lo anuncia así el evangelista San Lucas a través del recurso literario del anuncio de los ángeles a los pastores. Fruto de la inspiración divina y de la Revelación de los que el autor lucano es objeto e instrumento.
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La conexión con la parábola del hijo pródigo:
Ya se dijo en el apartado titulado como Momento culmen de
la parábola, en la página 51 y siguientes, respecto al abrazo del
padre al hijo menor, por una parte, como del diálogo del padre con el hijo mayor, por otra, de la importancia y maravilla de la parábola del hijo pródigo. Pero volvamos y digamos lo que ya se dijo, para encontrar la relación de la parábola del hijo pródigo (o con el título con el que se le pueda llamar, después de su estudio y comprensión), con el himno de los ángeles ante la noticia a los pastores (cfr. Lc 2, 8-16), porque los dos momentos son muy importantes en la parábola, tanto el abrazo del padre y el hijo menor que regresa, como el encuentro en el diálogo del padre con el hijo mayor. Ambos son de igual importancia. No uno más que el otro. Los dos en igual intensidad; pero, en donde el segundo momento es la parte comprensiva en su totalidad, para colocar en igualdad de condiciones a los dos hijos, porque ambos son hijos del mismo padre, y a ambos les reitera su dignidad de hijos. Y