UN DÍA EN LA VIDA DE UN BUITRE LEONADO
DESDE CANARIAS
El pasado 19 de enero volvía al Refugio de Rapaces.
Una vez más, como tantas otras veces...
Hacía tanto tiempo... que no pisaba esa tierra...
Había llegado a pensar... que quizá no pudiera volver nunca allí...
Llevaba varios meses de ‘mili’, en Canarias... Ojalá que nunca la hubiera hecho... Ya no me encontraba tan fuerte como antes... Me zumbaba el oído, me dolía el ojo...
Me habían dado un permiso de diez días... Muy poco tiempo... Había trabajado mucho, durante el día y parte de la noche... Había hecho muchas cosas, en esos diez días... Incluso había podido terminar mi trabajo sobre el Refugio de 1979, con los censos de todas las colonias de buitres... Y llegó una noticia desde Canarias. El Coronel me prolongaba el permiso dos días...
Dos días más...
A pesar del dolor del ojo... aproveché para volver al Refugio...
Solamente unas horas... Ida y vuelta en el día... Estuve cuatro horas de observación en esa tierra...
Estoy muy satisfecho de haber vuelto allí...
Durante unas cuatro horas, volví a pisar Montejo...
Y Montejo es un mundo salvaje... que ha sido siempre fabuloso...
Que lo sigue siendo...
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Estoy escribiendo desde Canarias. El domingo pasé a limpio los apuntes de mi visita, en Madrid. Ahora, voy a intentar hacer, de memoria (puesto que no tengo aquí los apuntes), un rápido resumen de esta última estancia en el Refugio...
Tuve como compañero de tren a un muchacho de Maderuelo (un pueblecito de unos 200 habitantes), que conocía al guarda Hilario. Hablamos mucho del Refugio.
El chico se bajó en Maderuelo y el tren continuó hacia el cañón del Riaza.
Al cruzar el viaducto, contemplé, por primera vez en mi vida, el Refugio nevado... Y dos buitres sobre el encinar blanco...
Hacía tanto tiempo... Más de cinco meses... que no contemplaba el vuelo de un buitre...
Continuó el tren, a través de las inmensas llanuras heladas... Lejos, sobre las encinas castellanas, una rapaz grande...
Bajé en Fuentelcésped. Soplaba fuerte el vento frío. Había nevado aquella misma mañana...
Sintiendo renacer, en lo más hondo, una antigua ilusión que nunca había llegado a perderse del todo, me interné en las amplias estepas, en dirección al Refugio...
Confieso que al principio me desorienté un poco, en esos grandes llanos sin apenas puntos de referencia... Hacia tanto... que no iba por allí...
La silueta inconfundible del árbol del mochuelo... Me acerqué al árbol... No salió el mochuelo.
Fuera del Refugio, al norte, en los barbechos helados, salió una liebre; y más tarde, otra liebre, también sobre la tierra rasa. Pegó luego las orejas al cuerpo y siguió corriendo. No había matas allí. Sólo algo de hielo y de nieve... Me llamaron
la atención, esas dos liebres. Por la tarde, ya de vuelta, vería otra liebre, la tercera del día.
Penetré en el Refugio. Como correspone a un día frío y nevado de invierno, la inactividad era la tónica general. Aquí y allá surgía algún pájaro. Iba deprisa, porque apenas tenía tiempo, y no me fijé mucho en ellos. Recuerdo un zorzal en unas matas de los amplios llanos esteparios, en aquel día de enero... Y una corneja negra en las ruinas, ave tan típica de estas grandes llanuras del norte del Refugio... Constantemente, durante todo el tiempo que pasé allí, estuve acompañado por los buitres... Muchos buitres... Buitres y buitres en el aire del Refugio...
Al norte de El Carrascal, sobre las estepas cerealistas, pasaron dos cuervos, a los que pude observar perfectamente.
Sobre las peñas del sur, buitres, y algunos córvidos. Y nieve.
Llegué a la Vega de El Casuar. Me salió un grupo de alondras. Oí una cogujada. Y vi, en el cielo, a los buitres...
Quería llegar hasta el comedero. Tenía permiso de ADENA para ello. Pero miré el reloj. Imposible. No me daba tiempo. Tenía que renunciar a la visita al comedero.
De forma que me encaminé hacia Montejo.
Pasé por Picacho de la Zorra, donde pude ver -y oír- algo que no esperaba: la cópula de una pareja de buitres leonados. El macho, más claro (por tanto, más viejo) que la hembra, salió volando después del acto.
Vi perfectamente los buitres posados. Entre ellos había un ejemplar joven, inmaduro, nacido en el 79. Algunos sitios parecían futuros nidos.
También había buitres volando. Los observé bien. Como tenía prisa, tuve que dejar Peña de la Zorra.
Siete buitres salieron volando asustados al pararme un momento a mirarlos. Llegué a La Hocecilla, que vi nevada por primera vez. Pensé en el gato montés que vive allí, en esos agrestes precipicios salvajes.
Pasaron volando dos grajillas y otro córvido.
Y muy cerca, a baja altura, aleteando, un enorme buitre...
Sobre el camino del Mirador de la Murcielaguera, pasó a ras de tierra un macho de cernícalo vulgar... A pocos centímetros de altura sobre el suelo...
Seguí adelante, mientras en lo alto volaban los buitres... Oí algún pájaro en el río.
No vi nada en Peña La Graja.
Al llegar a peña Portillo, la gran colonia, cantidades de buitres... Buitres volando, buitres posados. Agujeros y grietas en los que asoman los buitres... Anoté rápidamente algunas de las observaciones referentes a esto. Mientras tanto, volaban otros buitres...
También había cuervos, cuervos carniceros. Bastantes. Llegué a contar hasta 14 a la vez. Graznaban. (Los dos que pasaron antes, sobre las llanuras, iban en silencio). Pude ver a un cuervo que acosaba en vuelo a un buitre.
Buitres (posados y volando), y cuervos... fueron la nota de Peña Portillo. Tuve que irme, porque se me acababa el tiempo.
Junto al río, vi dos bonitos petirrojos, y oí alguno más. Un gran mirlo macho, que observé perfectamente, cruzó el camino y después el río. Y una lavandera blanca, la segunda del día, pues antes había observado muy bien una en el camino helado de Peña de la Zorra, picoteando algo junto a la nieve.
Me encontré con algunos pastores. Primero, el pastor Isabelino, en las grandes llanuras. Después, el pastor Eugenio, junto al río. Más tarde, el pastor Santos, en una ladera. Los saludé, pero apenas pude hablar con ellos, porque tenía prisa...
Fui a Peña Rubia. Salieron de la gran roca muchos buitres leonados. Llegué a contar hasta 36 a la vez, de los que casi todos habían salido de la peña. Una pena no haberlos visto posados, porque habrían constituido mi récord para la peña. Quedaron algunos buitres en Peña Rubia, incluyendo un adulto echado en un nido nuevo con palos, como si ya estuviera incubando (?)...
Y volando, muchos buitres... En el cielo nublado, las negras siluetas rectangulares de los grandes buitres, componiendo un espectáculo magnífico, parecían recordarme que debo volver...
También, un halcón peregrino, adulto, que dio unas bellísimas pasadas a un cuervo real. Es la primera vez que veo el ataque de un halcón a un cuervo. Después, el halcón, muy rápido, recortó su figura en el cielo junto con la de los enormes buitres... Graznó el cuervo.
A pesar de que ya se me acababa el tiempo, fui hasta Montejo, para hablar con Hoticiano. Cerca del pueblo, un alcaudón real, sin duda invernante; ave poco
frecuente en estas zonas. Y ya en Montejo, los gorriones comunes.
Antes, en Peña Rubia, había visto grajillas; primero las oí, luego vi una bandada de 36 ejemplares, más tarde un grupo de 10 aves.
Sobre los campos y montes del oeste, fuera del Refugio, más buitres...
Gritó una urraca en los árboles del río, muy cerca del pueblo, fuera del Refugio.
Ya en Montejo, fui a ver a Hoticiano, el guarda. Como los empleados de las oficinas de ADENA le habían escrito que yo estaba en Madrid, se había extrañado de no haberme visto por allí. Hablé largo rato con Hoticiano. (Y naturalmente le di me permiso). Hablamos de su problema económico, por el que estaba muy preocupado. Él dijo que era por las dos cosas: por este asunto, y porque él quería seguir como guarda del Refugio de Rapaces. En su casa me dijeron, con razón, que esto, si no se vigila, desaparece. Charlamos también de la ilusión que tenían los últimos chicos que han estado visitando el Refugio; de los nuevos informes que han hecho; de mi nuevo trabajo sobre el Refugio; de las últimas observaciones ornitológicas que Hoticiano ha realizado en el Refugio. Me sorprendió, una vez más, el interés y el entusiasmo de este hombre por los animales salvajes. Recuerdo, por ejemplo, lo contento que se puso al observar un falcónido con un pájaro en las garras, que yo no llegué a ver. Charlamos del Refugio y deseamos que las cosas sigan como hasta ahora, y él pueda seguir como guarda...
Un gran córvido volaba sobre los regueros solitarios del sudoeste... Vi los cinco últimos buitres sobre Peña Rubia nevada...
Ya se acababa el tiempo. Debía estas hacia las siete en la estación de Fuentelcésped, a unos seis o siete kilómetros de allí, para tomar el tren de vuelta. El hijo de Hoticiano nos llevó en coche, y así sobró tiempo para charlar algo más, por última vez, en la estación.
Ya fuera del Refugio, jilgueros, estorninos, gorriones, alguna corneja, etc. Y una nueva liebre, ya citada antes, que me salió de unos matojos.
Contemplé por última vez aquel cielo bellísimo... Anochecía... Y mucho frío... Lejos, en el cañón, estarían cantando los buhos reales...
...
Así transcurrió mi último día en el Refugio... No sé si éste podrá seguir manteniéndose como hasta ahora... Tampoco sé cuándo podré volver... Ni siquiera sé si podré volver...
Me decía, al despedirnos, el hijo de Hoticiano, que varios campesinos le habían comentado que estaban extrañados de no verme por allí... ¡Con lo que andaba aquel hombre! Que iba andando y apuntando a la vez...
Ya sólo me queda decir adiós: Adiós, Montejo. Adiós, Hoticiano, guarda fabuloso, inmejorable. Espero que se conserve siempre toda la salvaje belleza de esa tierra agreste, solitaria, inmensa...
Fidel José Fernández y Fernández-Arroyo (1980).