templanza y al templado, concuerda, en efecto, con lo que en el texto griego equivale a templanza y templado; y todo cuanto refiere a lo que llama desarreglo y desarreglado concuerda con lo que en el texto original equivale a intemperancia e intemperante. Sin embargo, en sus capítulos VI y VIII, libro segundo, inicia trasladando otra vez por templanza e intemperancia (en lugar de desarreglo), algo que evidentemente ya no concuerda ni equivale a lo que dice el texto griego:
VIII. Para explicar bien la templanza y la intemperancia, debemos ante todo exponer la discusión de que han sido objeto y las teorías que se han suscitado, algunas de las cuales son contrarias a los hechos [...] El viejo Sócrates llegó hasta suprimir y negar enteramente la intemperancia, sosteniendo que nadie hace el mal con conocimiento de causa. Pero el intemperante, que no sabe dominarse, parece que hace el mal sabiendo que es mal, arrastrado y todo por la pasión que le domina. Resultado de esta opinión, Sócrates creyó que no había intemperancia. Pero éste es un error. Es un absurdo atenerse a semejante razonamiento y negar un hecho que es de toda certidumbre. Sí, hay hombres intemperantes; y saben muy bien que, al obrar como obran, hacen mal".
En todo este pasaje y en las casi 300 líneas subsiguientes, el traductor español hace creer a los lectores que la investigación en este punto concierne a la intemperancia y a la templanza, aunque en realidad Aristóteles trata la incontinencia y la continencia; nos hace leer también que el método de investigación consiste en considerar, primero, las discusiones y las teorías existentes en torno a la templanza y la intemperancia, pero Aristóteles afirma, más bien, que, acerca de la incontinencia y la continencia, lo primero que hay que considerar son las aporías y los razonamientos que producen contrariedad a quienes se les manifiestan; en su texto, nos dice el traductor que Sócrates suprimió y negó enteramente la intemperancia, sosteniendo que nadie hace el mal con
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conocimiento de causa; sin embargo, el texto griego dice que Sócrates eliminaba completamente y no afirmaba que había incontinencia, argumentando que nadie elegiría las cosas malas sabiendo que son malas. También leemos en su traducción que "el intemperante, que no sabe dominarse, parece que hace el mal sabiendo que es mal, arrastrado y todo por la pasión que le domina"; esta definición, sin embargo, tal como se encuentra en el texto de Azcárate, resulta no menos paradójica; pues aquél que no puede dominarse es el akratés: impotens; no el intemperante; además, es incontinente no el que no sabe dominarse, sino el que no puede dominarse; pues la incontinencia no es una dificultad de ciencia o de sabiduría, sino de costumbres y de carácter. Ahora bien, lo que dice tan sólo Aristóteles en esta definición, sin más, es que el "incontinente, sabiendo que son malas, parece, sin embargo, elegirlas, siendo conducido por la pasión". Además, nos hace leer de nuevo, por su traducción, que Sócrates creía que no había intemperancia; pero el texto griego dice, otra vez, que él no creía que había incontinencia. Finalmente, en este ejemplo, el traductor define de nuevo a los intemperantes con la definición de los incontinentes, al escribir: "Sí, hay hombres intemperantes; y saben muy bien que, al obrar como obran, hacen mal"; en realidad, lo que dice Aristóteles, es que hay hombres incontinentes, y ellos, sabiendo que son malas, hacen, sin embargo, estas cosas.
Una versión, a mi juicio, más apegada al texto griego, es ésta que, a modo de ejemplo, extraigo de mi propia traducción para su confrontación:
"6. Sobre la incontinencia [akrasía] y la continencia [enkráteia], en primer lugar será necesario decir las aporías y los razonamientos que producen contrariedad a quienes se les manifiestan [...] Pues bien, Sócrates el viejo eliminaba completamente y no afirmaba que había incontinencia [akrasía], razonando que nadie elegiría las cosas malas sabiendo que son malas; pero el incontinente [akratés], sabiendo que son malas, parece, sin embargo, elegirlas, siendo conducido por la pasión. Por tanto, por tal razonamiento no creía que había incontinencia [akrasía]; por tanto, no era correcto. Pues es absurdo que, habiendo sido persuadidos por este razonamiento, eliminemos
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lo que persuasivamente se produce; pues hay hombres incontinentes [akratéis], y ellos, aun sabiendo que son malas, hacen, sin embargo, estas cosas".
Por otra parte, en el contexto de las aporías y de los razonamientos que producen contrariedad, hay también tres planteamientos cuya traducción en el texto de don Patricio de Azcárate, por motivos semejantes a los anteriormente señalados, transmite algo distinto de lo que realmente dice el texto griego.
En primer lugar, una de las aporías plantea si el templado [sóphron] es continente [enkratés], puesto que el uno se parece al otro. Pues bien, al margen de la resolución que sigue a este planteamiento, lo importante por el momento es advertir cuál es la traducción que de él nos da en su texto el traductor español y por qué no es correcta. En primer lugar, cuando Aristóteles habla del templado [sóphron], el traductor español traslada, ordinaria y correctamente, templado; pero, cuando Aristóteles habla del continente [enkratés], traslada, siempre, templado, aunque incorrectamente. De este modo, cuando en el texto griego se pregunta, a manera de aporía, si el templado [sóphron] es continente [enkratés], evidentemente el texto de Azcárate, siendo consecuente con sus equivalencias, tendría que haber dicho un pleonasmo incoherente y sin sentido, preguntando si el templado es templado. Sin embargo, para evitar tal frase, puso algo también diferente de lo que dice en realidad el texto griego: si el prudente es templado. Así, en efecto, dio lugar a un doble error; pues ni sóphron es prudente sino templado, ni enkratés, templado sino continente; de manera que los atributos que don Patricio de Azcárate asigna aquí al prudente resultan ser, en realidad, atributos del templado [sóphron], y los que atribuye al templado, corresponden en realidad al continente [enkratés]. Una prueba de esta doble imprecisión, como quedó dicho, es que en su capítulo XX, libro I, leemos