Martín Martínez Muriel
(El Audaz22)
El análisis de la personalidad de Martín Martínez Muriel arroja una discrepancia entre la estructura de su personalidad y la psicosis del final. No obstante, los procesos metapsicológicos en la configuración de la locura y los que ocurren durante la misma están bien articulados y guardan correlación. Procede, entonces, describir la concatenación de dichos procesos y apuntar las contradicciones que se observan.
Martín Martínez Muriel nació por los años 1775-1776 en un pueblo de Castilla. Cuenta el narrador que había tenido una vida “borrascosa, de muchas prodigiosas aventuras”; que su infancia fue agitada y triste por las continuas desventuras de su familia y que siendo niño “tuvo que hacer esfuerzos de hombre y de héroe para sobrellevar la vida”; que había adquirido un valor moral, lenguaje y modales serios y torvos aunados a “una cualidad innata de su espíritu, que en los desahogos íntimos de su ambición sintetizaba esta palabra: ‘mandar’”… “había nacido para mandar, para dirigir, para legislar; y que como el Destino no puso en sus manos las riendas de un Estado, ni la disciplina de un ejército, ni la soberanía de un pueblo, ofreció su vida toda una contradicción misteriosa” (434).
Su padre había heredado una escasa fortuna territorial afectada a un señorío por lo que no pudo sacar provecho de ésta. Como era emprendedor, se fue a Andalucía donde se casó con la hija de un comerciante nada próspero. Sin lograr una mejora económica, se
22 Benito Pérez Galdós, La sombra, La Fontana de Oro, El audaz. Col. Arte, naturaleza y verdad. Proyecto y edición de Yolanda Arencibia. Prólogo de Germán Gullón. Ed. Cabildo de Gran Canaria. Madrid 2005.En base a la publicación definitiva realizada en 1907 editada por la Imprenta la Guirnalda.
regresó a Castilla con su esposa donde nació Martín. Ahí el padre administró las fincas de un caballero segoviano. Por tanto, Martín era el hijo único de un padre con un buen empleo y una madre de carácter “firmísimo y tierno” (435). Después, el padre lidió con un pleito debido a que su “probidad se puso en duda” (435); aunque salió bien librado de dicho proceso gastó parte de sus ahorros en abogados. Estimamos que la familia pudo sufrir algunas apreturas económicas que no debieron ser graves puesto que aun tenían ciertos “ahorros”. Al considerar el tiempo en que el padre trabajó con el segoviano más el que tomó el proceso legal, suponemos que hasta ese punto Martín tendría seis o siete años con una infancia normal.
El padre regresó a Andalucía dejando a su familia en Castilla. Luego se embarcó hacia América para volver tres años después. Durante este tiempo Martín y su madre vivieron en la Corte, donde tenían techo y comida asegurados. Por lo tanto, después de la etapa edípica, y hasta los diez años, Martín tuvo a su madre para él solo sin rival con quien disputársela. Al regreso del padre, la familia gozó seis años de cierta prosperidad.
Alrededor de los diecisiete años, muere su madre poco después de dar a luz un segundo hijo. De tal forma, Martín hasta los dieciséis años fue hijo único con las prerrogativas que ello supone. Después, los parientes de la difunta le pusieron pleito a su padre y se acabó el poco dinero que tenían. Padre e hijo decidieron separarse para probar fortuna cada quien por su lado.
Hasta este momento la apreciación del narrador sobre una infancia “agitada y triste” no se ve reflejada en los hechos. Salvo el lapso de ausencia del padre que estuvo compensado con la madre a su exclusiva disposición, no encontramos pérdida significativa que trastocara su vida infantil. Las penurias que vivió el matrimonio fueron de un orden económico que no afectó la supervivencia y los
problemas legales del padre pertenecen a un contexto adulto en el que ningún niño se ve obligado a “hacer esfuerzos de hombre y de héroe para sobrellevar la vida”. Tendremos que concluir que “esta vida de contratiempos y luchas” en las que creció el “desdichado” (436) Martín está más en el imaginario del narrador que en la realidad del personaje.
En sus años de juventud, el narrador afirma que salvo algunas travesuras de Martín que le atrasaron en sus estudios, “lo que más contribuyó a extraviarle decidiendo al mismo tiempo su carácter definitivo o influyendo hondamente en el resto de su vida, fueron las amistades que contrajo en aquella ciudad” (436). Según el narrador, las ideas volterianas hicieron “estragos” en los centros de educación y que en la que más “prendió fuego” fue en Andalucía donde una raza impresionable y fogosa, inclinada a la rebeldía, se dejaba conmover por ideas innovadoras. “La tradición y la historia guardan el recuerdo de caracteres viriles, alucinados por diabólico espíritu de protesta (…) héroes y víctimas de nuestras discordias religioso-políticas”. Bajo el régimen de Godoy cundió el volteranismo y la democracia platónica de Rousseau; la raza holgazana de los abates encontró en doctrinas del más bestial y ridículo ateísmo23
un motivo de entretenimiento y el cultivo de la poesía pastoril y amatoria, pagana y fría, no repudiada por nadie. El espíritu de protesta concentraba su odio en la nobleza y el clero.
Luego, afirma que Martín tenía una “imaginación arrebatada”, tierra fecunda de las ideas revolucionarias que son explosión de la conciencia humana; que se mostró “rudo, implacable, radical” (438); que al acoger estas
23 Se refiere a Ibrascha, un dios irrisorio que inventó Marchena para burlarse de un monje benedictino que compartió presidio con él en Francia.
ideas fue que pudo encontrar el “único” goce del espíritu, después de tantas “desdichas”; que el odio que tenía a la nobleza era cosa aprendida en los libros que devoraba día y noche y “no en la vida”; tanto las grandezas como los horrores de la Revolución Francesa le provocaban estupefacción entusiasta y asombrosa; algunos lo tenían por demente, él se sentía viviendo en un desierto, no se parecía a la gente de la sociedad de su tiempo, “en él estaba como en depósito la idea que más tarde había de expresarse en hechos”. (438).
Como el narrador no alude a acción concreta en la cual se observe el arrebatamiento, la rudeza o la implacabilidad, ni tampoco precisa en qué consistieron las “desdichas”, pero sí menciona la lectura (acto) y el aprendizaje de ideas filosóficas y sociales, lo que mejor percibimos es a un joven progresista interesado en el mundo. Sus juicios resultan contradictorios: al mismo tiempo que juzga sus lecturas como un bien porque le provocaban goce espiritual, las condena por ser origen de violencia y causales de estragos en su mente.
Después de terminar sus estudios en Sevilla, Muriel trabajaba de escribiente, su sueldo apenas alcanzaba para alimentarse, más porque se veía mermado por su extrema generosidad. Así, Muriel aparece como un hombre formal y de nobles sentimientos, fuera de su estrechez económica, no apreciamos, hasta ahora, mayores desventuras ni “prodigiosas aventuras”. Se describe a un hombre ideológicamente adelantado a su época, pero no se narran hechos que prueben alguna exaltación extraordinaria o experiencia concreta desafortunada. Hasta los treinta años no hay mención tangible de “desvarío” que le hubiese acarreado trifulca ni sanción de la autoridad.
De pronto, la apreciación de una “imaginación arrebatada” cambia: “Si el tiempo no hubiera venido a darle razón, habría pasado siempre por un loco, y en tal
caso, escribir su vida sería locura mayor que la suya. Pero el tiempo ha justificado su carácter, y la personificación de aquellas ideas que tan pocos profesaban entonces, es una tarea que el arte no debe desdeñar” (439). Así, pasa de una “imaginación arrebatado” a un justificado carácter.
Cuando Martín se enteró de que su padre y su hermano estaban presos en Granada a causa de una calumnia en la administración de los bienes del conde Cerezuelo, tomó la decisión de irse inmediatamente a Madrid para conseguir cartas de recomendación y llevar a cabo visitas y audiencias que le permitieran liberarlos. El narrador sostiene que hizo esto en un “violento arrebato de cólera”. No se observa el violento arrebato: las acciones no son violentas, la gravedad del caso requería acción inmediata y ¿quién en su sano juicio reaccionaría sin enojo si un ser querido hubiera sido víctima de tal injusticia? ¿cuál sería el “arrebato”? Parece un juicio a priori o una prolepsis que remiten a un hipérbole.
Como ninguna de las múltiples gestiones que realizó en Madrid tuvo éxito debido a la corrupción, el poder del dinero y la injusticia, se apoderó de él la idea de la revolución. Al morir su padre quiso ir Castilla a recoger a su hermano pero cayó gravemente enfermo a causa de “una grave y repentina enfermedad, contraída a causa de la hondísima alteración de su ánimo y de la considerable fatiga de su cuerpo” (443). Durante los cuarenta días que estuvo en el hospital, “creyó ver cercana la muerte” y esto lo llevó a retomar la idea de Dios que había abandonado por sus estudios filosóficos. Aunque su creencia era “vaga y oscura” por ser el “último refinamiento de la duda”, lo acogía como una entidad buena y justa. Pero más que fe era una esperanza. El odio a la sociedad y sus instituciones se mantenía: “convaleciente, débil y dominado por tenaz hipocondría”,
imaginaba planes de destrucción, ejércitos que le obedecían y la idea de una combustión que purgase las faltas de la Humanidad extraviada y corrompida.
Se observa que la “alteración de su ánimo y la fatiga” eran de origen psicosomático. Es decir, la convergencia de una baja de las defensas del organismo en términos fisiológicos y una tensión emocional provocada por una realidad adversa y un conflicto. Durante la actividad febril, el yo se debilita, se pierde la conciencia y afloran imágenes de conflictos psicológicos reprimidos. Estimamos, entonces, que Martín somatizó el conflicto, un síndrome histérico que nos remitiría al conflicto edípico.
Las dramáticas circunstancias provocaron una regresión a un punto de fijación en la etapa fálica (edípica): la sociedad simbolizaría al padre, el rival a vencer, porque es lo que ahora se opone a la satisfacción de sus deseos. La fantasía o deseo de muerte vendría por dos vías: 1) el impulso agresivo que no se descarga sobre la sociedad se vuelve contra sí mismo y desea morir, lo cual contempla un alivio porque se la prodiga el propio padre idealizado, identificado con Dios, y por ello esa sensación de creencia “vaga y oscura”; 2) la destrucción del padre por circunstancias reales, es en el imaginario la fantasía edípica de que es él quien lo ha matado; el sentimiento de culpa lo hace desear su propia muerte, “la esperanza” del justo castigo a su crimen.
Martín, ya restablecido, se traslada a la Corte para rescatar a su hermano del conde Cerezuelo a pesar de que había sido una decisión de su padre dejarlo con éste. “Una fuerza secreta lo impulsaba”… “creía sin saber por qué, en la existencia de un incógnito problema por resolver”. Es decir, la noción de una parte del complejo edípico no resuelto: “había en él cierta propensión a dejar de ser ideólogo, a obrar en cualquier sentido, a
hacer algo que sacara al exterior aquella balumba de ardientes deseos que comprimidos y encerrados, le producían malestar horrible” (444). Una vez restablecido, el impulso agresivo lo impulsaba a la acción porque también coexistía el impulso de vida que le había permitido burlar la muerte. En lo manifiesto restauraría la memoria de su padre exigiendo el pago de un dinero ajeno al delito que se le imputaba y rescataría a su hermano de manos de sus enemigos. En el inconsciente estas acciones representarían la redención y superación de los sentimientos de culpa (de origen edípico).
De tal forma, la inestabilidad emocional de Martín al inicio, en su encuentro con Matamala, se debe al sufrimiento psíquico de una reminiscencia reprimida del conflicto edípico no resuelto, estimulado y acrecentado por las penosas circunstancias externas de su vida presente. Se concluye que su inestabilidad emocional era, principalmente, circunstancial.
La violencia arrebatada que le atribuye el narrador no está justificada. Pero su juicio a priori ha contagiado a algunos críticos que lo consideran “medio loco”24
, de creciente locura, de poquísimas claridades, o de que no sabe ni lo que quiere25. Después del
encarcelamiento del padre y el hermano, el enfrentamiento con una sociedad frívola y corrupta, la frustración de verse impotente para liberar a sus seres queridos, la muerte del padre en un calabozo y la desaparición del hermano, los epítetos que le atribuyen serían para Muriel, si viviera, una muestra más de la insensibilidad de la sociedad.
En la conversación con Matamala se observan: 1) disertaciones claras aunque radicales de una mente
24 Leonel-Antonio de la Cuesta, El audaz: análisis integral, IES, Montevideo, 1973, p. 27.
lúcida; 2) un discurso revolucionario en pro de la igualdad, la libertad, la justicia y la soberanía nacional; 3) una consecuente reprobación de las conductas corruptas y frívolas de la nobleza y el clero; 4) valentía y arrojo al expresar su verdad. Lo anterior manifiesta una conducta yoica congruente con los ideales del súper yo. El Dios de Martín es bueno como su padre. No hay una visión demencial, ya que no se aparta de la realidad.
Durante la conversación, “trazaba cuidadosamente algunas rayas en la tierra, con la punta de su bastón, observando con gran cuidado lo que hacía como si aquello fuera un dibujo admirable” (446). En la representación psíquica, con el bastón (símbolo fálico) plantea sus ideales (ley/padre) sobre la tierra (madre/objeto edípico). Simboliza el conflicto que lo aqueja en la fantasía inconsciente: la carga libidinal depositada en ese símbolo fálico diseña un mundo ideal que está asociado al padre pero éste también representa el rival edípico causal de su sentimiento de culpa. Podemos inferir entonces que, dada la conflictiva de su presente, llevó a cabo una regresión a un punto de fijación fálica edípica que justifica la inhibición sexual de Martín la noche de la entrevista secreta con Susana. Al terminar la conversación, borra las rayas tan cuidadosamente trazadas, lo cual supone la negación del conflicto.
En la parte V del primer capítulo el narrador nos presenta su tesis, que de alguna forma explica en qué consisten los “estragos” que, según él, las ideas revolucionarias habían hecho en la mente de Martín, lo que consideramos, fundamentalmente, el juicio del autor:
Muriel no perdonaba a ninguna de las instituciones de que habló las faltas de sus individuos. Era inexorable, como lo era la revolución entonces. Dominado por su idea, no conocía la transacción. Creía que era posible reformar destruyendo; no conocía la enormidad de las
fuerzas del enemigo; ignoraba que lo que se intentaba aniquilar era inmensamente más poderoso que los razonamientos de dos o tres individuos; que aquello tenía la fuerza de los hechos, de un hecho colosal, consagrado por los siglos y aceptado por la nación entera. Además no comprendía que si la idea vence alguna vez a la fuerza no es fácil que venza a los intereses. La transformación con que él soñaba era obra lenta y difícil. Sólo intentarla costó después mucha sangre… (450).
Las fantasías que le provocó Rotondo sobre una conspiración en la cual él pudiera poner en práctica las ideas de sus delirios en el hospital y que podría dejar de ser sólo un “ideólogo”, no representan anormalidad alguna. Son fantasías conscientes normales cuando se asocian a algún secreto deseo. No son patológicas ya que la persona las reconoce como fantasías.
En el viejo caserón abandonado de Rotondo, donde encuentra al viejo Zarza, Martín tuvo una sensación siniestra y misteriosa de una irrealidad que lo seducía. Cada vez más interesado en su demente pero elocuente discurso en que lo confundían con St. Just26
, escuchó el emotivo relato de los hechos sangrientos y sublimes de las acciones revolucionarias de Francia. Su impacto emocional se debió a que las imágenes de su impulso agresivo se pusieron en escena. Zarza/Robespièrre describía escenas sangrientas que satisfacían los deseos de venganza que él albergaba en su corazón. El terror interno se manifestaba desde el Otro, así mismo él se veía en ese Otro. La sensación siniestra al mismo tiempo que placentera era provocada por el carácter del sujeto en el que Martín inconscientemente se proyectaba; esa imagen se imprimió en el inconsciente como modelo asociado a sus ideales.
En la conversación con Rotondo, constatamos un pensamiento y una conducta propios de un yo lúcido y no
26 St. Just fue revolucionario francés aliado a Robespièrre, habiendo perecido con él en la guillotina el 28 de julio de 1794.
de un “exaltado” que se prende de la primera idea revolucionaria que le proponen. Él deseaba la abolición de un régimen injusto, desigual y represor. Radical sí, exaltado no.
Sin embargo, hay imprudencia al dar su opinión ante los aristócratas:
Ese padre Corchón [...] debe ser uno de esos frailes soeces que se gozan en turbar el ánimo de las personas sencillas, llenándolas de supersticiones y extraviando su entendimiento con errores estúpidos. (497). […] la plaga enorme de clérigos y frailes que tenemos aquí, para desdicha y pobreza nuestra, no sirve para otra cosa que para divulgar los más dignos errores y envilecer al pueblo en la superstición. Turba de holgazanes, devoran la principal riqueza de la nación sin producirle beneficio alguno.(497-498).
¿Es Martín finalmente el loco arrebatado que nos ha planteado el narrador? Si es un hombre desposeído de dinero, nobleza y relaciones que está necesitado de una influencia para entrevistarse con el conde Cerezuelo ¿cómo se malquista con un grupo de poder que incluso puede llevarlo preso? ¿Por qué se expone?
Un ejercicio figurando la respuesta a esta pregunta de distintos interlocutores para diferenciar juicios nos remitiría a que:
1) Martín racionalizaría diciendo que no tenía porqué callar la verdad y solapar la hipocresía y la ignorancia. Le preguntaríamos entonces si aun a costa de sacrificar a su hermano o de terminar en una prisión como su padre. Él respondería que la hipocresía era una de la plagas y tenía que ser congruente con lo que pensaba.
2) El narrador respondería que ese era justo el producto de las lecturas volterianas que causaron “estragos” en su mente.
3) El autor tal vez contestaría que dentro de la audacia del personaje estaba el expresarse sin contemplaciones ante persignados y retrógradas.
4) Desde el psicoanálisis se diría que es un hombre de ideales y fuerte temperamento que tiene un conflicto consciente (externo) y otro inconsciente (interno). En su proceder interno el impulso agresivo apunta a destruir al rival (interno y externo) deseando su propia destrucción por sentimientos de culpa de la fantasía inconsciente.
En las respuestas anteriores observaríamos que Martín defiende su postura, que el narrador lo critica y que el autor argumenta que así es su personaje. De tal forma, Martín y el narrador estarían en pugna, mientras el autor estaría confrontándolos ya que crea un personaje que el