Ravenel no fue construido para ser acogedor con los extraños. Mientras cabalgaban a través de las puertas, Damen podía sentir su fuerza y su poder. Si el extraño era un príncipe indolente que estaba honrando la frontera solo porque había sido aguijoneado y empujado allí por su tío, aquello se ponía aún menos acogedor. Los cortesanos que se habían reunido en el estrado sobre el gran patio de Ravenel tenían el mismo aspecto exterior lúgubre que las repelentes almenas27 de Ravenel. Si el extraño era un akielense, la recepción era
directamente hostil: cuando Damen siguió a Laurent hasta los escalones del estrado, la onda de ira y resentimiento ante su presencia fue casi palpable.
Nunca en su vida había pensado que se encontraría de pie dentro de Ravenel, que el enorme rastrillo28 del castillo se levantaría, que las puertas de
madera maciza serían desatrancadas y se abrieran, permitiéndole pasar dentro de sus muros. Su padre, Theomedes, le había inculcado el respeto a las grandes fortalezas verecianas. Theomedes había dado por terminada la campaña con la batalla de Marlas; avanzar hacia el norte e intentar tomar Ravenel habría significado un asedio prolongado y una enorme asignación de recursos. Theomedes había sido demasiado prudente para emprender una costosa campaña interminable que podría hacerle perder el apoyo de los kyroi, desestabilizando su reino.
Fortaine y Ravenel habían permanecido intactas: eran las potencias militares dominantes de la región.
Visibles y de gran alcance, requerían que sus contrapartes akielenses fueran igual y constantemente armadas y aprovisionadas. Eso convertía a la
27 Pequeñas salientes verticales en la parte superior de los castillos-fortaleza en la antigüedad para resguardar a quienes los
defendían ya que funcionaban como parapetos.
frontera en una tensa maraña de guarniciones y en la residencia de gran cantidad de combatientes que no estaban técnicamente en guerra, pero que nunca habían estado realmente en paz. Demasiados soldados e insuficientes peleas: tanta violencia congregada no se propagó debido a las incursiones menores y escaramuzas que cada lado desautorizaba. No se propagó debido a los desafíos formales y a las peleas oficiales organizadas, con normas, y refrescos, y espectadores, que ambos lados permitieron para que pudieran matarse unos a otros alegremente.
Un gobernante prudente querría a un diplomático experimentado para supervisar este tenso enfrentamiento, no a Laurent, que llegaba como una avispa en una fiesta al aire libre, molestando a todo el mundo.
—Su Alteza. Os estábamos esperando hace dos semanas. Pero nos alegramos de saber que habéis disfrutado de las posadas de Nesson —dijo Lord Touars—. Tal vez podamos encontrar algo igual de entretenido para que hagáis aquí.
Lord Touars de Ravenel tenía los hombros de un soldado y una cicatriz que iba desde la esquina de un párpado hasta debajo de la boca. Miraba a Laurent fija y descaradamente mientras le hablaba. Junto a él, su hijo mayor, Thevenin, un pálido muchacho regordete de quizá nueve años, miraba a Laurent con la misma expresión.
Detrás de eso, el resto de la recepción cortesana de bienvenida permaneció de pie, inmóvil. Damen podía sentir los ojos sobre él, pesados y desagradables. Eran hombres y mujeres de frontera, que habían estado luchando contra Akielos toda la vida. Y cada uno de ellos cargaba con la noticia que habían escuchado aquella mañana: un ataque akielense había destruido el pueblo de Breteau. Había guerra en el ambiente.
—No estoy aquí para ser entretenido; sin embargo, recibí informes del ataque que cruzó mis fronteras esta mañana —dijo Laurent—. Reúne a los capitanes y a los consejeros en el gran salón.
Lo habitual tras la llegada de huéspedes, era que estos descansaran y cambiaran su ropa de montar, en primer lugar; pero Lord Touars hizo un gesto de adhesión, y reunió a los cortesanos para que comenzaran a avanzar hacia el interior. Damen empezó a retirarse con los soldados pero fue sorprendido con la orden cortante de Laurent:
—No. Sígueme dentro.
Damen volvió a mirar las paredes protegidas. No era el momento para que Laurent ejerciera sus instintos tendenciosos. En la entrada a la gran sala un criado de librea avanzó en su dirección, y con una leve reverencia, anunció:
—Su Alteza, Lord Touars prefiere que el esclavo akielense no ingrese en la sala.
—Y yo prefiero que lo haga —fue todo lo que Laurent respondió, caminando hacia delante, sin dejar a Damen más remedio que seguirle.
No fue una bienvenida al pueblo como las que, por lo general, tenían los príncipes, con desfiles, entretenimientos y banquetes organizados por el Lord. Laurent había cabalgado a la cabeza de su tropa sin más espectáculo, aunque la gente se había acercado a las calles a pesar de todo, estirando el cuello para ver esa cabeza dorada resplandeciente. Cualquier antipatía que la gente pudiera haber sentido hacia Laurent había desaparecido en el momento en que lo vieron. Adoración extática. Había sido así en Arles, en todos los pueblos que habían atravesado. El príncipe dorado estaba en su mejor momento cuando se veía desde sesenta pasos, lejos del verdadero alcance de su naturaleza.
Desde la entrada, los ojos de Damen se habían fijado en las fortificaciones de Ravenel. En ese momento, absorbía las dimensiones de la gran sala. Era enorme, y construida para la defensa, sus puertas eran de dos pisos de altura, un lugar en el que la totalidad de la tropa podía ser llamada a reunirse para recibir órdenes, y desde la que podían, rápidamente, ser dirigidas simultáneamente a todos los puntos de la ciudadela. También podía funcionar como punto de retirada, si las paredes exteriores fueran forzadas. Viendo las tropas estacionadas en aquella fortaleza, Damen adivinó que habría tal vez dos mil, en total. Eran más que suficientes para aplastar a los contingentes de Laurent de ciento setenta y cinco caballos. Si hubieran cabalgado hacia una trampa, ya estarían muertos.
El siguiente hombre que se interpuso en su camino tenía una pieza de armadura en el hombro y una capa enganchada en ella. La capa era de la calidad de un aristócrata. El hombre que la llevaba habló.
—Un akielense no tiene lugar en la compañía de hombres. Su Alteza entenderá.
—¿Te pone nervioso mi esclavo? —replicó Laurent—. Puedo entender eso. Se necesita un hombre para manejarle.
—Sé cómo manejar a los akielenses. Yo no les invito a entrar.
—Este akielense es miembro de mi Casa —dijo Laurent—. Un paso atrás, capitán.
El hombre dio un paso atrás. Laurent se sentó a la cabecera de la larga mesa de madera. Lord Touars se sentó en la posición inferior a su derecha. Damen conocía a algunos de aquellos hombres por su reputación. El de la pieza blindada en el hombro y capa era Enguerran, comandante de las tropas de Lord Touars. Más abajo en la mesa estaba el asesor Hestal. El hijo de nueve años de edad, Thevenin, se unió a ellos también.
A Damen no se le dio asiento. Se quedó de pie detrás de Laurent y a la izquierda, y vio entrar a otro hombre, uno que Damen conocía muy bien, aunque era la primera vez que lo enfrentaba de pie después de haber sido atado en cada ocasión.
Era el embajador en Akielos y, además, Consejero del Regente, Señor de Fortaine y padre de Aimeric.
—Consejero Guion —saludó Laurent.
Guion no saludó a Laurent, simplemente dejó que el disgusto en su cara se expusiera claramente a medida que pasaba los ojos más allá de él, sobre Damen.
—Habéis traído un animal a la mesa. ¿Dónde está el capitán que vuestro tío nombró?
—Yo clavé mi espada en su hombro, luego lo despojé y expulsé de la compañía —informó Laurent.
Una pausa. El concejal Guion se recompuso. —¿Vuestro tío fue informado de eso?
—¿De que castré a su perro? Sí. Creo que tenemos cosas más importantes de las que hablar.
A medida que el silencio se prolongó, fue el capitán Enguerran quien simplemente dijo:
—Estáis en lo cierto.
Comenzaron a discutir el ataque.
Damen había oído los primeros informes junto a Laurent, en Acquitart, esa mañana. Los akielenses habían destruido un pueblo vereciano. Eso no era lo que le había hecho enojar. El ataque akielense era por represalias. El día anterior,
una incursión fronteriza había barrido un pueblo akielense. La familiaridad de estar enojado con Laurent la había mantenido a través de varios intercambios:
«―Vuestro tío le pagó a mercenarios para que redujeran un pueblo
akielense. »―Sí.
»―La gente está muerta. »―Sí.
»―¿Sabíais que esto pasaría? »―Sí.»
Laurent le había dicho con calma:
«—Sabías que mi tío quería provocar un conflicto en la frontera. ¿Cómo
pensabas que iba a hacerlo?»
Al final de esos intercambios, no había habido nada más que hacer, excepto subir a su caballo y cabalgar hasta Ravenel y pasar el viaje con la mirada fija en la parte posterior de una cabeza dorada que desgraciadamente no era el culpable de aquellos ataques, sin importar lo mucho que quisiera creer qué así era.
En esos informes iniciales en Acquitart, no había habido detalles acerca del tamaño y alcance de las represalias akielenses. Habían comenzado antes del amanecer. No había sido un pequeño grupo de atacantes, ni había sido un ataque que trataran de disimular. Había sido una tropa akielense de tamaño completo, armada y blindada, reclamando venganza por una incursión en una de sus propias aldeas. Cuando salió el sol, habían sido sacrificados varios cientos en el pueblo de Breteau, entre ellos Adric y Charron, dos miembros de la nobleza menor que habían desviado su pequeño séquito desde un campo distante a una
milla aproximadamente, para luchar y proteger a los habitantes del pueblo. Los asaltantes akielenses provocaron incendios, sacrificaron ganado. Mataron a hombres y mujeres. Mataron a niños.
Fue Laurent quien, al final de la primera ronda del debate, dijo:
—Un pueblo akielense también fue atacado. —Damen lo miró con sorpresa.
—Hubo un ataque. No fue de tamaña escala. No fue hecho por nosotros. —¿Quién lo hizo?
—Invasores, clanes de montaña, poco importa. Los akielenses buscarán cualquier excusa para derramar sangre.
—¿Así que no has tratado de averiguar quién es el autor del ataque original? —preguntó Laurent.
Lord Touars dijo:
—Si lo encontrara, estrecharía su mano y dejaría la vía libre con mi agradecimiento por sus asesinatos.
Laurent echó la cabeza hacia atrás en la silla y miró al hijo de Touars, Thevenin.
—¿Es tan indulgente contigo? —dijo Laurent a Thevenin.
—No —dijo Thevenin, incautamente. Y entonces se sonrojó, al descubrir los ojos negros de su padre fijos sobre él.
—El Príncipe es suave en su actitud —opinó el Consejero Guion, con los ojos fijos en Damen—, y no parece que le guste culpar a Akielos por ninguna fechoría.
—No culpo a los insectos por zumbar cuando alguien vuelca su colmena — replicó Laurent—. Tengo curiosidad por saber quién es el que quiere verme comprometido.
Otra pausa. La mirada de Lord Touars parpadeó con frialdad observando a Damen, luego regresó otra vez.
—No vamos a discutir más sobre esto en presencia de un akielense. Enviadle fuera.
—Por respeto a Lord Touars, déjanos —ordenó Laurent, sin darse la vuelta.
Laurent ya había dejado claro su argumento. Ahora tenía más que ganar afirmando su autoridad con respecto a Damen. Esa era una reunión que podría desatar una guerra, o detenerla, se dijo Damen a sí mismo. Esa era una reunión que podría determinar el futuro de Akielos. Damen se inclinó e hizo lo que le ordenaron.
Una vez fuera, caminó a lo largo de la fortaleza, quitándose de encima la sensación pegajosa de la telaraña de política y manipulación vereciana.
Lord Touars quería una pelea. El Consejero Guion era abiertamente partidario de la guerra. Trató de no pensar que el futuro de su país ahora se reducía a Laurent, hablando.
Comprendió que esos Señores de frontera eran el corazón de la facción del Regente. Pertenecían a su generación. Habían pasado los últimos seis años recibiendo sus favores. Y con su tierra en la frontera, ellos tenían más que perder con la dirección incierta de un joven e inexperto príncipe.
Mientras caminaba, dejó que sus ojos pasearan por la parte superior de los muros de la fortaleza. El capitán de Ravenel los había establecido en formación meticulosa. Vio excelentes centinelas apostados y defensas bien organizadas.
—Tú. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Soy parte de la Guardia del Príncipe. Regreso al cuartel siguiendo sus órdenes.
—Estás en el lado equivocado de la fortaleza.
Damen dejó que sus cejas se levantaran en una mueca con los ojos abiertos, y señaló.
—¿Aquello es el oeste? El soldado confirmó:
—Eso es el oeste. —Hizo un gesto a uno de los soldados más cercanos—: Escolta a este hombre a los cuarteles donde los hombres del Príncipe están estacionados. —Inmediatamente después, sintió un firme agarrón sobre su brazo.
Fue conducido por su guía personal todo el camino hasta la entrada a los cuarteles, donde fue depositado ante Huet, quien estaba de guardia.
—Evita vagar otra vez. Huet sonrió.
—¿Perdiste el camino? —Sí.
La sonrisa continuó.
—No me dieron direcciones. —Ya veo. —Sonrisa.
Y, por supuesto, allí estaba. Desde lo de Aimeric aquella mañana, la historia se había estado reproduciendo hasta convertirse en un relato muy particular. Damen había estado recibiendo sonrisas y palmadas en la espalda durante todo el día. Laurent, por su parte, fue el receptor de miradas apreciativas, recientemente. Este había ascendido a otra categoría en la estima de los hombres, ya que ahora entendían que, independientemente de lo que previamente habían asumido sobre sus hábitos de cama, el Príncipe claramente había galopado a su bárbaro esclavo bajo una estricta rienda.
Damen lo ignoró. No era el momento para asuntos triviales.
Jord pareció sorprendido de verlo regresar tan pronto, pero dijo que Paschal había pedido que le asignaran a alguien, lo cual debería adaptarse a Damen, ya que el príncipe probablemente estaría toda la noche intentando poner algo de sentido común en las duras cabezas de los Señores fronterizos.
Debería haberse dado cuenta, antes de que entrara en la amplia habitación, de lo que le habían enviado a hacer.
—¿Jord te envió? —preguntó Paschal—. Tiene sentido de la ironía. —Puedo irme —especuló Damen.
—No. Le pregunté por alguien con brazos fuertes. Hierve un poco de agua. Hirvió el agua y se la llevó a Paschal, quien estaba atareado en el asunto de atender a los hombres que habían sido heridos.
Damen mantuvo la boca cerrada y simplemente realizó las tareas según las instrucciones de Paschal. Uno de los hombres tenía sus ropas directamente plegadas sobre una herida en su hombro demasiado cerca del cuello. Damen
reconoció el tajo en diagonal descendente como resultado del entrenamiento akielense para aprovechar las limitaciones de la armadura vereciana.
Paschal hablaba mientras trabajaba.
—Unos pocos sobrevivientes de humilde condición de la comitiva de Adric fueron reconocidos, y los trajeron consigo. Un viaje de millas rebotando en una litera. Eso les trajo a los servicios médicos de la fortaleza, que han hecho, como se puede ver, muy poco. Los de baja cuna que no son soldados obtienen menores cuidados. Alcánzame ese cuchillo. ¿Tienes el estómago tan fuerte como tus brazos? Sujétalo. Así.
Damen había visto a los médicos trabajar antes. Como comandante, había hecho las rondas de los heridos. También tenía algunos rudimentarios conocimientos propios de campo, aprendidos en caso de que alguna vez se encontrara él mismo herido y separado de sus hombres, lo cual, cuando era niño, había sido una expectativa emocionante, aunque no había mucha posibilidad de que eso sucediera, en aquellos días. Esa noche era la primera que trabajaba junto a un médico que trataba que la vida no escapara de los hombres. Era incesante, complicado y físico.
Una o dos veces, echó un vistazo a la baja camilla que estaba en la sombría parte trasera de la habitación, cubierta con una sábana. Después de unas horas, la puerta colgante se abrió y fue recogida hacia atrás, cuando un grupo entró.
Todos eran de bajo linaje, tres hombres y una mujer, y el hombre que había recogido la puerta colgante se dirigió a la camilla. La mujer se dejó caer a su lado e hizo un bajo sonido.
Era un sirvienta, tal vez una lavandera a juzgar por los antebrazos y la cofia. Era joven también, Damen se preguntó si se trataba de su esposo o su pariente, un primo, un hermano.
Paschal dijo en voz baja a Damen: —Vuelve a tu capitán.
—Le dejo aquí, entonces —dijo Damen, asintiendo con la cabeza.
La mujer se volvió con los ojos húmedos. Se dio cuenta de que había oído su acento. Él sabía que poseía el característico bronceado de Akielos, especialmente el de las provincias del sur. Eso por sí solo podría no haber sido suficiente para identificarlo como akielense aquí en la frontera, excepto que había hablado.
—¿Qué está haciendo uno de ellos aquí? —dijo ella. Paschal le dijo a Damen:
—Ve. —Fue demasiado tarde.
—Tú hiciste esto. Uno de tu especie. —Ella pasó junto a Paschal, que avanzó un paso.
No fue agradable. Era una mujer fuerte, una mujer en la flor de la vida con una fuerza nacida de transportar agua y tundas de lino. Damen tuvo que esforzarse por mantenerla en su lugar, agarrándola por las muñecas, y una de las mesas de Paschal fue golpeada. Se necesitaron dos hombres para hacerla retroceder. Damen se llevó una mano a la mejilla, donde una de sus uñas le había arañado. Y volvió con una mancha de sangre.
La sacaron. Paschal no dijo nada, pero en silencio comenzó a enderezar los utensilios. Los hombres volvieron después de un rato y sacaron el cuerpo, que yacía en medio de un soporte de madera. Uno de ellos detuvo su avance frente a Damen y solo lo miró fijamente. Entonces el hombre escupió en el suelo, frente a él. Y se fueron.
Damen tenía un sabor algo desagradable en la boca. Recordó con toda claridad el heraldo que había escupido en el suelo delante de su padre, en la tienda durante la guerra en Marlas. Era la misma expresión.
Miró a Paschal. Él conocía a los verecianos. —Nos odian.
—¿Qué esperabas? —replicó Paschal—. Los ataques son constantes. Y hace tan solo seis años que los akielenses sacaron a estos hombres de sus casas, de sus campos. Han visto a amigos, familiares asesinados, niños llevados como esclavos.
—Ellos también nos matan —dijo Damen—. Delpha fue tomada de Akielos en los días del rey Euandros. Era justo que volviera al Estado akielense.
—Como lo ha hecho —dijo Paschal—. Por ahora.
La fría mirada azul de Laurent no revelaba nada acerca de la reunión, ni siquiera el que hubiera durado tanto tiempo: cuatro horas de conversación. Todavía llevaba la chaqueta y las botas de montar. Damen lo contempló expectante.
—Informa.
—No he conseguido hacer un rodeo completo por las murallas, fui detenido en el lado oeste. Pero yo diría que hay entre quince y diecisiete