El miércoles, 11 de mayo, estaban de vuelta en casa. Metieron en cama a Regan, pusieron un cerrojo en las persianas y quitaron todos los espejos de su dormitorio y del baño.
...“intervalos lúcidos cada vez menos frecuentes; además, ahora se produce una pérdida total de la conciencia durante los ataques. Esto, que es nuevo, descartaría, al parecer, la historia genuina. Mientras tanto, uno o dos síntomas en el campo de lo que llamamos fenómenos parapsíquicos han”...
El doctor Klein pasó por la casa para enseñar a Chris y Sharon a administrar a la niña suero ‘Sustagen’ durante los períodos de coma. Insertó la sonda nasogástrica.
—Primero...
Chris se esforzaba en observar y, al mismo tiempo, no ver la cara de su hija; en retener las palabras que decía el médico y olvidar otras que había oído en la clínica. Se filtraban en su alma como la llovizna a través de las ramas de un sauce llorón.
—“Ha dicho usted ‘ninguna religión’, ¿verdad, miss MacNeil? ¿Ninguna educación religiosa en absoluto?”
—“Tal vez sólo ‘Dios’. Usted me entiende, algo muy genérico. ¿Por qué?”.
—“Para empezar, debo decirle que el contenido de muchos de sus desvarios -aparte las incoherencias que farfullaba- ha tenido fundamentos religiosos. ¿Dónde cree usted que los puede haber adquirido?”
—“Deme un ejemplo”.
—“Pues bien, aquí tiene uno: ’Jesús y María, sesenta y nueve”.’ Klein había introducido la sonda en el estómago de Regan.
—Primero deben comprobar si ha entrado líquido en el pulmón -les indicó, pellizcando el tubo para impedir el paso del suero-. Si...
—...“síndrome de un tipo de alteraciones que raramente se observa ya, excepto en las culturas primitivas. Nosotros la llamamos posesión sonambuliforme. Honestamente, no sabemos mucho sobre ella; sólo que empieza con algún conflicto o sentimiento de culpa que evidentemente, conduce al delirio del enfermo, convencido de que se ha posesionado de él una inteligencia extraña, un espíritu, si se quiere. Antes se creía que tal entidad posesora era siempre el demonio. Sin embargo, en casos relativamente modernos, es generalmente el espíritu de algún muerto, a menudo, alguien a quien el enfermo ha conocido o visto y del que puede, inconscientemente, imitar la voz, la forma de hablar y a veces, incluso sus facciones. Ellos”...
Después de que el preocupado doctor Klein abandonara la casa, Chris habló por teléfono con su representante en Beverly Hills y le anunció, con tono desanimado, que no dirigiría la película.
Luego llamó a Mrs. Perrin. Había salido. Chris colgó el teléfono con un creciente sentimiento de desesperación. Alguien. Tendría que conseguir ayuda de...
—...“Los casos más fáciles de tratar son aquellos en que la entidad posesora es el espíritu de algún muerto. Casi nunca se observan paroxismo, hiperactividad o excitación motora. Sin embargo, en el otro importante tipo, o sea, el de posesión sonambuliforme, la nueva personalidad es siempre agresiva, hostil respecto a la primera”.
De hecho su principal objetivo es destruir, torturar y, a veces, incluso matar. Se envió a la casa un juego de correas de sujeción. Chris, pálida y agotada, contempló cómo Karl las aseguraba en la cama de Regan y en sus muñecas. Luego, mientras Chris le movía las almohadas en un intento por centrarlas debajo de la cabeza, el suizo se enderezó y miró compasivamente el demacrado semblante de la niña.
—¿Mejorará? -preguntó. Un dejo de emoción había teñido sus palabras; las pronunció como subrayándolas levemente por la preocupación.
Pero Chris no podía contestarle. Mientras Karl le hablaba, ella había tomado un objeto que se hallaba debajo de la almohada de Regan.
—¿Quién ha puesto aquí este crucifijo? -preguntó.
—“El síndrome es sólo la manifestación de algún conflicto, de alguna culpa, por lo que tratamos de llegar a él, de saber qué es. En tal caso, el mejor procedimiento es la hipnosis. Sin embargo, no pudimos hacerlo con ella. Así, probamos con narcosíntesis -esto es, un tratamiento a base de narcóticos-, pero francamente, me parece que va a ser otro camino sin salida”.
—“Entonces, ¿qué sigue ahora?”
—“Tiempo; me temo que lo único que quede sea esperar. Tendremos que seguir intentando, en espera de que se produzca algún cambio. Entretanto, habrá que internarla para”...
Chris encontró a Sharon en la cocina preparando la máquina de escribir sobre la mesa. Hacía poco la había traído del cuarto de los juguetes, en el sótano. Willie cortaba rebanadas de zanahorias en el fregadero, para hacer un guiso.
—¿Has sido tú la que ha puesto el crucifijo debajo de su almohada, Shar? -preguntó Chris, con gran tensión.
—¿Qué...? -respondió Sharon desconcertada. —¿No has sido tú?
—Chris, no sabes lo que estás diciendo. Mira, ya te lo dije en el avión: lo único que le he dicho a Rags en este sentido es que ‘Dios creó el mundo’, y tal vez algunas cosas sobre...
—Está bien, Sharon, está bien, te creo, pero...
—Yo no lo he puesto -refunfuñó Willie, a la defensiva.
—¡Pues “alguien” lo ha tenido que poner! -estalló Chris; luego se dirigió a Karl, cuando éste entró en la cocina y abrió la nevera-. Mire, le voy a preguntar nuevamente -gritó en un tono que lindaba con la estridencia-: ¿ha sido usted el que ha puesto ese crucifijo debajo de su almohada?
—No, señora -contestó él en el mismo tono. Envolvía cubitos de hielo en una toalla-. No, yo no he puesto ningún crucifijo.
—“¡Pero no ha podido entrar andando! ¡Uno de ustedes miente!” -Su voz atronaba la estancia-. “¡Me van a decir quién lo puso ahí, quién...!” -Bruscamente se hundió en un sillón y empezó a llorar sobre sus temblorosas manos-. ¡Perdón, perdón, no sé lo que digo! -lloró-. ¡Oh, Dios mío, no sé lo que digo!
Willie y Karl observaron en silencio cómo Sharon se acercaba a ella y le acariciaba el cuello con una mano.
—Está bien, está bien...
Chris se secó la cara con la manga.
—Sí, supongo que el que lo haya puesto lo habrá hecho con buena intención.
—“Mire, se lo digo nuevamente, y le aconsejo que me crea: ¡no la voy a meter en ninguna casa de salud!”
—“Es”...
—“¡No me importa cómo lo llame usted! ¡No la voy a tener lejos de mí!” —“Bueno, lo lamento mucho”.
—“Sí, ¡laméntelo! ¡Oh, Dios! ¡Ochenta y ocho médicos y lo único que me pueden decir es...!”
Chris encendió un cigarrillo, lo aplastó nerviosamente en el cenicero y subió a ver a Regan. Abrió la puerta. En la penumbra de la habitación distinguió una figura junto a la cama, sentada en una silla de madera de respaldo recto. Karl. ¿Qué estaba haciendo? -se preguntó. Al acercarse Chris, él no levantó la vista, sino que la mantuvo fija en la cara de la niña. La tocaba con un brazo extendido. ¿Qué tenía en la mano? Cuando Chris llegó junto a la cama, vio lo que era: la toalla con el hielo, que había preparado en la cocina; refrescaba la frente de Regan. Conmovida, se quedó mirando extrañada, y cuando vio que Karl no se movía ni demostraba haber advertido su presencia, dio media vuelta y abandonó la habitación. Fue a la cocina, tomó café cargado y se fumó otro cigarrillo. Luego, siguiendo un impulso, se dirigió al estudio. Quizá... quizá...
—...“una remota posibilidad a lo sumo, ya que la posesión está vagamente relacionada con la histeria por el hecho de que el origen del síndrome es casi siempre la autosugestión. Su hija tiene que haber conocido la posesión, creído en ella y conocido algunos de sus síntomas, de modo que ahora su subconsciente formaría el síndrome.
Si es posible establecer eso, se puede intentar una forma de cura por autosugestión. En estos casos, yo sería partidario del tratamiento por shock, aunque supongo que la mayoría de mis colegas no estarían de acuerdo. Bien, le repito que es una posibilidad remota, y ya que usted se opone a que internemos a su hija, voy”...
—“¡Dígame el nombre, por Dios! ¿Qué es?”
—“¿Ha oído hablar alguna vez de exorcismo, mistress MacNeil?”
Los libros que había en el despacho formaban parte de la decoración, y Chris no los había hojeado nunca. Ahora los examinaba, y buscaba, buscaba...
—...“rituales estilizados, ya pasados de moda, en los cuales rabinos y sacerdotes trataban de alejar el espíritu. Solían dar resultado. El hecho de que la víctima creyera en la posesión contribuía a causar ésta, o, por lo menos, a favorecer la aparición del síndrome. Del mismo modo, la creencia en el poder del exorcismo puede hacer que desaparezca dicho síndrome. Veo que frunce usted el ceño. Quizá debería contarle algo de los aborígenes australianos.
Están convencidos de que morirán si un brujo les manda ‘el rayo de la muerte’ a distancia. Y el hecho es que ¡se mueren! Se acuestan y se mueren ¡lentamente! Lo único que los salva, a veces, es una forma similar de sugestión: ¡un ‘rayo’ neutralizante de otro hechicero!”
—“¿Me está diciendo que la lleve a un hechicero?”
—“No propiamente a un hechicero, sino a un sacerdote. Es un consejo insólito, lo sé, y aun peligroso, a menos que podamos saber a ciencia cierta si Regan conocía algo de posesión, y particularmente de exorcismo, antes de que enfermara. ¿Cree usted que pueda haber leído algo sobre el tema?”
—“No”.
—“¿O que haya visto alguna película de este tipo? ¿Algo por televisión?” —“Tampoco”.
—“¿Que haya leído los Evangelios? ¿El Nuevo Testamento?” —“¿Por qué?”
—“Hay bastantes relatos de posesión en los Evangelios, exorcismos realizados por Cristo. Las descripciones de los síntomas son las mismas que en los casos de posesión actuales. Si usted”...
—“Mire, es inútil. No se moleste, no siga. Lo único que me faltaría es que su padre se enterase de que he consultado a una sarta de”...
La uña del dedo índice de la mano derecha de Chris rasgueaba lentamente las páginas, libro tras libro. Nada. Ninguna Biblia. Ningún Nuevo Testamento. Ningún...
—“¡Un momento!”
Sus ojos se lanzaron precipitadamente sobre un título que se destacaba en el estante de abajo. El libro sobre brujería que le había enviado Mary Jo Perrin. Chris lo sacó, lo abrió y buscó en el índice, mientras hacía correr su dedo...
—“¡Aquí!”
El título de un capítulo latía como palpitaciones del corazón: ’Estados de posesión.’ Cerró el libro y los ojos simultáneamente, mientras se preguntaba: “Tal vez... sólo tal vez”... Abrió los ojos y se dirigió a la cocina. Sharon escribía a máquina. Chris le mostró el libro.
—¿Has leído esto, Shar?
La rubia siguió tecleando, sin levantar la vista. —¿Qué? -respondió.
—Este libro sobre brujería. —No.
—¿Lo has puesto tú en el despacho? —No. Nunca lo he tocado.
—En el mercado.
Chris asintió y quedó pensativa. Luego subió nuevamente al cuarto de Regan. Mostró el libro a Karl.
—¿Ha puesto usted este libro en el despacho, Karl? —No, señora.
—Quizá Willie -murmuró Chris, mirando el libro. La punzaban indicios de conjeturas.
¿Tendrían razón los médicos de la ‘Clínica Barringer’? ¿Sería aquello? ¿Se habría provocado Regan su trastorno por medio de la autosugestión, a través de las páginas de aquel libro? ¿Se citarían allí sus síntomas? ¿Algo parecido a lo que Regan hacía?
Chris se sentó a la mesa, abrió el libro por un capítulo sobre la posesión y empezó a buscar, a investigar, a leer:
‘Directamente derivado de la creencia común en demonios, tenemos el fenómeno conocido como posesión, estado en el cual muchas personas creían que sus funciones mentales y físicas habían sido invadidas y dominadas por un demonio (lo cual era muy frecuente en el período que estamos tratando) o por el espíritu de un muerto. No hay época de la Historia ni parte del Planeta en los que no se hayan referido casos como éstos y en términos semejantes. Sin embargo, aún han de ser explicados en forma adecuada. Desde el estudio definitivo hecho por Traugott Oesterreich, publicado en 1921, muy poco se ha agregado a lo ya conocido, pese a los avances de la Psiquiatría.’
¿No estaban totalmente explicados? Chris frunció el ceño. Ella tenía una impresión distinta de la de los médicos.
‘Sólo se sabe que distintas personas, en distintos momentos, sufrieron transformaciones tan profundas, que quienes las rodeaban creían estar tratando con otras personas. No sólo se alteran la voz, las facciones y movimientos característicos, sino que el sujeto se considera incluso totalmente distinto de la persona original, con un nombre -sea humano o diabólico y una historia propios.’
Los síntomas. ¿Dónde estaban los síntomas?, se preguntaba Chris, impaciente.
‘En el Archipiélago Malayo, donde aún es frecuente la posesión, el espíritu de algún muerto hace a menudo que el poseso imite, de una manera tan real, ademanes, voz y modos, que los familiares del muerto estallan en sollozos. Aparte la llamada ‘casiposesión’ -o sea, los casos que son, esencialmente, fraude, paranoia e histeria-, el problema lo ha constituido la interpretación de los fenómenos. La interpretación más antigua es la espiritista, impresión que parece tener fundamento para afirmarse en el hecho de que la personalidad intrusa llega a adquirir talentos que le eran desconocidos a la primera. En la forma diabólica de la posesión, por ejemplo, el _’demonio_’ puede hablar en idiomas que no conocía la personalidad original, o...’
Siguió leyendo rápidamente:
‘...o manifestar varios fenómenos parapsíquicos, por ejemplo, telecinesia, o sea, el mover objetos a distancia sin aplicación de fuerza material.’
¿Y los golpes? ¿Y la cama que subía y bajaba?
‘...En los casos de posesión por personas muertas se dan manifestaciones, tales como la que explica Oesterreich relativa a un monje que, estando poseído, se convirtió de pronto en un brillante bailarín, siendo así que antes de la posesión nunca había sabido dar ni un paso de baile. Estas manifestaciones son tan impresionantes a veces, que el psiquíatra Jung, luego de estudiar detenidamente un caso, pudo dar sólo una explicación parcial de aquello de lo que estaba seguro que _‘no era fraude_’.’
Inquietante. Lo que seguía era inquietante.
‘...y William James, el más grande psicólogo que haya producido América, recurrió a proponer la _’credibilidad de la in- terpretación espiritista del fenómeno_’, luego de estudiar profundamente el caso de la llamada _’Maravilla de Watseka_’, una adolescente de Watseka (Illinois), que llegó a ser indistinguible de la personalidad de una niña llamada Mary Roff, fallecida en un asilo estatal, doce años antes de la posesión...’
Ceño fruncido, Chris no oyó que sonaba el timbre de la puerta de entrada; no oyó que Sharon dejaba de teclear y se levantaba para abrir.
‘Generalmente se acepta que la forma diabólica de la posesión tuvo sus orígenes en la primera época de la cristiandad, aunque, de hecho, tanto la posesión como el exorcismo son anteriores a la venida de Cristo.
Los antiguos egipcios, lo mismo que las primeras civilizaciones del Tigris y el Eufrates, creían que los trastornos físicos y mentales eran causados por demonios que se introducían en el cuerpo. He aquí, por ejemplo, la fórmula del exorcismo contra las enfermedades de los niños en el antiguo Egipto:
_‘Vete, tú que vienes de la oscuridad, que tienes la nariz torcida y la cara contrahecha. ¿Has venido a besar a este niño? No te lo permitiré ’...’
—¿Chris?
Ella siguió leyendo absorta. —Shar, estoy ocupada.
—Hay un detective de Homicidios que quiere verte. —¡Oh, Dios, Shar, dile que...!
Se interrumpió.
—¡No, no, espera! -Chris frunció el ceño y siguió con la vista clavada en el libro-. No, dile que entre.
Ruido de pasos. Ruido de espera.
“¿Qué espero?”, se preguntó Chris. Sintió aquella expectativa que le resultaba familiar y, al mismo tiempo, indefinida como un sueño vívido que nunca puede uno recordar exactamente al despertar.
Entró acompañado de Sharon, con el arrugado sombrero en la mano, la respiración jadeante, deferente.
—Perdóneme. ¿Está usted ocupada? ¿Molesto? —¿Qué tal va el mundo?
—Muy, muy mal. ¿Cómo está su hija? —Sin novedad.
—Lo lamento mucho, sinceramente. -Era una figura tosca, que transpiraba preocupación por los párpados, detenida junto a la mesa-. Ni por asomo se me ocurriría molestar a su hija. Sabe Dios que cuando mi Ruthie estaba en cama con... no, no; fue Sheila, la más pequeñita...
—Siéntese, por favor -lo interrumpió Chris.
—Gracias -dijo mientras se sentaba en una silla al otro lado de la mesa, frente a Sharon, que volvía a mecanografiar cartas.
—Perdón, ¿qué me estaba diciendo? -preguntó Chris al detective.
—Bueno, mi hija... ¡oh, no importa! -Hizo un ademán como para alejar el pensamiento. Está usted ocupada. Si le cuento la historia de mi vida, podría hacer una película con ella. ¡En serio! ¡Es increíble! Si sólo supiera la “mitad” de las cosas que solían ocurrir en mi original familia, como mi... bueno, usted está... ¡pero le voy a contar “una”! Mi madre nos ponía salmón todos los viernes. Pero la semana entera, toda la semana, nadie se podía bañar, porque mi madre tenía el pez metido en la bañera, nadando de arriba abajo; mi madre decía que así se le iba el “veneno” que encerraba. ¿Le basta con esto? Porque... No, con esto es suficiente por ahora. -Suspiró, cansado, haciendo un gesto con la mano, como si desechara el pensamiento-. Pero es bueno sonreír de vez en cuando, aunque sea sólo para no echarnos a llorar.
Chris lo observaba inexpresiva, esperando...
—¡Ah, veo que está leyendo! -Miró el libro sobre brujería-. ¿Es para una película? -quiso saber.
—No, lo leo por gusto. —¿Es bueno?
—Hace un momento que lo empecé.
—Brujería -murmuró, con la cabeza inclinada, leyendo el título en los folios.
—Bueno, ¿qué pasa? -le preguntó Chris.
—¡Ah, sí, perdone! Veo que está ocupada. Termino en seguida. Como ya le he dicho, no la molestaría si no fuera porque...
—¿Por qué?
De repente se puso serio y, apoyando los codos en la mesa, entrelazó sus manos.
—El caso de míster Dennings, mistress MacNeil... —Sí...
—¡Maldita sea! -exclamó Sharon irritada, sacando de un tirón una carta de la máquina. Hizo una bola con la hoja y la arrojó a la papelera que estaba cerca de Kinderman-. Perdón -se disculpó al ver que su exclamación los había interrumpido.
Chris y Kinderman la miraron.
—¿Es usted la señorita Fenster? -le preguntó Kinderman.
—Spencer -dijo Sharon, empujando su silla hacia atrás para levantarse y recuperar la carta.
—No importa, no importa -dijo Kinderman mientras se agachaba para coger del suelo la bola de papel.
—Gracias -dijo Sharon.
—De nada. Perdone, ¿es usted la secretaria? —Sharon, el señor...
—Kinderman -le recordó el detective-. William Kinderman. —Sí. La señorita Sharon Spencer.
—Es un placer -dijo Kinderman a la rubia, que había cruzado los brazos sobre la máquina de escribir, para examinarlo detenidamente-. Tal vez me pueda ayudar -agregó-. La noche de la muerte de míster Dennings, usted fue