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ómo es posible que no lo viéramos? Es fácil echar la culpa de nuestra caída al carismático Kil’jaeden, al débil Ner’zhul o al ambicioso Gul’dan. Convencieron a todos los orcos de que lo frío era caliente y lo dulce, salado e, incluso cuando todas las señales nos decían que lo que estábamos haciendo estaba mal, seguimos adelante. Yo no estaba allí, no puedo decir por qué lo hicimos. Tal vez, yo también hubiera obedecido como un perro apaleado.

Tal vez.

O tal vez, como mi padre y otros hicieron, hubiera empezado a ver los errores. Me gustaría pensar así.

Puño Negro lo miró por debajo de sus espesas cejas, frunciendo el ceño. Parecía estar siempre enfadado, quizás era porque siempre lo estaba.

—Yo no sé nada de esto, Gul’dan —dijo con voz grave. Dirigió su enorme mano hacia la empuñadura de su espada y comenzó a tocarla con un gesto preocupado.

Quince días antes, cuando Gul’dan le había pedido a Puño Negro que se reunieran, que trajese con él a su más prometedor chamán y que no dijera a nadie lo que iban a hacer, éste había aceptado sin vacilación. A Puño Negro siempre le había gustado más Gul’dan que Ner’zhul, aunque no sabría explicar por qué. Cuando Gul’dan se sentó con él frente a una suculenta comida y le explicó la situación actual, Puño Negro estaba muy contento de haber acudido. Ahora sabía por qué le gustaba más Gul’dan, el antiguo aprendiz, ahora maestro, porque era igual que Puño Negro. No era amigo de los ideales, sino de las cosas prácticas. Y el poder, la buena comida, las armaduras de lujo y el derramamiento de sangre eran cosas que ambos orcos anhelaban por igual.

Puño Negro era el líder del clan Roca Negra. Ya no podía ascender más. Por lo menos… hasta ese momento. Cuando los clanes eran independientes, la mayor de las glorias era comandar a uno de éstos. Pero ahora… ahora estaban trabajando juntos. Ahora Puño Negro era capaz de ver la codicia de Gul’dan como un destello en sus ojos. Podía oler su hambre de poder flotando en el aire, un hambre que ambos compartían.

sacarse con la uña un trozo que se le había quedado entre los dientes—. Posee una gran sabiduría. Pero… se ha decidido que a partir de este momento lo mejor para todos es que yo lidere a los orcos.

Puño Negro sonrió salvajemente. Ner’zhul no estaba en ningún lugar a la vista.

—Y un líder sabio se rodea de aliados en los que pueda confiar —continuó Gul’dan—. Aquéllos que son obedientes y poderosos. Que cumplen con sus obligaciones. Y que, por su confianza, se les tendrá en gran estima y se les recompensará con creces.

Puño Negro se empezó a sentir molesto al oír la palabra —obedientes— pero se tranquilizó cuando Gul’dan mencionó —gran estima— y —recompensará con creces— miró a los ocho chamanes que había traído consigo. Estaban sentados, todos juntos, alrededor de una segunda hoguera a unos metros de distancia de ellos. Los sirvientes de Gul’dan los atendían amablemente. Se veían desdichados e infelices, y estaban convenientemente apartados de su conversación.

Puño Negro dijo:

—Pediste que trajera a los chamanes. Es de suponer, entonces, que sabes qué les está pasando. Gul’dan suspiró y cogió una pierna de talbuk. Le dio un buen mordisco; los jugos de la carne caían por sus mejillas. Se limpió la mandíbula, masticó, tragó y luego respondió.

—Sí, lo he oído. Los elementos ya no están bajo sus órdenes. Puño Negro lo miraba atentamente.

—Algunos de ellos empiezan a murmurar que es porque lo que estamos haciendo está mal. —¿Tú lo crees así?

Puño Negro encogió sus enormes hombros.

—No sé qué pensar. Todo esto es nuevo. Los ancestros dicen una cosa, pero los elementos no acuden a nosotros.

Empezaba a sospechar sobre los ancestros también, pero se mordió la lengua. Puño Negro sabía que muchos pensaban que era un idiota; él prefería dejarles creer que no era más que un brazo fuerte y una espada poderosa. Eso le otorgaba claras ventajas.

Gul’dan lo empezó a examinar, y Puño Negro se preguntó si el nuevo líder espiritual de los orcos había descubierto que él era más de lo que el ojo podía adivinar.

—Somos una raza orgullosa —dijo Gul’dan—. Algunas veces es doloroso admitir que no lo sabemos todo. Kil’jaeden y los seres que dirige… ah, Puño Negro, ¡los misterios que ellos albergan! El poder que ostentan, ¡poder que están dispuestos a compartir con nosotros!

Los ojos de Gul’dan chispeaban ahora con entusiasmo. El corazón de Puño Negro se aceleró. Gul’dan se inclinó y continuó hablando de tales maravillas en voz baja.

—Éramos como niños ignorantes antes de que ellos llegaran. Incluso tú… incluso. Pero nos quieren enseñar. Quieren compartir con nosotros parte de su poder. Un poder que no depende del capricho de los espíritus del aire, la tierra, el fuego y el agua. —Gul’dan hizo un gesto arrogante—. Un poder así es débil. No es de confianza.

La cara de Puño Negro se endureció. Había sido testigo de eso mismo, una situación que se había llevado toda la fuerza de sus guerreros y le había arrebatado la victoria cuando los chamanes empezaron a gritar despavoridos que los elementos ya no estaban trabajando a su lado.

—Soy todo oídos —gruñó en voz baja.

—Imagina de lo que serías capaz si lideraras a un grupo de chamanes capaces de controlar la fuente de sus poderes, en lugar de mendigar y suplicar por ellos —continuó Gul’dan—. Imagina que estos chamanes tuvieran siervos que pudieran luchar a vuestro lado. Siervos que, por ejemplo, hicieran huir aterrorizados a vuestros enemigos. Chupar su magia y dejarlos secos como los mosquitos chupan nuestra sangre en verano. Distraer su atención de la batalla.

Puño Negro levantó una de sus espesas cejas.

—Puedo vislumbrar el éxito en esas condiciones. Éxito casi todo el tiempo. Gul’dan asintió, sonriendo.

—Exacto.

—Pero, ¿cómo sabes que eso es verdad y no una falsa promesa susurrada en tus oídos? La sonrisa de Gul’dan se ensanchó.

—Porque, amigo mío… yo mismo lo he experimentado. Y seré yo el que enseñe a tus chamanes todo lo que he aprendido.

—Impresionante —dijo Puño Negro con voz ronca.

—Pero eso no es todo lo que puedo ofrecerte. Los guerreros… conozco una forma para hacerte a ti y a todos los que luchen a tu lado mucho más poderos, fieros y mortales. Todo esto puede ser nuestro si lo pedimos.

—¿Nuestro?

—No puedo seguir malgastando mi tiempo hablando con cada uno de los líderes y cada uno de los clanes cada vez que tengan una queja —dijo Gul’dan, mientras movía la mano impetuosamente—. Por un lado, están aquéllos que están de acuerdo con lo que tú y yo pensamos que es lo mejor y, por otro, los que no.

—Continúa —dijo Puño Negro.

Pero Gul’dan no lo hizo, al menos no de inmediato. Se quedó en silencio, reuniendo sus pensamientos. Puño Negro agarró un palo y atizó el fuego. Era consciente de que la mayoría de los orcos, incluso los de su propio clan, pensaban que era impulsivo e impetuoso, pero él conocía el valor de la paciencia.

—Puedo ver dos grupos de líderes de los orcos. Uno, un simple consejo de gobierno que tome las decisiones por todos, con un líder electo, sus asuntos abiertos y a la vista de todo el mundo. Y un segundo grupo… la sombra de este primero. Escondido. Secreto. Poderoso —le explicó Gul’dan en voz baja—. Éste… este Consejo de la Sombra estará compuesto por los orcos que compartan nuestra visión y aquéllos que estén dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para compartirla.

Puño Negro asintió con la cabeza.

—Sí… sí, lo secundo. Un liderazgo público… y uno privado.

La boca de Gul’dan se estrechó lentamente en una sonrisa. Puño Negro lo miró por un momento, entonces le preguntó.

—A los dos, amigo mío —respondió Gul’dan sin problemas—. Eres un líder nato. Tienes carisma, fuerza, e incluso tus enemigos saben que eres un maestro de la estrategia. Será realmente fácil conseguir que seas elegido como líder de los orcos.

Los ojos de Puño Negro brillaban.

—No soy ninguna marioneta —gruñó en voz baja.

—Por supuesto que no —dijo Gul’dan—. Es por eso que he dicho que pertenecerás a los dos. Serás el líder de esta nueva clase de orcos, esta… esta Horda, si así lo quieres. Y formarás parte del Consejo de la Sombra también. No podemos trabajar juntos si no confiamos el uno en el otro, ¿no es así?

Puño Negro miró a los centelleantes e inteligentes ojos de Gul’dan y sonrió. No confiaba en el chamán lo más mínimo y sentía que Gul’dan sospechaba lo mismo de él. Pero no importaba. Ambos querían poder. Puño Negro sabía que no poseía los talentos y las habilidades necesarias para manejar el tipo de poder que Gul’dan codiciaba. Y Gul’dan no deseaba el tipo de poder que Puño Negro anhelaba. No eran competidores, sino aliados; lo que beneficiaría a uno, beneficiaría al otro, y no al contrario.

Puño Negro pensó en su familia, en su pareja, Urkal, en sus dos hijos, Rend y Maim, y en su hija, Griselda. Por supuesto que no los adoraba de la misma forma que el débil Durotan adoraba a su compañera, Draka, pero se preocupaba por ellos. Le gustaría ver a su compañera engalanada con joyas y cómo sus hijos eran venerados por ser de la estirpe de los Puño Negro.

Por el rabillo del ojo captó un movimiento. Se giró y vio a Ner’zhul, una vez poderoso, ahora descartado, escabulléndose por la puerta de la tienda.

—¿Y qué pasa con él? —preguntó Puño Negro. Gul’dan se encogió de hombros.

—¿Qué pasa con él? Ahora, él no significa nada. El Más Bello desea mantenerlo con vida de momento. Parece tener algo… especial en mente para Ner’zhul. Seguirá siendo una marioneta, pues los orcos todavía sienten una gran devoción por Ner’zhul. Pero no te preocupes, no es una amenaza para nosotros.

—Los chamanes de Roca Negra… ¿dices que los entrenarás en estas nuevas artes mágicas? ¿Las mismas que tú mismo has estudiado? ¿Qué serán invencibles?

—Los entrenaré yo mismo y, si se adaptan bien a estas nuevas artes, los situaré en los primeros lugares entre mis nuevos brujos.

Brujería. Así que éste era el nuevo nombre para este tipo de magia. Suena de una forma interesante. Brujería. Y los brujos del clan Roca Negra serían los primeros escogidos.

—Puño Negro, líder del clan Roca Negra, ¿qué respondes ante mi propuesta? Puño Negro se giró lentamente hacia Gul’dan.

—Pues que le doy la bienvenida a la Horda y al Consejo de la Sombra.

mensajes a aquéllos en los que más confiaba y había recibido la confirmación de que los elementos también habían abandonado a sus chamanes. Una respuesta particularmente dolorosa llegó desde el clan Mascahuesos. Toda su partida de guerra había caído contra los draenei; su completa aniquilación fue un misterio hasta que, unos días más tarde, un chamán que se quedó en el campamento intentó curar a un niño enfermo.

Estaban allí, los líderes de clan y sus chamanes para reunirse con Ner’zhul y pedirle una explicación.

—Conozco la razón por la que estáis aquí hoy —dijo. Durotan frunció el ceño. Ner’zhul estaba tan lejos que parecía una simple mancha, sin embargo podía oírlo perfectamente. Durotan sabía que normalmente Ner’zhul conseguía ese efecto pidiéndole al viento que trasmitiese sus palabras para que todo el mundo pudiera oírlas, pero ¿cómo era eso posible? Intercambió miradas de sorpresa con Draka, pero ambos permanecieron en silencio.

—Es cierto que los elementos ya no responden a las llamadas de ayuda de los chamanes. — Ner’zhul continuó hablando, pero sus palabras fueron ahogadas por los gritos de cólera. Miró hacia abajo un momento y Durotan lo miró con más detenimiento. El líder espiritual de los orcos parecía más frágil y más oprimido de lo que nunca le había parecido. Por supuesto, pensó Durotan.

Unos momentos después, el griterío se calmó. Los orcos allí reunidos estaban enfadados, pero estaban allí en busca de respuestas, no para dar rienda suelta a su rabia.

—Muchos de vosotros, al descubrir lo que está pasando, habéis llegado a la conclusión de que lo que estamos haciendo está mal. Pero eso no es así. Lo que estamos haciendo es alcanzar poderes de la talla de los que nunca hemos visto. Mi aprendiz, Gul’dan, ha estudiado esos poderes y ahora responderá a todas las preguntas que tengáis.

Ner’zhul se volvió e, inclinándose pesadamente sobre su vara, se hizo a un lado. Gul’dan hizo una profunda reverencia a su maestro. Ner’zhul parecía no percibirlo; se quedó allí de pie, con los ojos cerrados, viejo y frágil.

Por el contrario, Durotan nunca había visto a Gul’dan en tan buena forma. Parecía estar envuelto por una nueva energía, mostrando una mayor confianza, que se reflejaba tanto en su apariencia como en su voz.

—Lo que estoy a punto de deciros puede que sea difícil de aceptar, pero tengo la confianza de que mi gente no se cerrará en banda ante nuevas vías para mejorarnos a nosotros mismos —dijo. Su voz era clara y potente—. De la misma forma que fuimos sorprendidos y turbados ante la existencia de otros seres tan poderosos como los ancestros y los elementos, hemos descubierto que hay otras formas de aprovechar la magia que cooperando con los elementos. Un poder que no se basa en pedir, mendigar o suplicar por él… un poder que viene a nosotros porque somos fuertes y exigimos que venga. Para controlarlo cuando sea necesario. Para obligarlo a obedecernos, a respetar nuestra voluntad, en lugar de al revés.

Gul’dan hizo una pausa para dejar que esta idea calase entre los orcos allí reunidos. Durotan miró a Drek’Thar.

—¿Es eso posible? —le preguntó a su amigo.

Drek’Thar se encogió de hombros. Parecía completamente sorprendido por las palabras de Gul’dan.

—No tengo ni idea —dijo—. Pero, después de la última batalla, ya te lo dije… Durotan, ¡los chamanes han hecho lo que nos dijeron los ancestros! ¿Cómo podrían los elementos abandonarnos en estas circunstancias? ¿Y cómo podrían los ancestros permitir tal cosa?

Su voz se volvía más agria a media que hablaba. Seguía estando indignado y sorprendido. Entonces, Durotan entendió que el chamán se sentía como un guerrero que, confiando por completo en su hacha, veía cómo ésta se desvanecía entre sus manos. Un hacha que le había regalado su amigo de más confianza, un hacha que le habían pedido utilizar por una buena causa.

—¡Sí! Sí, veo que podéis entender el valor de aquello que yo… que el Más Bello nos ofrece como ayuda —dijo Gul’dan, asintiendo con la cabeza—. He estudiado a esta gran entidad, al igual que estos pocos y nobles chamanes.

Dio un paso hacia atrás y varios chamanes, vestidos con las más bellas armaduras de cuero que Durotan jamás había visto, avanzaron.

—Todos son orcos del clan Roca Negra —murmuró Draka, mientras juntaba sus cejas. Durotan también se había dado cuenta de esto.

—Lo que han aprendido —continuó Gul’dan— será transmitido a todo aquel chamán que desee ser instruido. Eso, os lo puedo jurar. Seguidme ahora a los campos donde hemos celebrado los festivales Kosh’harg durante más años de los que podamos recordar. Os demostrarán sus formidables habilidades.

Por alguna razón que no podía comprender, Durotan se sintió mal; al ver cómo empalidecía, Draka le apretó el brazo tratando de tranquilizarlo.

—Mi compañero, ¿qué pasa? —le preguntó en voz baja mientras, junto con el resto de orcos allí reunidos, se desplazaban hacia las tierras del festival Kosh’harg.

Sacudió la cabeza.

—No lo sé —dijo en el mismo tono de voz—. Es sólo que… siento que algo terrible está a punto de suceder.

Draka gruñó.

—Yo llevo sintiendo lo mismo desde hace ya bastante tiempo.

Durotan hizo un esfuerzo para mantener una expresión neutral en su rostro. Era el responsable del bienestar de su gente, y su relación con Ner’zhul y ahora con Gul’dan era bastante precaria. Durotan era consciente de que, si ambos chamanes quisieran desacreditarlo a él o a su clan, lo tendrían ahora más fácil de lo que había sido en el pasado. El exilio o el aislamiento dentro de la unión en la que hoy se encontraban los orcos supondría para su clan la extinción. A Durotan no le gustaba la dirección que estaban tomando las cosas, pero no podría protestar mucho. No se preocupaba por sí mismo, sin embargo no podía ver sufrir a su clan.

Y, sin embargo, le hervía la sangre, su corazón palpitaba y su cuerpo se estremecía con aprensión. Pronunció una oración rápida a los ancestros para que continuaran guiando a su gente con sabiduría.

Llegaron hasta el llano valle del río que durante generaciones había sido el escenario del festival Kosh’harg. Cuando sus pies tocaron el suelo sagrado, Durotan sintió cómo su cuerpo se relajaba. Recordaba momentos del pasado y sonrió mientras los repasaba en su cabeza. Recordó esa noche

profética, cuando Orgrim y él decidieron ir en contra de la tradición y se atrevieron a espiar las conversaciones de los adultos, y lo desilusionados que se sintieron al descubrir lo normales que eran. Siendo más sensato ahora como era, estaba seguro de que Orgrim y él, que se sintieron tan osados entonces por hacer lo que estaban haciendo, no habrían sido los primeros y seguro que tampoco serían los últimos.

Recordó, también, la primera vez que vio a la mujer que se convertiría en su compañera para toda la vida cazando en estos exuberantes campos, bailando alrededor del fuego mientras el sonido de los tambores retumbaba en su pecho y aullando a la luna. Pensó que, durante todo el tiempo que su gente había disfrutado de esto, todo había ido bien entre ellos. Un poco alentado, miró al lugar donde se solía celebrar el baile. Una tienda pequeña había sido erigida allí y se preguntó cuál iba a ser su función.

Draka y él se detuvieron a pocos metros de la tienda, entendiendo que formaría parte de la demostración. Los otros siguieron su ejemplo. El sol brillaba intensamente mientras más y más orcos se reunían allí. Durotan vio que la mayoría de los que habían ido allí ese día eran jefes de clan o chamanes, por lo que no había tanta gente como solía haber durante las fechas del festival.

Gul’dan esperó hasta que todo el mundo se hubiera congregado allí antes de andar con