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Capítulo XXXVIII: “Un vasito de ron”

[...] Ninguna sociedad es perfecta. Todas implican por naturaleza una impureza incompatible con las normas que proclaman y que se traduce concretamente por cierta dosis de injusticia, de insensibilidad, de crueldad. ¿Có- mo evaluar esta dosis? La investigación etnográfica lo consigue. Pues si es cierto que la comparación de un pe-

queño número de sociedades las hace aparecer muy dis- tintas entre sí, esas diferencias se atenúan cuando el campo de investigación se amplía. Se descubre entonces que ninguna sociedad es profundamente buena; pero ninguna es absolutamente mala; todas ofrecen ciertas ventajas a sus miembros, teniendo en cuenta un residuo de iniquidad cuya importancia aparece más o menos constante y que quizás corresponde a una inercia especí- fica que se opone, en el plano de la vida social, a los es- fuerzos de organización.

Esta frase sorprenderá al amante de los relatos de viajes que se emociona frente al recuerdo de las costumbres “bár- baras” de tal o cual población. Sin embargo, esas reac- ciones a flor de piel no resisten a una apreciación correcta de los hechos y su reubicación en una perspectiva am- pliada. Tomemos el caso de la antropofagia, que de todas las prácticas salvajes es la que nos inspira más horror y de- sagrado. Se deberá, en primer lugar, disociar las formas propiamente alimentarias, es decir, aquellas donde el ape- tito de carne humana se explica por la carencia de otro ali- mento animal como ocurría en ciertas islas polinesias. Ninguna sociedad está moralmente protegida de tales crisis de hambre; el hambre puede llevar a los hombres a comer cualquier cosa: el ejemplo reciente de los campos de exterminación lo prueba.

Quedan entonces las formas de antropofagia que se pueden llamar positivas, las que dependen de causas mís- ticas, mágicas o religiosas. Por ejemplo, la ingestión de una partícula del cuerpo de un ascendiente o de un fragmento de un cadáver enemigo para permitir la incorporación de sus virtudes o la neutralización de su poder. Al margen de que tales ritos se cumplen por lo general de manera muy discreta –con pequeñas cantidades de materia orgánica pulverizada o mezclada con otros alimentos–, se recono- cerá, aun cuando revistan formas más francas, que la con- denación moral de tales costumbres implica una creencia en la resurrección corporal –que será comprometida por la destrucción material del cadáver– o la afirmación de un lago entre el alma y el cuerpo con su correspondiente dua- lismo. Se trata de convicciones que son de la misma natu- raleza que aquéllas en nombre de las cuales se practica la consumación ritual, y que no tenemos razones para pre- ferir. Tanto más cuanto que el desapego por la memoria del difunto, que podemos reprochar al canibalismo, no es ciertamente mayor –bien al contrario– que el que nosotros toleramos en los anfiteatros de disección.

Pero sobretodo, debemos persuadirnos de que si un observador de una sociedad diferente considerara ciertos

Capítulo 2. La construcción del otro por la diversidad

usos que nos son propios, se le aparecerían con la misma naturaleza que esa antropofagia que nos parece extraña a la noción de civilización. Pienso en nuestras costumbres ju- diciales y penitenciarias. Estudiándolas desde afuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven en la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aún de aprovecharlas, y las que, como la nuestra, adoptan lo que se podría llamar an-

tropoemía (del griego emein, “vomitar”). Ubicadas ante el

mismo problema ha elegido la solución inversa que con- siste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo so- cial manteniéndolos temporaria o definitivamente ais- lados, sin contacto con la humanidad, en establecimientos destinados a ese uso. Esta costumbre inspiraría profundo horror a la mayor parte de las sociedades que llamamos primitivas; nos verían con la misma barbarie que nosotros estaríamos tentados de imputarles en razón de sus costum- bres simétricas.

Sociedades que nos parecen feroces desde ciertos pun- tos de vista pueden ser humanas y benevolentes cuando se la encara desde otros aspecto. Consideremos a los in- dios de las llanuras de América del Norte, que aquí son doblemente significativos, pues han practicado ciertas formas moderadas de antropofagia y que además ofrecen uno de esos pocos ejemplos de pueblos primitivos do- tados de policía organizada. Esta policía (que también era un cuerpo de justicia) jamás hubiera concebido que el

castigo del culpable debiera traducirse por una ruptura de los lazos sociales. Si un indígena contravenía las leyes de la tribu, era castigado mediante la destrucción de todos sus bienes –carpa y caballos-. Pero al mismo tiempo, la policía contraía una deuda con respecto a él; tenía que organizar la reparación colectiva del daño del cual, por su castigo, el culpable había sido víctima. Esta reparación hacía de este último deudor del grupo, al cual él debía demostrar su reconocimiento por medio de re- galos que la colectividad íntegra –y la policía misma– le ayudaban a reunir, lo cual invertía nuevamente en rela- ciones; y así sucesivamente hasta que, al término de una serie de regalos y contrarregalos, el desorden anterior fuera progresivamente amortiguado y el orden inicial restablecido. No sólo esos usos son más humanos que los nuestros, sino que son más coherentes, aun si se for- mulan los problemas en términos de nuestra moderna psicología: en una buena lógica la “infantilización” del culpable, que la noción de castigo implica, exige que se le reconozca un derecho correlativo de gratificación, sin la cual el primer trámite pierde su eficacia, si es que no trae resultados inversos a los que se esperaban. Nuestro modo de actuar es el colmo de lo absurdo: tratamos al culpable simultáneamente como a un niño, para autorizarnos su castigo, y como a un adulto, para negarle consuelo; y creemos haber cumplido un gran progreso espiritual porque, en vez de consumir a algunos de nuestros seme- jantes, preferimos mutilarlos física y moralmente.

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