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EL CARÁCTER DE SÓCRATES

In document Zeller - Socrates y Los Sofistas (página 96-100)

J. LAS OPINIONES DE LOS SOFISTAS SOBRE LA VIRTUD Y EL DERECHO, EL ESTADO Y LA RELIGIÓN LA RETÓRICA SOFÍSTICA

2. EL CARÁCTER DE SÓCRATES

La Antigüedad habla con la máxima adoración del carácter de Sócrates. Desde luego, esa adoración no era unánime en esa edad, aun prescindiendo de los prejuicios que provocaron su condenación, y que subsistieron aún mucho después de su muerte. Algunos parti­ darios de Epicuro descargan también en él su manía denígratoria, y una voz de la escuela peripatética sabe referir de él toda suerte de datos que lo perjudican: de muchacho había sido desobediente y obstinado contra su padre, de joven había llevado una vida desor­ denada, de adulto se había distinguido por su incultura, imperti­ nencia, bruscos estallidos de cólera y excesiva afición a las mujeres. Sin embargo, esas afirmaciones, en la forma en que están, resultan tan inverosímiles, y su testigo principal tan poco digno de crédito que ni siquiera podemos deducir de ellas con seguridad que sólo tras largas luchas con un natural apasionado llegara Sócrates a ser lo que fué. Nuestros informantes mejor documentados solamente lo conocen como el hombre perfecto cuyo carácter contemplan con veneración, como héroe de la moralidad y del sentimiento de hu­ manidad. “Nadie — dice Jenofonte— vió u oyó jamás de Sócrates

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algo impío” ; “era tan piadoso que nada hacía sin el consejo de los dioses, tan justo que jamás lastimó a nadie en lo más mínimo, tan dueño de sí mismo que nunca eligió lo agradable en vez de lo bueno, tan inteligente que nunca se equivocó en la decisión sobre lo mejor y peor”, en una palabra: era "el hombre mejor y más feliz que pueda haber”. Su relato nos presenta al filósofo como modelo de fortalecimiento, sobriedad y dominio de si mismo, cpmo hombre lleno de piedad y amor a la patria, como carácter de indoblegable fidelidad a sus convicciones, como inteligente y seguro consejero de sus amigos, y tanto en lo material como en lo espiritual como compañero amable y delicado que asociaba graciosamente la alegría con la seriedad; pero, sobre todo, como incansable plasmador de hom­ bres que aprovechaba toda oportunidad para conducir al conoci­ miento de sí mismos y a la virtud a todos aquellos con quienes se podía encontrar, y particularmente tratándose de la juventud para apartarla de la jactancia y de la ligereza. Con este retrato coincide también el que nos da Platón. También ¿1 califica a Sócrates de hombre el mejor, más inteligente y más culto de su época; tampoco él encuentra palabras bastantes para ponderar su sencillez, su mode­ ración, su dominio sobre las necesidades y apetitos sensibles; también en él aparece inspirada por la más profunda religiosidad toda su actuación; dedica toda su vida al servicio del dios y muere como mártir por haber obedecido a la voz divina. El contenido de ese servicio a dios es el mismo que en Jenofonte: la más amplia acción moral sobre los demás, especialmente sobre la juventud. Además, también en su exposición aparece la seria figura del filósofo total­ mente iluminada de auténtica amabilidad hacia los semejantes, de delicadeza ática, ingeniosa alegría y gracioso humorismo; también él informa, como aquél, de las virtudes cívicas c intrepidez política de su maestro, completando además esc relato con la excelente des­ cripción del filósofo como guerrero. Todo rasgo que de él se refiere, nos ofrece la imagen de una grandeza moral que resulta tanto más digna de admiración cuanto más espontánea es, cuanto menos hay en ella de artificial y prestado, cuanto más lejos está de todo afán de reflejarse a sí mismo y de toda exhibición de sus excelencias.

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Propia también de esta naturalidad de la virtud socrática es la circunstancia de que ostente enteramente el sello peculiar de la moralidad griega. Sócrates no es ese incoloro ideal de virtud a que quiso rebajarlo un racionalismo insulso, sino cien por cien griego y ateniense, hombre de la más íntima entraña de su nación, personaje de carne y huesos que no puede tomarse como horma moral general para todas las épocas. Asimismo, su famosa moderación no tiene nada de ascético. Sócrates era aficionado a la compañía alegre, si bien evitaba las reuniones bulliciosas, y aunque no buscaba el placer sensible, si se presentaba ocasión, no sólo no huía de él, sino tam­ poco de su exceso: los pequeños vasos del Banquete de Jenofonte no se piden para no excitarse, sino solamente para no llegar a eso demasiado aprisa, y Platón ensalza a Sócrates porque la misma ha­ bilidad tiene para beber mucho que para beber poco y que aven­ taja a todos en el beber, pero sin emborracharse nunca; es más aún, al final del Banquete nos presenta al filósofo después de haberse pasado toda la noche bebiendo y de haber vencido a todos los com­ pañeros en el beber, dedicándose a la mañana siguiente a su tarca cotidiana como si nada hubiera sucedido. Por consiguiente, la mode­ ración no es en este caso abstinencia sistemática del goce, sino sola­ mente libertad del espíritu que no lo necesita, y de no perder el tino entregándose a él. En otro aspecto se admira también la austeridad de Sócrates; pero numerosos pasajes de las Memorables de Jenofonte demuestran cuán lejos se hallaba de la severidad de principios de nuestra moral. En efecto, también el trato de Sócrates con la ju­ ventud ostenta el carácter de la pederastía propio de su pueblo, y aun cuando en este punto se halla también categóricamente por encima de todas las sospechas, y por más irónicamente que él trate su supuesto enamoramiento, no puede negarse que en sus relaciones con los bellos adolescentes hay un elemento patológico sensual por lo menos como punto de partida y una base inocente de inclinación espiritual: aunque censure muy enérgicamente los feos excesos de la costumbre griega, en Jenofonte y Esquines, lo mismo que en Pla­ tón, las relaciones con sus amigos más jóvenes se presentan sobre todo en forma de "eros”, de inclinación apasionada que se funda

Su carácter 103 en el deleite estético. También en sus concepciones éticas y políticas reconocemos el modo de ser peculiar de los griegos, y ya veremos que su teología no se halla libre de las trabas de la fe popular; pero cuán profundamente grabados en su carácter estaban esos rasgos, no solamente se desprende de la obediencia que durante toda su vida prestó a las leyes de la república, y de la sincera veneración que profesaba hacia la religión oficial, sino que la prueba más categó­ rica la constituye su fin, pues para no infringir las leyes renunció al modo ordinario de la defensa y luego se negó a huir de^ la cárcel, y lo que de Leónidas dice el epitafio de Simónides, podría decirse también de él: que murió por haber obedecido las leyes.

Pero por profundas que sean las raíces de Sócrates en el espíritu nacional griego, sorprende, por otra parte, encontrar en él tantos elementos no griegos y casi modernos: aquel elemento exótico, que lo hacía aparecer a los ojos de sus contemporáneos como hombre absolutamente original que no podía compararse con ningún otro, y esc otro nuevo, que no se había visto nunca y que ellos, desespe­ rando de encontrar para él una expresión suficiente sólo sabían cali­ ficarlo de suma extravagancia. Esa extravagancia, ese modo de ser incomprensible para el griego, consiste concretamente, según la acer­ tada indicación de Platón, en una contradicción entre el aspecto exterior y el contenido interior, que se halla en notable contrasté con aquella plástica compenetración de ambos que constituye el ideal clásico. En Sócrates encontramos, por una parte, una indife­ rencia hacia lo exterior, que originariamente era ajena al modo de ser griego, y, por otra, un ahondamiento hasta entonces descono­ cido hacia su propio interior. Vista desde el primer aspecto, su persona tiene un rasgo prosaico, más aún: minucioso, y si vale la expresión: filisteo, rasgo que choca asombrosamente con la pletórica belleza y la forma artísticamente configurada de la vida griega; des­ de el segundo aspecto ofrécese como revelación de una vida superior que al manar del interior no queda totalmente absorbida en la acti­ vidad espiritual consciente, y al propio Sócrates se le presenta como algo demoníaco. Las noticias que Jenofonte y Platón nos dan de estos rasgos peculiares de su maestro son coincidentes. Vista ya de modo

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