El grupo de Ralph Adolphs, del Instituto de Tecnología de California en Pasadena, obtuvo resultados parecidos en 2005. Su paciente S. M. sufría una lesión bilateral del núcleo amigdali- no; a esta mujer, que tenía entonces 38 años, le costaba mucho, como a S. P., reconocer el miedo de los demás. ¿De dónde sacamos que las otras personas sienten miedo?
Los análisis de los movimientos de la mira- da revelan que los sujetos sanos se fijan casi exclusivamente en los ojos desorbitados que, casi por arte de magia, atrapan la mirada del observador. Lo contrario de lo que le sucedía a ESPECTRO DE ESTÍMULOS
La serie fotográfica de la iz- quierda muestra un semblante de prueba, cuya expresión se modifica solo en la mitad in- ferior; los ojos y la nariz no se mueven. A la derecha, se ofrece la secuencia contraria, en la que solo se mueve la mitad superior de la cara.
El miedo se
reconoce
en la mitad
superior de la
cara, mientras
que sin boca
apenas puede
vislumbrarse
la alegría
0 % 33 % 66 % 100 % 0 % 33 % 66 % 100 % CO RT ES IA D E HAR ALD C . TR A U ES. M. Ella parecía evitar en todo momento los ojos desorbitados de la persona atemorizada: su mirada bailaba vagamente y sin objetivo por el centro del rostro examinado.
En un segundo experimento, Adolphs y sus colaboradores enseñaron a la probando a con- templar en particular los ojos del retrato pre- sentado. Hubo éxito, pues gracias a este ejercicio S. M. empezó a reconocer las caras de miedo. Ante tales resultados los investigadores llega- ron a la conclusión siguiente: en lugar de operar como filtro pasivo de las emociones, la amígdala intacta actúa dando instrucciones al sentido de la visión para que examine determinadas ca- racterísticas.
¿Basta con mirar a los ojos para reconocer las emociones de los demás? Para responder a esta cuestión, Holger Hoffmann y Henrik Kessler, de la sección de psicología médica en la Clínica Universitaria de Ulm, dividieron las caras de la prueba en una mitad superior con ojos y nariz y en otra inferior con boca y mejillas. Con ello, las emociones solo se podían manifestar arriba o abajo, mientras que la otra mitad del rostro permanecía invariable.
Esta división facial repercutió en el reconoci- miento de los estímulos emocionales. En general, los 57 probandos reconocían mejor las emocio- nes a partir de la mitad inferior de la cara. El nú- mero de aciertos alcanzaba, en ese caso, el 63% y solo llegaba al 49 % si, en lugar de la boca y de las mejillas, la emoción se expresaba a través de los ojos y de la nariz. Esa cifra se incrementó hasta el 83% cuando se permitía contemplar la expresión emocional de todo el semblante.
El reconocimiento de las diferentes emocio- nes variaba notablemente. El miedo, como era de esperar, se percibió de forma casi exclusiva en la mitad superior de la cara. Los ojos también contribuyeron a la percepción de la sorpresa. Sin embargo, con la alegría sucedía lo contrario: sin boca apenas podía detectarse. El semblante
triste o asqueado se desprende también de la mitad inferior del semblante.
Los movimientos de la mirada de los volunta- rios, que registramos con un sistema de rastreo ocular, confirmaron la distinta ponderación en el reconocimiento de las emociones. Ante una cara de miedo, los probandos miraban a los ojos; ante un semblante alegre, a la boca; para la tris- teza contemplaban todo el juego de la mímica. Los tiempos de exposición de nuestro estudio, bastante cortos, confirman la rápida percepción de las emociones. Para un análisis correcto de la vida emocional de los demás necesitamos infor- marnos de toda la cara; de lo contrario, la detec- ción de las emociones puede irse a pique.
Algunas personas muestran una facultad ex- traordinaria para situarse en la mente y en el sentimiento de los demás; sin embargo, el talen- to de otras para ello es menor. Este don existe, con independencia de la capacidad objetiva para leer las emociones escritas en la cara, capacidad que se reparte también de manera desigual en- tre las personas. Los defectos de esta facultad merman de forma considerable la vida social de los afectados.
En conjunto, el procesamiento de las expre- siones emocionales del semblante depende de que los sentimientos se contemplen durante breve tiempo o se dejen a su curso natural. Una exposición próxima a la realidad, como la del vídeo, permite al cerebro analizar los estímu- los de toda la expresión. Si una parte de la cara permanece inmóvil, el reconocimiento de las emociones puede resultar imposible. Al parecer, nuestro cerebro precisa de la dinámica facial del interlocutor para dirigir su atención hacia aquellas regiones con cuya ayuda leemos los sentimientos de los demás como si fueran un libro abierto.
Harald C. Traue dirige la sección de psicología médica en
la Clínica Universitaria de Ulm.
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA
FACIALLY EXPRESSED EMO- TION LABELING (FEEL): PC-GE STÜTZTER TEST ZUR EMOTIONS ERKENNUNG. H. Kessler et al. en Ver-
haltenstherapie & Verhal- tensmedizin, vol. 23, n.o 3,
págs. 297-306, 2002. PERCEPTION OF DYNAMIC FACIAL EXPRESSIONS OF EMOTION. H. Hoffmann et al. en Perception and Inte-
ractive Technologies, págs.
175-178. Springer, Berlín, Heidelberg, 2006. COMPORTAMIENTO DE LA MIRADA
Mediante rastreo ocular, los investigadores descu- brieron que los probandos, ante una cara de miedo, miraban sobre todo a los ojos (fotografía de la
izquierda). Ante un semblante alegre, la mirada se
dirigía a la boca (centro), mientras que, para percibir la tristeza, había que contemplar toda la mímica del interlocutor (derecha). CO RT ES IA D E HAR ALD C . TR A U E
I
maginémonos perdidos en el desierto de Al- mería. De pronto nos encontramos con una serpiente. ¿Cuál es nuestra reacción? El pánico nos invade; el corazón empieza a latir veloz y de forma descontrolada. Nos ponemos en pleno estado de alarma, la respiración se hace cada vez más agitada, sudamos, temblamos e inten- tamos correr a la desesperada. Sin embargo, estamos atenazados por el pavor.El miedo y el temor son algunas de las po- cas emociones básicas que compartimos con muchos animales. Su constitución está gené- ticamente estructurada de tal suerte que des- pliega mecanismos de alarma o de protección en caso de peligro inminente o, incluso, ante la mera posibilidad de una agresión exterior. La consecuencia suele ser o la huida ante el peli- gro o el intento de evitarlo y de combatir sus causas. La franja emocional va desde el miedo ante amenazas concretas (en el caso extremo, el miedo a la muerte), pasando por el miedo a ser abandonado —por ejemplo, en los bebés y niños pequeños— hasta fenómenos como el miedo vital, existencial y cósmico.
Según algunas encuestas, a lo que más teme el ser humano es a las grandes alturas o a los animales peligrosos, en particular a los ofidios. Digno de mención es también el miedo a las le- siones corporales y enfermedades, a los lugares públicos abiertos, al tráfico y a los espacios an- gostos. Es asimismo muy común el miedo infan- til a la oscuridad, aunque esta última sensación suele decrecer con la edad.
El miedo reduce la alegría que acompaña a la indagación o al descubrimiento de algo nuevo,
reprime el instinto lúdico y frena la iniciativa y la creatividad. En el polo opuesto se encuentran personas que sienten gusto jugando con el mie- do —por supuesto, bajo control— en una gama que se extiende desde el placer ante los relatos de aventuras y las galerías de los horrores hasta las películas de terror.