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Las características constitutivas de un país en proceso de construcción.

El conflicto observado: distintas miradas desde la Argentina.

1- Las características constitutivas de un país en proceso de construcción.

Hacia mediados del siglo XIX, los países de Europa noroccidental y los Estados Unidos habían logrado desarrollar y consolidar sus industrias, expandiendo las economías nacionales a un ritmo creciente y acelerado. En el imaginario social de la época, la idea de

progreso se encontraba estrechamente vinculada a la producción industrial, los negocios, la ciencia y las innovaciones tecnológicas.

Incentivados por este crecimiento extraordinario, e impulsados por la necesidad de buscar materias primas complementarias con sus industrias, y nuevos mercados para sus productos y capitales, estos países iniciaron un camino de conquista y dominación, llegando hasta las regiones más alejadas del planeta. De esta manera, comenzó un periodo al que el historiador Eric Hobsbawm denominó imperialismo colonial129, proceso durante el cual la conquista de colonias y esferas de influencias se transformó no sólo en una necesidad económica, sino también en un símbolo de grandeza nacional y en un instrumento geopolítico.

En este contexto, la expansión del comercio mundial y la disponibilidad e internalización del flujo de capitales financieros, abrieron en América latina nuevas oportunidades de inversión y diversificación de la actividad productiva. Sin embargo, la difusión del patrón de acumulación capitalista en la región implicó, al mismo tiempo, un condicionamiento respecto de la evolución de los nuevos Estados nacionales, al establecer una serie de limitaciones en su desarrollo autónomo, no sólo a nivel económico, sino también político, social y cultural130.

De este modo, se consolidó en nuestro país el llamado modelo primario exportador, caracterizado por una economía orientada hacia la producción y exportación de materias primas y la inversión de capitales extranjeros, dirigidos principalmente a la construcción de obras de infraestructura que asegurasen la provisión propia de bienes primarios. Modelo cuyo éxito fue garantizado a través del manejo y control exclusivo del Estado por parte de las oligarquías nacionales; élite social que concentraba en sus manos la mayor parte de los medios de producción -principalmente la tierra-, transformándose,

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Eric Hobsbawm, La era del imperio (1875-1914), Barcelona, Labor, 1990.

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en gran parte de los casos, en socios menores del capital extranjero, con respecto a la explotación de los recursos131.

Durante este periodo, el Estado argentino se encontraba en una compleja etapa de desenvolvimiento, el llamado proceso de construcción de la Argentina Moderna, cuyas políticas y estrategias fueron delineadas por los sectores oligárquicos nacionales132 que, vinculados a los intereses agroexportadores, imprimieron a este periodo un carácter de crecimiento extravertido, articulando el país al Viejo Continente en múltiples aspectos.

Imbuidos del espíritu positivista que desde 1870 en adelante predominó en el campo ideológico e intelectual nacional, estos sectores concibieron a la Argentina como

los Estados Unidos del Sur o el Paris sudamericano, irradiando una fe profunda hacia la idea del progreso indefinido, idea que encontraba su fundamento en el auge económico y tecnológico que atravesaba la sociedad133. Esta postura se vinculaba estrechamente al perfil que la dirigencia ochentista pretendían imprimir a nuestro país, desvinculándola de antiguas tradiciones y patrones culturales cuyo fundamento remitía a épocas lejanas, que se remontaban a la dominación colonial a la que fue sometido nuestro territorio.

Como señala el historiador Oscar Oszlak134, durante este periodo se conjugaron tres tendencias que otorgarían un definido perfil al Estado y la sociedad argentina. En primera instancia, se terminó de gestar un pacto de dominación en el terreno político, que permitió a los sectores oligárquicos controlar los resortes de poder y la transferencia del

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Cfr. Ángel Cerra, “La formación de los Estados nacionales latinoamericanos”, En: Laura Alori, Gustavo Álvarez y otros: El estado y los actores sociales en la historia argentina. Desde sus orígenes al presente. Buenos Aires, Biblos, 2005, pp. 61-82.

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Siguiendo a Natalio Botana, consideramos que el concepto de oligarquía se refiere a la existencia de un pequeño grupo de actores, quienes ostentan una posición privilegiada en la escala de estratificación social, y logran apropiarse de los resortes fundamentales del poder. Cfr. Natalio Botana, El orden conservador, Buenos Aires, Hyspamérica, 1977, pp. 71 – 75. Sobre el concepto de oligarquía y sus diferentes usos y acepciones resulta muy útil consular de Waldo Ansaldi “¿Clase social o categoría política?. Una propuesta para conceptualizar el término oligarquía en América Latina.”, en: Anales, Instituto Iberoamericano del Universidad de Gotemburgo, N° 7-8, 2004-2005, pp. 157-170. En el citado trabajo su autor destaca el carácter polisémico del concepto, definiéndolo como una categoría política, no una clase social, que designa una forma de ejercicio de la dominación, caracterizada por su concentración y angosta base social, es decir, por la exclusión de la mayoría de la sociedad de los mecanismos de decisión política.

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Cfr. Hugo Biagini, Cómo fue la Generación del ´80, Buenos Aires, Plus Ultra, 1880.

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mismo. Con el objetivo de asegurar la continuidad del orden establecido, este sector social activó los resortes de poder necesarios para limitar la participación política, reservándose para sí, de manera exclusiva, la posibilidad de ejercer plenos derechos.

La limitación del voto respondió a este propósito, puesto que fue considerado el medio de control social fundamental para su perpetuación en el poder. Con la finalidad de prevenir los peligros que significaba para la clase dirigente la concesión del sufragio universal, nuestra Constitución instituyó el carácter indirecto de la elección presidencial, así como un voto con características tales que permitía el fraude y la adulteración de los resultados electorales. La modernización del sistema político se produjo, entonces, con mayor celeridad en el sector de las decisiones políticas que en el de los mecanismos de socialización, reclutamiento e incorporación de los distintos sectores sociales, que continuaron manteniendo sus características anteriores135. Como consecuencia de las restricciones establecidas sobre el conjunto de la sociedad y las prácticas políticas fraudulentas, este periodo fue denominado régimen oligárquico o conservador.

De esta manera, mientras que la economía, la sociedad y el propio Estado, fueron atravesado importantes transformaciones tendientes a la modernización, el grupo dirigente no logró encontrar una fórmula adecuada que le permitiera incorporar y socializar adecuadamente al enorme contingente de población que se sumaba a las estructuras ya existentes136.

En segundo lugar, en el ámbito económico, se afianzó el modelo agroexportador o

de crecimiento hacia afuera, imprimiendo características particulares a la producción, circulación y acumulación de bienes y capitales. La Argentina logró su plena introducción en el mercado mundial en la segunda mitad del siglo XIX, con una economía cuya

135

Cfr. Ezequiel Gallo y Roberto Cortés Conde, La República Conservadora, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 188.

136

Cfr. Ángel Cerra y Marisa D´Aquino, “El régimen conservador: exclusión oligárquica y reformas políticas”, en: Laura Alori, Gustavo Álvarez y otros, op. cit., pp. 95-115.

modalidad destacada era la especialización extrema, convirtiéndose en exportadora de materias primas y alimentos.

En este contexto económico, la Argentina tuvo a Inglaterra como economía complementaria. La apertura de los mercados internos ingleses a los productos agropecuarios extranjeros, transformaron a este país en un fuerte polo de atracción para nuestra economía, con predominancia por momentos casi exclusiva, hecho que contó con la connivencia y conveniencia de la élite dirigente, vinculada directamente con los intereses terratenientes137. Nuestro país complementó su economía con Inglaterra a través de la agroexportación y por medio de las inversiones de capitales, que con el tiempo provendrían también de los Estados Unidos.

En tercer lugar, la Argentina se trasformó en polo receptor de la inmigración

europea, hecho que provocó un gran impacto demográfico y cultural en la sociedad. Durante este período, el proceso de inmigración masiva en nuestro país fue el resultado de un esfuerzo consciente por parte de la élite dirigente, cuyo objetivo se relacionaba con la necesidad de poblar los nuevos territorios incorporados al Estado, modificar la composición de la población y transformar los métodos de producción para modernizar la economía.

El proyecto modernizador en Argentina, al igual que en otros países de Latinoamérica, fue impulsado por las ideas predominantes en las grandes naciones industriales de la época: el librecambio económico. De este modo, la decisión de nuestros gobernantes fue la de asegurar el ingreso al país de capitales y brazos procedentes de Europa occidental, permitiendo tanto la construcción de ferrocarriles, como el desarrollo de la producción agropecuaria138.

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Para ampliar este tema puede consultarse a Fernando Rocchi, “El péndulo de la riqueza: la economía argentina en el periodo 1880-1916”, en: Mirta Lobato (dir.), Nueva historia argentina. El progreso, la modernización y sus límites (1880-1916), Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2000. Tomo V, pp. 15-71.

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La inmigración no sólo proporcionó la mano de obra necesaria para trabajar la tierra, posibilitando que Argentina se transforme en uno de los principales países exportadores del continente para fines del siglo XIX, sino que también permitió el aumentó de la población y contribuyó decisivamente en la capacidad de reproducción demográfica del país. Sin embargo, el ingreso de un enorme contingente de inmigrantes fue un fenómeno mucho más complejo en cuanto a los cambios que imprimió en la sociedad, debido a que se entremezclo con un proceso inconcluso de formación y gestación de la nación139.

En este contexto, señala Lilia Ana Bertoni140 que el peso de los extranjeros, en relación a una sociedad receptora relativamente pequeña, y a su organización estatal reciente y débil, resultó un condicionante decisivo en la construcción de la nacionalidad. A medida que los europeos llegaban al puerto y se insertaban en la sociedad local, ésta iba cambiando su trama y composición.

Hacia fines del siglo, cuando la influencia de la inmigración masiva141 empezaba a hacerse más evidente para todos, la clase dirigente inició un debate que reflejaba sus preocupaciones sobre esta problemática. La definición de una identidad argentina que había quedado sumergida en la heterogeneidad, así como el dilema de la nacionalización de los inmigrantes, atrajeron la atención, en diferentes momentos, de políticos e

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Los estudios sobre los procesos migratorios en Argentina se iniciaron en la década del ´50 a partir de los trabajos de Gino Germani, quien propuso un modelo de análisis basado en el paradigma “progresista” que ejerció una fuerte influencia en las investigaciones desarrolladas entre 1950 y 1990. En los últimos años la perspectiva de análisis se ha enriquecido con nuevas propuestas, que consideran necesario enfocar los estudios en cuestiones tales como las mentalidades e ideologías de los grupos inmigratorios, las representaciones simbólicas del otro en receptores e inmigrantes, las estrategias colectivas de inmigración, entre otros. Cfr. Edgardo Vior, “Inmigrante”, en: Hugo Biagini y Arturo Roig (dirs.), Diccionario del pensamiento alternativo, Buenos Aires, Biblos, 2008, pp. 293-295. También puede consultarse sobre este tema: Gino Germani, Política y sociedad en una época de transición, Buenos Aires, Paidós, 1962; Lilia Ana Bertoni, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX, México, F.C.E., 2001; Teodoro Blanco, “Los proyectos de nación y el impacto de la inmigración europea”, en: Laura Alori, Gustavo Álvarez y otros, op. cit., pp. 83-94; Sergio Caggiano, Lo que no entra en el crisol, Buenos Aires, Prometeo, 2005.

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Cfr. Lilia Ana Bertoni, Op. cit., pp. 11-12.

141

Señala Lilia Ana Bertoni que en los primeros años de la década del ´80 el número de inmigrantes que arribaban al país era de cincuenta mil por año, pero desde 1895 la cifra creció sostenidamente, alcanzando a los trescientos mil por año en 1889. Cfr. Ibidem, pp. 18-19.

intelectuales en torno a una polémica que se prolongaría hasta las primeras décadas del novecientos.