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3. MARCO TEÓRICO

3.3 ADOLESCENCIA

3.3.1 CARACTERÍSTICAS DE LA ETAPA

La definición de la etapa de la juventud, o de la adolescencia, no está exenta de controversia debido a las numerosas perspectivas teóricas desde las cuales se define esta etapa del desarrollo humano. Esto ocurre no sólo en el ámbito de la psicología, desde la cual se ha definido la juventud desde distintas corrientes, sino también desde distintas disciplinas y perspectivas. De esta manera, para definir la juventud es necesario hacerlo desde una postura teórica del desarrollo humano, utilizándose en el caso de esta investigación, la teoría psicológica constructivista.

La juventud ha sido definida desde distintos énfasis, y tal como lo señala M. Sandoval (en "Jóvenes del siglo XXI: Sujetos y actores en una sociedad en cambio") existen perspectivas socio-demográficas, perspectivas que definen a la juventud desde un proceso transicional para alcanzar la “madurez”, mientras que otras, enfatizan la juventud desde el concepto generacional. Tanto este autor como otros (Duarte citado en "Jóvenes del siglo XXI: Sujetos y actores en una sociedad en cambio") señalan diversas críticas a estas posturas, siendo una de sus críticas principales aquella que está dirigida hacia la óptica que denominan "adultocéntrica" y desde la cual se estaría observando comúnmente a la juventud. De esta manera, estos autores señalan que existe una especie de “normatividad social” desde la cual se consideran y se interpretan las acciones juveniles, siendo lo “ideal”

o “lo esperado” el llegar a la etapa adulta, lo cual incluye la inserción laboral del joven y la constitución de una familia (en el sentido tradicional de ésta).

Desde las posturas tradicionales de la juventud, se han utilizados tres elementos básicos para definir esta etapa de desarrollo: educación, trabajo y familia (Sandoval en "Jóvenes del siglo XXI"). En algunos casos, la utilización de estos tres elementos puede resultar conflictiva, en especial en aquellos jóvenes de sectores populares. Tal como señala Sandoval, la juventud denominada “normal”, implica que los jóvenes estén estudiando y que dependan, afectiva y económicamente, de sus familias. Esto en el caso de los jóvenes “pobres”, muchas veces no ocurre. En relación al elemento Trabajo, éste también suele ser conflictivo en el caso de los jóvenes, ya que su inserción al mundo laboral está marcada por los “pololos”, los que son trabajos esporádicos que impiden la inserción laboral efectiva de los jóvenes y por lo tanto, su paso a la adultez.

De acuerdo a M. Sandoval (en "Jóvenes del siglo XXI: Sujetos y actores en una sociedad en cambio"), la juventud como una categoría etárea surge desde la perspectiva socio- demográfica, desde la que se ha definido a los jóvenes como aquellos sujetos que tienen entre 15 y 24 años de edad (definición acuñada por la Organización de las Naciones Unidas). Si bien esta definición de la juventud ignora diversos aspectos psicológicos y sociales de los jóvenes, permite delimitar desde una variable dura (edad) a aquellos sujetos que se consideran “jóvenes”. Para el caso de esta investigación, se utilizará esta perspectiva socio-demográfica como referente para delimitar el colectivo con el cual se trabajará. Sin embargo, también se considerará la definición de la juventud desde la teoría constructivista, buscando así una integración entre ambas perspectivas. Todo, con el propósito de obtener una visión comprensiva de esta etapa del desarrollo humano.

Resulta relevante señalar que el enfoque constructivista es una perspectiva epistemológica que plantea que los seres humanos construyen activamente su realidad (Mahoney, 1991; Niemeyer, 1993 en Lidon, 1998 citados en De la Harpe, 2005). De esta manera, tal como señala Sepúlveda (1997 citado en De la Harpe, 2005) y Mahoney (1997 citado en Martín, 2000) la persona está en constantes interacciones con el medio, lo cual implica constantes

reestructuraciones de su organización personal, para así dar orden y sentido a las propias experiencias. La perspectiva constructivista del desarrollo humano señala que en el proceso de desarrollo se configuran estructuras psicológicas que cambian a lo largo del tiempo y que dan lugar a estadios estructurales, existiendo un desplazamiento de los estadios más bajos hacia los más altos (Sepúlveda, 1997 citado en De la Harpe, 2005), que resulta producto de los activos y continuos intentos del propio sistema por conseguir un balance dinámico ante perturbaciones también dinámicas (Martín, 2000).

Uno de los principales exponentes de la teoría constructivista del desarrollo humano es Robert Kegan (1982 citado en De la Harpe, 2005). La teoría de este autor “constituye una teoría explicativa de la naturaleza evolutiva de los procesos cognitivos y afectivos respecto a la interacción progresiva y cambiante entre organismo y ambiente” (De la Harpe, 2005, p. 18). De esta manera el desarrollo humano, es entendido como un proceso en espiral de diversas etapas o balances, recalcando así que la sucesión de éstos está en interrelación con la etapa o balance anterior y que por ello, estadios anteriores pueden mantenerse, interactuar entre sí y estar disponibles para el individuo. Tal como señala De la Harpe (2005), a medida que el desarrollo del individuo va teniendo lugar, cada balance es perturbado, y a esto le sigue una fase transicional que culmina en un nuevo estadio. Este movimiento evolutivo incluye tanto procesos emocionales como cognitivos, los que están dados por el tipo de relación sujeto-objeto existente en cada uno de los estadios de desarrollo (aspecto que está asociado al grado de diferenciación e integración que exista entre sujeto y objeto).

Para Kegan (1982 citado en De la Harpe, 2005) cada estadio o balance sería la solución temporal a la tensión permanente entre el deseo de inclusión (conexión con otros) y de distinción (diferenciación o separación respecto de otros), los que serían orientaciones básicas de la experiencia humana. De esta manera, desde la teoría del desarrollo humano que propone este autor, la adolescencia ha sido definida como la Etapa 3, esto es, de “Balance Interpersonal”. De acuerdo al análisis de De la Harpe (2005), en esta etapa el sí mismo reconoce que tiene necesidades y las ubica en el centro de su atención, pero además logra coordinar estas necesidades con las necesidades de los otros, construyendo así una

relación sujeto-objeto de carácter interpersonal. “El adolescente se convierte en un coordinador interpersonal e intrapsíquico entre necesidades y perspectivas, orientado a la construcción de relaciones recíprocas, de obligaciones compartidas y de expectativas mutuas, reconociendo las reglas y normas como facilitadoras de la igualdad social y de la interacción” (De la Harpe, 2005, p. 24). Así, este nuevo sentido moral le permite reemplazar la autoridad externa como regulador de la propia conducta (Strand, 1997 citado en Martín, 2000) y evaluar su comportamiento principalmente desde la óptica de lo relacional.

Por otra parte, el adolescente también desarrolla la reflexión autorreferencial lo cual da lugar a la experiencia de subjetividad y a la posibilidad de hablar acerca de sus propios sentimientos o estados internos. En relación al estado afectivo del joven, Kegan (1982 citado en De la Harpe, 2005) señala que en la emoción del joven siempre existe un otro involucrado (imaginado o real), lo que sin embargo no conduce necesariamente a la intimidad con el otro, ya que el sí mismo es dependiente del contexto, y por ello requiere del otro para su propio origen. Asimismo, el surgimiento y término de los sentimientos del joven dependen de la mutualidad o de lo recíproco. Lo anterior explica que esta etapa se caracterice por la búsqueda de integración o de conexión con otros.

Este autor propone además que durante este estadio, habría una tendencia a experimentar cierta ambivalencia con respecto a lo emocional, no aludiendo con ello a inestabilidades o desbordes afectivos, sino que más bien apuntaría al hecho que los jóvenes tenderían a atender sólo un lado del sentimiento en cada momento, sin considerar ambos lados de éste de modo simultáneo (como sí ocurriría en el próximo balance).

De acuerdo con Zegers (1988 citado en Berger, 2002) en esta etapa se aprecia en el joven la necesidad por optar ante situaciones, roles y contextos particulares, lo que a su vez interactúa con la conformación de una identidad personal. Si bien tal hecho no es exclusivo de esta etapa, pudiendo observarse durante todo el ciclo vital, aparece como relevante en la medida que esta interacción se intensifica durante la adolescencia. Esto ya que, según este autor, la definición identitaria se experimentaría como eje de la vivencia cotidiana,

sumándose a esto la conformación del proyecto vital. En ese sentido, la opción por un rol u otro está ligada a cómo el individuo se define a sí mismo (Berger, Milic, Alcalay y Torretti, 2001 citado en Berger, 2002). De aquello se desprende que la identidad y la generación de un proyecto vital sean aspectos sobre los cuales se organice el desarrollo del adolescente (Berger, 2002).

Según De la Harpe (2005), la fase transicional de esta etapa hacia la siguiente se caracteriza por la creciente necesidad de autonomía e independencia, mermando en importancia al grupo de pares. El joven acepta la independencia del otro, asumiendo también la responsabilidad por las propias iniciativas y elecciones. Por otra parte, también se genera un conflicto entre las expectativas externas acerca del sí mismo y una orientación emergente en que la persona se define a sí misma de manera independiente a dichas expectativas.

A partir de este enfoque puede plantearse entonces, que el desarrollo personal es una constante construcción por parte del individuo. Por ello, la adolescencia como etapa del ciclo vital, no sólo supondría un desarrollo a nivel biológico y psicosocial, sino que a su vez implicaría la necesidad por parte del individuo, de conceptuar y cohesionar este desarrollo. De acuerdo con Berger (2002) tal proceso involucra la propia experiencia, la significación personal que se haya hecho de ésta y la reflexión que permita dar sentido a tales vivencias en un todo que resulte coherente para el sujeto.

Desde la teoría de Kegan no se estipulan referentes rigurosos en relación a la variable edad, con lo cual no se establecen períodos etáreos claros en los que se ubican cada una de las etapas. Desde esta óptica, De la Harpe (20005) realiza una investigación en nuestro país, en la que se asocian ciertas edades a cada una de las etapas o estadios de la teoría de Kegan. Los resultados de esta investigación señalan que existe concordancia entre los aspectos señalados por Kegan en la Etapa Interpersonal (Estadio 3 de desarrollo, correspondiente a la adolescencia) y el grupo de personas de 16 años. El grupo de personas de 20 años que fueron evaluados en esta investigación, se encontraban en fase de transición hacia la siguiente Etapa (Balance Institucional), la cuál tácitamente se relaciona con la adultez.

A partir de los datos arrojados por esta investigación, y considerando también la perspectiva socio-demográfica de la juventud, se ha realizado una integración que permita definir esta etapa de manera comprensiva pero también considerando como referente la edad. Así, para efectos de esta memoria se ha definido al grupo de adolescentes como aquellas mujeres entre 15 y 19 años de edad. Estas mujeres, en base a los datos expuestos anteriormente, se ubicarían en el Estadio de desarrollo Interpersonal de la teoría de Robert Kegan, así como también se ubicarían dentro de los rangos de edad de la juventud definidos desde la perspectiva socio-demográfica. Si bien desde esta perspectiva se define a la juventud hasta los 24 años de edad, el corte que se realiza en la edad de 19 años se sustenta en los resultados arrojados por la investigación de De la Harpe (2005), mencionada anteriormente.

Desde la descripción anterior de la etapa de la adolescencia es posible plantear que, en el caso de las madres adolescentes, el propio proceso de desarrollo pueda verse complejizado. Esto, producto del nuevo rol de madres al que se ven enfrentadas y los posibles cambios emocionales, sociales, físicos y psicológicos que aquello conllevaría.