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I. Introducción

I.2. a Características de los plutones de la parte central de la península

El Complejo Batolítico Peninsular (CBP) se ha dividido en regiones de acuerdo con criterios petrológicos (Gastil, 1983) y geoquímicos (Silver et al., 1979). De acuerdo con su mineralogía, elementos traza, edad y otros indicadores isotópicos, geoquímicos y físicos, los intrusivos pueden agruparse en una Zona Oriental (plutones tipo La Posta) y en una Zona Occidental (Kimbrough et al., 2001; Tulloch y Kimbrough, 2003; Symons et al., 2003). Las principales características geológicas se resumen en la Tabla I y la región entre ambas zonas está representada por la línea magnetita-ilmenita definida por Gastil et al. (1990), representada por una zona de traslape en la Fig. 1. La intención de la Tabla I es mostrar el conocimiento geológico, geoquímico y geofísico que se tiene de la región de estudio, haciendo patente al mismo tiempo la pertinencia de este trabajo de tesis al observarse que no existen trabajos de la naturaleza de éste.

Algunos de los plutones más característicos o mejor conocidos se muestran en la Fig. 1; en ambas zonas los plutones son cretácicos.

21 En un análisis sobre la cronología de los plutones de la margen occidental de Norteamérica y, con base en propuestas tectónicas anteriores, Ortega-Rivera (2003) sugirió la existencia de un arco continuo caracterizado por una fase volcánico-intrusiva que migró de W a E desde el Jurásico-Cretácico hasta el Paleoceno.

Como ya se mencionó, la paleoposición del arco Jurásico que aflora en la península Vizcaíno (Fig. 2) con respecto a la del arco Cretácico del macizo peninsular aun no es clara (Barnes, 1984; Symons et al., 2003). La reconstrucción de la margen californiana cretácica permite suponer la continuidad inicial del complejo de los batolitos cordilleranos del occidente de Estados Unidos con los de Baja California y Sonora (Silver y Mattison, 1986; Silver y Chapell, 1988; Nicholson et al., 1994). Con respecto a las secuencias de arco pre-Cretácico, se han identificado asociaciones máfico-ultramáficas de tipo ofiolítico en la margen occidental de Norteamérica que se interpretan como fragmentos de cuencas marginales y de arcos de islas acrecionados tectónicamente en los bordes del cratón (Rangin, 1978). Acerca de estas ofiolitas, típicamente cordilleranas, se ha propuesto además, que son fragmentos autóctonos o parautóctonos de litósfera de antearco (Kimbrough y Moore, 2003).

Los estudios efectuados en los granitoides de la península de Baja California y Sonora indican variaciones petrológicas. En general, se manifiestan como cinturones composicionales que de occidente a oriente, pueden incluir desde rocas de composición gabróica a granítica en Baja California, mientras que en Sonora pueden llegar a ser alcalinas (Gastil, 1983). Se ha documentado que los batolitos tienden a mostrar zonación casi concéntrica, observándose que los núcleos en los cuerpos de la región occidental

22 (ricos en magnetita) son máficos, mientras que los de la región oriental (ricos en ilmenita) son félsicos (Gastil et al., 1975). Trabajos de detalle en plutones con núcleos gabróicos y dioríticos (Delgado-Argote et al., 1995) muestran que las rocas más máficas son las más antiguas; las más jóvenes son principalmente monzoníticas, están en la periferia, y se infiere que las últimas, durante su emplazamiento, levantaron y separaron mecánicamente a los plutones máficos.

Algunos de los trabajos más recientes relacionados con los complejos plutónicos cretácicos de Baja California se han enfocado al estudio de la paleoposición y edad (Böhnel y Delgado-Argote, 2000; Böhnel et al., 2002; Symons et al., 2003; Ortega-Rivera, 2003), y a la geocronología y rasgos estructurales (Delgado-Argote et al., 1995; Johnson et al., 1999a y b). Dos trabajos que muestran la distribución y forma compleja de los plutones, así como el análisis de su fracturamiento para resolver su posición se deben a Böhnel et al. (2002) y a Delgado-Argote et al. (2004). En estos dos últimos trabajos se indica que una de las características que facilita el estudio de muchos de los plutones en gran parte del CBP (por lo menos los del Cretácico) es el arreglo semicircular de su fracturamiento interno, que es paralelo al zonamiento composicional debido al estilo diapírico de emplazamiento. Esta característica permite discriminar estructuras asociadas al emplazamiento de plutones a través de la interpretación de imágenes de satélite (Delgado-Argote et al., 2004). En algunos complejos se han documentado fenómenos de inflamiento (Chávez-Cabello, 1998; Johnson et al., 2003), mientras que en otros, las estructuras plutónicas son el resultado de diapiros producidos por intrusiones múltiples (Delgado-Argote et al., 1995). Se ha interpretado que otros cuerpos de dimensiones

23 menores con fracturamiento circular que incluye diques anulares, que resultan del emplazamiento de intrusivos asociados con actividad volcánica (Johnson et al., 1999a).

La reciente obtención de datos geocronológicos jurásicos en la región de El Arco (Valencia et al., 2006), considerada en los mapas geológicos anteriores como parte del arco de islas Alisitos del Cretácico, nos hace sospechar que el concepto de distribución de cinturones geocronológicos y composicionales paralelos a las costas peninsulares puede ser excesivamente simplista. En particular, la presencia de rocas plutónicas del Jurásico y del Cretácico Temprano en Sonora y Sinaloa permiten proponer un escenario de dos sistemas de subducción contemporáneos cuya actividad debió ser continua por lo menos entre 140 y 130 Ma en Baja California (Johnson et al., 2003) y Sinaloa (Henry et al., 2003), o bien, la geometría de un sistema de subducción simple hacia el oriente, que evoluciona de occidente a oriente debe estar fragmentado por efecto de acreción tectónica. La correlación entre los complejos batolíticos peninsulares y continentales es un problema que no se contempla abordar en este trabajo.

Un problema fundamental que no se ha abordado en la literatura es el de las relaciones de contacto entre los complejos plutónicos de las zonas mencionadas. En el oriente de la sierra de San Pedro Mártir, Johnson y colaboradores (1999b) proponen la existencia de la Cabalgadura Mártir (Main Mártir Thrust), cuya vergencia hacia el occidente se debería a la colisión entre el arco Alisitos y un complejo plutónico del Cretácico Temprano (ca. 134 Ma). En esa misma región, los lineamientos regionales interpretados por Delgado-Argote et al. (2004) coinciden con la falla Rosarito y la Cabalgadura Mártir de Johnson et al. (1999.b); entre esas estructuras afloran rocas

24 sedimentarias y volcaniclásticas de la Fm. Alisitos. La cabalgadura, además, coincide burdamente con la línea magnetita-ilmenita y ambas tendencias convergen en la parte meridional de la Sierra San Pedro Mártir. En reconocimientos geológicos recientes, a tan sólo 40 km hacia el sur de la sierra, no se han encontrado evidencias de deformación por compresión en esa zona de convergencia, lo que indica que tal sutura estaría restringida al occidente de la sierra de San Pedro Mártir (Delgado-Argote et al., 2004). Otro lugar en donde se ha propuesto una cabalgadura similar se localiza al occidente de la Sierra San Borja (Fig. 2), la que a su vez, coincide con la línea magnetita-ilmenita (Tulloch y Kimbrough, 2003).

De acuerdo con las descripciones geológicas principalmente de Gastil et al. (1975) y la cartografía geológica del INEGI, y suponiendo que aquellos plutones que incluyen rocas máficas deben pertenecer a la zona de magnetita, se interpretó la traza de la línea magnetita-ilmenita de la Fig. 2. Es notable que la localización de dicha línea es muy distinta a la de la Fig. 1 propuesta originalmente por Gastil et al. (1990), lo que evidencia la falta de conocimiento detallado de la zona. Como se discutirá más adelante, la orientación casi E-W de la Fig. 1 parece tener una razón más estructural que composicional.

I.3. Herramientas para la fotointerpretación geológica

En las últimas décadas el adelanto tecnológico en herramientas de cómputo ha permitido la interrelación de la cartografía, las técnicas de percepción remota (PR) y los

25 sistemas de información geográfica (SIG). Los SIG han significado una verdadera revolución conceptual y práctica en el manejo y análisis de información en el espacio, beneficiando de manera natural a las geociencias. Por definición, un SIG es un conjunto de herramientas diseñado para la adquisición, almacenamiento y representación de datos espaciales. Para Bosque-Sendra et al. (1994), un SIG es una base de datos computarizada que contiene información espacial. La esencia de los SIG se halla en la superposición de mapas y el análisis espacial (Felicísimo 1999 y 2000b; Ordóñez-Galán y Martínez-Alegría- López, 2003). La cartografía geológica es una herramienta para visualizar las relaciones espacio-temporales de grupos de rocas y de estructuras geológicas, pues se pueden plasmar las diferentes asociaciones litológicas a través de representaciones gráficas (Silva-Romo et al., 2001).

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