LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE VOLANGES Muy señora mía: Me rindo a los consejos que una amiga como usted, se sirve darme. Acostumbrada a conformarme con su dictamen, lo estoy también a creer que está fundado en razón. Confieso, además, que el vizconde de Valmont debe ser con efecto infinitamente peligroso, si puede a la vez fingir de ser lo que parece aquí, y continúa siendo como usted lo pinta. Sea como fuere puesto que usted lo exige, le alejaré de mi lado; a lo menos, hare todo lo posible para ello; porque muchas veces las cosas más sencillas, vienen a ser, por la forma, las más embarazosas. Me parece impracticable el empeñar en ello a su tía; esta súplica sería una decepción respecto a ella y a su sobrino. No puedo toma: tampoco, sin repugnancia, el partido de alejarme yo misma; pues además de los motivos que le tengo expuestos, con relación a mi marido, si mi partida contrariara al señor de Valmont, ¿no le sería muy fácil seguirme a París? Y su regreso, de que yo sería la causa o a lo menos, a él le parecería así, ¿no se tendría por más extraño que un simple encuentro con él en el campo, y en casa de una señora que se sabe es parienta suya y amiga? C H O D E R L O S D E L A C L O S
68
No me queda otro recurso que obtener de él se aleje voluntariamente; conozco que esta proposición es difícil de hacer. Como me parece que desea probarme, que es mas hombre de bien de lo qm se supone, no desespero de lograrlo y aun no sentiré intentarle y tener una ocasión de juzgar, si como lo suele decir a menudo, las mujeres verdaderamente honradas no han tenido ni tendrán jamás motivo de quejarse de sus procederes. Si desecha mi proposición y se obstina en quedarse, siempre estaré a tiempo de partir yo misma; esto se lo prometo.
Vea, señora, todo lo que su amistad exige de mí; me apresuro a satisfacerla, y a probar que, a pesar de la viveza que he podido poner en
defensa al señor de Valmont, no estoy menos dispuesta no sólo a escuchar, sino también a seguir los consejos de mis amigos.
Quedo de usted, etc. En..., a 25 de agosto de 17...
CARTA XXXVIII
LA MARQUESA DE MERTEUIL AL VIZCONDE DE VALMONT El enorme cartapacio de usted, querido vizconde, me llega en este momento. Si su fecha es exacta, debía haberlo recibido veinticuatro horas antes. Sea como fuere, si emplease el tiempo en leerlo, no lo tendría para responder. Prefiero, por lo tanto acusar solamente el recibo y hablar de otra cosa. No es que y tenga algo que decirle sobre mí. El otoño no deja en París casi un hombre que tenga figura humana; así, hace un mes que soy la prudencia misma, y cualquier otro que no fuese mi caballero, se fatigaría de las pruebas de mi constancia. No pudiendo ocuparme, me distraigo con la joven Volanges, y de ella quiero hablarle. ¿Sabe que ha perdido más de lo que cree, con no haberse encargado de esta muchacha? es verdaderamente deliciosa. No tiene aún ni carácter ni principios; juzgue usted cuán fácil y suave será su trato. No creo que brillará nunca por la parte de la habilidad; pero todo anuncia en
ella las sensaciones más vivas. Sin talento ni malicia, tiene, sin embargo, cierta falsedad natural, si se puede hablar así, que algunas veces me admi- L A S A M I S T A D E S P E L I G R O S A S
69
ra a mí misma, y que le servirá tanto más bien cuanto que su rostro ofrece la imagen de candor y de la ingenuidad. Es naturalmente muy cariñosa, y algunas veces me divierte. Su cabecita se exalta con una facilidad
increíble, y entonces es tanto más divertida cuanto que no sabe absolutamente nada de lo que desea tanto saber. Tiene a veces impaciencias
ciertamente singulares; ríe, se desespera, llora, y luego me pide que la instruya, con una buena fe que realmente me encanta. En verdad, estoy casi celosa de aquel a quien está reservarle este placer. No sé si le he dicho que, de cuatro o cinco días a esta parte tengo el honor de ser su confidenta. Usted comprende que al principio me he mostrado severa; pero apenas he visto que creía haberme convencido con sus malas razones, he tenido el aire de creerlas buenas, y está ahora íntimamente persuadida de que lo debe a mi elocuencia; esto era precisamente para no
comprometerme. Le he permitido escribir y decir amo a usted; y el mismo día, sin que ella se apercibiese de ello, le procuré una conversación a solas con Danceny. Pero figúrese usted que es todavía tan torpe que no ha obtenido siquiera un beso. Este joven hace, sin embargo muy bonitos versos. ¡Ay Dios! ¡qué tontos son los hombres de talento! Éste lo es a tal punto, que me pone en embarazo, porque en fin, por lo que a él toca, yo no lo puedo dirigir.
Ahora es cuando usted podría serme muy útil. Usted está bastante unido con Danceny para lograr su confianza, y si llegase a entregársela, llevaríamos el negocio a buen paso. Despache entonces a su presidenta, porque, en fin, yo no quiero que Gercourt se salve de la ley general. Por lo demás, ya le he hablado ayer de él, de tal manera, que, aun cuando llevase diez años de casada, no podría tenerle más odio. Sin embargo, le he predicado mucho sobre la fidelidad conyugal, y nada iguala la severidad que he manifestado sobre este punto. Así, por una parte, restablezco en su opinión mi reputación de virtuosa, que podría destruir la demasiada condescendencia, y por otra aumenta el odio con que deseo que regale a su marido. Espero, en fin, que haciéndole creer que no le es
permitido entregarse al amor, sino el poco tiempo que le quede de soltera, se decidirá más pronto a no malgastarlo.
Adiós, vizconde mío; voy a ponerme al tocador, en donde leeré el volumen que usted me ha enviado.
C H O D E R L O S D E L A C L O S 70
En…, a 27 de agosto de 17...
CARTA XXXIX
CECILIA VOLANGES A SOFÍA CARNAY
Estoy inquieta y triste, mi querida señora Sofía, y he llorado toda la noche, no porque no sea dichosa por ahora, pero preveo que no durará. Ayer estuve en la Ópera con la marquesa de Merteuil, y hablamos mucho de mi casamiento, aunque nada bueno he llegado a saber con este motivo. Debo casarme con el conde de Gercourt, y se hará la boda el mes de octubre. Es rico, hombre de distinción y coronel del regimiento de... Hasta aquí todo va bien; por de contado es viejo: figúrate que tiene, por lo menos, treinta y seis años, y además la marquesa me dice que es triste y rígido, y que ella cree que no seré feliz con él. Aun he visto que está cierta de ello, y no me lo ha querido decir por no afligirme. No me ha hablado casi en toda la noche sino de los deberes de las casadas y, conviniendo en que el conde de Gercourt no es nada amable, dice, sin
embargo, que es preciso le ame. ¿Creerás que me ha dicho también que una vez casada con él, debo cesar de amar al caballero Danceny? ¡Como si fuera posible! ¡Oh! yo te aseguro bien que siempre lo amaré. Mira; primero quisiera no casarme. Que ese señor de Gercourt se arregle como quiera; yo no he ido a buscarlo. Ahora está en Córcega, bien lejos de aquí; allí quisiera yo que se quedase diez años. Si no temiera que me volviesen al convento, diría a mi madre que no quiero tal marido; pero sería peor. Me hallo bien confusa. Advierto que jamás he amado tanto a Danceny como ahora, y cuando pienso que no me queda más que un mes de estar como estoy, las lágrimas me saltan a los ojos. No tengo más consuelo que la señora de Merteuil; ¡es tan buena! Siente mis penas como yo misma, y además es tan amable que, cuando estoy con ella no pienso en mis pesares. Por otra parte, me es sumamente útil, porque lo poco que sé, ella me lo ha enseñado; y es tan buena, que le digo todo cuanto pienso, sin rubor ninguno. Cuando halla que no hago bien, suele reñirme, pero con mucha dulzura, y luego la abrazo con toda mi alma, hasta L A S A M I S T A D E S P E L I G R O S A S
71
que se desenfada. A lo menos, a esta señora puedo amarla cuanto yo quiera, sin que haya mal en ello, y esto me agrada mucho. Sin embargo, hemos convenido en que no tendré tanto el aire de amarla delante de las gentes, y sobre todo, de mi madre, para que no desconfíe en punto al caballero Danceny. Te aseguro que si pudiese vivir siempre como ahora, creo que sería muy dichosa. Sólo ese feo de Gercourt... pero no quiero hablar más de él, porque volvería a ponerme triste. En vez de eso, voy a escribir al caballero Danceny, y no le hablaré de mis penas, sino de mi amor, porque no quiero afligirle.
Adiós, mi buena amiga; ya ves que no tendrías razón de quejarte, y, que por más ocupada que esté, como me dices, me queda siempre tiempo para amarte y escribirte11.
CARTA XL
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL.
No basta a mi inhumana el no responder a mis cartas y el rehusar recibirlas; quiere además privarme de su vista, y exige que me aleje. Lo que le sorprenderá, es que yo me someto a tan excesivo rigor. Usted me lo censurará. Sin embargo, no he creído deber perder la ocasión de hacerme dar una orden, estando persuadido, por una parte, que el que
manda se empeña; y por otra, que la autoridad ilusoria, que tenemos el aire de dejar tomar a las mujeres, es uno de los lazos que evitan con más dificultad. Además, la destreza con que ha sabido evitar hallarse a solas conmigo, me ponía en una situación peligrosa, de la que he creído debía salir a toda costa: porque hallándome continuamente con ella, sin poderle hablar de mi amor, era de temer que al fin se acostumbrase a verme sin emoción; y usted sabe cuán difícil es volver a perder este hábito. Fuera de esto, bien supone que no me habré sometido sin una condición. Y aun he tenido cuidado de imponer una imposible de ser acor-
11 Se siguen suprimiendo las cartas de Cecilia Volanges y del caballero Danceny, que son
poco interesantes y no anuncian ningún acontecimiento.
C H O D E R L O S D E L A C L O S 72
dada, tanto para quedar dueño de cumplir o no mi palabra, como para entablar una discusión, sea por escrito o de palabra, en un momento en el que mi hermosa está más contenta de mí y tiene más necesidad de que yo lo esté de ella: sin contar que yo sería bien torpe si no hallase medio de obtener alguna indemnización por haber de renunciar a mi demanda
por más insostenible que ello fuera.
Después de haber dicho mis razones en este largo preámbulo, empiezo la relación histórica de estos últimos días. Añadiré como piezas
justificativas la carta de mi bella y mi respuesta, y tendrá que convenir en que hay pocos historiadores tan exactos como yo.
Se acuerda usted del efecto que produjo anteayer mañana mi carta de Dijon; lo restante del día fue agitado y turbulento. La hermosa recatada llegó solamente a la hora de la comida, y anunció desde luego que tenía jaqueca, pretexto con que quiso cubrir una de los más violentes accesos de cólera que una mujer puede tener. Su semblante estaba en realidad mudado, y la expresión de dulzura que ofrece de ordinario se había convertido en un aire de enfado que la cambiaba en una hermosura de otra especie. Me prometo usar bien de este descubrimiento en lo sucesivo, y hacer que la ternura de mi amada ceda el lugar a su mal humor. Preví que la tarde se pasaría tristemente, y para evitar el fastidio
pretexté que tenía que escribir, y me retiré a mi cuarto. Volví a la sala a las seis, y la señora se Rosemonde propuso que fuésemos a paseo, lo que fue aceptado; pero al momento de subir al coche, la fingida enferma, por efecto de malicia infernal, pretextó en cambio y acaso para vengarse de mi ausencia, que su mal de cabeza se había aumentarlo, y me hizo
aguantar, sin piedad, la compañía a solas de mi tía. No sé si mis imprecaciones contra esta mujer diabólica fueron oídas, pero lo cierto es que a la
vuelta del paseo la hallamos acostada. Al día siguiente, al momento del desayuno, ya no era la misma mujer. Había recobrado su dulzura natural, y tuve motivo de creer que me había perdonado.
Apenas acabamos, la amable señora se levantó con aire indolente y entró en el parque al cual la seguí, como usted puede pensar. "¿De dónde puede nacer ese deseo de pasear?, le dije acercándome a ella. -He escrito mucho esta mañana, me respondió, y estoy fatigada. -No soy bastante L A S A M I S T A D E S P E L I G R O S A S
73
dichoso, repliqué yo, para tener que echarme en cara esa fatiga. -También he escrito a usted, volvió a decir ella, pero no me resuelvo a darle mi carta. Pido en ella una cosa y usted no me tiene acostumbrada a esperar que me la conceda. -Ah, juro que si es posible... -Nada más fácil, interrumpió, y aunque usted debiese acaso concederla como un acta de justicia,
consiento en recibirla como una gracia."
Al decir esto me presentó su carta, y al tomarla cogí también su mano, que retiró, pero sin cólera y con más embarazo que viveza "Hace más calor de lo que pensaba, dijo; es preciso volvernos" Y tomó el camino de la casa. Hice varios esfuerzos para persuadirla que siguiésemos el paseo y tuve necesidad de recordar que podíamos ser vistos para no emplear sino mi elocuencia. Entró sin proferir una sola palabra, y vi claramente que este fingido paseo no había tenido otro objeto que el de entregarme su carta. Subió a su cuarto y yo me retiré al mío para leerla. Bueno será que haga usted lo mismo y que lea juntamente mi respuesta antes de ir más lejos...
CARTA XLI
LA PRESIDENTA DE TOURVEL AL VIZCONDE DE VALMONT Muy señor mío: Parece que la conducta que ha tenido usted conmigo no se ha propuesto más que aumentar de día en día los motivos de queja que me daba. Su obstinación en quererme hablar sin cesar de un sentimiento que yo no quiero ni debo escuchar; el abuso de mi buena fe o de mi timidez, que no ha dudado hacer usted para entregarme sus cartas; el medio sobre todo, me atrevo a decirlo, poco delicado de que se ha servido para qu recibiese su última, sin temer a lo menos el efecto de
una sorpresa que podía comprometerme; todo me autoriza a hacerle a usted reconvenciones tan fuertes como merecidas. Sin embargo, en vez de recordar estos agravios, me limito a pedirle una cosa tan simple como justa, y si la obtengo, consiento en que todo quede olvidado.
Usted mismo me ha dicho que no debo temer una repulsa; y aunque por efecto de una inconsecuencia propia de usted esta frase va se- C H O D E R L O S D E L A C L O S
74
guida de la repulsa única que podía hacerme12, quiero creer que hoy
cumplirá una palabra dada formalmente hace tan pocos días. Deseo, pues, que tenga la complacencia de alejarse de mí, de dejar esta quinta en donde una estancia más larga de su parte no produciría sino el exponerme más al juicio de un público siempre pronto a pensar mal y a quien sobradamente ha acostumbrado usted a fijar la vista sobre las mujeres que le admiten en su compañía.
Habiendo sido advertida mucho tiempo ha por mis amigos de este
peligro, he descuidado sus insinuaciones y casi sostenido el parecer contrario, mientras la conducta de usted conmigo me ha podido hacer creer
que no quería confundirme con el montón de mujeres a quienes ha dado justos motivos de queja; mas hoy que me trata ya como a ellas, y que no puedo ignorarlo, tengo precisión de adoptar este partido por los miramientos que debo al público, a mis amigos y a mí misma. Bien pudiera
decirle que nada adelantaría con negarme lo que le pido, pues estoy decidida a partir si usted se queda; pero no intento ocultar cuán agradecida le
estaría si quisiese tener esa complacencia, y al contrario, le hago saber que obligándome a partir, me incomodaría en los planes que tengo formados. Apresúrese, pues a probarme lo que me ha dicho tantas veces de
que las mujeres honradas nada tendrán que temer de su parte, o a lo menos que cuando usted las ofende sabe reparar sus agravios. Para fundamentar mi ruego me bastaría recordarle que la conducta de toda su vida lo hace indispensable, y sin embargo en sus manos ha estado que yo no tuviera que hacerlo nunca. Pero no recordemos cosas que quiero olvidar y que me obligarían a juzgarle severamente en el momento en que le ofrezco la ocasión de merecer mi gratitud. La conducta
de usted va a indicarme cuáles son los sentimientos con que deberá mirarle siempre su más atenta servidora, etc.
En..., a 25 de agosto de 17... 12 Véase la carta XXXV.
L A S A M I S T A D E S P E L I G R O S A S 75
CARTA XLII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA DE TOURVEL
Por más duras que sean, mi señora, las condiciones que usted me impone, no rehuso cumplirlas. Siento que me sería imposible contrariar ninguno de sus deseos. Convenido esto, me lisonjeo de que me permitirá pedirle en cambio otras más fáciles de ser concedidas, y que sin embargo quiero deber sólo a mi perfecta sumisión. La una, que espero que la misma justicia la empeñará a acordarme, es declarar quiénes me han acusado a usted, pues me hacen sobrado mal para que yo no tenga el derecho de conocerlos; la otra, que espero de su indulgencia, es que me permita renovarle de cuando en cuando la expresión de un amor que más que nunca va a ser digno de su consideración.
Note, señora, que me apresuro a obedecerla a costa de mi felicidad, y más diré, a pesar de lo persuadido que estoy de que no desea usted mi partida sino para librarse de la vista de una víctima de su injusticia.
Confiéselo usted; menos es en usted el miedo de un público acostumbrado a respetarla y que nunca se atrevería a juzgarla mal que el
deseo de deshacerse de la presencia de un hombre a quien es más fácil a usted castigar que censurar. Me aleja de su vista de la misma manera que se apartan los ojos de un infeliz a quien no se quiere socorrer.
Mas ya que la ausencia va a redoblar mi martirio, ¿a quién sino a
usted puedo dirigir mis lamentos? ¿De qué otra puedo esperar los consuelos que van a serme tan necesarios? ¿Me los negará usted, causa única
de mis pesares?
Menos debe extrañar que antes de partir desee justificar los sentimientos que usted me inspira, como también que no tenga valor para
alejarme sino cuando reciba orden de su propia boca.
Estos dos motivos me hacen pedirle una corta entrevista. No podríamos suplirla escribiéndonos; después de haberse escrito volúmenes,
suele quedar aún obscuro lo que en un cuarto de hora de conversación se explica perfectamente. Usted puede hallar fácilmente el momento oportuno,