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CAPITULO II. MARCO TEÓRICO METODOLÓGICO

II. 4.2.2.5 Pruebas fotográficas

III.2. La residencia

III.2.1. La Casa cueva

A las 12:30 a.m., estaba en camino, con dirección a la casa de otras de las familias huicholas que nos acompañarían a comer en casa de la primera informante; al llegar me dice que los planes cambiaron y la comida sería allí mismo, porque Clara no tiene platos suficientes. Acordé entonces ir por Clara y el hijo pequeño de Rosa me condujo a la casa de Clara pues su casa está ubicada en lo más alto del cerro, un lugar en el que ya no hay calles delimitadas, sólo senderos forjados por el paso de los transeúntes o quizás por los residentes de antaño de cuyas casas ya sólo quedan algunas tapias. Este cerro fue el barrio de las tuzas, así nombrado “porque la gente vivía en cuevas” dice don José el Cronista del pueblo.

Ilustración 6. Camino a los terrenos donados por el municipio a familias huicholas. Foto tomada por Bertha Alicia Cervantes Rivas.

La increíble y abrupta cuesta me hizo recordar la descripción geográfica que hace Carl Lumholtz de la ubicación de los pueblos huicholes en la sierra del Nayar, en el siglo XIX. Él denuncia la ocupación de los mexicanos en la mayor parte del territorio huichol a pesar de lo alto de la sierra jalisciense y nayarita; salvo la parte central del territorio por ser escabrosa y difícil para la siembra.

La parte central del territorio es la única que queda bajo el total control de los huicholes. La población de este lugar está relativamente a salvo del avance de la civilización debido a lo abrupto del terreno y a su difícil acceso. (Lumholtz, 1986:32)

Pareciera que no varían a través del tiempo, las formas de vida de los huicholes que les permiten tener una forma de vida fuera del alcance de la vista de los sectores dominantes. Pues la ubicación de la casa de Clara no permite que cualquier persona la visite, ya que no está de paso a ningún lado, ni se ve desde la parte central del pueblo.

El chiquillo me sacó de mi reflexión y me tomó de la mano diciéndome: “por aquí amiga maestra, yo te llevo”, le tomé la mano ante la mirada permisiva de la madre, y ambos emprendimos solos la caminata en zigzag a casa de Clara.

La alegría del niño impregnaba los senderos terrosos y llenos de espigas y matorrales creando una atmosfera de seguridad ante el incierto camino al alejarnos de casas y ruinas que íbamos dejando atrás. A la mitad del camino, el chiquillo se detuvo y me dijo: “aquí ya están los perros bravos, ya me mordieron una vez amiga- maestra, llámale a Clara que venga por nosotros”, sorprendida y un poco atemorizada por la amenaza de perros que no se veían ni escuchaban, le mandé un mensaje a Clara a su celular avisándole que íbamos subiendo a su casa, solicitándole el favor de bajar por

nosotros. Por lo que paramos un rato el difícil ascenso y esperamos, bajo una enorme yuca, el chiquillo y yo.

Esperamos unos minutos a la sombra de la yuca, cuando vi a lo lejos, en lo alto del cerro, a Clara bajar casi corriendo por nosotros, acompañada por dos perritos pequeños llegó un poco agitada con una tina grande y vacía para bajar a casa de Rosa a recoger agua, después de saludarnos nos pidió que la esperáramos un poco más para traer agua. Sorprendida por el enorme esfuerzo que haría la esperamos el niño y yo.

Clara no tardó mucho en bajar y subir con la pesada tina llena de agua, hasta donde la esperábamos, sorprendida le pregunto cuántas tinas sube a diario y me responde: “subo unas 4 tinas de ésta todos los días para los trastes y así, lo que venga”. A pesar de no contar con los servicios básicos, el tener una propiedad en el pueblo, dice que la hace feliz: “es algo que es mío y me gusta mucho, espero que pronto el presidente nos ponga la luz”

Ilustración 7. Subiendo una tina de 20 litros de agua a casa. Foto tomada por Bertha Alicia Cervantes Rivas.

A pesar del peso de la tina llena de agua, ella sube tan rápido la cuesta a su casa. Atrás de ella, vamos el chiquillo y yo agarrando aliento cada vez que ella hace un alto para descansar; en uno de esos descansos, casi para llegar a su casa, nos dice: “ustedes no se asusten, mis perros nos protegen de los perros del chivero que están más arriba”. Apenas nos está diciendo eso, cuando salen 5 perros grandes a nuestro encuentro ladrando con tanta fuerza que los tres aceleramos el paso evitando el encuentro con ellos. los perritos

que acompañaban a Clara, se detuvieron quedando de barrera de protección frente a los otros perros del chivero; dimos el último paso y llegamos hasta arriba del descanso que hace el cerro antes de su cima, lugar en el que se encuentra el terreno de Clara y otros dos más ubicados a un lado, pero sin construir aun.

Ante mí se abre a la vista, una gran cueva, su entrada estaba protegida con una puerta y una ventana, adornada con un pequeño jardín a pesar de lo árido que se ve la tierra amarilla del cerro. Un extranjero residente le hizo la puerta y ventana a la cueva para poder resistir el embate del clima y para seguridad de la casa-cueva.

Sí, mi amigo –un extranjero- me construyó la puerta y la ventana, él es carpintero y no me cobró nada, yo le estoy muy agradecida porque era muy difícil cubrirla con tablas como la tenía antes y pues así era más feo dormir ahí con mi niño (DC917).

Esta casa-habitación-cueva no cuenta con los servicios básicos; para llenar el cilindro de gas con el que se alimenta la estufa para cocinar, hay que bajarlo hasta la primera calle transitable en la cual pasa el camión de gas cada jueves, y luego, ya lleno, subirlo de regreso.

Desde la casa-cueva, la vista del pueblo es maravillosa, debido a la altura que permite ver completo el pueblo: desde el túnel de acceso, hasta el panteón de San Francisco.

Me invita a pasar a su cueva-casa y puedo percatarme de lo grande y espaciosa que es, tanto que le cabe una cama matrimonial y una individual, dos roperos, una mesita de trabajo para la artesanía y una silla que están junto a la ventana, lo que le brinda una

entrada de luz cuando teje sus artesanías. Encima de la mesita esta un cuadro grande de San francisco de asís. Le pregunto si cree en el santo y me dice: “no, pero como dicen que fue un hombre muy bueno con los animales y las personas, me gusta tenerlo porque está muy bonito”; al cuadro le cuelgan unos collares huicholes, y junto a él está un plato con un guisado de huevo revuelto y una jícara con agua.

Saca el plato y la jícara al patio y me invita muy seria a un ritual huichol que dice hacer por ser el primer viernes de la cuaresma. Recoge una florecilla silvestre blanca y la hecha en la jícara con agua, la saca húmeda y arroja el exceso de agua en la flor a los cuatro puntos cardinales emitiendo un rezo en lengua huichol; luego con la flor humedeciéndola en la jícara cada tanto, y me santigua con ella en mis mejillas, frente, corazón, estómago y las palmas de la mano, luego lo hace con el niño y me dice que yo haga lo mismo con ella con la flor salpicada de agua sin dejar de emitir rezos huicholes incomprensibles para mí, pero aun así, siento la solemnidad y el carácter sagrado del momento y del agua bendita que cae y nos salpica, luego, de lo que queda de agua nos da un trago a cada uno. Saca una tortilla y hace un taco con el huevo, corta una parte pequeña y la tira “a la madre tierra” lejos hacia el barranco y el resto lo parte en tres: un pedazo para cada uno, y nos insta a comerlo. La seriedad del acto no sorprende al chiquillo, lo que indica que es conocido ya por él y, en consecuencia, hace todo tal como se le indica; comulga tanto con el agua, como con el taco, con la seriedad con que los rezos huicholes son emitidos.

Al termino nos dice Clara que ya debemos bajar a casa de Rosa, le pregunto qué significa la ceremonia y porqué la hacemos y me responde muy parca: “no sé, así se acostumbra” le preguntó qué significa el ritual y me dice: “no sé, así lo hace mi mamá en la sierra y como yo estoy acá lo hago yo así” entonces le pregunto si cree en Cristo y la semana Santa y me dice: “No, nosotros tenemos nuestras fiestas grandes allá en la sierra con chamanes, mi dios es el peyote”. Noto su incomodidad ante mis preguntas y me dice que debemos bajar, no sin antes ofrecerme su casa cuando yo la quiera visitar. Bajamos los tres a casa de Rosa, que ya nos esperaba a comer junto a sus otros hijos.

De las mujeres beneficiadas con la donación de terrenos, una de ellas, vecina de la Sra. Rosa y de Clara, aún no es residente permanente y su terreno no tiene construcción alguna a diferencia de sus vecinas. La cuarta beneficiada, fue la más afortunada, en cuanto a que la ubicación de su terreno está por el barrio del Sajón, rumbo al panteón, en la calle de arriba del puente Zaragoza, un solar urbano que cuenta con los servicios domésticos.

Ilustración 8. Terreno donado en la cima del barrio del sajón, se observa al final de la cima, un cuarto construido a la fecha. Foto tomada por Bertha Alicia Cervantes Rivas.

Esta residente huichola vive con su pareja y sus hijos; a la fecha ya tienen un cuarto construido. Esta familia renta un local para su tienda de artesanías huicholas junto al Palenque.

Considerando que el pueblo fue fundado en el año de 1772 con el descubrimiento de la mina “La Descubridora” por Sebastián Coronado y Manuel Martínez en el siglo XVIII, es interesante que la mención sobre el paso de peregrinación de la comunidad huichola por este pueblo se documenta hasta el siglo XIX, cuando Rosendo Corona encomendado por el gobernador de Jalisco para delimitar el territorio huichol, menciona el paso de los huicholes por Real de Catorce en 1880 (ibídem). A pesar de que desde 1621 Lázaro de Arreguín, autor de la Descripción de la Nueva Galicia (ibídem, p.14), daba cuenta de la existencia de éste grupo étnico en el país, entonces la residencia de algunas familias huicholas llama la atención que, hasta la fecha, no se haya hecho nada por documentar no sólo sus fiestas y costumbres, su paso ancestral por tierras catorceñas, sino también el modo o la forma de vida que llevan a cabo, quienes se han quedado a residir permanentemente en el pueblo.