Elena Valera también tiene un nombre en shipibo que es “Bawan Jisbe”. Un nombre que no tiene traducción al español a diferencia de “Menin Sina” (Rusber García) o de “Shoyan Sheka” (Roldán Pinedo). Aunque, en el libro “El ojo que cuenta” (Landolt 2005: 36), en su biografía señale que su nombre significa “loro”, o sino “Loro hablador” como lo señala —María Belén Soria.
Parece que a causa de las insistencias, Elena Valera, asimiló el significado, y ahora reconoce la traducción y la repite a quien le pregunta.
Su presentación, echa por ella misma, en el libro (ibíd. 36), dice lo siguiente: “Yo he pintado por amor a lo que soy y para que mis hijos tengan mi corazón…”.
Continúa –– “el nombre [Bawan][…] me lo dio mi abuela. El loro llevó a los shipibos la candela; es un animal que nos ayuda bastante. Yo pintaba desde chiquita, pero sin pensar qué significaba; me nacía. Uno tiene que nacer con la pintura, si no nace con eso, no le da importancia, Yo soy de Roya, en Iparia, Ucayali. Desde antes, cuando una mujer hacía bonito su trabajo, su bordado, todo el mundo le quería, la llamaban Menin. Cuando era chica pintaba en hojas de plátano, con una puntilla que sacaba de la hoja de la palmera del techo de mi casa, o sino con su espina de naranjo. Cosas me imaginaba de allí, pero mi mamá me resondraba si lo hacía en mi cuaderno ‘no quiero que dibujes más’ me decía… A Roldán le conocí en Pucallpa cuando estábamos en el colegio…” (ibíd. 36-37)
“Bawan Jisbe” es quizá la única artista mujer que ha vivido en Cantagallo por mucho tiempo. Ella, fue esposa de Roldán Pinedo y tuvieron cuatro hijos entre ellos Harry Pinedo quien también se ha dedicado a la pintura. Juntos alrededor del año 2000 estuvieron visitando los talleres de Pablo Macera, ella señala que el doctor Pablo Macera le invitó, “porque necesitaban mujeres para teñir las telas, ya que los hombres no podían hacerlo bien. Él, fue y nos invitó”.
Fotografía: Elaboración propia. 2012.
Elena dice ––“yo me dedico a artesanía y pintura”, continúa, “creo que fue mi talento, creo que el señor me ha dado algo de don especial para mí, eso lo he tenido desde chiquita, cuando estaba estudiando, tenía que desarrollarlo en los colegios, tanto que hacia trabajos de artesanía con mi abuela, ella me enseñaba a pintar, diseñar, de ella aprendí algunas cosas sobre pinturas, sobre
caobas, barros, telas que ella empleaba para teñir su falda, su vestimenta. Así desarrollé las pinturas, con algo de las cosas de mitos de la selva, todas las historias he puesto en la pintura, la costumbre del arte shipibo.”
Elena Valera nos cuenta cómo se hizo artista, “yo me vine como quince años atrás [a Lima] primeramente estaba estudiando enfermería, y no he podido terminar. Porque era mucho que hacer, y por falta de recursos económicos, era una carrera costosa, tenía que volver a hacer arte. También me metí en la medicina tradicional, como no pude terminar mi carrera, eso me servía.”
“Yo empecé a pintar cuando vine acá [Lima]. Allá pintaba solamente cuando estaba en el colegio. Aquí empecé pintar visiones del ayahuasca, mitos, así.” —dice Elena.
Como mujer adulta y madre tiene muchas responsabilidades, además de su trabajo artístico. Sus mejores años productivos fueron entre 1999 y 2008, años en los que participó de algunas exposiciones que el Seminario de Historia Rural Andina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, el cual estaba organizando talleres para promocionar a los artistas y artesanos amazónicos que estaban llegando a Lima. Al poco tiempo, Elena se dio cuenta que la pintura podía ser una forma de progresar en la ciudad y que le podría traer algunos ingresos. Pablo Macera le compraba algunos cuadros, mientras que otros visitantes y público en general asistía a las exposiciones colectivas del Seminario.
En el 2007, Elena Valera fue elegida presidenta de Ashirel, los años que vendrían serían los más duros, porque las rencillas y los disgustos con la organización de Avshil estallaron y brotaron en consecuencias trágicas para ambas organizaciones (Ashirel y Avshil). Avshil se apoderó de la escuelita bilingüe, y no permitieron que ningún hijo de Ashirel entre al local. “Habían peleas y ninguno, y no se hablaban mucho” —recuerda Elena. Según comenta una señora de la comunidad, a quien llamaremos María, que “esa vez, se peleaban. Al día siguiente, aparecieron dos muertos, arrojados cerca del río; hasta la policía vino”. El problema entre las dos asociaciones había alcanzado su máxima expresión con la muerte de algunas personas, y Elena tenía la
responsabilidad de Ashirel. Entre los dos grupos se disputaban el poder, lamentablemente coincidió con el éxito que estaban teniendo Roldán Pinedo y Elena Valera, como esposos pintores, que ya habían sido promocionados después de la exposición “La soga de los Muertos” que se realizó el mismo año en que Elena asumió el cargo. Los problemas no solo le afectaron en el ámbito personal, sino que también familiar. Roldán y Elena empezaron a tener conflictos y discusiones, hasta que decidieron separarse.
Después de su divorcio y de los conflictos de la comunidad de Cantagallo, Elena Valera decidió volver a Pucallpa, para encargarse de sus tierras y de la familia que había dejado allí. Siguió pintando, aunque sus ventas disminuyeron bastante. La gran ciudad, Lima, sigue siendo el gran mercado donde sus obras de arte circulan y adquieren más valor, por lo que, para viajando de vez en cuando. Las veces que pudimos encontrarla en Cantagallo, fueron de casualidad, y por causas ajenas a su trabajo. La última vez, nos contó que había venido a causa de la enfermedad de su bebé, al que lo había llevado a un hospital del Estado. Junto a ella, vino una de sus hijas para acompañarla y por la curiosidad de conocer Lima. En esa situación complicada de su bebé, trajo consigo un par de pinturas para ofrecerlas en Lima.
Elena Valera quiere regresar a Lima, pero por el momento no lo ha decidido. Está evaluando sus posibilidades de negocio, y la situación de sus hijos, que son más importantes, ahora que está separada de Roldán.
Según Marí Solari, Elena Valera casi ya ni pinta, en la actualidad. Antes ella teñía sus telas y originalmente, –– “eran pintados por puras mujeres, eran
netamente cósmicos [refiriéndose a los diseños geométricos kené], que también podrían ser bordados; y esas telas eran mayormente, o las faldas de la mujer o el cusma del hombre. Y normalmente eran hechos con tela a mano; en telas sí de algodón pero industrial, pero sí pintado a mano”.
En la investigación quisimos hacer volver al pasado a Elena Valera a través de una fotografía que María Belén Soria nos había proporcionado. La fotografía que a continuación se presenta, fue mostrada a Elena Valera efectuando la foto elicitación (técnica en metodologías de recolección de datos) que nos permitió tener empatía con ella y un ambiente amigable.
Fotografía 00A – Perteneciente al registro fotográfico del Seminario de Historia Rural Andina
Los resultados del uso de la foto elicitación fueron impresionantes. La primera impresión que captamos, fue su sonrisa y alegría (Ver anexo 005). Luego empezó a describir a las personas que aparecían ––“este es finado [alguien que ha fallecido], mi amigo, artista, Victor Churay”. Estábamos en la
casa de Elena Valera, que antes también era su taller. Ahora Harry Pinedo Valera (su hijo), pintor joven, ha ocupado su lugar y sigue manteniendo el ambiente como un taller. Las paredes de triplay siguen separando los espacios que dividen el lugar; el aroma de la madera y el olor de los cartones parecen mezclarse con el de las pinturas de acrílico. Aunque, la habitación es suficientemente grande como para pintar, no tiene todas las comodidades ni los elementos que un artista profesional carga consigo como las mesas inclinadas o los bastidores y trípodes para sujetar cuadros a la altura de tus ojos sin malograr tu espalda.
Elena Valera, al continuar observando la fotografía, dice —“Acá estoy yo, acá mi hijita que ahora ya tiene quince años”––. La sonrisa le inunda el rostro, los recuerdos le vienen enseguida y, pequeñas carcajadas y expresiones se revelan sin soltar palabras algunas.
––“Creo que era una reunión, un cumpleaños, creo. No me acuerdo mucho. Ahí están pue [pues], bueno todos los que trabajaban con Pablo Macera, y siguen trabajando. Ahí está el doctor [Pablo Macera]. Ahí está Churay [Victor Churay], el finado. Acá está Roldán”.
––“Está bonita la foto. ¿Quién te la dio? ¿Belén?” –– preguntó Elena.
––“Aquí estoy con una niña. Yo tengo dos niñas: uno es de trece y otro de quince [años de edad], no me acuerdo con cual estoy en la foto, no sé cuál será ella”
––“Ahí, trabajaban, en la casona. Al fondo [de la fotografía] la oficina del doctor, ahí desarrollaba el trabajo”.
––“Victor [Churay] era alegre, bueno, pintor. Era un chico sociable tenía bastante contactos… Bueno, ingresó a la universidad y luego… no sé qué habrá pasado, pero apareció muerto”.
––“Ahí, le conocí a todos. Ahí le conocí a Victor [Churay]. Victor trabajaba con el doctor Pablo Macera, Belén Soria era su alumna, historiadora. Y toda la gente que ves, eran lo que trabajaban con doctor Pablo Macera, y hasta ahora siguen trabajando”.
––“Belén [Soria] no nos decía como pintar. Ella veía nomas el trabajo que hacía. Ella también escribía libros. Y Pablo Macera ordenaba, él era jefe, director era él… Ordenaba los proyectos los proyectos que ellos desarrollaban, calificaba, como sabía mucho más que uno, creo, sí sabía bien, cómo era las costumbres de la comunidad, todo eso, no podían engañarlo, él era el que sabía de todo… Seguían investigando más”.
––“Esto fue a mitad de año, octubre creo, de 1999 o 1998, sí 98. Ya había expuesto [pinturas] antes”.
––“Cuando teníamos reuniones nos juntábamos, cuando tenían cumpleaños, cuando venían visitas, también personas nos reuníamos, con personas amigos o extranjeros que venían a visitar, se acercaban a la oficina del doctor Pablo Macera, a conocer la obra que hacen, ver proyectos, venían antropólogos, profesores, historiadores, de acá como el extranjero y observaban nuestro trabajo”
––“Sí, todos los días iba”.
––“Los materiales nosotros habíamos ido a ir a traer a la selva, habíamos juntado” –– “Los materiales todavía se les puede conseguir, pero en la selva todavía… Uno mismo puede viajar también a traer, pero es más complicado, porque tiene que entrar al monte [selva] por días, semanas. Uno puede mandar a traer también, pero ya es otro precio; pero, uno cuando va uno mismo saca sí, pero tiene que tener tiempo también.”
Por otro lado, complementemos estos recuerdos con su decisión de venirse a Lima, tal como ella lo cuenta en el libro de Landolt (2005: 36):
––“Yo trabajaba en una casa [en Pucallpa], lavando ropa y limpiando, y en la noche ya me iba al colegio. Después pensábamos [Roldán y ella] ir a Lima para buscar algo más. Vendía collares por las calles, a veces solo alcanzaba para comprar un platanito; hasta que un día un pintor shipibo me dijo [Chonomeni] que el doctor Pablo Macera necesitaba una mujer pintor. Primero dibujé en una tela, con barro, y de ahí lo lavaba y quedaba un solo color: negro. Me fui al río Pisqui con mi marido, de allí trajimos esas tierras de todos los
colores que hay, y el doctor me dijo que hagamos la prueba con lo colores; era difícil, probé y salió, así quedó. Roldán ponía su parte en los trabajos y yo hacía; yo veía que el padecía porque nunca había agarrado una pintura. Yo diseñaba y el completaba, hasta que un día lo dejé a él solo. Me quedé asombrada cuando descubrí que él [Roldán] podía, sino que era engreído. Ahora, cuando yo termino una cosa, me dice ‘acá te falta algo’. ‘no sé’, yo le digo.”
Los discursos de Elena Valera, en respuestas a nuestra investigación, hacen uso y se relacionan a la situación en la que se encontraron cuando vinieron a Lima y empezaron a participar de los talleres del Seminario de Historia Rural Andina (UNMSM). Finalmente, la foto elicitación permitió conocer una parte de la experiencia que Elena Valera vivió en aquel lugar, y de las personas que fue conociendo, de aquellos contactos, que contribuyeron a que ella se convierta en artista y los objetos que producía en obras de arte.