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Casos prácticos

In document educar para madurar.pdf (página 60-62)

Un médico trabaja en una gran empresa desde hace 15 años. El trabajo lo desempeña a conciencia, con fruición y además con gran ilusión, ganándose poco a poco el respeto merecido por sus colegas. Pero tiene lugar un cambio de jefe. El nuevo es un «trepa» con el que pronto surgen desavenencias y roces conflictivos. De este modo se crea un clima hostil y lleno de celos que desemboca en humillaciones y acoso laboral (mobbing). El médico, que es una persona muy recta, no consigue superar esta nueva situación y pronto se le diagnostican una serie de síntomas alarmantes tales como sarpullidos (erupciones cutáneas) por todo el cuerpo, se intensifican las extrasístoles, que le dan un vuelco al corazón, como se expresaba el misma. Todo esto acompañado de síntomas serios de depresión con la consiguiente tristeza. El paciente tiene que tomar orfidal, dosis altas de antihistamínicos, ansiolíticos y antidepresivos. En total, acaba tomando ocho pastillas diarias para poder controlar su estado patológico de ansiedad y malestar generalizado como consecuencia de una relación humana tóxica que había irrumpido en su vida laboral, ante la que se veía indefenso. Al final decide, con su mujer, abandonar ese trabajo para poder plantearse una nueva trayectoria profesional. Al día siguiente de abandonar definitivamente su trabajo desaparecen todos los síntomas excepto la depresión, que tuvo que tratar durante unos meses.

Este caso nos indica la influencia dominante que tienen las buenas relaciones humanas sobre la salud corporal. En otros muchos casos análogos, el verdadero origen de la enfermedad permanece oculto hasta que este se revela gracias a una conversación llena de empatía entre el médico y el paciente. Tal es el caso de una paciente que manifiesta en la consulta,[55] que los domingos por la tarde

habitualmente le sobreviene un estado de pánico sin poder dominarlo. Presenta una taquicardia notoria de más de 100 latidos por minuto. Con este ritmo cardíaco rápido y a veces irregular el corazón no puede bombear eficazmente sangre con altos niveles de oxígeno a su cuerpo y le hace sentirse inquieta y angustiada pensando que pronto tendrá un infarto de corazón. En la piel, sobre todo en el cuello y en la cara, presenta unas pigmentaciones de color rosáceo y nota que la respiración se hace cada vez más difícil. El resultado de la consulta del médico de cabecera no presenta ninguna anomalía orgánica relevante. Al pormenorizar algún aspecto del desenvolvimiento del fin de semana con su marido tampoco aparece nada que pueda llamar la atención.

Finalmente se consiguió, en esta paciente de 48 años, dar con la clave para poder esclarecer la aparición de esos síntomas alarmantes. En medio de la armonía y de la relajación del domingo por la tarde, brotaban en ella de modo penetrante e incisivo pensamientos relativos al lunes por la mañana. El trabajo, que venía haciendo desde hacía muchos años, lo desempeñaba de buen grado. Pero en las relaciones con sus colegas de trabajo había tenido lugar un cambio considerable. Su antiguo jefe había sido sustituido por una directiva joven que carecía de esa capacidad de comunicación tan necesaria para crear un clima de confianza con las personas de su equipo. Le faltaba el feeling, le faltaba la química necesaria para poder empatizar con sus colegas. Además, se había incorporado gente más joven al personal de plantilla. Como consecuencia de estas alteraciones se enrareció el clima, tornándose en hostil y cargado de celos. Para la paciente las buenas relaciones con los compañeros de trabajo siempre habían sido decisivas, por lo que intentó hablar con sus superiores para tratar de solucionar los diferentes puntos de vista, pero una y otra vez, sus proposiciones fueron denegadas y rechazadas. Además, se le hizo saber sin contemplaciones que si no le gustaba el nuevo clima podría jubilarse. Este consejo lo consideró como una humillación ya que su puesto actual se lo había ganado gracias a un duro trabajo de muchos años. Con su marido no quería hablar de este tema porque, así decía, no soportaba ningún tipo de lloriqueos ni problemas relativos a las relaciones personales.

Muchas veces permanece oculto el verdadero origen de la enfermedad, y eso a pesar de que el cuerpo no para de emitir señales de alarma. El cuerpo humano tiene la capacidad de registrar percepciones inconscientemente y al mismo tiempo de activar, sin que nos demos cuenta, reacciones psíquicas y corporales.

Situaciones de alarma como las que acabamos de describir se presentan también en muchas otras situaciones. Por ejemplo, cuando las personas tienen que rendir más de lo que sus fuerzas les permiten, o en el caso de aparecer conflictos en la relación de pareja, en la familia o en el puesto de trabajo. Las luces rojas se pueden encender también cuando los profesores tienen miedo a los alumnos o a sus padres y no se sienten comprendidos por sus colegas y superiores o incluso cuando se sientan abandonados por ellos. Otras situaciones perturbadoras se producen cuando las personas pierden su puesto de trabajo o los adolescentes la confianza en sus padres, cuando se cuida hasta el exceso a un pariente necesitado, como por ejemplo a un niño discapacitado o a un paciente con Alzheimer. Ni que decir tiene que personas

abandonan su país como consecuencia de la violencia o de la guerra tienen que pasar por un verdadero calvario.

El cuerpo humano no solamente se alarma cuando le cae una viga o una piedra encima de la cabeza, la salud también depende en gran medida de los así llamados «hechos blandos» (soft facts), es decir, de las amenazas que aparecen por los conflictos interpersonales, falta de cercanía humana, de apoyo social y otros factores estresantes que están íntimamente unidos a la configuración de las relaciones humanas. Lo dicho nos permite afirmar que la felicidad depende en gran medida de las relaciones interpersonales, más incluso que del dinero o de la salud en general.

En caso de no afrontar con prontitud la nueva situación de estrés con un diagnóstico claro y una terapia adecuada, los síntomas iniciales fácilmente podrían difuminarse y desaparecer, por consiguiente, la conexión evidente entre causa y efecto. Esta relación entre lo que el paciente percibe como sobrecarga debida a los nuevos influjos del mundo exterior y sus manifestaciones somáticas ostensibles y que inicialmente son fáciles de detectar e identificar, con el paso del tiempo fácilmente se podrán difuminar. De este modo, la enfermedad podría independizarse y presentar poco a poco nuevos signos adicionales, lo cual dificultaría el diagnóstico correcto de la enfermedad subyacente.

De lo dicho podemos afirmar que el bienestar no solamente psíquico, sino también corporal, y, en concreto, el cerebral depende de la calidad de las buenas relaciones interpersonales. Allí donde las relaciones humanas disminuyen y se deterioran tanto cuantitativa como cualitativamente, las enfermedades aumentarán.

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