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CEMPOALA, CLAVE DE LA CONQUISTA CEMPOALA, CLAVE DE LA CONQUISTA

In document La ruta de Hernán Cortés (página 71-84)

Los tesoros de tesoros de Moctezuma Moctezuma

VI. CEMPOALA, CLAVE DE LA CONQUISTA CEMPOALA, CLAVE DE LA CONQUISTA

VI. CEMPOALA, CLAVE DE LA CONQUISTA

LA TIERRA cambia apenas abandonan los españoles el arenal donde se fundó la primitiva Villa Rica de la Veracruz. El paisaje de las costas mexicanas es, sin duda, semejante al de las Antillas, aunque más suntuoso y variado. Al norte se extienden blandas llanuras de jugosa yerba, en las que pacen los venados. En estas llanuras —Bernal les da el nombre

de sabanas— es posible reconocer las "hermosas vegas y riberas, tales y tan hermosas que en toda España no pueden ser mejores ansí de apacibles a la vista como de

fructíferas", mencionadas por el ayuntamiento de Veracruz en su carta del 10 de julio de 1519.

Los muchos ríos que desembocan en la mancha azul del Atlántico, cortan la llanura con sus quebradas y espesas cortinas vegetales. Abundan los bosques de árboles gigantes y las plantaciones húmedas del cacao. Las orquídeas se prenden al tronco de los caobes. El

campo está aromado de vainilla y flores desconocidas. De tarde en tarde, los maizales irrumpen con sus dorados tonos en aquella sinfonía de verdes gloriosos no registrada en crónica alguna de la Conquista.

En medio de esa naturaleza, a la par tierna y violenta como sus mismos hombres, se levantan los poblados indígenas abandonados la víspera, con su casa de ídolos en que se mezclan cuerpos mutilados, navajones de pedernal, incensarios, joyas y "muchos libros de su papel cogidos a dobleces como a manera de paños de Castilla". Rinden la jornada en el río Huitálac, llamado también de las Canoas y, hoy, de la Antigua, por la tercera Villa de la Veracruz que continúa dormida en su boscosa margen.

Pequeños incidentes alegran la fatiga de la marcha. Dan muerte a un gran pescado — posiblemente un tiburón— arrojado en seco por el mar a la playa. Pedro de Alvarado, montado en su yegua alazana, logra alancear un venado, pero escapa el animal, y el cazador no puede cobrar la pieza, con gran desencanto de los hambrientos soldados.

El ejército ha seguido la costa en busca de Quiahuixtlán, hasta que unos guías enviados por el cacique de Cempoala lo conducen a la capital de los totonacos. A una legua de la ciudad, veinte indios, llevando ramos de flores, surgen de la espesura, y explican a don Hemando que su señor, por ser hombre gordo y pesado, se quedó aguardándolos en su aposentos.

El incentivo del próximo poblado acelera la marcha. Los bosques y los campos cultivados se multiplican. Ya se distinguen, entre la sombra de los árboles, los templos y los humos que anuncian la cocina. De pronto, los corredores de campo que marchan a la vanguardia, regresan a rienda suelta, con rostros transfigurados, gritando que las

paredes de los templos y de las casas son de plata pura. En la imaginación de los soldados se dibuja, de golpe, la visión de una portentosa Cíbola. Arrojan las gorras

acolchadas al aire, enloquecidos de gozo. Algunos se arrodillan bendiciendo al Señor, que al fin remedia, con tan singular portento, su crónica miseria. Marina v Aguilar —en

quienes encarna la prosa de Sancho Panza— se encargan de traer a la realidad a los ilusos soldados, haciéndoles ver que lo que los corredores de campo han tomado por plata no es otra cosa que la cal de los muros recién enjalbegados. Los guerreros, menos locos que don Quijote, toman el chasco a broma y queda desde entonces como un refrán la frase de que a los conquistadores todo loblanco les parecíaplata.

A pesar de que Cempoala no sea, ni con mucho, una Cibola, tiene suficientes

atractivos para llenar de admiración a los españoles. Bernal la describe como un vergel. Las calles atestadas de curiosos, la riqueza de la ciudad, el esplendor del campo,

determinan que se la llame Villaviciosa y Sevilla. Si antes bendecían al Señor por la fábula de la plata, ahora lo bendicen por las hermosas tierras descubiertas con ayuda de su infinita misericordia.

El cacique Gordo —con este apelativo figura invariablemente en las crónicas—, raro espécimen entre los indios, risueño y sentimental, como son casi todos los hombres de carnes abundantes, los espera en el centro de la plaza, rodeado de caciques. Refulge en su morena tez el oro de sus arracadas y bezotes. El ritual de bienvenida —un ritual que los españoles encontrarán lo mismo en Tlaxcala que en Cholula y Tenochtitlán164se

cumple al pie de la letra. Primero, ceremonias, flores, incienso y amorosas palabras. Luego, el copioso banquete en el alojamiento enramado y el ofrecimiento del oro. Por último, el largo parlamento.

En Cempoala, Cortés se muestra como un Don Quijote y como un teólogo. Viene a deshacer entuertos y agravios. Su misión consiste en proteger al débil y en castigar a los malos, impidiendo el sacrificio de los inocentes y el culto a los ídolos, que son la viva representación de los demonios.

El cacique Gordo suspira con fuerza y, discretamente, su oscura manaza enjuga las lágrimas que ruedan por los abultados carrillos. No es que se arrepienta de sus idolatrías ni, mucho menos, que haya podido conmoverlo el problema aritmético de la Santísima Trinidad que Cortés expone. Nada de eso. El muy ladino busca un instante propicio parahablar de su propia situación y, redoblando los suspiros, en un arranque de dolor

incontenible, interrumpe la disertación teológica con fuertes sollozos.

"No puede más. La tragedia suya y la de su pueblo es espantosa, y sólo con la ayuda de los valerosos tenles podría conjurarse. Hacía poco tiempo que los mexicanos los habían sojuzgado; pero ya no pueden sufrir una hora más los tributos y las vejaciones que les imponen. Los recaudadores del tirano Moctezuma se llevan el oro, el cacao y el maíz, violan a las mujeres ante su vista y están obligados a contribuir con un número grande de esclavos, de vírgenes y de muchachos, para que sean sacrificados en los templos de México."

Cortés escucha ansiosamente. Cada reproche, cada lamentación, en las circunstancias por las que atraviesa el ejército, es de un valor inmenso. Antes de oír al cacique, no vislumbra siquiera la forma en que podría combatir al Imperio Azteca. El azar dictaba sus acciones, y procedía sin plan y sin orden, asestando palos de ciego al coloso que se juzgaba invencible. Ahora, el plan íntegro de la Conquista se le ofrece nítido en sus

menores detalles. Librará de sus amarras las fuerzas del odio y, con ellas, aplastará el Imperio de Moctezuma. El cacique Gordo es incapaz de medir el efecto que sus quejas provocan. Le está ofreciendo a Cortés la tea con que pueda incendiar el montón de inflamable paja sobre el que descansa el trono del tlacatecutli mexicano. Y caso curioso: entre los indios y los españoles sólo hay dos hombres que puedan leer el futuro, y estos dos hombres son: Cortés, el vencedor, por el camino de su agudo talento político, y Moctezuma, el vencido, por el menos claro, pero no menos infalible, de su intuición religiosa.

Al día siguiente, Cortés, muy de mañana, reanuda su marcha a Quiathuixtlán,

despidiéndose de su aliado el cacique. "Le aguardan susacales,pero no debe afligido la ausencia de los españoles. Volverán dentro de poco a Cempoala y, juntos, lograrán derrotar a Moctezuma."

Una grata sorpresa espera al ejército. Cuatrocientos indios tamemes se han puesto a sus órdenes para llevar el bagaje y la artillería. Los alegres soldados se despojan de sus pesadas mochilas; por su parte, los indios cubanos ya no soportarán integra la carga de los cañones y de la impedimenta militar.

Desfilan los corredores de campo. En orden, marchan por la plaza los caballos y los soldados. Atrás, en una larga hilera, cerrada a retaguardia por un peletón de blancos, avanzan como hormigas los hombrecillos oscuros llevando en sus espaldas, lombardas, mosquetones y los preciosos fardos del rescate.

El

El

orgullo aztecaorgullo azteca

Quiahuixtlán está desierta. No hay un alma en las calles. Abandonadas se ven las casas. Sólo en el templo, quince sacerdotes sahuman a los españoles con sus incensarios de

barro. Marina pregunta dónde se encuentra la gente del pueblo. Con voces humildes responden los sacerdotes que huyó de miedo a los tenles y a sus caballos y no regresarán hasta saber de cierto lo que son en realidad los extranjeros. Los indios están confusos y horrorizados. No saben si se trata de hombres o de dioses, pues la historia de sus batallas, los relatos deformados que corren de boca en boca, crean en torno a ellos una atmósfera de asombro y de miedo, que los fuerza a buscar la protección de los bosques y a dejar abandonados sus hogares y sus bienes.

A poco de estar Cortés en Quiahuixtlán, aparece, llevado en andas, el cacique Gordo. No bien está en presencia del capitán, reanuda la letanía de sus lamentaciones. Los españoles representan la única posibilidad de sacudirse el yugo azteca y a ellos se abraza desesperadamente, no vacilando en emprender largos viajes, que forzosamente habían de reventar a sus heroicos cargadores.

Es un acto dramático de primerísima calidad. Maneja con maestría los recursos patéticos. Tampoco esta vez escatima lágrimas y suspiros capaces de enternecer a las piedras. En un momento en que está tratando de pintar con sombríos colores la forma en que los recaudadores del tirano se llevan a sus mujeres y a sus hijos, súbitamentela 152 153

taratade los agravios muere en sus labios, palidece —si ello es posible—; su corpachón tiembla furiosamente y, murmurando algunas palabras de excusa, se retira lo más aprisa que le permite su corpulencia de paquidermo. ¿Qué ha sucedido? ¿A qué se debe la

precipitada fuga? 'Hablando del rey de Roma, luego asoma", sentencia Cortés al explicarle doña Marina la razón del ataque de pánico sufrido por el cacique. Sucedió que mientras hablaba, un indio de su séquito se le acercó discretamente avisándole que cinco

recaudadores de Moctezuma llegaban al pueblo en ese momento.

El espectáculo que presencia Cortés confirma las pinturas del reyezuelo totonaco. Los cinco recaudadores cruzan la plaza, sin dignarse mirar a los españoles. Llevan el cabello recogido en alto y atado con una cinta roja. Aspiran el perfume de unas raras flores, los esclavos los abanican con mosqueadores de plumas verdes, y los sigue una turba servil de caciques totonacas.

Estos emisarios son diferentes de los amables embajadores que Cortés conoció en Veracruz. Su poder —reflejo del poder imperial que ostentan— es enorme. No necesita Moctezuma un soldado para hacerse sentir en los territorios conquistados, pues con cinco hombres armados de bastones reina más eficazmente que si mandara un ejército a

recabar sus tributos.

Cortés puede ver con qué honra los acoge, encubriendo su odio, el quejumbroso cacique Gordo. Los hace entrar en los aposentos enramados, y pronto los servidores desfilan con jarras de chocolate y bandejas de ricas viandas. Don Hernando está

informado minuciosamente de lo que ocurre. Los recaudadores han reprochado al cacique el hecho de haber recibido a los teules blancos sin el expreso consentimiento del

emperador y el obsequiarlos con joyas de oro. El oro es de la propiedad de Moctezuma, y nadie más que él puede disponer de los tesoros totonacos. A fin de calmar la cólera de los dioses, se les debían entregar, sin dilaciones, veinte esclavos destinados al sacrificio.

En este punto, Cortés manda llamar al cacique y le ordena que haga prisioneros a los soberbios recaudadores. El cacique, colocado entre la espada y la pared, rechaza la audaz propuesta, que supone el aniquilamiento de sus pueblos. No puede decretar el suicidio en masa de todos sus súbditos renunciando a la sombra de poder que todavía ostenta. Cortés

tiene ganada de antemano la partida: "Sus cañones, sus caballos, la condición de sus invencibles guerreros, ¿no merecen la confianza del cacique? ¿Ha cruzado los mares para defenderlo o para entregarlo maniatado a las injustas pretensiones de Moctezuma?" El gordo señor, quebrándose las manos y no sin derramar un nuevo torrente de lágrimas, se doblega a las exigencias de su terrible aliado. Los cinco recaudadores, con todo y orgullo, son puestos en colleras, y a uno que se resiste, le dan de palos, con lo que se cumple simultáneamente un sacrilegio y una venganza.

El vencedor de los partidarios de Velázquez ya está urdiendo otro de sus golpes políticos, dirigido esta vez contra el propio corazón de Moctezuma. Al llegar la noche y sin que lo adviertan los totonacos, liberta a dos recaudadores, a los cuales manda llevar a su presencia.

"¿Quiénes son ellos y por qué están presos?"

Llenos de indignación contestan los aztecas: "Bien sabe Malinche que son mexicanos. También debe saber que con su ayuda y por consejo los han hecho prisioneros los

caciques de Cempoala y Quiahuixtlán."

Cortés finge asombro. "Ignora todo lo que les ha ocurrido y en prueba de ello, y, aunque se disguste el cacique Gordo, les concede la libertad." Los recaudadores se despiden haciendo reverencias y Cortés ordena que un batel los saque de Quiahuixtlán, secretamente, y los lleve a lugar seguro.

Al día siguiente, cuando el atribulado cacique Gordo le participa a Cortés la fuga de los dos prisioneros y su intención de sacrificar a los restantes, Cortés le reprende con

aspereza: "¿Cómo es posible que haya dejado escapar a los mexicanos? O ha querido traicionarlo para ganarse la voluntad de Moctezuma o sus guardias no sirven para nada." El cacique, deshecho en lágrimas se retuerce las manos jurando que es inocente de todo ese diabólico enredo. Cortés admite al fin sus excusas, pero le advierte que, como sus carceleros no le inspiran la menor confianza, él mismo se hará cargo de los prisioneros, y en ese momento ordena que los recaudadores sean llevados a uno de los navíos cargados de cadenas.

El efecto de esta maniobra en la Corte de México es precisamente la que buscaba Cortés. Moctezuma, al enterarse de la prisión de sus funcionarios —desacato del que no hay antecedentes en los anales del Imperio—, tiene un arranque juvenil y manda que un ejército se aliste para aniquilar a sus rebeldes tributarios, Más tarde, cuando los dos recaudadores libertados llegan a México y le refieren lo que por ellos ha hecho Cortés, cancela la salida de sus tropas y, en su lugar, dispone que dos deudos suyos —

posiblemente dos jóvenes hijos de Cuitláhuac— vayan a Quiahuixtlán, con un presente, para agradecer tan cumplida muestra de amistad.

Los mensajeros, asistidos por cuatro ancianos, con el regalo, exponen la gratitud del emperador, pero también sus reproches, pues con el auxilio de los blancos los de Cempoala se han atrevido a rebelarse, negándole obediencia y tributos. Sólo el gran respeto que les profesa por saber de cierto que son ellos los seres de que hablaban sus antepasados, determina que no se tome una venganza inmediata contra los totonacos. Sin embargo, andando el tiempo, "no se alabarán de aquellas traiciones".

A las.quejas de Moctezuma, Cortés antepone las suyas propias diciendo cómo una

noche, sin despedirse, su emisario Cuitlalpitoc abandonó el real, siendo ello causa de que buscaran refugio entre los pueblos totonacos, donde los recibieron con amor y juraron obediencia y sumisión a Carlos V. (Es así como Moctezuma se entera de que su imperio

principia a desmembrarse.)

Despedidos los enviados de Moctezuma, el cacique Gordo, al ver que el temido

emperador en lugar de enviar a un ejército para destruirlo había mandado a dos miembros de la más alta nobleza mexicana con espléndidos regalos, empezó a sentirse seguro y a pensar en las ventajas que obtendría de sus inesperados aliados. En un pueblo llamado Cingapacinga, situado a "dos días de andadura" de Cempoala, tenía un viejo pleito con el cacique, por cuestiones de tierras y de linderos. Había llegado el momento de solucionar este problema con la ayuda de los "tenles", que con tanta facilidad habían engañado a Moctezuma. Con el pretexto de que unos guerreros mexicanos estaban destruyendo estancias y sementeras, el ladino cacique Gordo, que ya veía abrírsele un risueño porvenir, solicita de Cortés el envío de unos soldados a Cingapacinga.

Cortés accede a la petición, pero al mismo tiempo imagina una hábil estratagema. "Sabéis, señores —dice a sus capitanes— que como estos indios nos tienen por dioses... he pensado que, para que crean que uno de nosotros basta para desbaratar a sus enemigos, enviemos a Heredia el Viejo."

El vizcaíno Heredia, veterano de las campañas italianas es un dechado de imperfecciones, uno de esos raros productos de la carrera de las armas, en cuyo cuerpo se registran, como en la crónica de una batalla, todos los horrores de la guerra. Tenía de por sí mala

catadura: la barba, enorme; la nariz, ganchuda; la cara, medio acuchillada; era tuerto y, por añadidura, cojo de una pierna.

Cortés lo manda llamar y le dice ante los nobles totonacos: "Id con estos caciques hasta el río —un río situado a un cuarto de legua escaso— y cuando allá Ilegáredes, haced que os paráis a beber y lavar las manos, y tirad un tiro con vuestra escopeta, que yo os enviaré a llamar. Esto hago porque crean que somos dioses o de aquel nombre y reputación que nos tienen puesto, y como vos sois mal gestado creerán que sois ídolo."

Heredia, sin molestarse por la alusión a su fealdad, se marcha con los caciques; al llegar al río dispara su escopeta y lo manda llamar Cortés, anunciando que, en prueba de su buena voluntad, él mismo iría a Cingapacinga en compañía de cuatrocientos soldados y catorce caballos. "Esto pongo aquí —escribe Bernal concluyendo el gracioso episodio—, por cosa de risa y porque vean las mañas que tenía Cortés."

En Cingapacinga, los españoles no hallan rastro de guerreros mexicanos, ni señales de despojo, ni siquiera intenciones de resistencia, cosa que aprovechan los totonacos para iniciar a su placer el saqueo del pueblo. En eso, ocho indios salen llorando y a través de Marina, se dirigen a Cortés preguntándole por qué causa quería matarlos sin haber hecho nada para merecerlo. Los de Quiahuixtlán y Cempoala tenían con ellos viejos pleitos, y ahora, validos de los tenles, pretendían robarlos y asesinarlos, según estaba ocurriendo ya, si Cortés no lo impedía.

El engaño de sus aliados era evidente. Cortés ordena la inmediata devolución del botín y reconviene públicamente a los totonacos: "¿Por qué le habían mentido? Los españoles no vienen a sacrificar ni a robar a los vecinos, delitos que se castigan con la pena de muerte."

Aquella habilidosa política permite a Cortés hacerse de un nuevo aliado en su lucha contra Moctezuma. Se conciertan las paces entre los pueblos rivales, y los vecinos de Cingapacinga, en una solemne ceremonia, prestan el juramento de obediencia a la sacra majestad católica del emperador Carlos V.

intermedio, donde se descubre que un soldado español apellidado Mora había robado a los indios dos gallinas. Cortés, en vena de deshacer entuertos, ordena se le ahorque sin contemplaciones. Ya el ratero está pataleando en el aire, cuando Alvarado, juzgando el castigo excesivo, corta la cuerda con un tajo de su espada, salvándole la vida.

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