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«Una voluntad que he pulido con la delectación de artista sostendrá unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados» Ernesto Che Guevara.

24 El caso Piglia, tal como lo muestran Los diarios de Emilio Renzi; el caso Walsh, como lo muestra la novela que no llegó a escribir; el caso Paco Urondo: «tomé las armas para poder tomar la palabra».

El Che fue un tremendo lector. Ricardo Piglia reconstruye, siguien- do los rastros de lectura que ofrecen los diarios de Guevara, una pasión que el propio Che vive intensamente, a veces, como una adicción aná- loga al tabaco, a veces como un rasgo melancólico que lo aleja de la sociabilidad con sus camaradas, otras como un modo de la intimidad en medio de la guerra.

En Ernesto Guevara, rastros de lectura, Piglia reconstruye la biografía del Che como lector y como escritor a partir de un primer mojón aso- ciado a la experiencia en estado puro, en un sentido casi etimológico existencial de esa palabra: la experiencia de la muerte inminente:

Guevara herido, pensando que muere, recuerda un relato que ha leído. Escribe Guevara, en los Pasajes de la guerra revolucionaria: «Inmediatamente me puse pues a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo texto de Jack Lon- don, dónde el protagonista apoyado en el tronco de un árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas hela- das de Alaska. Es la única imagen que recuerdo» (Piglia, 2014, p. 94).

Piglia lee en este gesto la poética de la lectura que hilvanará la vida entera del Che: la lectura forma y da sentido de la experiencia: «La vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en una ficción» (2014, p. 94). El sentido de la experiencia ya no se transmite oralmente —ese tipo de sentido se ha perdido, como muestra Walter Benjamin en El narrador—, sino que se realiza por la lectura, en so- ledad. Esa tensión entre la soledad y el camino, entre la soledad y la realización colectiva más extrema, aquella que supone la vida revolucio- naria, atraviesa y desgarra la subjetividad del Che, al mismo tiempo que define los contornos de su identidad. En medio de una vida absoluta- mente despojada —es el propio Che, en sus diarios de Bolivia, quien dice que para entrar en la guerrilla hay que considerarse ya muerto— la lectura trae y conserva un resto, una ruina de la cultura: «La lectura se opone a un mundo hostil, como los restos o los recuerdos de otra vida» (Piglia, 2014, p 95). La lectura como refugio, configura así la imagen del Che como último lector: el lector que lee buscando una cifra para una experiencia extrema que, como tal, en sus vicisitudes cotidianas, ca-

rece de sentido. La lectura así practicada «se asimila con la persistencia y la fragilidad. Guevara insiste en pensarla como una adicción. “Mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura”» (p. 96), escribe Piglia (2014), citando al Che.

Como dice Piglia, el Che «lee en el interior de la experiencia, hace una pausa» (p. 97). Se introduce así un elemento impropio, un frag- mento de la vida contemplativa, en la vida del guerrillero que es una vida de marcha y de movilidad constante, como afirma el propio Gue- vara en Guerra de guerrillas:

Característica fundamental de una guerrilla es la movili- dad, lo que le permite estar, en pocos minutos, lejos del teatro de la acción y en pocas horas, lejos de la región de la misma, si fuera necesario; que le permite cambiar constantemente de frente y evitar cualquier tipo de cerco (Guevara, 1967, p. 45).

Incluso, contradiciendo sus propias máximas relativas a la ligereza propia de la marcha del guerrillero, el Che, en la huida en Bolivia, lleva un pequeño portafolios atado al cinto con sus libros y una libreta en la que escribe un diario. Cuando es apresado en Ñancahuazu, es lo único que aún conserva.

Desde esta lectura, es posible conjeturar por qué el Che discute el canon del realismo socialista y con él, la supuesta ejemplaridad de la experiencia soviética. Sus afirmaciones sobre el arte y la literatura, en el texto que citamos más arriba, privilegian la invención por sobre el ajuste a un canon. Es un pensamiento que lo acerca a la estética ran- cieriana y a sus postulados en relación con la política: el arte posee su

propia política, como así también, los hombres y los pueblos (Rancière,

2006). Pero también lo aproxima a la inestética de Alain Badiou: en el arte y en la literatura se produce una verdad, un real que permite a las personas ingresar en un proceso de subjetivación y salir de la mera serie de la individualidad.

En este sentido, la experiencia por excelencia para el Che, es la expe- riencia del viaje, algo que, como señala Piglia, aproxima a Guevara con los escritores de la beat generation:

Hay que convertirse en escritor fuera del circuito de la literatura. Sólo los libros y la vida. Ir a la vida (con libros en la mochila) y volver para escribir (si se puede volver). Guevara busca la experiencia pura y persigue la literatu- ra, pero encuentra la política y la guerra (Piglia, 2014, p 103).

El sujeto se construye en el viaje, viaja y se escribe, para transformarse en otro.

Memoria y resistencia. Subjetividades, cultura y política