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En China, un viejo cocinero

In document El Cuenco y El Baston 120 Cuentos Zen (página 139-142)

Cuando el Maestro Dogen se dirigió a China, en 1223, a la edad de 24 años, se encontró con un viejo tenzo que secaba champiñones. Hablaron y el viejo tenzo le dijo:

—Joven, joven extranjero, usted no comprende el verdadero sentido de las palabras, no comprende el bendo, la práctica de la Vía.

Esta respuesta de sentido muy profundo resonó profundamente en Dogen. Su espíritu fue conmocionado. En este momento encontró el verdadero zen y comprendió el gran satori.

Dogen había llegado a Chang Hai procedente del Japón. Dormía en el mismo barco que le había llevado y cada mañana se sumergía en la animación del puerto. En esta época, la actividad era intensa en Chang Hai, el comercio con el Japón estaba muy desarrollado. La China importaba del Japón sobre todo los champiñones llamados shitake, tan preciados en los monasterios zen por su sabor simple y su alta calidad. El sabor, en la cocina de los templos zen, ha ocupado siempre un lugar importante y constituye materia de educación para un monje.

El mondo que tuvo lugar entre este anciano tenzo de sesenta o setenta años y el joven Dogen de veinticuatro, adquirió el valor de un acontecimiento histórico. Sin este mondo, Dogen no habría podido encontrar al maestro Nyojo, ni comprender a fortiori el verdadero zen.

El sol caía y el monje se levantó para volver al templo, pero Dogen le rogó que le acompañara hasta el camarote que ocupaba en el barco, para continuar la discusión.

—¿Para qué le sirven todos estos champiñones? —inquirió Dogen.

—Debo cocinarlos para la comida de mañana de los monjes —respondió el viejo monje.

—¿Cuándo debe usted volver al monte Kono? —continuó Dogen, impulsado por la curiosidad que le inspiraba el viejo tenzo.

—Justo después de la comida. Está muy lejos de aquí, a treinta o a treinta y cinco li — respondió el anciano.

—¡Está muy lejos! —exclamó Dogen—. Debe usted dormir aquí, le ruego que tome mi habitación por esta noche. ¡Quisiera oírle hablar del zen chino, oírle hablar sobre el Dharma!

—¡Imposible! —contestó secamente el tenzo—. Debo cocer esta noche los champiñones para darlos mañana a los monjes.

Dogen no comprendía esta respuesta que consideraba como testarudez.

—¡Habrán tantos monjes que puedan hacer su trabajo! ¡Su ausencia no debe ser tan importante! —Usted no puede comprender —prosiguió el tenzo—, que el trabajo de cocinero es una tarea transmitida desde los tiempos antiguos. Esta transmisión constituye la transmisión del bendo; ella es en sí la práctica de la Vía. Así debe ser considerado el trabajo cuya gran importancia y valor profundo se ha perpetuado desde el buda, a través de la línea de los Patriarcas hasta mí. Esta tarea no puede ser asumida por otra persona, ni ser cambiada. Mi responsabilidad es muy importante. Es impensable que yo duerma aquí.

Al decir esto, el monje manifestaba su impaciencia. Pero Dogen insistió:

—¿Cómo es que usted, que es tan mayor, que tiene una cara tan noble e inteligente, y una mirada que refleja profundidad y sabiduría, es solamente cocinero? ¡Yo pensaba que usted consagraría su tiempo a estudiar los sutras y a hacer zazen! ¡Y ha hecho todo este largo camino solamente para comprar champiñones!

zen.

Pero el viejo tenzo le dijo:

—Joven monje, usted no conoce el verdadero sentido de las palabras, usted lo ignora. ¡Usted ignora el bendo...! La noche ha caído, tengo que volver.

Dogen fue muy impresionado tanto por las palabras como por la actitud del monje. Más tarde escribiría:

"Fui atravesado por un escalofrío y por largo tiempo quedé conmovido. Sentí mucha vergüenza."

Volviéndose hacia él, el viejo monje le hizo esta última observación:

—Cada una de las palabras de su mondo no son más que palabras, vocablos sin vida. Pero si usted quiere que sus palabras se vuelvan la práctica auténtica, debe comprender profundamente el valor de donin, el valor del "hombre de la Vía".

A pesar de la simplicidad del lenguaje, Dogen no pudo comprender inmediatamente, pero sentía la veracidad de estas palabras y no deseaba separarse del viejo monje. Al día siguiente partió para el monte Kono. Su espíritu estaba conmovido. Sus prejuicios sobre el trabajo intelectual y el trabajo físico, que él oponía completamente, se encontraban alterados. Todas sus concepciones sufrían en ese momento las profundas repercusiones. Trabajar, desde luego, hacer ceremonia, estudiar los sutras, he aquí lo que él consideraba como la práctica de la Vía. Pero este viejo monje, venido desde tan lejos para comprar los champiñones que después cocinaría, esto superaba su comprensión actual.

Sin embargo, las palabras del viejo tenzo sonaban justas y penetraron profundamente en el joven espíritu de Dogen.

El maestro Dogen se dirigió al templo de Keitokuji. A mediados de julio participó en la sesshin de verano. Al final de la sesshin, el viejo tenzo tenía que volver a su pueblo natal. En el momento en el que se despedía, Dogen le hizo su última pregunta:

—¿Qué son las palabras?

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco... —respondió el tenzo.

—¿Qué es bendo, la práctica de la Vía? —preguntó aún Dogen. —¡La Vía existe por todas partes! —dijo el viejo tenzo.

Era muy simple y Dogen se despertó. En el Tenzo Kyo Kun , la obra de enseñanzas destinadas a los cocineros, que más tarde escribió de vuelta al Japón, dice:

"Comprendí verdaderamente, profundamente, lo que era la práctica de la Vía, gracias a las palabras del tenzo."

El espíritu de Dogen, hasta este último mondo, rebosaba de dudas. La vida que había llevado en el templo Keitokuji no había logrado borrarlas.

"Yo pensaba que las palabras, los sutras eran exteriores al espíritu. Pensaba pues, que zazen y la enseñanza estaban en dos planos irremediablemente diferentes, que la práctica de la Vía y la realización de las tareas de la vida cotidiana eran dos cosas bien separadas. Creía que únicamente zazen y la atención sobre el comportamiento justo del monje constituían la práctica de la Vía.

—Todo eso no es importante —le dijo el cocinero—. Todo eso se refiere a un ideal; pero entre el ideal y la realidad, entre zazen y la sabiduría no debe haber ninguna dualidad.

Pero Dogen nunca había logrado hasta el presente hacer la unidad: el espíritu de Buda y la enseñanza de los sutras, la práctica y el satori permanecían separados en el tiempo y en el espacio, y el tiempo y el espacio mismos estaban inconmensurablemente alejados. Su razonamiento era lógico: puesto que todo el mundo tiene la naturaleza de Buda ¿por qué es necesario practicar para obtener el satori? y ¿por qué hay que buscar el satori puesto que todas las existencias, desde su nacimiento hasta

su muerte, poseen intrínsecamente la naturaleza del satori? A pesar de ello, el Buda mismo practicó y buscó la Vía durante seis años. Todos estos pensamientos se revolvían, se contradecían, se excluían mutuamente provocando el vértigo en el espíritu de Dogen que buscaba racionalmente la verdad. La dualidad indisoluble le sumergía profundamente en la duda. Esta contradicción fue reflejada en la primera fase del Genjo Koan:

"Cuando todas las existencias son el dharma del Buda, hay satori o ilusión, práctica o certificación, vida o muerte, budas o seres sensibles."

Esta frase se convierte naturalmente en otra: "Cuando todas las existencias son vistas como carentes de sustancia, no hay ni ilusión ni satori, ni práctica ni certificación, ni budas ni seres sensibles, ni nacimiento ni muerte."

Gracias al viejo cocinero pudo comprender; la tercera frase es la resolución de la contradicción:

"Originalmente la Vía del Buda se trasciende a ella misma, no hay idea de abundancia, ni de carencia, sin embargo hay nacimiento y destrucción, ilusión y satori, seres sensibles y budas. Pero aunque esto sea así, las flores se marchitan aunque se las ame y se las llore, y la mala hierba crece aunque no se la ame y se la rechace."

De esta manera pudo realizar la síntesis comprendiendo que la contradicción es necesaria. La resolución de un solo aspecto no puede conducir a la perfección del satori. Por eso Dogen habla en el Shobogenzo de shu-sho: la práctica-satori, o Via-satori ; materia y espíritu, práctica y satori (realización) son unidad. Por eso el satori de zazen es infinito; shu no sho, el satori del zazen, no hay fin en el satori. Este punto es muy importante y de una profunda filosofía. La práctica de zazen es equivalente al satori. Es por lo que Dogen habla sin cesar de zazen.

In document El Cuenco y El Baston 120 Cuentos Zen (página 139-142)