organizada en tres grandes órdenes militares. El continuo conflicto representado por la reconquista y el hecho de que sólo la conquista y el pillaje hacían posible el ascenso dentro de la rígida estructura social ibera de la Baja Edad Media, se combinaron para infundir un fuerte espíritu militar a la sociedad española. Abrirse camino mediante grandes hazañas en combate con los moros y al servicio del rey: esto llegó a definir a un segmento de la nobleza baja —los llamados hidalgos—, que ambicionaba tierra, poder y estatus, y que pasó a ser el prototípico héroe social de la España de la Reconquista.
Los valores españoles de la tardía Edad Media se vieron configurados por un espíritu distintivamente aristocrático, derivado de las grandes familias de la nobleza que dominaban la sociedad castellana. Fue esta nobleza, también al servicio del rey, la que organizó y lideró la Reconquista. A cambio de sus servicios, la Corona de Castilla recompensó a hidalgos y grandes con inmensas mercedes de tierra en los territorios tomados a los moros. Para finales del siglo XV, entre el dos y el tres por ciento de la población de Castilla poseía el 97 por ciento de la tierra, más de la mitad de la cual estaba en manos de las grandes familias de la nobleza del reino. Una creciente escasez de mano de obra, debida en parte a los efectos duraderos de la Peste Negra en el siglo XIV, provocó que los grandes terratenientes del centro y sur usaran sus tierras para la crianza de ovejas, y que el comercio de lana pasara a ser la espina dorsal de la economía castellana.
La Iglesia católica fue un tercer gran contribuyente a la formación de la sociedad hispana durante la Reconquista. La Iglesia dio a la empresa de la expansión militar un impulso espiritual y una justificación ideológica que escondía los motivos económicos y políticos más elementales que sustentaban el movimiento. Impulsada por el deseo de derrotar y convertir a los moros paganos al cristianismo, la Iglesia, aliada cada vez más del Estado, inspiró y vitalizó la reconquista con un espíritu de cruzada que llegó a penetrar en todos los estratos de la población.
A pesar de este cuadro mayormente «feudal» de la tardía sociedad medieval hispano-castellana, los valores comerciales y burgueses no faltaban en la Península. Un estrato burgués de comerciantes y tenderos que se había desarrollado en los pueblos y ciudades de Castilla, comenzó a desafiar el dominio político de la aristocracia a finales del siglo XV. Es más, una poderosa clase de comerciantes mercaderes sobre todo en Aragón y la región de Levante, hacía tiempo estaba involucrada en el comercio del Mediterráneo, al igual que el puerto de Sevilla al sur, el cual quedaría incorporado a Castilla con la derrota de los moros. Aunque eran los predecesores del capitalismo mercantil ibérico en desarrollo, los comerciantes mercaderes de España siguieron bajo la sombra de la gran aristocracia terrateniente de Castilla. Sin embargo, sus esfuerzos empresariales jamás fueron evadidos del todo por los grandes, muchos de los cuales se dieron cuenta de que la acumulación de riquezas servía como base para mantener el estatus noble y aristocrático.
Entonces, los valores militares, aristocráticos, religiosos y los incipientes valores comerciales se combinaron durante las fases tardías de la larga reconquista para configurar la tardía sociedad medieval española en vísperas del encuentro de Colón con el Nuevo Mundo. Al mismo tiempo, el Estado moderno comenzó a formarse a partir del entorno abigarrado de los reinos cristianos ocupados, bajo la dirección de Castilla, en el esfuerzo por expulsar a los moros de la Península Ibérica. Ayudado por la renta tributaria de los pueblos y las clases urbanas, el Estado expandió gradualmente su autoridad y atrajo a la aristocracia hacia el sistema administrativo que iba surgiendo. La expansión de un nuevo Estado nacional se desarrolló aún más con la unificación de los reinos de Castilla y Aragón mediante el matrimonio real de la reina Isabel y el rey Fernando en 1479. Los restantes reinos cristianos fueron incorporados gradualmente a la Corona, de tal modo que la incipiente unificación política de España estaba virtualmente completa ya en 1492, cuando el último bastión moro de Granada fue derrotado por el ejército invasor castellano.
El ímpetu final para la unificación tuvo lugar en 1492, a partir de la orden dada por la Corona de expulsar y confiscar las propiedades de todo judío o moro que no se convirtiese al cristianismo. Ostensiblemente dirigida a lograr la pureza étnica mediante la conformidad religiosa, la expulsión tuvo varias consecuencias significativas. Ella eliminó un segmento comercialmente dinámico de la población, cuyas consecuencias fueron adversas para el desarrollo del incipiente capitalismo ibérico, y reforzó la vieja noción medieval de la «pureza de sangre», o ascendencia cristiana, como precondición para ser un buen ciudadano en la emergente nación hispana. Llevada al Nuevo Mundo, la «pureza de sangre» se convertiría posteriormente en un sesgo racial contra los indios y otras personas de color. Para hacer cumplir el nuevo conformismo religioso, el Estado estableció la institución de la Inquisición, fundada en Castilla en 1483. Ella no solamente representaba otro refuerzo del vínculo entre Corona y Estado, sino que constituyó además uno de los primeros intentos efectuados por un Estado moderno para vigilar los pensamientos de sus ciudadanos.
El año de 1492 constituyó un hito para España por otro motivo más. En ese mismo año, después de un peligroso viaje transatlántico de descubrimiento de treinta y dos días, Cristóbal Colón desembarcó en una isla caribeña que él erróneamente pensaba se encontraba en las márgenes del gran imperio de la China. El «descubrimiento», en 1492, de lo que posteriormente fue percibido como un «Nuevo Mundo», dio una salida a las ambiciones materiales, militares y religiosas de la nación española recién victoriosa y unificada. En suma, 1492 fue, en palabras de Steve Stern (JLAS 1992: 2), un «símbolo de la salvación excluyente, la unificación política y la expansión imperial condensadas en uno».
Pizarro y la empresa conquistadora
Francisco Pizarro, un hidalgo con mejillas hundidas y barba rala de Trujillo, en Extremadura, representaba al típico aventurero arribista llegado a América luego del «descubrimiento» de Colón, en busca de fortuna. Según Varón Gabai (1997), era el hijo ilegítimo de un hidalgo trujillano no muy rico con una mujer de baja extracción, posiblemente una sirvienta. Al igual que muchos de sus paisanos extremeños, Pizarro se embarcó hacia las Indias en 1501 con la flota de Nicolás de Ovando, el gobernador de la Española. Aunque poco es lo que se sabe de los comienzos de su carrera en las Indias, en 1513 era el lugarteniente de Vasco Núñez de Balboa cuando este último descubrió el océano Pacífico. Al fundarse Panamá al año siguiente, Pizarro fue uno de sus vecinos más prominentes y miembro de su cabildo.
Panamá pronto pasó a ser una incubadora de rumores sobre una tierra rica que yacía al sur, a la cual los españoles llamaron Birú. Esto provocó que Pizarro formara una «compañía» con otros dos socios para montar expediciones de exploración y conquista hacia el sur, a lo largo de la costa occidental de Sudamérica. Sus socios fueron Diego de Almagro y Hernando de Luque, un sacerdote que aparentemente representaba a un oidor local. Estas expediciones de descubrimiento y conquista en las Américas eran consideradas empresas comerciales especulativas, en las cuales los organizadores tomaban prestado y/o invertían su propio capital para preparar sus proyectos. Los reclutas tenían que llevar sus propios caballos, equipos y armas, y en lugar de salario recibían una parte previamente estipulada del botín. Pizarro proporcionaba las naves y otras provisiones.
En 1529 Pizarro recibió una capitulación de Carlos V (1516-1556), que le daba el rango de gobernador y capitán general de todo el territorio mil seiscientos kilómetros al sur de Tumbes, en la costa norte peruana. Ésta resultó ser una designación geográfica vaga que, según Hemming (1970), posteriormente pondría en duda si era Pizarro o su socio Almagro quien tenía jurisdicción sobre el Cuzco. También se le concedió el derecho a otorgar tierras y encomiendas (el control de los indios conquistados), y a organizar una nueva colonia según el modelo de las islas Canarias, el primer territorio hispano de ultramar.
En las expediciones de Pizarro había soldados profesionales, pero la mayoría eran experimentados combatientes de indios, una habilidad adquirida en otras partes de América antes de arribar al Perú. La mayoría de sus jefes tenían entre treinta y cuarenta años de edad, siendo Pizarro la excepción con cincuenta y cuatro. Entre ellos estaban Sebastián de Benalcázar, posteriormente conquistador de Quito, que llevó consigo treinta veteranos de Nicaragua, y el brioso Hernando de Soto. La formación educativa de los reclutas cubría una amplia gama, desde analfabetos hasta juristas e hidalgos (pero ninguno pertenecía a la alta nobleza).
Los más ilustrados eran los escribanos, contadores, notarios y unos cuantos mercaderes, en tanto que los menos ilustrados eran artesanos, marineros y labradores. Según Lockhart (1972: 42), «el grupo tenían un sabor global plebeyo [pero] su principal fortaleza, numérica y cuantitativamente, yacía en la gente del común capaz y que sabía leer y escribir, los profesionales de baja jerarquía y los hidalgos marginales». La mayoría de ellos estaban motivados, no por un espíritu aventurero, como usualmente se cree, sino por la pobreza, la rivalidad y la oportunidad de ganar algo.
En su tercer viaje en 1530, Pizarro supo de la amarga guerra civil librada por todo el imperio inca desde el deceso prematuro del Sapa Inca Huayna Cápac en Quito, posiblemente debido a la viruela, en algún momento entre 1525 y 1527. La enfermedad se había propagado rápidamente hacia el sur luego del primer encuentro colombino, asolando los pueblos amerindios del Caribe y Mesoamérica a medida que avanzaba la conquista.
Mientras se encontraba en Tumbes, Pizarro recibió emisarios de Atahualpa y supo que acampaba en los alrededores de Cajamarca, donde descansaba en los renombrados baños termales y esperaba nuevas de sus generales sobre la derrota final de las fuerzas de Huáscar, en la batalla por el Cuzco. Poco después, la pequeña fuerza de Pizarro, que constaba de 62 hombres de a caballo y de 106 de a pie, inició el largo ascenso de los Andes. Cuando ingresaron a Cajamarca el 15 de noviembre de 1532, la ciudad estaba virtualmente desierta. Los españoles, escribiría Felipe Guamán Poma de Ayala (citado en Dilke 1978: 108 [Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva crónica y buen gobierno. Madrid: Historia 16, 1987: 388]), autor de una crónica tardía, parecían estar «amortajados, toda la cara cubierta de lana, y que se le parecía sólo los ojos. Y en la cauesa trayya unas ollitas colorado [...]». Si bien su aspecto y ciertamente sus caballos eran curiosos, este destacamento de extraños resultaba una distracción menor para el poderoso Inca, cuyos ejércitos ya habían derrotado a su rival y tomado el Cuzco. Acampado con un inmenso ejército, que tal vez sumaba hasta ochenta mil tropas, el Inca reflexionaba probablemente sobre lo sucedido en el Cuzco y sus planes de dirigirse triunfante a la ciudad.
La subestimación no era la única ventaja que Pizarro y sus tropas tenían en Cajamarca. También sabían de la guerra civil inca y contaban con un plan de batalla ya probado: repetir la táctica seguida por Cortés en México de capturar al emperador y aliarse con sus enemigos, en una estrategia de divide-y-vencerás. Contaban con una tecnología militar superior: caballería, cañones, mosquetes y, sobre todo, las espadas fabricadas con acero de Toledo, las más finas de toda Europa. En otras partes de América, estas armas habían resultado ser inmensamente superiores, en campo abierto, a las fuerzas amerindias, no importa cuanto más numerosas, armadas únicamente con hachas de la edad de piedra, hondas y una armadura acolchada con algodón. El caballo, en particular, desconocido en las Américas,
dio a los españoles una fuerza de caballería sumamente móvil capaz de romper formaciones nativas y, en general, de desatar el caos entre los soldados de a pie con una protección ligera.
La plaza desierta de Cajamarca, donde Pizarro acampó a sus tropas, era un lugar ideal para preparar una emboscada. Posteriormente, el Inca admitió a Pizarro que, paradójicamente, él mismo había planeado aplastar y capturar a los españoles en su fatídico encuentro en la plaza. Atahualpa dejó el campamento de su ejército avanzada la tarde del sábado 16 de noviembre e hizo una entrada ceremonial a la plaza. Tal pompa y ritual no eran raros en los encuentros incaicos con grupos étnicos que estaban fuera del imperio, una demostración calculada de poder que a menudo llevaba a negociaciones y a una ocupación pacífica.
Luego la delantera de la gente comenzó a entrar en la plaza; venía delante un escuadrón de indios vestidos de una librea de colores a manera de escaques; éstos venían quitando las pajas del suelo y barriendo el camino. Tras éstos venían otras tres escuadras vestidos de otra manera, todos cantando y bailando. Luego venía mucha gente con armaduras, patenas y coronas de oro y plata. Entre éstos venía Atabalipa en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata.
Traíanle muchos indios sobre los hombros en alto, y tras desta venían otras dos literas y dos hamacas, en que venían otras personas principales; luego venía mucha gente en escuadrones con coronas de oro y plata. Luego que los primeros entraron en la plaza, apartaron y dieron lugar a los otros, En llegando Atabalipa en medio de la plaza, hizo que todos estuviesen quedos...
Jerez, citado en Morris y von Hagen 1993: 151 [Francisco de Xerez, “Verdadera relación de la conquista de la Nueva Castilla”. Biblioteca Peruana, primera serie, I, Lima, Editores Técnicos Asociados, 1968: 227-28]).
Al no encontrar a ninguno de los españoles, que armados con todo su equipo de combate estaban escondidos en los edificios circundantes esperando lanzar su trampa, Atahualpa se sorprendió, creyendo, al parecer, que se escondían por temor a su gran ejército.
Entonces el sacerdote Valverde y un joven traductor se acercaron al Inca desde los edificios y comenzaron a presentar, en forma algo incoherente, el famoso requerimiento real, un llamado de formulación legalista para que los indios aceptaran el cristianismo o sufrieran una «guerra justa». También entregó al Inca una Biblia que Atahualpa examinó, y entonces éste, en señal de disgusto por la pretensión de que ella representara la palabra de Dios, la arrojó furioso al suelo. Cuando el Inca se puso de pie y dijo a sus hombres que estuvieran listos, Valverde gritó a Pizarro que iniciara el ataque. Según la versión del cronista español Zárate,
[...] luego [Pizarro] mandó desparar el artillería, y los de a cauallo acometieron por tres partes en los indios y el Gouernador acometió con la infantería azia la parte donde venía Atabaliba, y llegando a las andas, començaron a matar los que las lleuauan, y apenas era muerto vno, quando en lugar dél se ponían otros muchos a porfía. ... y echando mano por los cabellos a Atabaliba (que los traya muy largos), tiró rezio para sí y le derribó, y en este tiempo los christianos dauan tantas cuchilladas en las andas, porque eran de oro, que hirieron en la mano al Gouernador, pero en fin él le echó [a Atahualpa] en el suelo y, por muchos indios que cargaron, le prendió. Y como los indios vieron a su señor en tierra y preso, y ellos acometidos por tantas partes y con la furia de los cauallos que ellos tanto temían, boluieron las espaldas y començaron a huyr a toda furia
(Zárate, citado en Morris y von Hagen 1993: 152 [Agustín de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, ed. de Franklin Pease G.Y. y Teodoro Hampe. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1995: 75- 76]).
En la estampida subsiguiente, cientos de indios fueron aplastados mientras intentaban escapar de sus atacantes escalando los muros de la plaza de 1,80 m de altura, en tanto que otros eran muertos por las espadas de los españoles. Al
El primer encuentro en Cajamarca entre [Hernando] Pizarro (y Benalcázar) y Atahualpa en 1532, imaginado por Felipe Guamán Poma de Ayala (1615) en un dibujo titulado Conquista/En los banos
estava Atagvalpa Inga..., de su Primer nueva corónica y buen gobierno, vol. 2,
editada por John V. Murra y Rolena Adorno, traducciones del quechua de Jorge L. Urioste (Ciudad de México, 1980), p. 355. Reproducido por cortesía de Siglo Veintiuno Editores, Ciudad de México.
colapsar los muros, los jinetes persiguieron a los indios en fuga por la planicie circundante, rodeándoles y desbaratando otras unidades nativas, dando muerte supuestamente a centenares de ellos. Aunque Pizarro fue ligeramente herido por uno de sus hombres, los españoles no tuvieron ninguna baja.
Además de la gran carnicería inflingida a sus tropas, la sorprendente captura de Atahualpa significó que la conquista había comenzado con un jaque mate mortal. Una vez prisionero, Atahualpa pronto descubrió la obsesión española con los metales preciosos, y por lo tanto ofreció entregar un tesoro en oro y plata como rescate por su libertad. La oferta sorprendió aparentemente a los españoles, pero Pizarro estuvo de acuerdo. Durante los meses siguientes, un lote fabuloso de tesoros incas —unas 11 toneladas nada más en objetos de oro— recogido en todos los rincones del imperio fue entregado en Cajamarca. Después de su fundición, el botín total sumaría más de 1,5 millones de pesos, el equivalente de más de $75 millones en dólares de 1998. Pizarro distribuyó cuarenta kilos de oro y ochenta y uno de plata a cada jinete, y aproximadamente la mitad a los hombres de a pie, reteniendo trece partes para sí mismo pero asignando menos a Almagro, su socio, quien arribó después de la batalla con refuerzos desde la costa.
Una vez enriquecidos con el tesoro del Inca, los españoles incumplieron su acuerdo de liberar a Atahualpa. Circulaban rumores de un ataque inminente por parte de uno de sus comandantes, ordenado supuestamente en secreto por el mismísimo Inca prisionero. Los españoles entraron en pánico y acusaron a Atahualpa de traición. Aunque los cargos resultaron no tener base alguna, el Inca fue ejecutado sumariamente y sin juicio, con el garrote. Los españoles hubieran querido quemar al emperador como hereje, pero le ofrecieron el garrote si aceptaba ser bautizado. Atahualpa tal vez aceptó para así conservar su cuerpo debido a la tradicional costumbre incaica de dar culto a los ancestros con las momias de sus difuntos reyes. Por esta razón, Pizarro fue posteriormente reprendido por el rey, a quien no le placía la idea del regicidio.
El deceso de Atahualpa dejó al imperio virtualmente descabezado y políticamente convulsionado, permitiendo a Pizarro proseguir con su estrategia de divide y vencerás, aliándose con la facción de Huáscar. Hizo esto coronando emperador a Túpac Huallpa, el joven hermano de Huáscar, en una sofisticada ceremonia aunque apresuradamente preparada. Los españoles iniciaron entonces la marcha hacia el Cuzco, ganando aliados a lo largo del camino entre la facción de Huáscar para su enfrentamiento final con el norteño ejército iquiteño de Atahualpa, que aún controlaba la capital. Otros grupos étnicos como los huancas, que albergaban sentimientos antiincas, fueron en auxilio de los españoles en Jauja, que se veian amenazados por las fuerzas de Atahualpa.
Tras inflingir una serie de derrotas a los quiteños en retirada, los españoles y sus aliados indios culminaron el avance al Cuzco derrotando a sus adversarios
en las montañas encima de la ciudad a mediados de noviembre de 1533 (un año después de los eventos de Cajamarca). Descorazonado, el ejército norteño