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A L E J A N D R O D E A B O N U T I C O

cederá cuando yo quiera, y Alejandro, mi profeta, me lo pida, y ruege por vo­ sotros7-, a veces incluso carecían de sen­ tido. Glicón prescribía también medi­ camentos y dietas, recomendando con frecuencia las cytmides, nombre inven­ tado por él para designar un remedio fortificante hecho con grasa de oso.

Cuando el oráculo estaba en su apo­ geo, Alejandro ideó un tercer método de consulta: los oráculos «nocturnos». To­ maba las tiras de papiro y se acostaba sobre ellas, dando las respuestas como si las hubiese oído al dios en sueños8.

Con las enormes sumas que obtenía (setenta u ochenta mil dracmas al año, dice Luciano9) pagaba a las muchas personas que estaban a su servicio: una red de espías que le proporcionaba in­ formaciones útiles, el personal dedica­ do a la propaganda del oráculo, guar­ dianes del templo, falsificadores de sellos, etc.

La fama del oráculo se extendió por las ciudades vecinas llegando incluso a Roma, entre cuyos consultantes figu­ raron hombres de la categoría social de Severiano, tetrarca de Galacia, que lle­ vó a cabo una expedición militar con­ tra Armenia siguiendo las indicaciones del siguiente oráculo autófono: Después de someter a partos y arme­ nios con diestra lanza / regresarás a Roma, y al agua del Tíber luminosa en las sienes / llevando una diadema cen­ telleante (A l e x 27).

Otro personaje de alta condición so­ cial que consultó repetidamente —me­ diante em isarios— al profeta fue P. Mummius Sisentta Rutilianus, de fami­ lia romana consular y procónsul de Asia en el 150 d.C. Una de estas consultas se refería al maestro que debía elegir para que dirigiese los estudios del hijo de su anterior esposa; Alejandro respondió: A Pitágoras y a l excelente aedo mensa­ jero de guerras (Alex., 33).

El niño murió a los pocos días, pero Rutiliano defendió al oráculo dicien­ do que lo ocurrido era precisamente lo que el dios había querido predecir, pues ambos —Pitágoras y Homero— muertos muchos siglos antes serían sus maestros, pero en el Hades.

En otra ocasión Rutiliano le pregun­ tó de quién era el alma que él había recibido, a lo que el oráculo respondió: Primero fuiste el Pelida, después de esto, Menandro, luego el que ahora pa­ reces, más tarde serás rayo solar, y vivi­ rás ochenta, ad em ás de cien años (Alex., 34).

Luciano dice que el oráculo se equi­ vocó nuevamente con él, dado que sólo vivió hasta los sesenta años.

Fue precisamente gracias a la me­ diación de Rutiliano como Alejandro logró entrevistarse con el emperador Marco Aurelio. Según Luciano, duran­ te la guerra contra los marcomanos (hacia el 170 o 171 d.C.) el oráculo de Alejandro prescribió arrojar «dos fie­ les servidores de Cibeles» al Danubio, junto con perfumes de la India y otras magníficas ofrendas, como garantía de victoria y paz:

En los remolinos del Istro, el río que se nutre de las lluvias de Zeus, / mando arrojar a dos fieles servidores de Ci­ beles, / fieras en las montañas criadas, y cuanto cría el aire indio / de flores y plantas perfumadas. Y al momento ha­ brá / una victoria, y gloria magna, jun­ to con la anhelada paz (Alex., 48).

El emperador, siguiendo las instruc­ ciones del oráculo, arrojó dos leones al río; los animales tras alcanzar a nado la orilla enemiga, fueron muertos por los bárbaros. Sin embargo el oráculo se mostró poco efectivo, pues, poco después, cerca de veinte mil soldados romanos fueron hechos prisioneros y los bárbaros lograron penetrar en sue­

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lo itálico. Alejandro se defendió recu­ rriendo a la ambigüedad de los orácu­ los délficos, es decir, afirmando que la victoria prometida por el dios se refe­ ría a la de los bárbaros. Sólo entre los años 166 y 169 el emperador logró a duras penas rechazar a los marcoma- nos invasores de las provincias orien­ tales. Algunos autores han creído re­ conocer a los leones representados en la célebre columna de Marco Aurelio, pero parece difícil admitir que un he­ cho de tan desgraciado recuerdo para el ejército romano fuese conmemora­ do en un monumento oficial de estas características.

Alejandro mantuvo buenas relacio­ nes con otros oráculos de la zona, en­ viando con frecuencia a muchos de sus clientes a Claros, Dídima o Malo, lo que sin duda también contribuyó a prestigiar el suyo. La ciudad de Abo- nutico llegó incluso a hacerse insufi­ ciente para albergar el gran número de peregrinos venidos de todas partes del Imperio. El propio Alejandro logró de Roma que el topónimo de su ciudad natal fuera sustituido por el más altiso­ nante de Ionopolis (conservado en el actual nombre turco de Ineboli), deri­ vado de Ion, héroe epónimo de los jonios. La ciudad recibió también, des­ de Lucio Vero, el derecho a acuñar moneda con las efigies del dios y del profeta.

En los últimos años, al decir de Luciano, Alejandro dirigió sus orácu­ los a los extranjeros que venían a con­ sultarlo en sus idiomas de origen (si­ rio, celta, escita); la respuesta era escrita en esas mismas lenguas gracias a la creación de un servicio de agentes que la traducían10.

También emitió oráculos durante la peste del año 165, distribuidos poste­ riormente por todas las ciudades del Imperio. Pretendiendo haber sido emi­ tidos con anterioridad a la aparición de la plaga predecía, junto a la peste, incendios y terremotos pero prometía

ayudar eficazmente a los hombres para evitar tales desastres. Uno de estos «oráculos autófonos» es citado tam­ bién por Luciano:

L a peste ahuyenta el bien crinado Apolo (Alex., 36).

El verso era escrito sobre las puer­ tas de las casas para preservar a los ha­ bitantes de la plaga. Precisamente una inscripción con este mismo verso fue hallada en Antioquía, lo que demues­ tra la veracidad del relato de Luciano (L. Robert).

Pero también es cierto que el orácu­ lo de Glicón-Asclepio desencadenó una fuerte oposición, sobre todo por parte de los filósofos epicúreos, resuel­ tos a desenmascarar la farsa de Alejan­ dro. Desde su santuario, Alejandro — dice Luciano— sostenía contra ellos una guerra sin tregua ni concesiones. Una de sus armas fue el propio orácu­ lo: Alejandro emitió uno en el que, tras haber sido preguntado por alguien qué hacía Epicuro en el Hades, respondió: Lleva grilletes de plomo y está sentado en cieno (Alex., 25).

En otra ocasión quemó una de las más preciosas obras de Epicuro en el centro del ágora al tiempo que emitía un nuevo oráculo:

Te ordeno consumir en la hoguera las máximas del viejo ciego (Alex., 47).

Junto a los epicúreos, también los ateos y los cristianos formaron parte de la oposición al oráculo. Por el con­ trario, los filósofos platónicos, estoicos y pitagóricos (siempre según Luciano) apoyaron al profeta.

Pero al margen de la actividad ora­ cular, Alejandro instituyó también unos misterios (muy similares a los de Eleusis) celebrados durante la noche

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