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cie, y la especie no tiene más significado que el espécimen; la noción de

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género se deriva de la experiencia, y su uso es para resumir, no para explicar la experiencia. Una eliminación de los detalles individuales o específicos, ya se llegue a ella deliberadamente, o, como en el dibujo de memoria, por un recurso al olvido de los aspectos en los que no estamos interesados, nunca puede conducirnos a las formas de las cosas, sino meramente a un aspecto simplificado o seleccionado, adecuado a la clasificación dada o congruente con nuestro gusto. En otras palabras, el arte «idealista» y el arte «ideal» son dos cosas muy diferentes: la simplificación no es una transformación (paråv®tti ).

Es cierto que un objeto natural puede usarse como un símbolo; por ejem- plo, cuando se erige una piedra natural, y se la llama un liˆga, o cuando se deposita una hoja de loto natural sobre el altar del fuego. Pero el valor sim- bólico proyectado así sobre el objeto natural, no tiene nada que ver con su idiosincrasia individual, a la que se dirige principalmente nuestra atención en lo que se llama una «pintura de la vida»; y en la mayoría de los casos nosotros mismos podemos hacer nuestro significado mucho más claro em- pleando un símbolo dibujado expresamente adhoc.

(måμsa-cak∑us), ella no es propiamente una obra de arte, sino meramente una conveniencia o utilidad59.

Se debe solamente a que en la escultura o la pintura el lenguaje es visual más bien que auditivo, y a que, por consi- guiente, una imagen plenamente desarrollada (vyakta) de un ángel u otro significado es más semejante a un hombre o a un árbol que a las palabras puru∑a o vanaspati, por lo que ha sur- gido la noción de que la función o la naturaleza primaria de estas artes es reproducir las apariencias de las cosas. Esto, ciertamente, nunca se ha afirmado claramente en la India; antes al contrario, se ha negado constantemente; no obstante, pueden encontrarse alusiones a la escultura o la pintura como intrigantes engaños60, y esto, al menos, parece implicar un

punto de vista popular sobre el arte como imitativo en tipo. Que debe haberse sentido un interés popular en los aspectos representativos del arte lo ilustra, además, el hecho de que al lego siempre se le adscribe una preferencia por el color, al conocedor una preferencia por la línea, mientras que, en más de un pasaje, se alude al «tropiezo» del vidË∑aka en los relie- ves representados61. En efecto, pensar que la semejanza a algo

es un criterio de excelencia en la escultura o en la pintura, sería lo mismo que pensar que las palabras onomatopéyicas son superiores a las demás en la literatura. Si, debido a nuestra

59 No ha de comprenderse, en modo alguno, que un apego razonable a las

cosas como ellas son en sí mismas, o un uso adecuado de cosas útiles, sea pecaminoso; al contrario, como ya se ha señalado, no puede trazarse ningu- na distinción entre la moralidad de la existencia misma, y la moralidad de los deseos ordenados. Todo lo que se afirma, es el hecho evidente de que, incluso un apego ordenado a las cosas como ellas son en sí mismas, es

asvargya, es decir, no conducente al cielo, sino que tiende a un nuevo regre- so, punaråv®tti.

60MaitriUpani∑ad IV.2, mithyå-manoramam, con referencia a las paredes

pintadas.

61Íakuntalå VI.13-14, aparentemente con referencia a las formas exube-

preocupación humana por los hechos de la experiencia, y siendo pratyak∑a-priya, nosotros hiciéramos uso sólo de pala- bras onomatopéyicas en nuestras comunicaciones, estas co- municaciones se restringirían al rango de las que los animales pueden hacer entre sí por medio de gruñidos y quejidos; al aceptar sólo aquellas palabras que están hechas en la semejan- za de cosas, nosotros no tendríamos ninguna con la que hacer esas referencias que no son a cosas sino a significados.

Las consideraciones esbozadas arriba, han determinado la prohibición Muhammadiana del arte representativo, como una cosa que da la apariencia y no la realidad de la vida; al hacer tales representaciones, el hombre está trabajando, no como el Arquitecto Divino, desde dentro hacia fuera, no con formas significantes (nåmåni ), sino sólo con aspectos, y al reducir éstos desde la vida a la semejanza, impone sobre ellos una privación de su propio ser, que es un ser informado por el espíritu (rË˙, pråˆa) de vida. Desde el punto de vista monásti- co hindú, budista o jaina, y el de maestros tales como Íukråcårya (que expresa el consenso de la autoridad), el arte representativo se condena como tal, debido más a su tema mundanal, que en base a fundamentos estrictamente teológi- cos. Finalmente, el crítico moderno que está de acuerdo con la teoría hindú, condena el arte representativo comoarte, debido a su carácter informativo (vyutpatti-måtra), o debido a que el espectador lo considera principalmente desde el punto de vista de sus asociaciones afectivas, y sólo sensacionalmente. Es cierto que la obra de arte que toma el objeto natural o el tema humano como su punto de partida, no necesita ser meramente informativa o imitativa en sí misma62; sin embargo, a pesar de

62 El arte ch’an-zen del extremo oriente proporciona la mejor ilustración

de un arte que toma la «naturaleza» como su punto de partida, y que sin embargo no es una representación, sino una transformación de la naturaleza. El pintor Sung, ciertamente, «estudia» la naturaleza; pero este estudio no es

nosotros mismos, es muy fácil ser curiosos y terminar seduci- dos por los aspectos individuales y accidentales de las cosas que están ante nosotros, y ser apartados así, por nuestras afec- ciones, de la visión de la forma pura. La posibilidad de tales distracciones es evitada por el imaginero que, vaciando su mente de todo otro contenido, procede a trabajar directamente desde una imagen conocida interiormente; y similarmente en el caso donde la forma no es evocada por el artesano indivi- dualmente, sino transmitida de generación en generación, en la consciencia colectiva del oficio63. Todo esto queda corrobo-

rado en el carácter del arte de hecho, donde, en principio, la imagen (mËrti ) vyakta (desarrollada y antropomórfica) no es más realista que el diagrama (yantra) avyakta (indesarrollado o abstracto) que está ordenado hacia los mismos fines. La imagen hindú de un ángel, o la imagen ancestral hindú, no está hecha como si debiera funcionar biológicamente, y no puede juzgarse como si estuviera hecha así. La imagen plásti- ca no tiene más ocasión de falsificar a un hombre que la ima- gen verbal; y si, por ejemplo, esta última puede tener un mi- llar de brazos o elementos theriomórficos, igualmente puede tenerlos la primera64. No es necesario agregar que se da por

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